Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Los aeropuertos en una silla de ruedas

Ya regresé de mi periplo loco del mes de mayo.

Los viajes siempre me resultan iniciáticos. Sé cómo salgo pero no cómo regreso. Y no creo que sea algo que me pase sólo a mí. Creo que los viajes son iniciáticos, recorras los kilómetros que recorras, siempre y cuando decidas vivirlos con la actitud adecuada: esa mezcla de apertura mental, capacidad de asombro y arrobamiento y silencio interior.

Pero cuando son tantos y tan seguidos como lo han sido para mí este mes, tienen una especie de «efecto acumulativo» y el alma necesita un tiempo para volver, que va más allá del tiempo físico del cuerpo.

Siempre me pregunto por tantas personas que he conocido que pasan su vida en aviones, en movimiento permanente, de hotel en hotel, incluso sin un lugar al que volver. Porque no se trata de tener un lugar en posesión (sólo los humanos somos tan engreídos como para creer que poseemos algo), pero sí un lugar al que sientas que perteneces, que puedas reconocer y paladear en cada pequeño matiz.

Uno de mis sueños de niña fue siempre viajar. Y uno de mis privilegios de mujer es haber podido hacerlo realidad. Como les decíamos hoy en la fiesta de despedida del cole de José «el mejor legado es enseñar a nuestros hijos a perseguir sus sueños». Porque hay que lucharlos, optar por ellos, buscarlos con consciencia y amor. Y a eso también se aprende.

Pero los viajes también te ponen a prueba, y te enseñan cosas de ti que de ningun otro modo vas a conocer. Mi viaje de vuelta de este último viaje del mes, que fue a Venezuela, ha sido un buen ejemplo de ello. El cuerpo es sabio. Y mi cuerpo tiene la particular habilidad para pararme cuando yo no sé parar, para decir «basta». Y lo hace algo estrepitosamente, sobre todo cuando me empeño en seguir hasta el punto de no escuchar.

Así que mi cuerpo dijo «basta». Primero enfermó pero no le escuché. Me recuperé y seguí. Así que luego, justo el día que volvía para Madrid, me caí, y me hice un esguince de tobillo apenas una hora antes de tomar el primero de los tres vuelos que debía hacer para volver a casa.

Así que he paseado cuatro aeropuertos del mundo en silla de ruedas en 24 horas. Toda una experiencia. Y no hablo sólo de los servicios de asistencia, cada uno con las características diferentes del país, las gentes o el idioma donde estaba. Me refiero a esa sensación de no poder valerte por ti misma. La sensación de depender de otra persona para hacer cosas que has hecho mil veces sola: salir de un avión, llevar la maleta, caminar por los aeropuertos, sacar la tarjeta de embarque…para mucha gente parecerá una tontería lo que digo, pero para mí no lo fue. Una vulnerabilidad que veías además reflejada en los ojos de la gente que te miraba al pasar. Y yo pensaba cómo miramos a las personas que se desplazan en silla de ruedas. ¡Cuánto decimos con las miradas sin necesidad de hablar!

Es esa sensación de vulnerabilidad que la enfermedad o, como en este caso, el accidente ocasional, te obliga a recordar y sobre todo a volver a sentir. Sentí que no debía olvidarla, que debía aprender a bajar de mi omnipotencia y a respetar los ritmos de mi propio cuerpo. Sobre todo cuando la vida puso la guinda al pastel y el tercer vuelo tuvo un aterrizaje abortado porque no le salía el tren de aterrizaje. Volvimos a ascender, dimos vueltas durante casi una hora, hasta que en un segundo intento, todo fue bien. Para entonces yo sólo podía pensar «sólo quiero volver a mi casa».

Ojalá la vulnerabilidad de nuestro cuerpo y los tiempos del alma guiaran nuestra vida. Sinceramente creo que mi vida, nuestras vidas y nuestro mundo serían diferentes.

Así que ya ven: volví diferente. Además de algo coja 🙂 pero nada que la acupuntura no haya podido curar. Y no se crean que el viaje fue iniciático sólo por el regreso accidentado, sino por muchas otras cosas maravillosas que pasaron y que guardo en mi corazón. Pero ése es otro relato.

Pepa

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Las ausencias compartidas

Llevo un mes de viajes que ya están pasando factura. Y lo que me duele es que no sólo a mí. Eso es algo a lo que nunca me acostumbraré: saber que existe una personita maravillosa que paga mis erroress. Y no sólo mis errores, sencillamente las «facturas» que implican mi vivir. Sé de sobra que también recibe los «beneficios», pero cuando les ves sufrir y decirte «mamá, prométeme que no vas a viajar nunca más» se te parte el alma.

Y le abrazas, y le acaricias largo rato y le dices la verdad, que entiendes que se sienta así, que tiene razón, pero que ésta es nuestra vida y que, aunque somos unos privilegiados, hay momentos en los que toca separarnos, y que él sea fuerte y resista y llore si lo necesita y se deje consolar por toda la gente que nos quiere y que le cuida mientras yo no estoy.

Pero verle revivir cuando volví el domingo como lo vi, con ese «mamita, ya estás aquí» me hizo más consciente si cabe de la responsabilidad que tengo al ser su madre. Porque él no recordará este fin de semana, pero su madrina y yo no lo olvidaremos. Y sin embargo, aunque no lo recuerde, configurará su alma y su vida, como todas las cosas buenas que vive también a diario y luego no recordará. Sé que eso es ser madre o padre: sembrar en la memoria corporal, la que no se recuerda con la mente pero nos proporciona la seguridad de tripas y de corazón para ser felices, qué paradoja!.

Pero duele. Me duele su dolor.

Y en esas andaba cuando me reenviaron este texto de otro de mis referentes personales, Saramago (corrección a posteriori, me equivoqué y dije Sampedro), que viene perfecto para mi corazón algo cansado estos días. Aquí os lo dejo:

«Hijo es un ser que Dios nos prestó para hacer un curso intesivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y de nosotros aprender a tener coraje.

Si, Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado.

¿Perder? ¿cómo? No es nuestro. Fue apenas un préstamo… EL MAS PRECIADO Y MARAVILLOSO PRESTAMO ya que son nuestros solo mientras no pueden valerse por si mismos, luego le pertenecen a la vida, al destino y a sus propias familias. Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos»

Qué gran verdad! José ha sido mi mayor bendición. Ya no puedo decirle a la vida sino «gracias».

Un abrazo,
Pepa

Como madre, como hija y como educadora

Yo no estudié en la pública, como la mayoría de los protagonistas de este video. Pero comparto la necesidad de la defensa de una educación pública de calidad como un derecho humano que debería ser objeto de un pacto de estado no negociable y por encima de diferencias de ideologías. Porque una educación de calidad pública y gratuita es, desde mi punto de vista, la base de la democracia y la ética de una sociedad.

Mis padres nos llevaron al que consideraron que era el mejor colegio posible para nosotros. Igual que hago yo con mi hijo, aunque opte por la educación pública (a diferencia de lo que ellos eligieron para mí). La diferencia, desde mi punto de vista, la marca el que ellos entonces y yo ahora pudimos elegir. Pero no todo el mundo puede.

Por eso justo hoy que paradójicamente es al mismo tiempo el día que salen las listas que adjudican a mi hijo un cole de primaria de entre los coles públicos que solicité para él, y también el día que se desarrolla una huelga en todos los sectores de la educación pública tan justa como dolorosa, quiero difundir este video. Mi pequeña forma de adherirme a lo que en él se dice y al trabajo de la plataforma que hay detrás.

Porque el derecho, desde mi punto de vista de madre, de hija y de educadora, es poder elegir. Que todos los niños y niñas tengan garantizado su derecho a una educación de calidad, independientemente de ir a una escuela privada o pública, de sus ingresos o realidad social. Y sus familias a poder ofrecérsela. Y hablar de educación de calidad para mí sería hablar tanto de contenidos como de enfoque, metodologías, recursos de la escuela, formación de los educadores, estructuras…tantas cosas!

Al menos es lo que yo siento.
Pepa

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Benedetti de nuevo

Hace ya más de tres años que creé mi página web personal y este blog, después de que gente que me quiere bien me persiguiera sin descanso para ello ;-). Y recuerdo que mi primera entrada fue con un poema de Benedetti, uno de mis referentes personales.

Así que en este domingo noche aprovecho para compartir un poema suyo que me llega desde Paraguay, lugar donde crecen y se afianzan mis vínculos. Porque este poema no tiene desperdicio. Cada uno de sus versos esconde la sabiduría de una vida. Y confieso que no he podido evitar un subrayado personal en negrita 😉

Para mí Benedetti era impagable, sobre todo cuando se trataba de recordar lo esencial. Cómo se le añora!

Ahí va. Feliz semana.

¿CÓMO HACERTE SABER QUE SIEMPRE HAY TIEMPO?

QUE UNO SOLO TIENE QUE BUSCARLO Y DARSELO.
QUE NADIE ESTABLECE NORMAS SALVO LA VIDA.
QUE LA VIDA SIN CIERTAS NORMAS PIERDE FORMA
QUE LA FORMA NO SE PIERDE CON ABRIRNOS.
QUE ABRIRNOS NO ES AMAR INDISCRIMINADAMENTE.
QUE NO ESTA PROHIBIDO AMAR
QUE TAMBIEN SE PUEDE ODIAR
QUE EL ODIO Y EL AMOR SON AFECTOS
QUE LA AGRESION POR SI, HIERE MUCHO
QUE LAS HERIDAS SE CIERRAN.
QUE LAS PUERTAS NO DEBEN CERRARSE
QUE LA MAYOR PUERTA ES EL AFECTO
QUE LOS AFECTOS NOS DEFINEN
QUE DEFINIRSE NO ES REMAR CONTRA LA CORRIENTE
QUE CUANDO MAS FUERTE SE HACE EL TRAZO MAS SE DIBUJA
QUE BUSCAR UN EQUILIBRIO NO IMPLICA SER TIBIO
QUE NEGAR PALABRAS IMPLICA ABRIR DISTANCIAS
QUE ENCONTRARSE ES MUY HERMOSO
QUE EL SEXO FORMA PARTE DE LO HERMOSO DE LA VIDA
QUE LA VIDA PARTE DEL SEXO
QUE EL POR QUE DE LOS NIÑOS TIENE UN POR QUE
QUE QUERER SABER DE ALGUIEN NO SOLO ES CURIOSIDAD
QUE QUERER SABER TODO DE TODOS ES CURIOSIDAD MALSANA
QUE NUNCA ESTA DE MAS AGRADECER
QUE LA AUTODETERMINACION NO ES HACER LAS COSAS SOLO
QUE NADIE QUIERE ESTAR SOLO
QUE PARA DAR DEBIMOS RECIBIR ANTES
QUE PARA QUE NOS DEN HAY QUE SABER PEDIR
QUE SABER PEDIR NO ES REGALARSE
QUE REGALARSE ES EN DEFINITIVA ES NO QUERERSE
QUE PARA QUE NOS QUIERAN DEBEMOS MOSTRAR QUIENES SOMOS
QUE PARA QUE ALGUIEN SEA, HAY QUE AYUDARLO
QUE AYUDAR ES PODER ALENTAR Y APOYAR
QUE ADULAR NO ES AYUDAR
QUE ADULAR ES TAN PERNICIOSO COMO DAR VUELTA LA CARA
QUE LAS COSAS CARA A CARA SON HONESTAS
QUE NADIE ES HONESTO PORQUE NO ROBA
QUE EL QUE ROBA NO ES LADRON POR PLACER
QUE CUANDO NO HAY PLACER EN LAS COSAS, NO SE ESTA VIVIENDO
QUE PARA SENTIR LA VIDA NO HAY QUE OLVIDARSE QUE EXISTE LA MUERTE
QUE SE PUEDE ESTAR MUERTO EN VIDA
QUE SE SIENTE CON EL CUERPO Y CON LA MENTE
QUE CON LOS OIDOS SE ESCUCHA
QUE CUESTA SER SENSIBLE Y NO HERIRSE
QUE HERIRSE NO ES DESANGRARSE
QUE PARA NO SER HERIDOS LEVANTAMOS MUROS
QUE QUIEN SIEMBRA MUROS NO RECOGE NADA

QUE CASI TODOS SOMOS ALBAÑILES DE MUROS
QUE SERIA MUCHO MEJOR CONSTRUIR PUENTES
QUE SOBRE ELLOS SE VA A LA OTRA ORILLA Y TAMBIEN SE VUELVE
QUE VOLVER NO IMPLICA RETROCEDER
QUE RETROCEDR PUEDE SER TAMBIEN AVANZAR
QUE NO POR MUCHO AVANZAR SE AMANECE MAS CERCA DEL SOL
COMO HACERTE SABER, QUE NADIE ESTABLECE NORMAS SALVO LA VIDA.

Mario Benedetti

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Pequeñas grandes ideas

Entre viaje y viaje en mayo, me envían esto y me parece genial, así que lo incluyo tal cual. Gracias, Isabel.

Las pequeñas grandes ideas que pueden cambiar el mundo, cambiando nuestro día a día. Haciéndonos soñar.

Un abrazo,
Pepa

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La isla de las hadas

Erase una vez…

Erase una vez un niño que vivía junto al mar. Cada mañana bajaba desnudo a la playa, mientras su madre le decía: «¡No corras tanto, no vayan a enredarse tus alas!»

Porque aquél niño era un niño de corazón alado. Él lo sabía hace tiempo, porque el corazón de su madre era así y él se veía en los ojos de ella cuando lo miraba. Así que un día se lo preguntó:

– Mamá, mi corazón también es alado, verdad?
– Pues claro, cariño, por eso somos mamá e hijo de corazón.

Así que cada día el niño bajaba a la playa, al tiempo que le contestaba «ssiiiiii, mamá» sin hacerle mucho caso. Y corría por la playa, se tiraba en la arena, entraba y salía del mar, retándole y jugando. Y cuando ya no quería más, volvía corriendo y su madre ya le esperaba con su toalla abierta, gigante, para envolverle en su calor. Y él apoyaba su cabeza en el pecho de ella que tanto le gustaba, porque le gustaba escuchar su corazón. Latía con el mismo ruido que hacen las alas al moverse: sssssshhhh, sssshhhhh.

El niño se preguntaba cómo sería volar. Porque él siempre quiso volar, desde antes de que pudiera recordarlo. Y sabía que con su corazón alado, algún día lo conseguiría. Mientras tanto se conformaba con escuchar el ruido de las alas del de su mamá, mezclado con las olas del mar.

Y así pasaban los días, lentos, plácidos, llenos de ese gozo que sólo el amor te lleva a paladear.

Hasta que un día…

Un día que amaneció luminoso, y bajaba hacia la playa, algo llamó su atención. Algo en el horizonte. No era un barco. Su tía le había enseñado a distinguir los barcos de vela y los de motor, y no era ninguno de aquellos. Tampoco era una ballena. Él adoraba los animales, y podría reconocer el chorro que la respiración de las ballenas provocaba a millas de distancia, como pasaba con los rugidos de un león, que se pueden oír a kilómetros. Y era demasiado grande aquello como para ser cualquier otro pez, medusa, pingüino o cangrejo. Allí estaba, majestuosa, en el horizonte.

Así que el niño se quedó mirándola embobado, intentando no pestañear, conservar cada detalle, cada color, cada reflejo…temiendo que aquella maravilla desaparecería de su vista si cerraba los ojos…peo al final los ojos le dolieron de tanto mirar, y tuvo que cerrarlos, y rascarse y cuando los abrió…no estaba, se había ido!

El niño salió corriendo, esquivó la toalla de su mamá, que no entendía nada, y se fue a su habitacion. Tomó su cuaderno y pintó todo lo que había visto, con todo el detalle del que fue capaz. Y cuando lo tuvo acabado, se lo enseñó a su mamá, y le preguntó «¿Qué es esto, mamá?» pero su mamá le dijo «¿Qué es qué, cariño?» «Estooooo!!!» Pero su mamá no veía nada en el dibujo, sólo mar. Así que el niño se desesperó y decidió volver a mirar al mar.

Y permaneció todo el día junto al mar. Pero aquello no volvió. Y al día siguiente fue de nuevo a esperar. Y al siguiente. Pero nada. Ya le decía su mamá que muchas de las mejores cosas había que esforzarse para lograrlas, y él estaba dispuesto a hacerlo. Así que bajó cada día al mar durante una semana, hasta que una mañana con tormenta, con unas nubes de esas negras que tan sólo con verlas puedes sentir la lluvia, aquello volvió.

Y entonces el niño cogió de nuevo su cuaderno. Y como si de un mapa se tratara, dibujó. Él adoraba los mapas, sabía los caminos de memoria, y le gustaba saber dónde estaba cada cosa. Así que no sólo la dibujó, sino que marcó sus bordes, y calculó con sus manitas a cuánta distancia estaba del faro, y a cuánta de la casa del pintor, y poco a poco, forzandose a no cerrar los ojos, dibujó aquel mapa.

Y volvió donde su madre. Ella, que le había visto bajar un día tras otro a la playa y estaba intrigada por lo que su hijo buscaba con tanto afán, había decidido buscarlo con él. Y cada mañana se sentaba en el porche de su casa, y miraba donde miraba el niño. Él no la veía, pero ella siempre estaba ahí. Y al cabo de un rato, le bajaba al niño un vaso de leche con una galleta de chocolate blanco como a él le gustaba, para que tuviera fuerzas para seguir mirando. Y cuando llegaba la hora de comer, hacía unos bocadillos y, sin preguntar, se sentaba a su lado en la playa y comían en silencio.

Así que aquél día, apenas el niño se giró, vio a su madre. Y de nuevo preguntó «¿Qué es esto, mamá?» Y su madre miró aquel dibujo. Y lo reconoció. Y no pudo evitar llorar, porque era una mamá de las que lloran. No demasiado, pero sí lo suficiente, incluido llorar de alegría, o de emoción. Y tan sólo dijo «la viste, ya la viste». Y el niño esperó.

– Es la isla de las hadas, cariño.
– ¿La isla de las hadas?
– La isla de las hadas. La isla que guarda nuestros sueños de niños, la llave de nuestros corazones alados, la puerta a nuestro universo particular.
-Entonces vamos, tengo el mapa, lo hice mamá! Lo tengo!
– Pero es tu isla, cariño, sólo tú puedes verla.
– ¿Tú no la ves?
– No, corazón, yo veo la mía. LLevaba tiempo sin verla, pero desde que soy tu mamá, la volví a visitar.

El niño se quedó pensativo. ¿Una isla suya, propia? No podía creerlo. Él nunca había tenido algo parecido: una isla toda para él! Así que dejó a su mami en la cocina y se fue a su cuarto y se tumbó en la cama viendo las estrellas y pensó: mañana prepararé el viaje.

Pero al día siguiente la isla no estaba. Al niño ya no le importaba, porque tenía su mapa: cuatro manos a la derecha del faro, tres a la izquierda de la casa del pintor… Convenció a su amigo Noa de que le prestara su barco. Aunque su amigo no era fácil de convencer así como así. El niño tuvo que compartir su secreto. Y Noa decidió que él también quería ver su isla. Y al niño le pareció bien. Noa y su madre eran las mejores personas del mundo para enseñarles su isla.

Así que Noa y el niño esperaron esa noche, cogieron a escondidas algo de comida: unos yogures, pan, unas galletas…las metieron en su mochila y antes de que sus madres se despertaran cogieron el bote y empezaron a navegar siguiendo su mapa. Ninguno de los dos hablaba, pero sus corazones se oían en el silencio. No como el de su mamá, con sonido de alas, sino como huracanes de miedo y vértigo. Apenas podían articular palabra.

Pero cuando llegaron al punto donde decía su mapa, la isla no estaba. No estaba! Por ningún sitio. Y el niño empezó a desesperarse: no puede ser, no puede ser, no puede ser…hasta que pasadas dos horas Noa dijo que debían volver, la gasolina del motor de su bote se estaba acabando. Y así lo hicieron.

Y en la playa les esperaban sus madres. Y su mamá, como casi siempre que se asustaba, le abrazó y le gritó, le gritó y le abrazó por igual. Pero al final sólo le abrazó, mientras sentía que las lágrimas del niño caían por su pecho.

– No estaba, mamá, no estaba…hice mal el mapa.
– El mapa?
– Mi mapa!
– Carino, tu mapa era perfecto! sólo que las medidas no eran físicas sino las que veían tus ojos.
Carino, nuestra isla de las hadas es un lugar al que sólo podemos llegar volando. Tú y yo tenemos corazones alados. Por eso necesitamos llegar volando. Igual que volamos a las estrellas. Cuando la vemos, debemos fiarnos de nuestra mirada, de nuestro corazón, y volar.
– Volar, mamá? Pero si yo no sé volar.
– Eso no es cierto, qué te digo cada mañana cuando bajas a la playa?
– Que cuide mis alas, no vayan a enredarse.
– Y dónde están tus alas?
– En mi corazón alado.
– Entonces sólo tienes que hacer más fuerte tu corazón, más vibrante, más feliz aún…aprender, crecer, llenarte…y cuando estés listo, volarás a la isla de las hadas.
– Volaré?
– Volarás. Sabes por qué lo sé?
– Por qué?
– Primero, porque tienes tu mapa. Muy poca gente es lo suficientemente valiente para mirar, buscar, esperar y aprender lo suficiente para dibujar su mapa, y encontrar su isla. Si has logrado verla y dibujar el mapa, sé que lograrás volar cuando estés preparado. Y segundo, porque yo volví a volar contigo. Yo logré volar hace muchos años, pero lo había olvidado. Hasta que llegaste tú y me hiciste mamá, y entonces volví a confiar en mi corazón. Contigo recuperé la llave con la que darle cuerda. Y desde entonces vuelo a mi isla cuando quiero. Y hablo con mis hadas. Y con los abuelos.
– ¿Los abuelos están allí?
– Si tú quieres, estarán. En tu isla estarán quienes quieras que estén.
– ¿Y tú?
– Yo viajaré contigo si me invitas.
– Vale, iremos juntos, porque tú y yo somos un equipo invencible. Bueno, y Noa también, que se lo he prometido.
– Encantada. Pero ahora guarda tu mapa. Lo necesitarás para guiar tu corazón. Eso y la cuerda a tu corazón alado que cada noche te doy al abrazarnos. Pero guarda muy dentro de ti tu isla y nunca desconfies de tu intuición. Cierra los ojos, la ves?
– Siiiii. Veo un volcán, y los árboles, y los halcones y…
– …Pues ahi está. Cuando quieras viajar, cuando estés preparado, iremos juntos hasta ella.

Y el niño cerró los ojos. Y vio su isla mientras escuchaba el ssshhhh del corazón de su mamá, que sonaba como las alas. Las de ella y las suyas.

Pepa Horno
Paraguay, 9 de Mayo de 2012
A mi hijo José, que cuando leyó el cuento anterior, dijo que le encantaba, pero que el protagonista tenía que haber sido chico. Y le prometí que le escribiría un cuento con un niño como protagonista durante este viaje para podérselo leer a la vuelta.

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Bañar, acariciar y soñar

No tengo palabras para la sensación de paz, sosiego y alegría que me ha invadido al ver este video, así que lo comparto.

Es una forma de baño mezclada con el masaje. ¿Queda alguien después de ver el video que no quiera ser el bebé?…:-)

Gracias, dulce mamá Susanna.

Pepa

 

 

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Erase una vez…

…una niña que tenía un corazón alado. Así lo llamaba ella cuando se miraba al espejo e intentaba sonreír.

Cada mañana se peinaba su pelo moreno y largo ante el espejo y pensaba para sí  «a ver si hoy al fin se dan cuenta». Pero el día acababa, y nadie había visto su corazón alado. Y ella no acababa de entenderlo porque lo abría de par en par, lo mostraba con sus manos, cuando se las llevaba cerca como señalándolo, o en sus ojos cuando miraba profundo a las otras niñas, y también a algún que otro niño avispado que había en su clase.

Pero los días pasaban y nadie lo veía.

Y es que su corazón latía diferente a los demás, a otro ritmo. Era un corazón alado. Y como todos los aparatos que vuelan, necesitaba que le dieran cuerda. Así que cada noche, al ir a acostarse su madre se acercaba con cuidado y le daba cuerda con palabras y caricias mágicas, sutiles pero de una hermosura que ella apenas atisbaba a contemplar arrobada. Pero sabía que mientras le hablaba, casi con una caricia, su madre abría su pecho y le daba cuerda a su corazón alado. Casi, casi ni ella misma lograba oír el ruido de la llave mágica que daba cuerda. Pero sí lo podía sentir mientras iba quedándose dormida.

A veces le pasaba, a veces la cuerda no era suficiente para el día, porque habían pasado muchas cosas, porque había sido un día lleno de emociones y para esos días ni las madres más magas pueden lograr que un corazón alado no se pare. Así que, a veces, la niña perdía el ritmo del mundo. Era como si ella cada vez fuera más lenta y el mundo pasara ante ella como una película de cine mudo.

Y veía que los niños le gritaban, que la profe le miraba enfadada, y ella lo intentaba, lo intentaba de verdad…pero no podía, su corazón no le daba para tanto. Sólo su amiga Liu era capaz de reconocer esa mirada perdida suya, esa que nadie salvo aquellos que te aman con locura puede reconocer en uno. Sólo Liu, y Teo algunas veces, eran capaces de reconocer esos ojos en la niña. Y entonces se acercaban, y le tomaban de la mano. No sabían qué hacer, eran niños como ella, no tenían la llave para los corazones alados que sólo las palabras mágicas de las  mamás y los papás poseen. Pero eran sus amigos, y la querían. Por eso no la dejaban, la agarraban de la mano y se sentaban a su lado a esperar. Contestaban por ella a la profe, ahuyentaban a los niños moscones y esperaban a que su madre, o su padre, vinieran a buscarla. Porque ellos sí. Ellos sí podían salvar a la niña.

Y esos días para la niña eran muy dificiles de vivir. Ser sin estar, quedarse colgada en el aire como un pájaro que planea y no poder salir a la vida, a la tierra.  Y esas noches, cuando su mamá se acercaba a decirle las palabras mágicas…esas noches la niña no lograba soñar, y cuando su mamá le daba cuerda a su corazón alado..su corazón le dolía.

Y ese dolor…pesaba, cada vez pesaba más, hasta un momento en que la niña pensó que era parte de ella, que el dolor era ella. Al menos ella a ratos, en los ratos tristes, en esos días en que su corazón no lograba latir suficiente.

Hasta que un día…

Un día su profe les contó una historia. Era uno de esos días buenos para la niña, días en los que estaba despierta, su corazón volaba a toda máquina dentro de ella y su cabeza estaba llena de ideas locas y maravillosas. Así que escuchó atenta. Porque a la niña siempre le gustaron los cuentos. Desde antes de que pudiera recordar.

Y el cuento hablaba de una hada arregla corazones. En el cuento, y la niña no podía comprender cómo lo sabía, hablaban de corazones como el suyo, corazones alados, pero también de corazones vidriosos, corazones espuma, corazones tormenta..y la niña no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Acaso había otros corazones que necesitaran cuerda? Según el cuento, los corazones tormenta sólo latían en verano, cuando el calor y la humedad formaba las nubes y los rayos. O los corazones espuma, que sólo lograban cargarse cuando el niño se bañaba, y metía su cabeza bajo el agua y movía las manos rápido y velozmente, lo suficiente como para generar una bañera inmensa de espuma. Uff, ese cuento hablaba de muchísimos tipos de corazones!

Y lo que era mejor, hablaba de los coraones alados como el suyo. ¿Pero no era ella la única que se quedaba sin cuerda? ¿No era la única que necesitaba que las palabras mágicas de sus papás le dieran cuerda? Parecía que no, si ese cuento era cierto. Porque ya se sabe que no todos los cuentos son verdad, o al menos no completamente verdad.

Pero lo más increíble del cuento es que decía que existía un hada, un hada arregla corazones. La niña miraba a Liu y a Teo mientras la profe les leía el cuento. ¿Sería que Liu y Teo ya conocían el hada? Porque sus caras no demostraban ninguna sorpresa, sólo la misma cara de embobados que ponían cuando algo les encantaba y que a la niña le gustaba tanto ver en ellos. Pero nada más. No había sorpresa, ni duda, ni…entonces…¿era posible? ¿Existiría ese hada?

Pero…porque siempre había un pero…el cuento lo dejaba claro. Para lograr encontrar al hada cada niño tenía que llegar solo al bosque donde ella vivía. Y la niña nunca había ido a ningún sitio sin sus papás, o sin Liu o Teo al menos. ¿Cómo iba a hacerlo sola? ¿Y si su corazón alado se quedaba sin cuerda por la emoción del camino o el susto del bosque? ¿Quién la sacaría de allí? Y si luego llegaba hasta el hada, y ella ya no estaba, o no sabía arreglar su corazón, porque el suyo era muy muy especial, seguro que arreglarlo no sería fácil.

La niña se fue a casa pensando en el cuento. Tan distraida estaba que su madre pensó que su corazón alado se había quedado sin cuerda y le dio un abrazo caricia extra antes de la cena. Y la niña lo agradeció. Sintió el calor en su corazón alado. Y pensó: merece la pena salvar mi corazón.

Así que al día siguiente le pidió el cuento prestado a su profe, que se lo dejó llevar a casa a condición de que lo trajera de vuelta al día siguiente. La niña accedió. Y esa noche, después de que su padre le diera cuerda a su corazón alado, encendió la luz a escondidas, y con su linterna leyó una y otra vez el cuento para memorizar el camino al bosque y las instrucciones del equipaje que debía llevar. Porque las aventuras hay que prepararlas. Y en ésta el equipaje era bien raro, a saber.

El equipaje para llegar al bosque era unas zapatillas de montaña que resistieran. Hasta ahí lógico. Una lata de risas enlatadas de las que poder alimentarse cuando llegara la noche. Una manta de caricias para protegerse del frío, en su caso, lógicamente, caricias de mamá, de papá, de Liu o de Teo. Y un dibujo de su corazón.

Las risas fueron fáciles de conseguir. Sólo tuvo que jugar con Liu y Teo en el patio, y pedirles que le hicieran cosquillas. Las caricias en una semana tenía una manta grande y de colores de las diferentes tipos de caricias: de antes de dormir, de consuelo cuando te caes, de las de al salir del baño..una manta preciosa. Pero ¿su corazón? ¿Cómo iba a dibujarlo? Ella nunca se había atrevido a mirar su corazón. ¿Cómo podría entonces dibujarlo? Además, no podía mirarlo en los libros, porque los libros hablan de los corazones, pero el cuento que la profe le había contado era el primero donde le hablaban de corazones alados como el suyo, pero ya le había devuelto el cuento a la profe, y no recordaba que tuviera un corazón alado dibujado.

Así que esa noche, cuando ya fue inevitable, cuando ya tenía todo el resto de equipaje y sabía que sólo le quedaba el dibujo para poder emprender el viaje, se decidió. Cogió una silla blanca que había en su baño, cerró la puerta del baño para que sus papás no la vieran, se subió a la silla frente al espejo y se abrió el pijama.

Primero el pijama, luego la camiseta, y luego el pecho. No era fácil llegar al corazón. Hace falta mucho valor para quitarse tantas capas, capas que son tan calentitas, aunque pesen. La niña no podía casi ni mirar al espejo. Pero poco a poco logró mirar, y fue pintando lo que vio, trocito a trocito, con cuidado. Un trozo rojo, otro más violeta, y ahí justo ahí en la esquina superior derecha del corazón estaba el agujero de la llave con la que su mami y su papi le daban cuerda cada noche.

Uff, qué difícil! Tengo frío! Pensó la niña. Pero enseguida recordó el bosque y el hada y la mirada de preocupación de Liu y Teo los días en que le aferraban la mano en el patio del cole y ella no podía responderles porque el corazón no le latía suficiente.

Así que poco a poco fue dibujando la cerradura de su corazón. Al principio le parecía que no tenía una forma concreta. Era algo raro, le sonaba conocido, pero al mismo tiempo no tenía forma de nada concreto…Qué raro! Pensaba la niña una y otra vez mientras miraba y dibujaba, dibujaba y miraba, abstraida ya totalmente del baño, su casa, sus papis y el mundo entero. Era la primera vez que lo veía. Y le pareció hermoso.

Porque entonces, y sólo entonces lo comprendió. Comprendió cuál era la forma de su llave, de la cerradura de su corazón alado. Y comprendió por qué su corazón se paraba a veces, por qué algunos días no le daba la cuerda para vivir. Y pensó, o más bien sintió algo así como «¡eureka!». Y sin darse cuenta comenzó a sonreir…y el peso empezó a ser menos peso…y sus manos dejaron de apretar el pijama…y sus ojos asombrados volaron por el universo que habitaba en su corazón.

Y entonces, poco a poco, muy suavemente dio cuerda a su corazón alado.. se cerró el pijama… se miró en el espejo…sonrió…se bajó de la silla…abrió el cerrojo de la puerta y salió  firmemente decidida a decirle a su mami y a su papi que quería que siguieran viniendo a acariciarla todas las noches pero ya sin  preocuparse. Porque ya no debían angustiarse por ella. Porque su corazón alado nunca volvería a pararse. Porque ahora ella sabía cómo darle cuerda, pasara lo que pasara, en el lugar y momento en que pasara.

Y sintió que volaba.

Pepa Horno

25 de abril de 2012, el día que cumplo 39 años.

Dedicado a B.A. por hablarme de las hadas y ser mi espejo.

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Lo que da de sí la física

No soy muy aficionada a leer cosas que me reenvìan en cadena. Y menos sobre temas «candentes» en esos momentos en que todo el mundo opina de todo.

Sin embargo hoy he descubierto uno de los blogs más interesantes que he encontrado al leer uno de estos envíos.

Se llama Principia Marsupia, ya el nombre en sí mismo vale su peso en oro. Y se ha hecho «famoso» porque ha escrito una Carta al Rey, llamada «Carta de un investigador al Rey don Juan Carlos» que ya han leído más de 600.000 personas en dos días, y yo debo ser la 600.475 o por ahí 😉 De lo mejor que he leído sobre el tema.

La carta es buena pero el blog es mucho mejor. Alberto Sicilia, su autor, es investigador en física teórica. Un tipo impagable a juzgar por lo que escribe, que enlaza el rigor con la ironía y la ternura.

Os dejo sólo los enlaces a cuatro de sus post, si los leéis os pasará como a mí, que hace más de dos horas que no he dejado de leer una tras otra sus entradas.

Va como regalo de fin de semana:

Los beneficios de mi fracaso

Las ideas científicas más hermosas, profundas y elegantes

Ni bueno, ni malo sino real

Morir en un abrazo

Y desde luego, os inscribiréis al curso prometido por Alberto cuya primera entrega es La física cuántica explicada para orangutanes perezosos.

Y os dejo dos frases de las muuuchas que hay en sus escritos, porque las he hecho mías innumerables veces:

«La vida del ser humano contiene dos certezas: que estamos vivos y que vamos a morir…los abrazos y caricias que gocemos mientras tanto es lo único que importa»

«El fracaso me ha recordado que hay cosas en la vida que no podemos controlar. Pero también, que hay dos cualidades que son mi absoluta responsabilidad: mi actitud y mis acciones.»

Gracias, Alberto. Si me lees, si me oyes, o si simplemente te lo hacen llegar nuestros quarks: gracias por escribir a las estrellas.

Pepa

 

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Trascender

Este fin de semana estuve en un encuentro de biodanza donde se trabajaba una de sus cinco lineas de trabajo de crecimiento personal: la trascendencia (las otras son afectividad, sexualidad, creatividad y vitalidad). La facilitadora era una escocesa increíble llamada Claire Lewis.

La dimensión espiritual o trascendente es una parte nuclear de mi vida y mi experiencia. Desde hace ya años me considero una persona creyente, aunque no religiosa. No estoy vinculada a ninguna religión. Pero siempre busco distintos caminos para cultivar esa trascendencia, porque todo mi ser sabe y siente que en la vida hay un segundo registro, un segundo relato, justo el que no se ve y donde se gesta lo más valioso de esta vida nuestra.

Así que voy a explicaros las palabras clave que se han manejado este fin de semana para trabajar la trascendencia. Por si os pudieran servir como a mí. Son como una especie de «ruta de vida».

La primera es CONSCIENCIA. Vivir con consciencia, amar con consciencia. Vivir cada momento con plenitud. Para «ver» la dimensión espiriritual de la vida, como del ser humano, hay que amarlo con consciencia. Fijarse en cada pequeño detalle, en lo que se dice y en lo que se calla, mirar a los ojos a las personas, ir despacio, mirar el paisaje por la ventana de los trenes o acariciar a nuestros hijos o parejas o amigos…consciencia.

La segunda es DESEO. En la cena del primer día surgió ante una manzana roja, preciosa y reluciente, una frase que recupero textual: «Honrar la belleza de algo es emplearlo para aquello que fue hecho. La mejor forma de honrar la belleza de una manzana es comérsela»

SENSIBILIDAD Y VULNERABILIDAD. Son las dos fortalezas del ser humano. Justo las que nos hacen necesitar al otro, mostrarnos en nuestra fragilidad, y vencer el miedo para hacerlo. Trascender no es negar nuestro cuerpo sino utilizarlo justamente para percibir con consciencia, para ser sensible a cada pedacito de cosmos que pasa a diario delante de nuestros ojos.

Además, el cuerpo conserva nuestra memoria corporal, donde se aloja la mayor parte de lo que somos, lo que nos hace únicos. No es la memoria intelectual y consciente la que nos define sino esas «tripas» donde se aloja nuestra historia afectiva, nuestras heridas y nuestros gozos. Nuestro mundo de niños se construye desde la inteligencia somato sensorial, es decir, desde el cuerpo primero y los afectos después. Nuestra mente no entra en juego hasta mucho después. Y la biodanza en eso acierta al proponer la VIVENCIA como método de autonocimiento y crecimiento, no tanto la teoría ni el relato, aunque también. Pero los cambios estructurales nos llegan a través del cuerpo y las relaciones afectivas y quedan en el cuerpo.

COMUNIÓN Y CONEXIÓN. Mostrarse vulnerable ante el otro para entrar en conexión con él o con ella. Trascender tu propia persona para llegar a la consciencia de la comunidad. Y dejarte sostener por la comunidad. Y conectar con los demás precisamente a través del contacto físico. De nuevo la afectividad, clave para el desarrollo pleno.

La conexión con la naturaleza y con la tierra también, el lograr un RITMO PROPIO de relación con ella, desde el que aportes algo a la totalidad, algo único, valioso y frágil.

Y la clave de la trascendencia es la INTEGRACIÓN. Lograr integrar todo lo que somos, nuestro cuerpo, nuestros afectos y nuestra mente. Nuestro pasado y nuestro presente. Lo que vemos y lo que tan sólo intuimos, apenas llegamos a sentir. Nuestro ser con la comunidad y con el universo. Una sola energía que fluya a través de nosotros.

Y de nuevo aparecía UBUNTU, la palabra mágica de la semana pasada. Yo soy en nosotros. La consciencia de que todos somos uno mismo, de que la vida nace, muere y renace de nuevo, que somos parte de un ciclo que va muy por encima de nosotros.

Y desde ahí disfrutar el MISTERIO. Vivir lo sagrado de la vida, que es todo. Cada pequeño detalle, matiz o criatura. Cada momento vivido con consciencia. Cada relación con amor del bueno. Y permitirnos SOÑAR y GOZAR la alegría de estar vivos.

Que la trascendencia pueda llegar a través de la alegría, de nuestro cuerpo , del amor conciente o viviendo nuestra vulnerabilidad me parece sencillamente un regalo. Por eso la última palabra es GRATITUD.

Pepa

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