Hay dias cargados de historia, de amor, de significado. Para mí el día de San José es uno de ellos.
Me recuerda un hilo que merece la pena ser recordado: el de mis vínculos verticales. Yo siempre he creído que en la vida hay vínculos verticales y vínculos horizontales. Los primeros, los verticales, son los que te anclan a la vida: tus padres y tus hijos. Los segundos, los horizontales, son los compañeros de camino, más o menos largo, más o menos profundo, pero compañeros de camino.
No son unos mejores que otros, sólo intuyo que cumplen un papel diferente en la vida. Los vínculos verticales son las raíces de nuestro árbol, los que constituyen la sabia de nuestro ser, la esencia. Esos vínculos que cuando los pierdes, tengas la edad que tengas, algo dentro de ti se desgaja, y a partir de ahí andas con una parte de ti colgada en el vacío.
La vida es sabia y lo habitual es perder a tus padres cuando ya tienes hijos, eso te permite mantener una continuidad en tus raíces, en ese ancla. Pero cuando eso no pasa, cuando pierdes a un hijo antes de irte tú, o cuando pierdes a tus padres demasiado pronto o simplemente cuando los pierdes y no tienes hijos, hay un escalofrío que se mete en el alma, es como si alguien se hubiera dejado siempre una puerta abierta por donde entra el frío. Es un grado mayor de soledad existencial. Todos estamos solos como seres únicos y diferenciados que somos, todos estamos solos en un nivel muy radical, muy existencial. Pero la soledad sin padres e hijos es diferente, más fría de vivir.
Del mismo modo, cuando estos vínculos verticales nos hacen daño, cuando están estructuralmente enfermos (sin entrar en detalles de por qué y desde dónde ni de qué) el árbol se balancea con el viento, se dobla. En algunos casos, lo que los psicólogos llamamos personas resilientes, se vuelven como juncos, que se mueven con el viento pero son fuertes, muy fuertes y no se rompen y desde ahí logran constituirse en plantas hermosas y potentes.
Pero los árboles sanos desde el principio son los que tienen raíces amorosas, presencias seguras y vivencias únicas con ellas. La vida es suficientemente sabia y hermosa como para ofrecer la oportunidad de sanar sus racíces a cualquier persona que opte por vivir, que quiera hacerlo. Y por supuesto no me engaño, casi todos tenemos unas raíces con alguna que otra herida. Es parte de nuestra humanidad.
Y luego están los vínculos horizontales, esos compañeros y compañeras de camino que te llegan desde niña, en forma de hermanos, de primos, de amigos, y luego más adelante de pareja. Esos vínculos que van formándote, porque van configurando tu forma de ser y de vivir, van transformándote como cuando le das forma a una planta. Cada herida, cada caricia, cada presencia, cada regalo nos hace quienes somos. Con algunos compartimos tan sólo un pedacito de viaje, con otros casi la vida entera, pero somos seres separados, diferenciados, que como decía esa maravillosa imagen de Gibran, somos como las columnas de un templo, que necesitamos estar algo separados para poder sostener el templo.
Volviendo a mí, el día de San José desde que era niña para mí representa a mi padre. Celebrábamos el día del padre y mi santo juntos y comíamos esas maravillosas virutas de San José, que no he vuelto a encontrar fuera de Aragón. Pero él murió hoy hace ocho años, once años después de morir mi madre. Y con su muerte me quedé sin hogar.
Hasta que llegó mi hijo. Y mi hijo resultó llamarse José. Y pasé de celebrar el día de San José con mi padre, a recordar su muerte, a celebrar nuestro santo común mi hijo y yo. Y al final a todo en uno. Las memorias y presencias de mis vínculos verticales me siguen configurando. Y la risa de ayer de mi hijo en el parque de atracciones va envuelta en las caricias de mi padre, en esa sonrisa silenciosa tan suya.
Me siento y me sé una privilegiada. Y honro mis raíces, mis vínculos verticales.
Pepa