L2. Los códigos pueden guardar universos dentro de sí mismos, eso dicen los matemáticos. Pueden guardar una posibilidad y las posibilidades guardan en sí mismas infinitos. Una de esas posibilidades es la que te llega cuando entras en un lugar que adoras, al que has llevado a gente que adoras más, y ves libre la mejor de las mesas del jardín. Pero no es para ti, alguien que conoce el lugar y ha sido más rápido, ha reservado justo esa mesa.
La L2 es la mejor porque, para empezar, es redonda. Los lugares circulares generan relaciones diferentes, ritmos diferentes. Colocan a las personas en posición de igualdad, sin sometimiento ni orden alguno. No hay cabeceras, sólo encuentro. Porque cuando hay cabeceras, las personas que las ocupan se colocan de una forma diferente. Forman parte de un guion no escrito en el que lideran algo que aún no saben bien qué va a ser. Y cuando hay dos cabeceras la posibilidad de enfrentamiento es casi, casi automática. Y los demás se sitúan de segundos, han de elegir a quien mirar, si a una u otra cabecera, o si mirarse entre ellos. Y el juego de la conversación va tomando forma y las personas que lideran van generando miradas. Hace falta mucha inteligencia y mucho sentido del humor para cambiar ese orden. Un orden no escrito pero que se puede palpar. Y entonces una joven brillante va haciendo comentarios puntuales al que lidera desde la cabecera, comentarios que logran desconcertarle, a veces punzantes y siempre brillantes. Y los demás miembros de la mesa la siguen, la miran y se sonríen. Y se genera una especie de hilo en el que cada persona va asumiendo ese tono, el de los comentarios tiernos pero claros, punzantes pero amorosos. Porque cuando hay amor en una mesa, da lo mismo que sea redonda o rectangular, siempre se sale bendecido, con la sensación interna de gozo y el alma llena.
Pero la L2 sigue vacía. Redonda y vacía. La mesa prohibida que sigue sin ser ocupada. Y tenemos los comensales tauro, que de la mano vuelven al tema de forma cabezota y reiterada. Tenemos al comensal sagitario que con su vena física da la espalda a la mesa y quiere olvidarla. Y el resto de los comensales, a saber el leo con su ternura, la acuario con su capacidad de adaptarse y el virgo con su orgullo deciden seguir el juego de la mesa prohibida.
Y es que la L2 además tiene la mejor vista al mar, y le llega más brisa en el pequeño jardín, dato nada desdeñable en una noche calurosa de agosto mallorquín. Y la noche va pasando y sigue vacía. Y entonces empieza a fraguarse una pequeña revolución, la idea impulsada no se sabe muy bien por quién, de moverse sin permiso a la L2.

Moverse sin permiso. Qué idea más revolucionaria. Cambiar nuestro lugar, el lugar que nos adjudican. Cambiar nuestro rol, el que nos dieron en nuestras familias y desde allí encontrar uno que sea nuestro. Se mueven sin permiso (o al final con él) los hijos tomando decisiones equivocadas pero suyas, al fin y al cabo. Se mueven los padres sosteniendo esas decisiones desde el amor y el miedo y el orgullo, un poco de todo eso junto. Cambian de lugar, sin permiso o con él, los jóvenes que empiezan a atisbar una forma propia de vivir su vida y sienten que deben irse de casa para lograrlo. Los que necesitan probarse a sí mismos contra la travesía de las cuatro calaveras. Y quienes saben que serán y son distintos y serlo ha sido en sí mismo una revolución. Y el tiempo avanza y la L2 sigue vacía. Y van a llegar los postres. Y empieza a fraguarse el plan de llevarse los postres y tomarlos en la otra mesa.
Y el final de la historia es como la vida misma. Porque los «dueños» de la L2 llegan al mismo tiempo que los postres. Aunque en teoría la cocina esté a punto de cerrar. Son ese tipo de gente que llega tarde a los sitios sin inmutarse, que trasmite la sensación de que la gente puede estar a su servicio. Y los comensales de la mesa rectangular se ríen entre divertidos, decepcionados y aliviados dependiendo del carácter de cada uno. Siempre con la duda de si esperaron demasiado. Pero toman dos decisiones divertidas. Por un lado, apuntarse el número de mesa para volver a cenar juntos un día en esa mesa, es decir, la promesa de un nuevo encuentro de gozo y sonrisas de bahía. Y la otra decisión fue mía, más un compromiso que una decisión: escribir una entrada en mi blog que se llamara «L2 vacía» para dejar huella en este blog de la fortuna de aquella mesa rectangular, llena de algunas de las personas más importantes de mi vida, del gozo de tenerlas y de tenerlas juntas, que es doblemente gozo. Y así guardar la memoria de una tarde de verano inolvidable. Y hacerlo de este modo, que puede parecer tonto, pero que guarda memoria de amor, un pedacito de edén y un agradecimiento inmensamente conmovido.
Pepa













