Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Nuestras utopías

Aprovecho que me han enviado este video de Galeano que me ha conmovido tanto y en el que habla de la utopía, para transcribir una conversación con mi hijo del otro día. Porque en ella también él me habló de la utopía.

Llegábamos a casa, y tuvimos mala suerte para aparcar. A la segunda vuelta por los alrededores de casa buscando sitio le dije:

-Qué pena, no tenemos suerte con el aparcamiento hoy.

-No te preocupes mamá, esto parte de la vida forma -yo le suelo decir muchas veces: «esto es parte de la vida, cariño»-.

– (risas) Tienes razón, cariño, la vida está hecha de cosas muy buenas y de cosas un poco menos, algo más incómodas como ésta. A ver, dime una cosa buena de la vida.

-Que tú y yo estemos juntos y nos queramos.

-(silencio conmovido) Tienes razón, ésa es para mí la mejor cosa de la vida.

-Y para mí.

-¿Y alguna que no sea tan buena?

-Los niños pequeños que no tienen mamá.

-(de nuevo silencio) ¡Cuánta razón tienes, cariño! probablemente, ésa sea una de las peores cosas de la vida.

-Porque imagínate que tú no me hubieras encontrado.

-E imagina que tú no me hubieras elegido.

-Estaría solo.

-Y yo.

-Mami…

-Sí?

-Echo de menos a mi mamá de la tripa.

-Lo entiendo perfectamente cariño, es lógico que la eches de menos. Ya sabes que si cuando seas mayor quieres buscarla, lo haremos juntos.

-Pero ¿tú sabes dónde está?

-No, cariño, desde que te entregó no sé nada de ella. No sé si vive, ni dónde está. Pero si cuando crezcas quieres buscarla, la buscaremos. No sé si podremos encontrarla, a ella y a tu padre de tripa, pero los buscaremos.

-Vale, me parece un buen trato.

-Te quiero, amor.

-Y yo más, mami.

No hay más que decir.  Ésa es nuestra utopía. Un mundo en el que todo niño tenga una familia que le quiera. Y ahora la de Galeano (gracias, Teresa).

 

Pepa

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Mi nuevo libro: «Un mapa del mundo afectivo»

A veces (casi siempre en mi caso ;-)) lo personal y lo profesional se entrecruzan. Y es que acabo de publicar mi nuevo libro y no puedo dejar de escribir aquí sobre él. Lo vamos a difundir desde Espirales, la consultoría de infancia donde trabajo. Pero también necesito hablar de él en este blog, en mi rincón más personal de mi faceta pública.

Porque cada nuevo libro que publicas es como un paso más, algo especial, único. Es la historia de un relato hacia un «otro» que sabes que existe pero no llegas a conocer hasta mucho después.

Es después cuando empiezan a llegarte los mails desde diferentes partes del mundo explicándote lo que ha supuesto para él o ella leer esas páginas, cuando la gente se te acerca tras una conferencia con el libro para que se lo dediques, o entras en una librería y allí está tu libro en una estantería, pocas veces en la mesa principal, lógicamente ;-).

Y sientes que una parte de ti tiene vida propia, distinta a ti.

Esta semana al volver de Honduras me encontré en mi casa los ejemplares del nuevo libro: «Un mapa del mundo afectivo: el viaje de la violencia al buen trato«. Para mí, este libro es en cierto modo la continuación lógica de «Educando el afecto» y «Amor y violencia«.

En él intento visibilizar los mensajes educativos que desde las familias y la escuela estamos dando a los niños y niñas y que legitiman la violencia, la vuelven una parte natural y lógica de nuestro vivir. Los he resumido en seis mensajes: las visiones dicotómicas del mundo, los vínculos afectivos idealizados, el abuso de poder en las relaciones afectivas, el bloqueo de las emociones negativas, el miedo a la diferencia y el miedo a los conflictos.

Y al final de cada uno de los seis mensajes clave que analizo, propongo alternativas a esos mensajes. Porque creo que otra forma de educar es posible. Creo que el afecto, y la duda, y el temblor, y la alegría son parte esencial del ser humano y de su formación.

Y no deja de resultarme asombroso recibir este libro después de lo vivido con mi hijo este mes. Y de ese viaje en el que recordé a dentelladas que ese «obedece y calla» se puede volver muerte.

Sigo pensando en mi hijo al escribir, en la gente buena, valiente y herida que he conocido en los viajes y las conferencias o en cada educador de los buenos, de esos que educan con corazón…todos ellos están en la dedicatoria de este libro. Es para ellos. Para todos ellos. Si no los hubiera conocido, no mantendría intacta y fortalecida mi fe en el ser humano, y mi esperanza.

Gracias por haber hecho posible cada renglón de este libro.

Pepa

Pd. Si alguien quiere comprarlo, puede hacerlo en las librerías o aquí.

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Estremecida

Regreso a mi hogar después de una semana en Gracias, una pequeña y preciosa ciudad en la región de Lempira, en Honduras. Me siento al ordenador, sabiendo que una parte de mi alma quedó allí. Una parte tan estremecida como conmovida y agradecida.

atardecer en Gracias

Cuanto más profunda es una vivencia, más difícil es describirla, así que voy a hacer un resumen de ráfagas, de imágenes que me llevo, de algunos datos…de vida.

Empiezo por el final. Porque mi última noche en Gracias fue en un velatorio. Y me llevo la imagen de un hombre abrazando a su hijo de ocho años, acunándolo sin hablar. Le acuna el dolor por haber perdido a su hermano mayor. Él, el padre, es un hombre bueno. Bueno con mayúsculas, de esos que una a veces olvida que existen. Un hombre líder en su comunidad, reconocido y querido por la gente con la que trabaja. Un hombre capaz de coger un carro a las tres de la mañana para ir a traerse una niña violada de una comunidad dentro en la selva o de movilizar incluso en contra de los mandatos de su organización recursos para salvar a cientos de niños en estado de desnutrición extremas o de conseguir incubadoras para el hospital del pueblo. Él te dice que tu presencia ha sido providencial para él esta semana porque le diste algunas claves para atravesar el dolor y ayudar a los suyos a hacerlo y le sirvieron. Y tú te preguntas si alguna vez podrá comprender él, su familia y su gente lo que te han dado a ti.

Un niño, su hijo de ocho años, que acaba de ver morir a su hermano mayor por una mezcla de estúpido accidente y falta de medios de salud para atenderle de la que nadie se hace responsable (ni con su muerte, ni con ninguna). Un niño capaz de expresar la despedida en un dibujo que dice: «las puertas ya están abiertas para ti». El dibujo queda sobre el ataud en el velatorio.

Una mujer que camina sin parar. Nunca para. Así no se cae. Va de un lado a otro, ocupándose de todos, pendiente de todo: la comida para todo el pueblo que acude al velatorio, el ponche, los tamales, sus hijos, acariciar de pasada a su esposo hundido, la medicación para la madre…Una mujer que vio asesinar a sus padres con diez años, que fue maltratada y violentada de niña, pero que decidió que iba a lograr sus sueños. Y los logró. Primero, la primaria, la secundaria, el título de enfermera (cinco horas de carro de ida y cinco de vuelta embarazada para poder ir a las clases en fin de semana mientras trabajaba durante la semana), la licenciatura. Ser jefa de la unidad de pediatría del hospital del pueblo, salvar a los niños que llegan a punto de morir de desnutrición. Su marido al que ama y que la ama, sus dos hijos, el tercero que hizo suyo y que ahora entierra. Cuando su marido le dijo: «siempre soñé con una casa de dos pisos, pero no tenemos dinero». Ella le contestó: «la construiremos». Y en ella velan ahora a su muerto.

Una niña, y dos, y tres, y cuatro…así hasta siete. Son las niñas violadas en tan sólo una semana. Pero hay más. Esas son las que tienen nombre, porque son las hijas, sobrinas, hermanas o primas de la gente a la que doy el curso. Hay otras, muchas otras, que no tienen rostro aún. La última, una niña de nueve años a la que han violado de tal manera que muere nada más llegar al hospital diciendo que «me violó mi novio». Porque siempre son los novios, los padres, abuelos, padrastros, hermanos, primos…En cualquier casa, en los caminos a las aldeas en la selva. Y la vergüenza siempre para ellas, porque nadie los hace a ellos responsables. A ellas sí. A ellas las esconden, las sacan de las aldeas, les obligan a tener los niños (de los anticonceptivos la igledia católica y evangélica, abrumadoramente presente en Honduras, ni siquiera habla) y a criarlos solas. Niñas mamás. Mamás niñas. Porque allí tampoco hay guarderías, ni está bien visto dejar a los niños en las guarderías. Así que quien es madre, se va a casa. Y como mucho, cuando el niño empieza prekinder, entonces vuelve a trabajar. Si puede.

Momentos en los talleres que he venido a dar. El último día, cuando ya tanta crueldad, tanto sufrimiento puede contigo y te sientas a llorar frente a una limonada, con otra mujer valiente de las que has conocido en este viaje, a la que tampoco le quedan ya palabras. Una mujer con una vida valiente, con una mujer valiente y con una niña hermosa que nació en la ciudad donde estamos y que ella recogió del hospital de manos de esa otra mujer valiente. Siempre mujeres valientes, algunas de ellas también de manos de hombres increíbles. Así que sólo lloramos, impotentes. Sintiéndonos tan pequeñas ante una necesidad tan ingente. Y sabiendo que a muy pocos les importa.

O unas horas antes, cuando buscando ejemplos para poder trabajar con las familias la autonomía de sus hijos, nos damos cuenta y nos quedamos silenciosos de que no hay nada, absolutamente nada, que los niños puedan decidir en esa sociedad. Ni lo que comer, porque suerte si hay comida, ni si estudiar o qué estudiar, porque apenas unos pocos tienen la dicha de poder hacerlo, ni si trabajar o no porque es parte de la vida, ni si salir a la calle o no, porque los niños salen con los padres y las niñas se quedan en casa. Ni unos pueden quedarse en casa, ni las otras salir. Sólo unos pocos rompen la condena y persiguen sus sueños. Los demás aprenden a ser sumisos, obedecer y callar. Ésa es la pauta de la crianza: «obedece y calla».

Ese momento en que al pensar en un programa de crianza afectiva que complemente la increíble labor que ellos están haciendo de prevención de la desnutrición, enfermedades, discapacidad etc. aldea a aldea en la selva (he ido a trabajar con el equipo de Plan Internacional Honduras en Lempira), nos damos cuenta de que pensamos en todos los derechos para los niños menos en el más importante: el derecho a ser amado, y a aprender a amar. Porque nadie sabe amar si no le amaron antes. Porque la única forma de criar un niño feliz es serlo tú. Pero la felicidad no cuenta, ni siquiera en el enfoque de derechos.

Cada hombre y cada mujer que cuando acaba el taller te vienen a contar sus experiencias de abuso y maltrato de niños, o las cosas que han hecho a sus hijos y que ahora ven de otro modo, y te abrazan o te miran silenciosos. Esos hombres que te cuentan cómo a ellos dejaron de acariciarlos el día que dejaron de ser bebés, y nunca volvieron a recibir una caricia hasta que se emparejaron. Y cuánto lo han añorado.

Una mujer que se levanta en una conferencia y dice «yo fui la primera mujer médico en Lempira hace 32 años y no pueden imaginar lo que yo sufrí para serlo» Y yo recuerdo a mi madre. Y a todas las mujeres que decidieron no renunciar a sus sueños. Y lo que nos han brindado. En la misma conferencia hay otra mujer que hace un discurso increíble que comienza diciendo «yo apenas logré acabar la primaria pero…» Y acaba diciendo «pero ya no me voy a callar».

Un niño que me pregunta en esa conferencia: ¿Por qué son tan discriminadas las niñas y las mujeres? Y yo le digo. «No lo sé, pero quizá se me ocurren tres cosas: porque es fácil, siempre es más fácil gritar que hablar, imponer y violar que amar. Segundo, porque los hombres tienen miedo, miedo de mirar a la mujer de frente, (y también las mujeres tienen miedo de mirarse a sí mismas) y tercero, porque es cómodo dejarlas en casa: menos escuelas, más trabajo a repartir entre menos gente, y la comida hecha al volver.

Y me vuelvo en el vuelo, a ratos durmiendo, a ratos llorando, y siempre deseando abrazar a mi hijo. Y pienso en el tipo de hombre que será él. Y en los hombres que he conocido en Gracias, los que decidieron formar parte del cambio, y acunar a sus hijos, y acariciarles como no lo hicieron con ellos, hacer fotos hermosas y enseñar el bosque húmedo o hablarles de anticonceptivos a los niños en sus clases aunque sean teóricamente de matemáticas. Porque sí. Porque es su tierra. Y su vida. Y a nadie más les va a importar lo suficiente.

Sólo puedo añadir: a mí sí. Sé que muchos de los que leerán este texto no sabrán ni dónde está Gracias, y muchos de los que viven allí no llegarán a leerlo. Pero a mí sí me importa.

Gracias de corazón a cada protagonista de este relato. Un corazón que esta noche está estremecido.
Pepa

 

 

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Ser una madre «histérica»

Estoy cansada. Y no quiero escribir un post reivindicando nada. Pero sí que quiero escribirlo.

Quiero escribir que como madre tengo derecho a sufrir por el dolor de mi hijo, sobre todo si no puedo evitárselo. Nunca he tenido problemas en pelearme con él, ni en dejarle con otras personas cuando está bien, ni en ver cómo se sube por picos, rocas y otros imposibles. Pero verle sufrir me puede. Es mi punto flaco.

Y esta noche quiero escribir y decir alto y claro que tengo derecho a llorar su dolor.

Tengo derecho a que mi parte niña, tanto tiempo negada y relegada además en mi caso, redescubra su lugar a través del amor de y hacia mi hijo.

Tengo derecho a que ni directoras ni profesoras me miren y me digan con voz condescendiente: «tranquilízate, si estás tú peor que él» cuando no cosas como «lo que dice el niño no es verdad».

Llevo muchos años trabajando con profesionales del ámbito educativo. Y siempre he sabido la diferencia tan abismal que supone un educador, un maestro o maestra de las de verdad, de los de corazón, de los de alma. Pero cada vez más lo sé también como madre. Y eso ya me hiere y me enfada doblemente.

Mi hijo es un valiente. Pero no tendría por qué necesitar serlo. No al menos en el colegio.

Gracias de corazón, hoy ya no sólo como profesional sino como madre, a los y las maestras que anteponéis los sentimientos de los niños al curriculum educativo.

Y hasta aquí escribo, aunque piense mucho más. Es tan sólo mi opinión, no pretendo hacer dogma. Para muchos seguro que no será válida. Ni lo pretendo.

Pepa

Pd. y porque viene y no viene al caso, aprovecho para enlazar algo que hemos difundido desde espirales este mes, y que escribí hace un tiempo. Por si alguien no lo lee por la web de espirales:  «Afecto, autoridad y perdón»

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Mi geografía en una carretera

Hoy he recorrido de nuevo, ida y vuelta, la carretera que une mis dos «yo», al menos los dos más importantes. Viajaba para abrazar a mi querido profe de geografía. Uno de esos educadores de voz firme y corazón tierno del que ser amiga te hace mejor persona.

Iba sola en el coche y la soledad de los viajes es un tipo distinto de soledad. Siempre me he asombrado del miedo que tiene mucha gente a viajar sola, cuando es justo entonces cuando la experiencia te cala con mayor fuerza y tu corazón se abre de par en par. Supongo que precisamente por eso lo temen. Y es que ocurre siempre, aunque como me pasaba hoy, hayas hecho el viaje cientos de veces.

Y no es una exageración. Hace veintiún años, septiembre de 1991, que me vine desde Zaragoza a vivir a Madrid. Y desde entonces habré recorrido esa carretera como mínimo una vez al mes, cuando no dos y tres, como me ha sucedido este mes. Veintiún años a una ida y vuelta por mes hace una media de quinientas cuatro veces. Las primeras. Porque no cuento las escapadas a cenar, a una fiesta, a dar un abrazo dolorido..mucho antes de que hubiera ave.

Así que en mi soledad venía pensado en el bálsamo que esos kilómetros han supuesto casi siempre para mí. De hecho, ahora con la velocidad del ave, tan maravillosa para otras cosas, en esto me resulta como despertarme en medio de un sueño maravilloso. Va tan rápido que no puedes deleitarte en el viaje. Casi no puedes ni leer el periódico y ya has llegado, como para sentir, pensar o elaborar!

Porque esa carretera..cada vez que la recorro me alejo de uno de mis «yo» para llegar al otro. A un lado, mi pasado que sigue vibrando como presente, incluso en sus ausencias. La ciudad de mi padre y en la que mi madre se enamoró. La ciudad de mi niñez y la de mis hermanos. La ciudad en la que están creciendo mis sobrinos. La ciudad de esos amigos cuyo abrazo no necesita palabra ninguna, porque estuvieron desde el principio, porque te conocen, han crecido en la misma burbuja que tú. Y en mi historia además, amigos que compartieron los peores dolores. Ellos compartieron el dolor de la enfermedad y muerte de mis padres en cada pequeño momento. Conocen mi historia. Pero sólo viven parcialmente o en relato mi presente. Por eso el viaje al mes, una opción consciente para que todo eso siga formando parte de mi presente, y del de mi hijo.

Y en el otro lado, mi presente. La ciudad de mi hijo. La ciudad donde me formé y crecí profesionalmente, donde creé mi hogar. La ciudad que amé y elegí, a pesar de sus precios diarios. La ciudad de mis otros amigos. Esos que conocen mi presente. La persona que he logrado llegar a ser y que me han ayudado en el día a día a llegar a ser. La ven en el día a día, y la comparten, y al mirarme en ellos me siento en mi lugar, en el lugar que quiero estar. Aunque tan sólo puedan intuir de donde vengo, la otra ciudad.

Y a esas geografías se unieron muchas otras. Y con esas otras geografías, llegó más gente amada. Pequeños pedazos de mí que sólo encuentro cuando veo un atardecer en mis illes Balears, o camino Barna, Toledo, París, Venecia o Londres. A veces te encuentras en tierras que sientes que fueron tuyas sin tú saberlo, porque lo fueron de tus ancestros. Como me sucede con Euskadi, la tierra de mis abuelos y mi madre, aunque sea ya de adulta, a través de ojos amados, cuando la estoy descubriendo. Me ocurre cuando ceno con mis amigos galegos, o cuando me baño en rincones escondidos del norte asturiano..y luego mucho más allá cuando camino por Buenos Aires o tomo un café en Bogota o viajo la Patagonia o siento los andes bolivianos, o a la orilla del mekong…

Viajar es un privilegio. Eso pensaba hoy. Pero también es un riesgo. Porque cuando sales de una ciudad, de la primera, de la segunda…de la que sea…sabes cómo sales pero no cómo regresarás. Sabes que la que regresa ya no puede ser la niña que se fue, o la mujer que se fue. Es diferente. Cuando sales de un lugar, dejas de ser de ese lugar pero tampoco eres ya de ningún otro, o pasas a pertenecer a ambos, a crear una especie de caleidoscopio de geografías, de esas que tanto le gustan a mi amigo el profe.

Porque una parte de ti se quedó en las esquinas de aquellas calles y en los abrazos de esos amigos. Pero cuando regresas, sabes que ése ya no es tu hogar. Tu hogar está junto a tu hijo, en vuestra casa que es la única que sientes ya como hogar, con esa red de amor. Pasaste, como tanta y tanta gente, de la ciudad de tus padres a la ciudad de tu hijo. Y ambas son tú. Y elegiste tu propio puerto al que volver.

Iba viendo avanzar los kilómetros y los pueblos, cada uno con una historia dentro de tu historia: la muela, la almunia, calatayud, medinacelli, alcolea, siguenza, guadalajara…o en el orden inverso, guadalajara, sigüenza…y pensaba que ya no puedo explicarme a mí misma si no es en esa carretera, y en muchas otras, y en las que están por venir, porque intuyo que habrá más.

Y entiendes a la gente que no quiere salir, o que elige volver para sentirse completo, completamente de unas calles y un lugar, como le pasaba a mi padre, y le pasa a mucha gente que amo. Pero no a mí. Yo ya no soy enteramente de ningún sitio, salvo de la mirada de la gente que amo. Estén donde estén. Es el único lugar en el que me reconozco. Y hoy he tenido miradas-hogar al salir y al llegar, y al salir de nuevo y al llegar de nuevo.

Pero no siempre fue fácil. No es sencillo no pertenecer a un lugar, cuando todos se empeñan en decirte que tienes que sentirte de ahí, cuando la gente te pregunta «Y tú, de dónde eres?». Cuando no te gusta lo que dejas, pero lo sientes como tuyo, o cuando te gusta tanto que partir se vuelve herida.

Y al final, ya casi a punto de mirarme en los ojos de mi hijo, sólo podía pensar en la suerte que tengo, porque mi carretera, al menos la principal, sólo tiene algo más de trescientos kilómetros. Y hasta un ave para cuando no quiera sentir ni pensar. Los hay que caminan miles de kilómetros para encontrar los ojos anhelados.

Pepa

Pd. La foto refleja una de las cosas que más me gusta del viaje de Madrid a Zaragoza: los cielos que se ven, y está fotografiado sobre uno de los paisajes que me parecen más impactantes de la carretera, los molinos de viento que hay en el municipio de La Muela. Y la he sacado de aqui

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El corazón que va transformándose

Agosto madrileño. A mitad de nuestras vacaciones.

Hemos pasado una semana en una Ibiza que a ratos parecía Benidorm pero casi siempre te demostraba por qué no era Benidorm: atardeceres impagables, casas inolvidables, cariños compartidos y peces acariciándote.

Y siempre esa luz de mis islas…mis islas…Y un cariño tras otro que me une a ellas. Esa unión que incluso cuando pareció romperse, parece empeñada en no romperse. Así que veo atardecer mientras escucho tambores, o veo atardecer en el silencio del bosque viendo a lo lejos el mar…y me siento rica.

Y aún tenemos por delante una gozosa ruta por el mediterráneo. La segunda parte de las vacaciones.

Y en medio de todo eso, la convivencia familiar que saca también tus monstruoncillos particulares (el diminutivo es porque quiero ser benévola conmigo ;-)) hasta días como el de hoy. Días en los que llega un amigo de tu hijo y se lo lleva a jugar a los suricatos y tú te quedas disfrutando de un café con su madre (gracias!). Un simple y bendito café, junto con un baño en la piscina. Y ellos corren, y saltan, y van descalzos y desnudos y ríen. Lo mejor de mi vida: la risa de mi hijo. Sobre todo, en uno de esos días que empezaron con más gritos que palabras y que acabaron llenos de caricias.

Porque sé, siento y palpo cada día ese hilo indescriptible que une nuestros corazones: el hilo entre una madre y un hijo.

Y llega la noche, y después de las caricias, me siento a trabajar porque también en vacaciones trabajas a ratos. Y entonces llega este video hasta mi gracias a este estupendo blog. Y es como si me volvieran a acariciar.

Felices vacaciones!
Pepa

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Yo soy…

Seguimos con los videos sorpresa, los regalos indescriptibles e inesperados, los destellos de vida y de lo que la llena de sentido. Seguimos…

Éste es el video premiado en el concurso «Dame un minuto de paz» al que he llegado gracias a Olalla García, que lo escogió para responder a la propuesta que Alberto nos hizo desde su blog de Principia Marsupia, del que ya os hablé. Gracias, Olalla. Gracias, Iban.

No sé si sabría decir quién soy. Y menos hacerlo en un minuto. Probablemente sería una sucesión de palabras, pero ¿cuántas palabras caben en un minuto?

Quizá fuera algo así como:

Mujer, madre, hija, hermana, tía, amiga…
una niña de corazón alado..
viajera, comunicadora, narradora y escritora…
conversadora sin límite…
alegre, valiente, tierna, brusca, consciente, vulnerable..
bendecida y superviviente..
adicta a la risa de mi hijo, a aprender constantemente, a los abrazos (darlos y recibirlos), a una mirada limpia, a un silencio arrobado y compartido, al mar y al bosque, a una chimenea y a los atardeceres, (sobre todo en el mar), a cantar mal y a bailar mejor (pero a hacer ambas cosas cada día), a despertar con los pies entrelazados, a los desayunos en general y sobre todo a los del domingo con zumo y periódico, y a las palabras conmovidas…
río y lloro, grito y callo, tiemblo y me fío, camino y espero…
y ante todo, me siento amada, privilegiada y agradecida…
porque es cierto: no soy, somos.

Sería eso y mucho más. Además, Iban lo hace mucho mejor que yo ;-). Pero quería al menos intentarlo :-).
Pepa

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Dentro de veinte años

No me importa que el motivo sea publicitario. Es una de las campañas más sorprendentes que veo en tiempos, al menos a mí me ha cautivado. Y algunas de las cosas que dice…ufff…impagable.

Además, me ha resultado curioso que justo empieza igual que el texto de la boda de mi amigo. Y no lo había visto. Si es que la vida….

Mirad, disfrutad y no olvidéis. Ni ahora ni dentro de veinte años.

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Algunas cosas que suceden mientras se casa un amigo

El sábado se casó uno de mis mejores amigos. Una persona que viajó por medio mundo para volver a casa y casarse, de una forma tan bella como inesperada, con una chica de nuestro colegio de cuando éramos niños.

Y es que la vida son espirales. Cuando escogimos el nombre para la consultoría donde trabajo, lo elegimos por esto justamente. Por esa increíble experiencia que se repite una y otra vez de ver cómo la vida avanza en espirales. Vuelves a los mismos sitios, a las mismas personas pero todo es diferente. Igual pero diferente. Porque tú estás diferente. Igual pero diferente.

En esa boda me reencontré con personas de mi pasado, con muchísima gente de mi cole de adolescente. Y mientras bailaba pensaba en cómo funciona la vida, que te permite recorrer el mundo para volver a casa, tan igual y al mismo tiempo tan diferente. Pero sobre todo sentí algo que es impagable. Sentí paz. Esa sensación de saberte y sentirte en el lugar donde quieres estar. Sentir que hay heridas que ya no duelen y cariños que no sólo sobreviven sino que se han fortalecido con los años, los hijos y los amores. Y que hay gente a la que miras con cariño por lo compartido pero desde la distancia.

Tener una amistad de veinte o treinta años cuando aún no has cumplido los cuarenta es nombrar a personas que te constituyen, que forman parte de tu esencia, como llegan a hacerlo personas que aparecen después y con menos tiempo pero más intensidad se meten en tu alma. Y cada día que pasa me reafirmo más en lo que escribí aquí sobre mis opciones de vida: el amor, el valor y la alegría.

Optar por el amor es cuidarlo y cultivarlo y eso implica a veces también sacrificar muchas otras cosas de la vida. Porque el amor es muchas cosas, pero no es bucólico. Pero al final se trata de eso: de elegir. Elegir cómo vivir. Y yo elijo vivir queriendo y siendo querida. Elijo poner mi corazón, como hice el sábado, en unas palabras, algún baile y muchos abrazos. Aunque eso suponga exponerse.

Y en esos reencuentros, en esas veladas de tanta gente te das cuenta de cuántas historias suceden al mismo tiempo, de cuántos significados tienen las mismas palabras depende de quién y cómo se escuchen, de los diferentes registros que tiene una misma vivencia, de cuánta historia y cuánto amor hay detrás de algunas presencias, sean silenciosas o parlanchinas…la vida es lo que pasa mientras tanto…decían.

Quizá eso es lo que quiera escribir esta noche: que importa el «mientras tanto». Y sobre todo que siento que sólo tiene sentido si está lleno de amor.

Pepa

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El árbol que sube al cielo

Hoy ha muerto la madre de alguien a quien quiero mucho. En realidad, alguien a quien queremos mi hijo y yo. Así que de nuevo me ha tocado hablar con él sobre la muerte. Y es que tenemos un cielo algo poblado ya, un cielo que él vive como un lugar lindo, donde Trabuco, un burro al que quiso juega con la perra Curra ante los ojos maravillados de la abuela Asun, el abuelo Luis, Elena y la mamá del padrino.

Intuyo que mucha gente cree que estoy algo «loca», pero yo ya me he acostumbrado. Tanto trabajar el duelo con los niños me permitió comprender hace mucho que la dificultad ante el dolor y la ausencia se hace más y más grande conforme acumulas años de vida. Así que a mi hijo yo le hablo de la muerte, de nuestros ángeles, y siempre, como hoy, le doy la oportunidad de elegir si quiere venir a los entierros.

Le explico que un entierro es una despedida, donde la gente que se queda y está triste porque no va a poder volver a abrazar a aquella persona que amaba, recibe nuestro amor y nuestra compañía. Por eso es importante estar. Le explico que cuando morimos, para poder ir a donde quiera que vayamos, el cielo o donde sea, necesitamos volar, y que nuestro cuerpo humano, al menos hasta ahora, no ha aprendido a volar. Así que nos toca soltar el cuerpo. Y dejarlo en la tierra, para que de él salgan nuevas plantas o se alimenten los animales.

Pero si escribo todo esto esta noche es porque los niños siempre van más allá. Cuando tú crees ir, ellos ya han caminado varios bosques. Es una cuestión de segundos. Asi que cuando le he escrito mi mensaje de cada noche en la nevera (es que estamos aprendiendo a leer), en el mensaje le he preguntado si quería que le dijera algo de su parte a ella cuando la viera mañana. Y no lo ha dudado, ha dicho «que la quiero y le vas a llevar un dibujo».

Ha cogido papel, rotuladores, y ha dibujado la casa de ella junto al mar, y el cielo, y un sol, y a ella con él, y luego un árbol. Un árbol que subía del mar al cielo, y entre las ramas, ascendiendo, su madre. Y me ha dicho «dile que el árbol siempre está ahí, aunque no se vea». A esas alturas yo ya estaba llorando, serena, pero llorando. Y él ha llenado el resto del dibujo de corazones de colores para ella. Y lo ha metido en un sobre, para que se lo lleve mañana cuando vaya al entierro.

Y yo he pensado en nuestros cuentos. En nuestras historias de cada noche. Y en todos esos corazones.
Pepa

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