El año pasado empecé el año enferma en la cama. Este año lo empecé bailando, luego haciendo de taxista por la roqueta para dos de mis personas favoritas en el mundo. Y más tarde viendo amanecer mientras me sentaba a escribir, por cuarto día, un informe que tenemos que entregar a la vuelta de navidad. Este amanecer que fue el primero del año, de mi año.
Escribir un informe de los que hacemos en Espirales CI es como un viaje. Como cocinar. Como vivir. Tienes todos los ingredientes delante, pero no los tienes directamente. Tienes los relatos que otros te envían de lo que han hecho, de lo que han visto, de lo que les han contado. Igual que en la vida, que no tienes acceso a la verdad ni a la materia sino al relato y a la experiencia. Relatos que no siempre coincidirán y que serán cuestionados. Y por eso has de tratar de vivir desde las tripas, desde las entrañas, porque son tu vivencia y son tu verdad.
Y tienes que saber leer entre líneas, buscar el subtexto que enlaza todos esos relatos: el hilo. Como vivir, igual que vivir. Y luego encontrar una forma de hacerlo comprensible, de ordenarlo, de darle la prioridad a lo importante, metiendo ese dato, esa frase, ese testimonio que da fuerza y vida a tu argumento. Has de buscar patrones de significado y convertirlos luego en propuestas que puedan dar voz a un dolor que, cuando lo piensas, es infinito. Pero quizá puedas transformarlo.
Y mientras tratas de hacer todo eso se pasan las horas y los días. Anochece y vuelve a amanecer. Duermes y te levantas con la luz para volver a buscar hilos de significado. Y te recibe este amanecer.

Hoy ya es el quinto día de encierro y aún me quedan dos más. Y a ratos siento cansancio y temblor y miedo. Y todo forma un cúmulo de tristeza que no es tristeza pero sí. Porque en esos relatos se esconden dolores muy fuertes, lugares que preferiría no conocer pero que en mi trabajo me llegan casi a diario. Hay rostros que no he visto pero que casi puedo tocar. También eso es vivir. Sentir el dolor del otro solo porque es un ser humano, pequeño, frágil y hermoso. Sentir la rabia de la injusticia y de la impunidad. Sentir que el mundo es un lugar que merece la pena porque existen en él personas que pelean por la dignidad. Y sigues pensando: escríbelo bien, Pepa, dale una vuelta a esta frase, ordena mejor esta secuencia de ideas para que se entienda mejor, comprueba ese dato. Porque todo parece importante. Y es que lo es. Pero sin orden, sin estructura no se ve. Y si no se ve, no existe. De nuevo como la vida.
Y cuando te acuestas llorando por una mezcla de sensaciones ambivalentes, cansancio acumulado y sobre todo el corazón conmovido, te despierta esta luz a través de la terraza que te llega justo a la cara. Y no quiero moverme, para que no se pierda. Es esta luz, este color y no otro.
Y al final creo que, como dice un amigo, se trata de tejer memorias para existir. Y en ese informe se recogen muchas memorias de mucha gente que no tiene voz. Y como le digo siempre a mis compañeros de equipo en Espirales, son nuestros 13%. Los proyectos que hacemos, los informes que escribimos con suerte cambian un 13% de lo que habría que cambiar, y eso cuando hay suerte y hemos sabido tejer bien las memorias dándoles una estructura que las haga visibles e incuestionables.
Y pienso que ese combinado entre bailar, ser abrazada y abrazar, hacer de taxista y tener memorias en palabras es un buen resumen de mi vida. Y una maravillosa forma de empezar el año. Y la vida me sigue cuidando en forma de mensajes amados y amaneceres que vienen a mi ventana. Mañana tendré otra belleza esperándome porque aún me quedan un par de días de diez horas para acabar. Pero mañana haré un pequeño descanso para un abrazo río frente al mar antes de volver a releer lo que he escrito y corregir y corregir y corregir.
Feliz 2026 a quienes estáis al otro lado de esta página. Va a ser un año especial de nuevos comienzos, buenos amores y muuuchos abrazos. Y si queréis, aquí seguiremos.
Pepa






Pero ella está en las «top five». Es la copiloto que te lee sin hablar cuando tocan muchos kilómetros. Esa que compra la botella de vino para la conversación nocturna sin preguntarte. O la que sabe callar cuando ve que empiezas a hablar sola, nerviosa, en un camino de tierra en medio de la montaña al que hemos llegado con el coche de modo feliz pero totalmente inesperado. Por no hablar de su mimo en mil pequeños detalles a los que no da ninguna importancia pero que convierten el viajar a su lado en una sensación continua de ser cuidada y mimada. Es su ancla a la tierra que hace que los que viajamos a su lado estemos siempre cubiertos. Sólo ella puede sacar un aguacate en medio del desierto de Atacama o el chocolate para el final de la cena del concierto de Rozalen junto al mar.
Me fui a Asturias un poquito menos cansada después del gozo de los días con mi sobrino en Palma, pero aún muy necesitada de descanso. Y aquella tierra y sus gentes han puesto el escenario para recuperar mi ser en su mirada. Nos costó a las dos bajar de la montaña, pero mi maravillosa gente asturiana nos lo puso muy fácil. Y seguimos con las L: L. que vino a vernos, L. que nos acogió en su casa y nos mimó hasta casi malcriarnos con tanta ternura y hasta paró el coche para ver el atardecer ;-), E. que vino a bailar con nosotras y nos llevó al aeropuerto y R. que sacó hueco para ese café hermoso con su mujer. Todas ellas han sido de mis últimas incorporaciones a mi vida afectiva y parece que hubieran estado ahí siempre. Estas son las cosas que tiene el amor cuando se ofrece de corazón.