Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

La tostada de octubre

Me siento a escribir esta entrada sin saber si sabré cómo hacerlo. Y desde el convencimiento también de que si no la escribo ahora, no lo haré, al menos no de esta forma. Lo hago desde el amor que supone la memoria. Amor hacia otros, amor hacia mí.

Hace un par de días, días de los que son meses, me encontré sentada en un taburete de un balconcito de una casa llena de amor desayunando una tostada que resumía mi mes de octubre. Así que decidí convertirla en metáfora, en imagen, en relato. La tostada estaba hecha de pan venido de Formentera, queso de la Toscana, aceite y tomate de Frailes y aguacate de Manuel.

Y en esa tostada se escondían también las manos que se hacen cuenco de amparo y ofrenda, el relato que se hace prisión, la palabra que libera y legitima al niño, la ausencia que se hace presencia pero nunca olvido y la mirada que te hace testigo y algo más.

Pero vamos ingrediente a ingrediente (cuanto cuidado he recibido en forma de comida estos días!, alimento que lo es también para el alma).

EL QUESO DE LA TOSCANA

Este era un viaje pendiente. Por el lugar, del que conocía sus ciudades pero no sus pueblos y sus paisajes. Y por Susana, mi compañera de viaje, una de mis personas refugio, de esas que te cuidan sin darse cuenta pero con perseverancia, dulzura y mimo. De esas supervivientes que se hacen cuenco con sus manos y caricia con su abrazo.

El queso viene de un agroturismo inesperado en una carretera pequeña y perdida y una pareja anciana que daba desayunos y vendía quesos.

El queso está hecho de conversación larga, risas compartidas en una azotea, cuestas y pueblos que son montes y memoria detenida, casas perdidas con cipreses en la entrada, caminos inesperados y canciones grabadas para alguien amado y una cafetera picolina que, por cierto, viajó infinito hasta poder hacer el café que acompañaba a la tostada en otro país,en otra tierra pero con el mismo amor.

EL PAN DE FORMENTERA

Pan y aceite. Aceite y pan. Salir del mundo y detenerse ante el mar para que su agua te sane, sus amaneceres te permitan despedir a alguien amado y su tormenta te recuerde lo pequeñitos que somos y que una tormenta vista entre dos es igual de sobrecogedora pero no es la misma.

Poder estar en silencio, tener ataques de risa gozosos con un libro, llorar cuando hace falta, expresar el enfado por teléfono, hacer cafés expresados y una mesa de preguntas que se hacen de alma, se contestan con honestidad y se acogen en silencio. Y mirarte, mirarte y mirarte hasta tener la sensación de leerte. Ver dos liebres acercarse a ti, y probar todas las mesas, todos los temas, todas las memorias.

Sentirte cuidada con tanto mimo y sostenida en abrazos cuando llega la muerte de alguien amado. Alguien amado que te ha dejado tanto en su camino de despedida, que vivió con dignidad y valentía, decisión a decisión. Te hizo un regalo de amor al dejarte estar presente, esperarte para la despedida y dejar clara su voluntad para recordarla al llegar la angustia y la duda.

Y después de la muerte, las tormentas, los cambios de billetes, el apartamento refugio, estrenar justo ahí la cafetera y secar los zapatos, salvar el coche. Y volver al barco y del barco a la casa amada de una mujer preciosa, que guarda dentro de sí la niña que habla con la lluvia y la mujer que sabe decir «basta» hasta al amor de quien ya no está. Cantar, cantar y cantar en un capítulo del viaje que es vida y luz y certeza.

EL TOMATE Y EL ACEITE DE FRAILES

Y de nuevo en el barco pero ya con sol y sigues de copilota tratando de no perderte detalle, y llega el abrazo de una mujer valiente, que empieza a concederse su lugar y su valor y su vida. Y con ellos, primos gemelos, llegas al tomate y el aceite de Frailes. Siendo consciente de cómo te honran al acogerte y mostrarte su hogar, su pueblo, su infancia. Y tratas de hacerte digna de ese regalo.

Presencias muchas conversaciones de alma en las que el dolor y el amor van de la mano, donde los niños que fueron y los que no pudieron ser se miran conmovidos, donde se empieza a nombrar para romper el bunker y empezar a sentir las entrañas, aunque apenas se pueda llorar.

Vas a lugares que son plegaria en los que lo único que puedes decir por dentro una y otra vez sentada en aquella tierra dura y hermosa es: gracias, gracias, gracias. En donde narras un sueño donde alguien te dijo: «Así que eras tú».

Subes a joyas en la montaña que se vuelven abrazo de preguntas y atardecer detenido con el canto.

Vas a una casa que es aún apenas un sueño, otro sueño de niña legítimo y anulado hasta ahora, donde ves ese patio, lo puedes ver y ver lo que acogerá y la luz que traerá.

Cenas con una niña que es ternura y luz.

Sigues teniendo ataques de risa con libros y con gestos y con charlas cruzadas sin sentido porque ríes sin parar. Todo el tiempo, incluso en el dolor. Bendita risa. Y cada mañana en ese balconcito alguien te trae el café y la tostada. Y cocinas con vinos y risas percibiendo el mimo de la cocinera mientras lloras al cortar las cebollas, qué excusa más buena para llorar!

Y un día bajas a ver a tu hijo al pueblo donde está estudiando y te levantas, como siempre te ha pasado, casi corriendo de felicidad a abrazarle cuando le ves venir por la calle. Y les ves feliz y radiante en aquel pueblo y capaz de sentir ese amor que te rodea y capaz de corresponderlo en ti.

Y ves a otro niño corriendo en aquella plaza, con aquella guitarra sonando y el café (sí, pan, aceite y café) en tus manos. Con esa mujer preciosa que es luz pero está muy triste. Sólo ella podía hacernos llegar cantando a coro los cuatro a Nino Bravo.

Y el día de la despedida llega un hombre al que no olvidaré con una caja de botellas de su aceite y otra mujer me abraza al despedirse y me recuerda que allí tengo mi hogar.

Y el silencio se adueña del coche porque regresar de un viaje como este no es posible, no hay regreso, sólo continuidad. Y de nuevo volvemos a cantar. Como cantamos al venir pero diferente. Y hasta el último minuto del barco de regreso vamos jugando, honrando y agradeciendo en una forma de hacer habitable la ausencia que se anuncia. Ausencia que es presencia y nunca olvido.

EL AGUACATE DE MANUEL

En este blog he escrito sobre personas que amo, en algunos casos muy literalmente como sobre mis padres o mi tía o mi padrino o Txus. En otras, en forma de cuento o de metáfora que sólo puede reconocer totalmente quien forma parte de ella.

Pues el último ingrediente de la tostada, que es metáfora en esta entrada, merece ser nombrado porque existe, porque es, y sin él, nada de lo que he descrito hubiera pasado. Es un hombre de su familia, es un niño que corre en una plaza, es lo que fue y siguió siendo a pesar del relato, es un cabezota empedernido, es cuidado y mimo constante. Es palabra, dignidad y justicia. Es alguien con la valentía suficiente como para aprender a vivir.

A veces la vida te hace regalos que sólo te queda acoger con el asombro de niña y la consciencia de mujer unidas de la mano. Hay personas que llegan a tu vida para quedarse, a las que reconoces abrazándolas, con las que hablas en silencio. Personas cuya luz te conforta el alma y te devuelve la certeza de tu dignidad, tu fragilidad y tu belleza. Personas que sanan tu memoria corporal, te hacen consciente del frío que has pasado y hacen que el amor se expanda incorporando a otras personas en eso que se crea cuando estáis juntos.

Así que la última frase de este blog es para Manuel y tan sólo dice: a ti.

Pepa

Poesía, amor y desgarro

Qué difícil sentarse a escribir de lo que todo el mundo habla y no sentir que vas a caer en lugares comunes. Pero qué vacío habría en este pequeño hogar mío si no hablara de La bola Negra.

Es poesía. Es arte. Rasga el alma como los campos de los que hablan en la peli que están llenos de historias de amor enterradas. Son tantos momentos, tanta belleza, tantos extractos y tantas referencias cruzadas que sólo queda la admiración. Me quedé sentada, abrazada a alguien amado, hasta que empezó la siguiente sesión. Estuvimos a punto de quedarnos a verla de nuevo, hacía años que no me pasaba eso y mira que soy de las que ven dos y tres veces las pelis que me gustan.

Y sé que todo el mundo habla de los personajes principales y lo hacen con razón, son historias sentidas e interpretaciones soberbias. Pero sobre todo es cine, es arte, es un hilo que te lleva sin descanso de una imagen a otra, de una mirada a otra casi sin respirar. Pero a mí quienes me quebraron fueron las mujeres de la película. Y la palabra es justo esa: me quebraron.

La madre muerta, guiada por su hijo en un intento inútil de salvarla y salvarse, que acaba desangrada por las bombas. Una muerta más sin nombre de las muchas que aún quedan. Esa mirada de esa actriz, a la que ni siquiera se ve, la mirada de temor y de inocencia y de tratar de hacer caso a su hijo, que acaba muerta como todo el pueblo.

La madre abandonada, destruida y cortante como un cuchillo que interpreta Lola Dueñas. Una madre que trata de encontrar paz sin lograrlo, que no abandona a su hijo aunque no sepa cómo amarlo, que se destruye y lo aleja para no matarlo con ella. Esa primera comida entre madre e hijo me desgarró. Y cada minuto del resto de la película entre ellos dos.

La madre del niño muerto. Un niño ahogado con una ferocidad que se cuenta casi de pasada y que sin embargo da la medida de la atrocidad permitida y normalizada. Se puede ahogar a un niño en grupo y que nadie haga nada, que todo el pueblo calle y sostengan la locura de la madre con mirada resignada. Esa madre que dice «yo tenía un hijo» y que reaparece con él en la nieve. Esa escena de la nieve, pura poesía.

La hermana de uno de los protagonistas que utiliza palabras de Lorca para decirle a su hermano que aproveche él y viva, que a ella solo le queda quedarse en casa porque es mujer y eso es lo que le toca. Y esa madre que intenta ahorrar para que su hijo, él sí porque es hombre, pueda huir a Madrid y vivir «con discreción», es decir sin que lleguen noticias al pueblo, la vida que él quiere. Para él sí ahorra. A su hija le toca quedarse encerrada en casa con ella.

Hasta el personaje femenino que brilla en la película y fuera de ella, la cabaretera, la cupletista, el personaje de Penélope Cruz, y su referencia al transformista que existió de verdad. Mujeres que entre patadas y mordiscos lograban salir de sus casas aceptando el precio de la vergüenza.

Y pienso en todo ese dolor que se transmite de generación en generación, que se esconde en los campos y en los cuerpos de las personas. Daño con el que nos acostumbramos a vivir. El daño de tener que negarnos para sobrevivir mientras perdemos la vida. El daño del rechazo social y de la condena a no existir.

Y sin embargo, veo una vez más cómo en todo ese daño se esconde siempre el amor: el de esas madres, el de los protagonistas, el de ese italiano que concede un minuto a los enamorados, bendito italiano! El del amigo que le dice a uno de los protagonistas: diles que aquí tendrás un amigo que te defenderá seas lo que seas y ames a quien ames, y el otro que le dice: yo no puedo disimular, tú sí, pero yo sé quién eres.

El amor nos salva. Siempre fue así. Y lo sigue siendo. La diferencia la marca el miedo. Nos negamos o no nos negamos. Optamos por vivir u optamos por morir. Nos acercamos y acariciamos temblorosos pero vivos o nos quedamos cruzando las piernas y los brazos y tocando la trompeta en un baño. Vivir ahora. Hay que vivir siempre. Vivir es amar, abrirse, arriesgarse. Y desde ahí, con unas manos que te calientan el corazón, volar.

Gracias a Javier Calvo y Javier Ambrossi, claro que sí, y a todo el equipo, por dejarme llorando abrazada en la sala de un cine.
Pepa

El amor que no se ve

Una manta sobre un cuerpo.
Un edredón comprado para abrigar a un hijo.
Aceptar una terraza.
El sol de cada día.
El abrazo en el aeropuerto.

Las lágrimas en el abrazo después de la herida.
La risa.
El café en taza grande.
Un «lo siento» y un «gracias».
El brillo del sol en las hojas de los árboles.
Caminar hasta el barrio. Y también coger el autobús.
La infancia compartida.
Algunas miradas.
El silencio con sentido.
Un rincón en la muralla.
Las frases de un libro.
Ponerse delante en la bajada de una montaña.
Cada caricia.
Sentarse en la silla donde da el sol.
Los abrazos donde te quedas «un rato más».
Una resi, un piso, un apartamento.
«Este niño es muy especial para mí».
Que te guíen en un paseo y dejarse guiar.
El asombro de niña.
….

Pepa

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Del agua fría a la tarta de queso

Uno de mis amigos del alma suele decir que yo entro hasta las cocinas de las casas y que eso tiene sus ventajas y sus riesgos. Por un lado, conozco el alma de los hogares y de las personas. Por otro, cuando no quieren que esté o vea, salir de allí no es algo que suela suceder con dulzura.

Lo que es seguro es que adoro las cocinas de las casas. Es donde me gusta sentarme horas y conversar. Y a la cocina como lugar favorito en las casas, sólo hay otro que le gana y es cuando la casa tiene un porche, un patio o una terraza. Porque estar en hogar y sentir la brisa del aire libre al mismo tiempo me parece algo impagable.

Y a veces te ocurre, como anoche, que te sientas a una mesa y alguien te abre su alma hasta hacerte llorar. Y por si fuera poco, te cocina. Te cocina como acto de amor, de mimo y de cuidado. De las mejores croquetas que he probado nunca y una tarta de queso que forma parte del edén.

Cuanto más silencio anida en mí, más miro y más escucho. Y al escuchar encuentro historias de las que no salen en los periódicos. Porque ese mandato de «trabaja y no pienses» viene fortalecido por el miedo y las ausencias de las páginas de los periódicos.

Pero anoche la historia hablaba de un inmenso amor, del desgarro de tener que sostener en soledad demasiadas cosas, de la fortaleza de tantas mujeres que fueron criadas en el pedernal y lograron reconvertir el agua fría en tartas de queso. De lo que sucede cuando una se queda paralizada y sobrepasada y esconde el dolor entre fogones para no pensar. De la fuerza que hace falta para seguir en pie y para no cerrar el alma. Porque a través del alma llega la luz, llega la esperanza y llega el perdón, ése que surge al cambiar el lenguaje con el que nos hablamos.

Pero hace falta un camino muy largo. Son muchos años de agotamiento, de desgarro, de morir un poco por dentro cada día para darle vida a otra personita. Personita que a su vez añora, tiembla y se aferra.

Mirar hacia arriba y ver el pedernal. Generaciones de agua fría, trabajo y hambre. Mirar hacia abajo y ver la huida y el temblor. Y en el camino un hilo. Y alguien que, poco a poco, se concede el derecho a tener un hogar; a decorarlo (tan bonito!); a guardar una máquina de coser, un baúl o la silla de un niño; a esperar aquello que sabe que merece la pena. Y aún así, entre paso a paso, le surge la duda y el juicio.

Porque se trata de acunar a la niña que fue, y honrarla. De no olvidar y revisitar el pasado, para nombrar distinto (tan distinto!) y mejor. De darle valor a su fuerza, aunque fuera desesperada. Se trata de concederse el derecho a ser feliz, a ser hogar y a dejarse cuidar y acariciar por quienes comparten la mesa.

Ojalá hubiera podido cobijarla antes. Pero sí puedo honrarla y hacerla reír y enseñarle a mirarse de otra forma. Eso sí puedo hacerlo. A eso también digo sí.

Pepa

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L2 vacía

L2. Los códigos pueden guardar universos dentro de sí mismos, eso dicen los matemáticos. Pueden guardar una posibilidad y las posibilidades guardan en sí mismas infinitos. Una de esas posibilidades es la que te llega cuando entras en un lugar que adoras, al que has llevado a gente que adoras más, y ves libre la mejor de las mesas del jardín. Pero no es para ti, alguien que conoce el lugar y ha sido más rápido, ha reservado justo esa mesa.

La L2 es la mejor porque, para empezar, es redonda. Los lugares circulares generan relaciones diferentes, ritmos diferentes. Colocan a las personas en posición de igualdad, sin sometimiento ni orden alguno. No hay cabeceras, sólo encuentro. Porque cuando hay cabeceras, las personas que las ocupan se colocan de una forma diferente. Forman parte de un guion no escrito en el que lideran algo que aún no saben bien qué va a ser. Y cuando hay dos cabeceras la posibilidad de enfrentamiento es casi, casi automática. Y los demás se sitúan de segundos, han de elegir a quien mirar, si a una u otra cabecera, o si mirarse entre ellos. Y el juego de la conversación va tomando forma y las personas que lideran van generando miradas. Hace falta mucha inteligencia y mucho sentido del humor para cambiar ese orden. Un orden no escrito pero que se puede palpar. Y entonces una joven brillante va haciendo comentarios puntuales al que lidera desde la cabecera, comentarios que logran desconcertarle, a veces punzantes y siempre brillantes. Y los demás miembros de la mesa la siguen, la miran y se sonríen. Y se genera una especie de hilo en el que cada persona va asumiendo ese tono, el de los comentarios tiernos pero claros, punzantes pero amorosos. Porque cuando hay amor en una mesa, da lo mismo que sea redonda o rectangular, siempre se sale bendecido, con la sensación interna de gozo y el alma llena.

Pero la L2 sigue vacía. Redonda y vacía. La mesa prohibida que sigue sin ser ocupada. Y tenemos los comensales tauro, que de la mano vuelven al tema de forma cabezota y reiterada. Tenemos al comensal sagitario que con su vena física da la espalda a la mesa y quiere olvidarla. Y el resto de los comensales, a saber el leo con su ternura, la acuario con su capacidad de adaptarse y el virgo con su orgullo deciden seguir el juego de la mesa prohibida.

Y es que la L2 además tiene la mejor vista al mar, y le llega más brisa en el pequeño jardín, dato nada desdeñable en una noche calurosa de agosto mallorquín. Y la noche va pasando y sigue vacía. Y entonces empieza a fraguarse una pequeña revolución, la idea impulsada no se sabe muy bien por quién, de moverse sin permiso a la L2.

Moverse sin permiso. Qué idea más revolucionaria. Cambiar nuestro lugar, el lugar que nos adjudican. Cambiar nuestro rol, el que nos dieron en nuestras familias y desde allí encontrar uno que sea nuestro. Se mueven sin permiso (o al final con él) los hijos tomando decisiones equivocadas pero suyas, al fin y al cabo. Se mueven los padres sosteniendo esas decisiones desde el amor y el miedo y el orgullo, un poco de todo eso junto. Cambian de lugar, sin permiso o con él, los jóvenes que empiezan a atisbar una forma propia de vivir su vida y sienten que deben irse de casa para lograrlo. Los que necesitan probarse a sí mismos contra la travesía de las cuatro calaveras. Y quienes saben que serán y son distintos y serlo ha sido en sí mismo una revolución. Y el tiempo avanza y la L2 sigue vacía. Y van a llegar los postres. Y empieza a fraguarse el plan de llevarse los postres y tomarlos en la otra mesa.

Y el final de la historia es como la vida misma. Porque los «dueños» de la L2 llegan al mismo tiempo que los postres. Aunque en teoría la cocina esté a punto de cerrar. Son ese tipo de gente que llega tarde a los sitios sin inmutarse, que trasmite la sensación de que la gente puede estar a su servicio. Y los comensales de la mesa rectangular se ríen entre divertidos, decepcionados y aliviados dependiendo del carácter de cada uno. Siempre con la duda de si esperaron demasiado. Pero toman dos decisiones divertidas. Por un lado, apuntarse el número de mesa para volver a cenar juntos un día en esa mesa, es decir, la promesa de un nuevo encuentro de gozo y sonrisas de bahía. Y la otra decisión fue mía, más un compromiso que una decisión: escribir una entrada en mi blog que se llamara «L2 vacía» para dejar huella en este blog de la fortuna de aquella mesa rectangular, llena de algunas de las personas más importantes de mi vida, del gozo de tenerlas y de tenerlas juntas, que es doblemente gozo. Y así guardar la memoria de una tarde de verano inolvidable. Y hacerlo de este modo, que puede parecer tonto, pero que guarda memoria de amor, un pedacito de edén y un agradecimiento inmensamente conmovido.

Pepa

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El sombrero

Hay personas que llegan a nuestra vida para sanarnos, aunque no sepamos siquiera que estamos heridos o lo profundo de nuestra herida. Hay lugares de amor que van acariciándote la piel hasta que sientes que se abre, se deja y algo se libera. Y hay objetos que guardan en sí mismos la memoria y la dignidad aparentemente olvidada.

La dignidad es algo difícil de definir, como la inteligencia o la felicidad. La dignidad es un anciano sentado en una roca mirando el monte, pero también dos niños abrazados en una roca ante el mar. Distintas rocas, distantes edades, la misma dignidad. La dignidad es una mirada que te enlaza en un hilo, un hilo que continúa incluso en medio del ruido y la gente. La dignidad es saber quién eres y el lugar que ocupas, aunque te lo intenten arrebatar. La dignidad no depende de las cosas que tienes ni de su valor. Es la respiración, el sonido del corazón del otro y el silencio que cobija en algunos abrazos. Esos abrazos que valen una vida y le recuerdan a tu cuerpo que es digno de ser amado.

La dignidad no se compra ni se vende, pero sí se puede perder. A veces olvidamos quiénes somos y no nos reconocemos en el espejo. A veces no somos capaces de mantener los límites protectores y dejamos que nos hieran y nos sometan. Y eso ocurre casi siempre cuando no tenemos cerca quien nos mire con amor y con honestidad, quien nos cobije cuando temblamos de miedo.

Pero llega un día que alguien te mira, te abraza, se ríe contigo y genera conversaciones refugio, de esas que te ponen las manos en el corazón y te lo calientan para que puedas volar. Y las mejores conversaciones siempre llegan imprevistas en el silencio, ante la luna o cocinando una tortilla. Y un cuadro, que es hilo de amor y belleza, te sirve como si fuera ese sombrero: para dar la justa medida a la gratitud que sientes.

Y entonces saltas el precipicio, abres las puertas y vuelas. Y te das cuenta de que nadie que te ame bonito, dulce y real te va a dañar. Que no necesitas temblar, que puedes dejarte. Y que justamente a ti también te quieren osada, bella y digna.

Y entonces tomas el sombrero que te ofrecieron y lo haces tuyo. Y sonríes en silencio. Porque no hace falta nada más.

Pepa

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Lo mejor y lo peor: mi decálogo del precipicio

Recuerdo hace muchos años, no había cumplido los 30, cuando me tocó bajar al quirófano sin saber cómo iba a salir de allí. Recuerdo las semanas de espera que hablaba a mi gente de «la vida en blancos y negros». Les decía que la vida se vive en un arco iris, que hay infinidad de matices y colores, que puedes enviar el mismo sol cada día a alguien que amas desde el mismo lugar y cada día es diferente. Pero hay momentos en los que la vida te conduce a los blancos y negros. No hay término medio. Vives o mueres. La persona está o no está. Vuelas o caes. Cuando salí de aquel quirófano y me tocó volver al arco iris me costó. Hablaba a mi gente de los blancos y negros y no entendían bien de qué les hablaba y a mí me costaba creerme los colores, especialmente el azul y sus miles de matices.

Han pasado los años. Muchas de las personas que amo han vivido ya los blancos y negros y no necesito narrarlos. Vivo entre azules de cielos, mares y ojos amados. Pero sigo sin olvidar lo que aprendí en los blancos y negros.

Y por si se me ocurre olvidarlos, la vida de vez en cuando me sigue enviando una dosis de vida en blancos y negros. Estas últimas semanas, en realidad estos últimos meses, han aparecido más de lo que hubiera querido. Lo mejor y lo peor de la vida de la mano. El amor y la pérdida. La amistad y la agresión. El cuidado y el abandono. El vuelo en el camino del cielo que te lleva a encontrar a alguien amado y los caminos inesperados que no deseas andar.

De los blancos y negros aprendí algunas cosas que he vuelto a recordar estos meses y que quiero dejar aquí escritas.

Este es mi «decálogo del precipicio» cuando la vida te lleva, te empuja, te exige casi (es muy, muy insistente la vida a la hora de hacernos aprender) vencer el miedo y volar.

Aprendí que:

1. El amor ha de encarnarse y la presencia requiere caricia.
2. Somos desde la mirada del otro. Si no hay un otro, todo se vuelve desgarrador.
3. Existir es estar ahí. Esto me lo enseñó mi madre de su alemán (existir en alemán se dice dasein, que significa literalmente estar ahí) y lo recupero una y otra y otra vez.
4. La fortaleza sólo se construye desde el reconocimiento de la vulnerabilidad. Sólo mostrando nuestros miedos, nuestra fragilidad, pedimos ayuda. Y sólo desde la ayuda nos llega la fortaleza. «No soy yo el fuerte ni tú el fuerte, es el amor que nos une el que nos hace fuertes».
5. Hay momentos en los que estar o no estar lo cambia todo. Si pasan, no hay regreso. Hay ausencias que no se pueden arreglar.

6. Todos hacemos lo que podemos. El juicio no cabe y la compasión es guía de vida. Aunque al mismo tiempo haya que recordar una y otra vez que comprender no es justificar y que integrar el dolor pasa por la memoria, la verdad, la reparación y la justicia.
7. Confiar en la vida. Confiar. Confiar. Confiar. Y cuando no sabes, volver a confiar.
8. El amor es lo único que vence a la muerte. Somos polvo de estrellas y el hilo que nos une es amor.
9. El amor y el miedo son los dos grandes motores del ser humano. Toca elegir. Cada día, algunos más que otros.
10. La vida es bella y cruel. Si no aceptas las dos caras de la moneda, no puedes vivir. Lo mejor y lo peor. Pero a mínimo que mires, el asombro es infinito.

Y a este decálogo le sobrevuela en cada letra, entre líneas, la gratitud. Una gratitud conmovida e ilimitada. El asombro y la gratitud se quedaron desde los primeros blancos y negros que llegaron a mi vida mucho antes de aquel quirófano. Y que han vuelto, y de qué modo!, estos meses.

Gracias por estar aquí.
Pepa

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La memoria del amor

Hoy era el cumpleaños de mi padrino, Don José Galindo. Me sale seguir llamándole de «don». Alguien que fue refugio en mi vida, que jamás me abandonó. Alguien que era capaz de levantarme del suelo con sus abrazos. Alguien que me decía al despedirme una y otra vez cuando yo dudaba: «no estás loca, Pepa». Alguien a quien recuerdo besando la mano de Elena, su mujer, durante horas mientras ella moría. Ellos dos siempre fueron mi excepción.

Los aniversarios son días de memoria de amor. Tanto los cumpleaños como los aniversarios de muerte. La vida y la muerte unidas en el amor. Es esa huella que queda en la piel y se despierta con olores, sabores o canciones.

Esta semana ha sido el aniversario del padre de alguien a quien quiero a mares, de la madre del padrino de mi hijo y de mi propio padrino. Y es que, cuando amas, llega un momento que el alma vive dividida, una parte de ti está aquí y otra no. Y conforme nos hacemos mayores, el sentido de esa balanza va cambiando.

Puedes sentir que alguien a quien no conociste está contigo, puedes honrar el valor de una vida al ponerte una camisa, puedes ver la pluma que sus hijos te regalaron y llorar de gratitud. Y con cada uno de esos pequeños detalles, cuando puedes vivirlos con consciencia, puedes narrarlos a alguien amado y puedes acariciarlos en tu piel, entonces surge la sonrisa conmovida, la mirada compasiva y el agradecimiento infinito. Todo eso es para mí memoria de amor.

Quienes nos precedieron, nos amaron y nos protegieron siguen en nuestra piel. Es la memoria corporal del amor. Porque no sólo existe la memoria corporal del trauma. Muy al contrario, la del amor nos constituye.

Tengo mucha gente amada a la que ya no puedo abrazar, pero que sigue en mi piel y desde mi piel me guía y me habla. Su memoria no me duele, al contrario, me cobija, pero la imposibilidad de abrazarles es algo a lo que no me acostumbro ni creo que pueda hacerlo nunca. Ambas vivencias son parte de mi piel.

La memoria de su amor abraza en mis abrazos, mira en mis ojos, tiembla en mi escalofrío. Como dicen en mi peli favorita: «ése es el trato».

Pepa

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La piel herida

Nuestra piel tiene infinitas capas. Capas que no sabes ni que existen hasta que alguien se acerca, te mira y te acaricia. Entonces algo se despierta y sientes que tu piel va reaccionando al paso de la caricia, como si volviera de un largo letargo. A veces, contadas, preciosas, son tus propias caricias las que despiertan tu piel. Pero a menudo necesitamos la mirada de un otro para volver a temblar, a sentir el escalofrío y el gozo. Y mientras tanto, las personas vivimos dormidas.

La vida es sabia y nos presenta pequeños y grandes precipicios cada cierto tiempo. A veces son pequeños saltos entre piedras para cruzar un río. A veces son saltos en el vacío. Y una y otra vez, la vida te susurra al oído: salta, vuela. Y el vértigo anida en las tripas, las encoge del susto. Y de nuevo la mirada del otro, su mano aferrada, el susurro de tu nombre en su voz hace más fácil el salto. Y el salto se vuelve vuelo, porque la vida funciona así. Y cuando saltas, la vida te da el resto.

Pero hay muchas personas que permanecen al lado del precipicio toda la vida, por miedo a saltar. Y entonces llega el letargo, la vida dormida, la piel deshabitada. Porque nadie puede vivir el miedo en la piel cada día sin disociarse. Yo la primera. Desde que era niña siempre quise vivir, vivir con plenitud, fuera gozo o dolor, pero enterarme. Así que suelo ser de las que salto, de las opto por fiarme de la vida. Creo de verdad que las personas que llegan a mi vida son regalos, oportunidades, universos a los que me acerco con una mezcla de emoción y temblor, cada vez más lentamente (cuánto me ha costado!), con más cuidado y más consciente que nunca del regalo que suponen. Y no deja de emocionarme ver la luz que traen a mi vida. Cuanto más confío, más claridad tengo en el criterio interno y desde ese criterio digo «sí» o digo «no».

Pero no es lo mismo el saltar inocente que el vuelo herido. La piel cicatrizada tiembla, le duele la lluvia antes de que llegue porque sabe lo que implica, el viento le escuece y volar llega a resultar doloroso. Saber lo que quieres hacer no significa que sea fácil. La tentación de huir, de esconderse en los roles conocidos es permanente. La sucesión de pensamientos y emociones todas seguidas y entremezcladas.

Es el «boicoteo a la felicidad» que forma parte de la herida, ese mecanismo que tantas veces tengo que explicar en consulta que tenemos todos los que fuimos heridos y aprendimos a sobrevivir. El mecanismo por el que cuando llega la paz, la tranquilidad, nuestro cerebro reacciona diciendo internamente: «Esto no es real, no te corresponde» y empiezan los pensamientos locos, el enganche a la carencia o el ver abandonos donde no los hay. Aprender a mirarnos con compasión, a acariciarnos internamente y a buscar en la mirada del otro esa certeza que a veces internamente nos falta es un aprendizaje de vida.

Porque el temblor es lo que tiene, que si lo dejas se te apodera, que a veces vivías con él y ni lo sabías. Hasta que llegan las miradas amadas, te sonríen y te susurran: baila conmigo.

Pepa

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Mis 53: del orgullo a la compasión

En dos días cumplo 53 años. Celebrar me parece una bendición, un ritual y alimento para el alma. Lo he sentido así desde que era niña y me sucede cada vez más. Celebrar con la gente que amo, dar las gracias por todo lo vivido y crear cada año un ritual de amor es un gozo para mí. Es un ritual que funciona y que alimenta no sólo mi alma sino la de mucha gente a mi alrededor.

Pero los cumpleaños son también balance, a mínimo que los vivas con consciencia. En este blog he escrito en muchos de ellos. Y hoy quiero recuperar algunos que son muy significativos para mí. Una entrada especialmente dolorosa, por mis 40 años, cuando me di cuenta de que a partir de ese momento llevaría más tiempo viva sin mi madre que con ella, la idea de «sin ella» fue como un aguijón en las tripas, a pesar de que la celebración de los 40 fue la primera que me dio verdadera consciencia sobre los logros de mi vida. Los primeros cumpleaños después de morir mi madre fueron refugio, caricia necesitada. Pero cuando el dolor se integró y llegó mi hijo, todo cambió y los cumpleaños en la sierra de Madrid se fueron llenando de magia. Luego vino la celebración de los 45 con mi red de amor zaragozana, recién fallecido mi padrino y mi tía, mis dos refugios después de muerta mi madre. Aquella celebración fue una forma de agradecimiento por haberme sostenido en lo peor de mi vida. Y la maravillosa locura de la celebración de los 50, en la que nos juntamos más de cien personas en la roqueta para agradecer a la vida y a todos ellos el haber llegado a la paz interior. Y en ese sentido, recuperar el listado que escribí por mis 51: mis 51 razones, que volvería a escribir a modo de espiral.

No voy a llenar esta entrada de enlaces, pero releyendo el blog como parte de este balance, me doy cuenta de que cada vez escribo más en primera persona, más íntimo pero con menos intensidad. Ha habido entradas sobre la rabia y el abandono; sobre mi vivencia de la alopecia; sobre la muerte de mi madre, de mi padre y de otra gente amada; sobre mi maternidad (ay! las conversaciones con José que guarda este blog, o aquella entrada sobre hacer de pared o la que nunca hubiera querido escribir sobre el monstruo); sobre la ternura, sobre mi abuso o sobre levantarse de la silla. Por no hablar de los cuentos que he escrito en este blog, que son homenaje de amor a gente que ha marcado mi vida. Son metáfora de amor.

Y en todo ese proceso he llegado a mis 53. Los últimos años forman parte de un proceso en el que voy planificando mi pre jubilación, dejando ir a mi hijo asombrada del hombre tierno y precioso en el que se ha convertido, compartiendo alma con mis sobrinos y preparándome para vivir en mi porche frente al mar, con todo lo que cada una de esas cosas implica. Desde que decidí venir a vivir a la roqueta, con 42 años, no había vuelto a tomar decisiones tan radicales y protectoras como las que he tomado en los últimos tres años. Pero son decisiones invisibles o, al menos, difíciles de ver hasta que no pasa el tiempo.

Y cuando ayer hacía balance, construyendo el hilo que me ha llevado a esta entrada junto con el último regalo que me ha hecho la vida, le decía que por un lado me siento y me sé una privilegiada total, y al mismo tiempo siento más compasión hacia mí, hacia mi niña, de la que sentí jamás.

El «orgullo» y la «compasión» son dos palabras mal entendidas. El orgullo no ha de ser un pecado, sino un modo de sobrevivir. El orgullo se gesta en el bullying, en el abuso, en la violencia, en esa tristeza que no puede salir. Se gesta cuando tienes miradas amorosas en medio de todo eso que te hacen ver tu belleza en el espejo. El orgullo me sostuvo, no reniego de él. Pero es cansado. Agota. Y no hace falta. No cuando dejas de permanecer vigilante. Cuando aprendes a protegerte y a confiar, que no son opuestos, ni mucho menos.

Tampoco la compasión conlleva superioridad o juicio, muy al contrario, sólo desde las tripas y la fragilidad de una misma se puede compadecer el dolor propio y ajeno. La compasión requiere ternura, mimo, dulzura. El abrazo es compasión, sólo dejándote envolver y reconociendo tu propia necesidad de ternura y el alimento para el alma que recibes puedes abrazar de verdad al otro. El abrazo nos permite sostenernos porque une dos corazones y los hace fuertes desde su fragilidad.

«Ya no siento que tenga nada que demostrar hacia fuera, sé quien soy«. Esto lo escribí y lo dije hace tres o cuatro años. Y por eso fui capaz de escribir «Aprendiendo a habitarnos» en lo profesional, por eso me he quitado el pañuelo muy probablemente. Pero lo decía desde el orgullo. Ahora me miro con compasión, miro mi fragilidad y mi fortaleza que son una misma cosa. Miro mi ternura y mi rabia, que se sostienen mutuamente. Porque le he dado el valor real al sufrimiento que he pasado, al amor que he recibido y al gozo que he vivido. Y eso me hace mirarme con una ternura en el espejo con la que, durante años, sólo era capaz de mirar a los demás. Miro mi risa y mi llanto. Siempre me reí, recuerdo que en el Colegio mayor, en la época de la universidad, me hicieron ver que la risa era parte de mí, hasta entonces no lo sabía. Pero es cierto, cuando me callo y cuando dejo de reír es cuando mi gente sabe que algo malo está pasando. Me costó mucho tiempo llorar delante de mi gente amada, dejar de contener la tristeza y aprender a pedir ayuda, pero en los últimos años he hecho lecciones avanzadas 😉 Ahora me doy cuenta de cuánto río, de cuánto abrazo, de cuánto me dejo.

No sé donde me va a llevar la vida los próximos años. No tengo plan más allá de los próximos tres años. Y eso en una persona como yo, que he planificado toda mi vida, es un cambio muy potente. Camino hacia otra forma de vivir. Lo llevo haciendo los últimos tres o cuatro años. Lo sé, como lo supe cuando me vine al mar. Pero no esperaba que el lugar hacia el que camino fuera tan blandito, tan dulce y tan lleno de amor. La vida siempre es más sabia que yo y en los últimos años me ha hecho redimensionar, resignificar y recolocar casi toda mi vida. Y ahora empiezo a intuir para qué.

Gracias por ser parte de todo este camino a todas las personas que estáis al otro lado de esta página.
Pepa

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