Aquí estoy, sentada en un ordenador en México DF un rato antes de dar el último taller de este viaje. Un viaje en el que nada, y es literal lo que digo, NADA, ha salido tal y como estaba planificado. Y sin embargo todo ha salido bien. De hecho muy bien.
Hace tiempo que vengo practicando el arte de ¨fluir con la vida¨ que a veces resulta arduo, pero que ha cambiado mi forma de estar en el mundo. Esa capacidad de fiarse, de no tener miedo, de confiar. Y este viaje me ha puesto a prueba en ese sentido. Vaya un ejemplo. LLegar a una sala con más de 100 personas a las que en teoría vas a dar una sesión de cuatro horas, sentarte en la mesa presidencial y descubrir mientras la maestra de ceremonias (sí, estilo mejicano) lee extensa y pormenorizadamente tu curriculum un papel encima de tu carpeta con el programa de la jornada, en el que han dejado tu intervención reducida a una hora y el acto completo a dos. Fluir con la vida se traduce en respirar muy hondo, pero mucho, no mirar a la organizadora que te acompañaba y que está tan fuera de juego como tú y empezar a pensar rápidamente en cómo reconducir tu intervención. Por suerte, la exposición de mi curriculum fue larga y pude resituarme antes de empezar a hablar. Al final salió muy bien y escuché intervenciones de la gente de esas que le dan sentido a lo que hago, como escuchar a una madre decir ¨hasta el día de hoy no había comprendido que estoy repitiendo los patrones en que me criaron mis padres con mis hijos, y no quiero hacerlo, ahora mismo me siento mal, pero lo voy a cambiar¨. Hace falta una valentía enorme para hacer consciente eso, y mucha más para decirlo en público.
Hay más ejemplos, una conferencia que estaba prevista a las once, llegamos y la han cambiado a la una sin avisar, pero sobre la marcha deciden adelantarla y acabo hablando a las once y media. Un viaje que estaba previsto para hora y media son tres horas. Entrevistas que no me iban a hacer y acaban haciéndome. Conferencias que están previstas y me había preparado, llego y me dicen que se han suspendido, pero el día anterior a las diez de la noche cuando ya se han organizado otros eventos, llaman para decir que sí se hacen. Y suma y sigue. Por no hablar de acontecimientos recientes de la vida política mejicana que han puesto patas arriba al sector de educación, y que conllevan más y más cambios.
Y durante toda la semana me he estado preguntando por qué, cómo es posible semejante nivel de improvisación, de informalidad..y al final siempre llego a lo mismo. Al estilo mejicano, ése que da veinte rodeos para no decirte nunca que no a la cara, ese que utiliza un diminutivo cada dos palabras ¨ahorita, un minutito, me hace un favorcito…¨ Y siento que debe ser muy difícil llegar a consensos, desarrollar proyectos o sistemas coordinados de protección en un entorno donde hay que mantener siempre la compostura, no ser ´rudo´, y no decir ´no´ de frente aunque sí lo hagas de hecho. En muchos sentidos me recordaba a lo que viví en el sudeste asiático, donde antes de comenzar a dar los talleres me explicaron que nunca le preguntara a los asistentes si habían comprendido o no, porque siempre me dirían que sí, fuera así o no. Tenía que hacer ejercicios para asegurarme de que habían comprendido los conceptos en la práctica sin preguntarlo de cara. Eso sí, la sección de ¨preguntas o dudas¨ era siempre brevísima. Aquí en México no lo es. Aquí mi experiencia es que cuando la gente entra en los talleres se implica de verdad y preguntan y preguntan y preguntan. Y me he encontrado con regalos impagables en esas preguntas, o con gente que se me acerca al acabar el taller y me dice ¨me deja que le dé un abrazo¨ o con gente y gente que quiere fotografiarse conmigo.
Pero cuando me topo con estos contextos y dinámicas socio culturales, aquí y allí, siempre pienso que no es casual que se relacionen con los países con altas cifras de violencia, sobre todo intrafamiliar. La violencia es algo universal, no tiene que ver tanto con una cultura u otra sino con la forma en que manejamos el poder en nuestras relaciones afectivas. Pero la promoción de las alternativas a la violencia sí depende del contexto social donde trabajas. Promover formas de relación afectivas y sanas viene condicionado a la posibilidad de relacionarse de una forma honesta, de sentirse seguro para poder decir lo que piensas y saber que vas a ser aceptado y respetado, con la posibilidad de poder exponer el desacuerdo o las necesidades de una forma tranquila, con la posibilidad de poder confiar y dejarse en el otro…y todo eso sí que hay entornos que lo favorecen más que otros. En mi experiencia, los lugares donde el control social y los estereotipos sociales son más rígidos y están más arraigados son en los que encuentro una problemática mayor de violencia.
Pero, volviendo a mí y a mi viaje, al final en todo esto, lo único que cuenta es si decides reír o llorar. Si decides adaptarte a lo que hay y sacar lo mejor de lo que llega, o si decides enfadarte. Y lograr optar por lo primero depende en el fondo de cómo estés, de las fuerzas que tengas, de tu paz interior. Así que hubo suerte. Vine en paz. Pero hacía tiempo que no vivía un viaje tan surrealista en este sentido. Y sin embargo, un viaje que al final ha resultado bueno, divertido, pleno de vivencias y ha generado compromisos de continuidad.
Este es mi segundo viaje a México. La primera y única vez que vine estuve sólo en el DF, y a pesar de que he viajado mucho estos años a distintos lugares de Centroamérica, no había vuelto a México. Esta vez he viajado a Toluca y a Puebla. Este viaje es el resultado del trabajo de mucho tiempo de una mujer, Silvia, que dirige Educadores sin Fronteras, aquí en México, y que se empeñó cuando nos conocimos hace ya cinco años en traerme, y al final lo consiguió. Y estoy convencida de que éste va a ser el primer viaje de muchos porque es un punto y aparte de un camino muy largo que anduvo ella casi en soledad. Es algo así como un lanzamiento público y creo que ha salido como ella merecía, ella y quienes trabajan con ella.
Recuerdo que mi impresión del DF en aquel entonces fue el de un lugar inhóspito para vivir, la contaminación, el tráfico, el ruido…y sin embargo ahora lo he sentido mucho mejor, a pesar de todos los problemas. Es como si hubiera más luz, a pesar de que el país está convulso y se nota en los talleres, en las conferencias, en las conversaciones y en las miradas de la gente.
Y ayer conocí Puebla, un lugar muy bello, del que, además de su gente, me llevo tres vivencias con las que acabo este relato. La vista desde la ventana del hotel San Leonardo (recomendación vehemente si viajáis a Puebla) de Puebla al amanecer, sus casas y sus gentes. El sabor de los camarones gigantes rebozados en nuez y bañados en mole. Un plato de los que recordaré siempre. Y el restaurante donde lo comimos ¨La casa de los muñecos¨ cuyo dueño, con un nombre tan curioso como Zabalinsky, nos dio una lección a nuestros prejuicios en forma de CD de música impagable.
Así que ya veis, todo salió diferente de lo programado, pero todo salió bien. Todo un regalo que renueva mi consciencia de privilegio. Más si cabe hoy, día 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Felicidades, mujeres valientes allá donde estéis.
Pepa










