Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Decir adiós

Nunca he sido buena en las despedidas. En ellas topo de lleno con la Pepa niña que sigue soñando con un mundo ideal en el que no haya que elegir. Esa parte niña que todos llevamos dentro. Porque al final una despedida es una opción. Cuando te vas, es porque eliges estar en otra parte. Cuando te quedas, es porque decides no irte a otro lugar o con otra persona. El porqué es infinito, hay tantas posibilidades como vidas, y no me caben aquí. Pero al final se trata de elegir.

Así que cuando llega ese momento, cuando tengo que mirar a los ojos a alguien que amo y decir adiós, mis tripas empiezan a retorcerse y la Pepa niña empieza a imaginar todo tipo de estrategias, modos y maneras de convertir lo imposible en real, de seguir manteniendo el vínculo, de no decir adiós. Y la Pepa adulta tiene que acarciarse el estómago con compasión y decirse una y otra vez la frase de mi tía «esto también pasará». Y esperar.

Esperar. Un verbo que esconde dentro de sí todo un universo. Mi talón de aquiles. Lo que más me cuesta. Esperar. Soy una persona rápida, comunicativa y de acción, así que se me da bien «hacer», «decir» y «sentir», pero ¿»no hacer» y «no decir»? Uf, ésa ya es otra historia. Me costó mucho trabajo personal llegar a entender que no hacer y no decir es también una forma de hacer y decir, aunque suene a trabalenguas. Ahora lo sé. Pero me sigue costando.

Soy aún más consciente de mis dificultades para decir adiós desde que soy madre. Nuestros hijos muchas veces reflejan lo que nosotros somos, nos hacen de espejo implacable en el que hay que aprender a mirarse con compasión pero sin excusas. Y mi hijo tiene también un problema con las despedidas. En las bienvenidas es fantástico, abraza, besa, es tierno..pero cuando llega la hora de despedirse a veces se enfada, o hace como que no está pasando. Se quiere ir de los sitios sin despedirse y sin dar un abrazo, sobre todo cuando se trata de gente a la que ama y con la que lo estaba gozando, cuando de verdad no quiere irse del lugar.

Y yo siempre le digo que las despedidas son importantes, que no hay que obviarlas aunque duelan, que el amor que entregas y recibes en ese momento te alimenta, a veces durante más tiempo del que podemos imaginar, a veces una vida entera. Pero le veo retorcerse en sus tripas, igual que yo me retuerzo en las mías. A veces me he enfadado con él por las situaciones que genera, o porque se enfade conmigo cuando nos vamos. Pero casi siempre veo su dolor. Y entonces le acojo, le consuelo, porque él siempre llora o lo expresa, pero cuando ya nos hemos ido, cuando ya vamos en el coche o estamos a solas. Como aquél que grita en una moto cuando ya nadie puede oírle. Pues mi hijo lo hace conmigo, cuando ya nadie más puede escucharle. Y yo le abrazo, y me digo para mis adentros lo que duele decir adiós.

Y los peores adioses son los unidireccionales. Aquellos que no eliges, sino que te vienen impuestos. La vida lo hace cuando muere alguien que amamos. No pregunta, no cuestiona, sólo se impone en su finitud, en su apabullante y estremecedora realidad. Y ahí más que nunca la diferencia entre haber podido despedirse o no marca un abismo. O cuando alguien que amamos nos abandona. Decide por ti. Y ahí no te queda otra que aceptar y seguir viviendo. Porque sus opciones implican renuncias que te afectan, pero que no has elegido. Pero conforme voy viviendo, cada vez intuyo más que de esas hay pocas. Que para cuando alguien se va, hubo varios adioses previos en los que sí hubo opción, que las historias se comienzan a romper mucho antes de que alguien diga adiós, y en ese proceso las dos personas optaron.

Porque al final, como hablaba con una amiga anoche en una maravillosa terraza del centro de madrid, decir adiós también implica valentía. Y cada vez tengo más la sensación de que en nuestro mundo casi siempre el miedo vence al amor. Salvo cuando ese amor es de verdad. Entonces las personas saltan precipicios, auténticos abismos que les aterran. Lo hacen porque saben que una parte de su alma va en ello. Como lo hace un padre o una madre por su hijo, lo hacemos por nuestras parejas o por nosotros mismos.

Hay una escena que yo siempre recuerdo de la peli de «Sentido y sensibilidad» cuando ambas hermanas hablan después de averiguar la historia sobre por qué el novio de la primera le ha abandonado para casarse con otra. La hermana «sensata» le dice «Pero al menos puedes estar segura de que te amaba» y ella se gira y le contesta tranquila «pero no lo suficiente».

Así que como dice una amiga mía, se trata de «desear con intensidad». De amar lo suficiente. De saltar al vacío, sea cual sea, el vacío puede ser quedarse en la propia vida reelegida desde el amor o puede ser apostar por el amor que te abre nuevos horizontes y te hace sentir viva. Sea cual sea el vértigo, la vida nos la jugamos en cada salto. Porque si no saltas, el momento pasa y uno se queda asustado y aterido al borde del precipicio, sin saber si la vida del otro lado hubiera sido mejor.

Porque se elige siempre. Sea desde el amor, o desde el miedo. Y cuando eliges, toca decir adiós.

Pepa

Comentarios 8 comentarios que agradezco

Veinte años

Mañana es 5 de julio. Y cada cinco de julio en mi vida es un día cargado de amor. Un 5 de julio murió mi madre. Y a partir de mañana, que se cumplen veinte años de su muerte, llevaré más tiempo viva sin ella que con ella.

SIN ELLA. Ese es un concepto que no existía para mí hace veinte años. Recuerdo esa sensación de que mi vida se había parado. La certeza de que algo de mi alma había muerto sin remedio. Ese enfado con el mundo porque siguiera moviéndose, vibrando sin ella. Sin ella. Imposible.

Recuerdo el día anterior a su entierro, ese momento en que se llenó la casa de gente y yo necesité huir. Cogí mi coche, aquel primer Ibiza rojo, y empecé a conducir sin dirección. Sólo necesitaba salir de allí. Recuerdo la sensación de irrealidad, viendo pasar la carretera, sin saber siquiera dónde iba. Ese mismo toque irreal que llega cuando la persona que amas y que te ha dado la vida te deja huérfana, como árbol desgajado de sus raíces.

Entonces lo supe, y ahora con mi hijo lo he confirmado. Creo que hay dos tipos de vínculos en la vida, los verticales y los horizontales. Los verticales, los padres y los hijos casi siempre, son tu ancla a la vida, tus raíces, tu alimento, los que te dan tu lugar en el mundo. Uno acaba siendo de donde son sus padres o de dónde son sus hijos, algo así. Cuando pienso en los padres, pienso en quienes te criaron, no necesariamente quienes te parieron. Cuando hablo de los hijos, hablo de aquellos a quienes elegiste criar, no sólo de aquellos a quienes pariste.

Cuando los pierdes, tengas la edad que tengas, te quedas desgajada. Si tienes suerte y ya tienes hijos cuando pierdes a tus padres, que es lo más habitual, la sensación se atenúa, pero si no, te quedas colgando en el vacío. Y sea como sea, la sensación de orfandad te llega aunque tengas sesenta años. Los otros, los vínculos horizontales (los hermanos, los amigos, la pareja..) son compañeros de camino, más o menos profundos, más o menos prolongados, pero compañeros de vida. Te acompañan. A veces pasa, en afortunadas ocasiones pasa, que la pareja se convierte en raíz. Pero no es lo común.

Y ahora resulta que ese mundo sin ella va a empezar a ser más largo, más profundo que el anterior. Parecido en cierto modo a cuando llegué a ese momento de mi vida donde llevaba más tiempo viviendo en Madrid que en Zaragoza, y me di cuenta de que ya no era de un sitio ni de otro, sino de los dos. Pero también comprendí que mi hogar estaba en Madrid, con mi hijo.

Del mismo modo, ahora mi vida es más sin mi madre que con ella. Mi hijo no pudo conocerla, mucha de la gente que nos ama no llegó a conocerla, no estuvo en el final de mi carrera, ni en las presentaciones de mis libros, ni en los cursos y las conferencias. No pudo viajar el mundo conmigo, ni subir al Machu Pichu, ni sentarse junto al Mekong, ni viajar por la Patagonia ni tantas otras cosas. No pudo abrazarme cuando me enamoré, ni ser abuela.

Sé que en gran medida soy lo que soy por aquellos seis años de enfermedad que precedieron a su muerte y por aquel primer 5 de julio, pero no ha pasado un sólo día de estos veinte años en el que no cambiaría todo lo que he vivido después por poderla abrazar de nuevo. Pero ése es el trato. Amar implica también despedirse llegado el momento. Y como me dijo ella poco antes de morir: «Cuando muera no llores, porque todo lo que podría haberte dado, ya te lo habré dado».

La vida es también sus ausencias. Y ese dolor de no poder dejarse en su regazo, no poder sentarse en aquel mirador a desayunar juntas y conversar, no poder ya cantar con ella en el coche…siguen siendo ausencias por muchos años que pasen. Tan sólo con el tiempo te acostumbras a vivir con esos huecos dentro de ti.

Una de las cosas que aprendí pronto en la vida, con su muerte, con la de mi padre, con algunas otras cosas…es que los momentos pasan, que hay que pillarlos al vuelo. Si necesitas decirle algo a alguien, hay que decírselo ahora, alto y claro, no mañana ni pasado ni dentro de un mes. Es importante acostarte con la certeza de que la gente que amas sabe que la amas. Y si deseas algo con intensidad y no saltas por miedo al vacío, sencillamente te pierdes la vida. Y la vida es frágil y maravillosa, cruel y vulnerable. Y no tiene cambio, vuelta ni devolución.

Asi que cuando llego a esta vida definitivamente sin ella, me reafirmo en algo tan inefable pero real como lo es el dolor de su ausencia. Y es que el amor es lo único que sobrevive a la muerte y lo único que da sentido a nuestras vidas. Amar y ser amada. Con razón dicen que en realidad no mueres hasta que no muere la última persona que te conoció y te amó.

Porque ésa es la vivencia más radical de mi vida sin ella: su permanencia, su presencia constante dentro de mí, cuidándome, guiándome, protegiéndome, a mí y a su nieto. Cada vez que oigo a mi hijo hablar de la abuela Asun a quien no conoció, pero a quien tiene presente de una manera tan natural. Cada vez que tengo miedo y escucho su voz. Cada vez que añoro sus abrazos y llega, como por arte de magia, alguien que me ama y me abraza…en cada huella, detalle…ahí está ella.

Y mañana, 5 de julio, seremos varios los que, veinte años después, seguiremos teniendo un día conmovedor y varios los que nos enviáremos mensajes hablando de ella, pensando en ella. Y su amor seguirá aquí, en esta vida sin ella que en realidad hace tiempo que comprendí que es mi vida con ella de otra forma.

Porque aquella carretera que pasaba delante de mi casi sin verla se ha convertido en parajes hermosos, a veces muy cercanos y a veces muy exóticos, llenos de gente amada. Aquel sillón en que conversaba con ella en el mirador de casa de mis padres es hoy el sillón que utilizo como terapeuta, esas narraciones que me «obligaba» a hacerle cada día en la merienda sobre mi día en el colegio son sobre las que construyo mis cursos y mis talleres. Esa forma suya de peinarme ante el espejo devolviéndome mi valía con la que impedía que el maltrato que viví en el colegio dañara de forma irreversible mi alma es la misma desde la que hablo a los niños y a las personas que llegan a mi que han sido víctimas de maltrato o de abuso. Aquella música y aquella risa que casi olvida con las penas que vivió pero que luego recuperó en su enfermedad son las que yo ya no he olvidado nunca. Sus amigos son también mis/nuestros amigos. Y esos abrazos en los que me envolvía son casi los mismos con los que despierto cada mañana a mi hijo.

Y sobre todo…ese valor, esa capacidad suya de amarnos por encima de su dolor, de convertirlo en algo hermoso.. es mi motor, mi fuerza para cada salto al vacío que he dado después de aquel primer 5 de julio. Y han sido muchos saltos.

Ya lo dijo el zorro cuando el Principito le dijo que se iba:
– Voy a llorar.
– Pero es culpa tuya. Yo no quería, pero tú insististe en que te domesticara y ahora vas a llorar.
– Así es.
– Entonces no has ganado nada.
– Sí he ganado, he ganado el color de los campos de trigo.

No lo olvidéis, todos tenemos nuestros campos de trigo. Y esos no se van jamás. Al contrario, cada día son más bellos. Incluso veinte años después.

Pepa

Comentarios 18 comentarios que agradezco

Solucionar las pesadillas

Conversación en la cena:

– ¿A ti qué te daba miedo cuando eras como yo, mami?
– Pues la oscuridad, como a ti cuando eras más pequeño, cariño, pero la abuela Asun hacía lo mismo que hacía yo contigo, me dejaba una luz encendida y con eso me bastaba.
– ¿Y tenías pesadillas?
– Alguna vez.
– Cuéntame una, porfa.
– Pues alguna vez soñé que me caía de un edificio alto.
– ¿Y por qué no sueñas que bajabas en una cometa?
– ¡Es una idea genial!
– O mejor aún, en un paracaidas, porque al paracaidas le puedes poner una hamaca, y caer tranquilamente poco a poco.
– ¡Eso sería perfecto!
– Cuentame otra, que ya verás como te la soluciono.
– Pues alguna vez soñé que me perdía de mi madre en un bosque.
– ¿Y qué animal te gusta? Dame uno, por ejemplo, las mariposas?
– Bueno, sí, las mariposas son preciosas.
– Pues ya está, buscas una, te aferras a ella y ella te llevaba volando hasta otra más grande, su mamá, que tenía dibujados corazones en sus alas, y que te llevaba volando hasta donde estaba tu mami, la abuela Asun.
– Me parece increíble, cariño, así es imposible tener pesadillas.
– ¿Ves, mami? Hazme un favor, ten una pesadilla esta noche y luego me la cuentas mañana para que yo te la solucione. Pero no llores cuando la tengas que me asustaría. Sólo cuéntamela mañana, vale?
– Yo ya no tengo pesadillas, amor.
– ¿Y por qué no?
– Pues porque soy tan feliz contigo que no hay cabida en mis sueños para las pesadillas.
– Ah, también es verdad
– Pero descuida, que si algún día me asusta algo te lo contaré para que me lo soluciones como mago que eres.
– Gracias, mami.
– Gracias a ti, amor.

Pura poesía. Y así, sin más. Después de un día feliz.
Pepa

Lo invisible

Palabras de hoy de José: «Mami, el amor que siento por las personas, aunque no lo vea, lo siento aquí dentro, en mi corazón»

Lo invisible, ya lo decía el Principito, mi libro favorito, que colecciono en distintos idiomas en mis viajes desde hace años.

Lo invisible es una red de amor de la que todos formamos parte, siendo más o menos conscientes de ello. Una red que alienta nuestras almas, las convierte en corazones alados, como en aquel primer cuento. Una red en que todo está encadenado, todo tiene su lugar. Con plenitud, sin tenerse que esforzar. Sólo por existir.

Y cuando aprendes a dejarte en esa red…suceden cosas increíbles. Cosas que no hay que evaluar, juzgar o meditar. Sólo vivirlas, paladearlas, gozarlas y guardarlas muy dentro de ti, atesorarlas para cuando llega el dolor. Ahí, muy dentro, donde dice José, en el corazón.

Me están pasando muchas de esas cosas, y estamos preparándonos para un viaje largo y bellísimo 😉

Prometo narraroslo.
Pepa

Amar y ser amada

Reconocerse en los ojos de otra persona, en ese abismo que cabe detrás de la mirada de cada uno de nosotros, es uno de nuestros anhelos básicos de eternidad.

Esa vivencia de comunión, donde los límites de tu piel acaban en la piel de otra persona, en su temblor, incluso en sus lágrimas.

Esa certeza de pertenecer a alguien o a algo, no como una posesión sino como algo que no soy yo, ni eres tú, es un «nosotros» que es diferente y es mejor. Un amigo mío dice siempre «no soy yo el fuerte ni tú el fuerte, es el amor que nos une el que nos hace fuertes».

Pero también esa sensación de cobijo, la misma que casi todos tuvimos en el abrazo de nuestros padres o nuestros abuelos o quien fuera que nos amó y nos cuidó de niños. Ese momento mágico que llega al descansar tu cabeza en el regazo de otro y escuchas su corazón. El tiempo se detiene y te sientes contenida, protegida, amparada. Es una parte del amor de la que pocos hablan pero que nos lleva a permanecer mucho más allá de lo racional.

Y despertarse enredada al cuerpo de otra persona, ese olor que cobijó tus sueños y que sigue ahí al despertar. Sentir que no se esfumó, que vino para quedarse.

El mismo olor, la misma presencia que te cuida en cada pequeño detalle, en esas rutinas de amor que llegan a formar parte del aire que respiras. La caricia, el café de la mañana, la mano al pasear…pero también la compra hecha a medias, esa toalla puesta como sabe que te gusta que la pongas, o ese «descansa, que hoy me hago cargo yo». Ser tu compañero de vida.

Y luego el tiempo que pasa, y que va dando profundidad al hilo del amor, hasta hacerlo radical o hasta romperlo si no tiene espacio en el alma del otro y acaba pesándole.

Y el proyecto de vida compartido, con hijos o sin ellos. La consciencia en esa opción renovada. «Hay que querer querer» dice una de los ángeles de mi vida. Eso es fidelidad, y da otra dimensión a la entrega.

A veces pasa. A veces se llega a 65 años de amor compartido. Es un don, un regalo de la vida y una opción personal renovada día a día a lo largo de 10, 40, 50 o 65 años. El don y la opción han de ir de la mano. La vida te pone delante a la persona, incluso a veces a varias. Elegir amarla es siempre nuestra opción.

Pepa

Comentarios 19 comentarios que agradezco

La poesía que esconde también la vida

La poesia ha sido una de las constantes en mi vida. La trajo mi padre en forma de paredes llenas de libros, la trajo mi madre en forma de historias y poetas alemanes e ingleses, la trajeron algunos de esos primeros amigos, esos que te desmadejan para luego rehacerte de nuevo…

Para mí es un lenguaje propio. Y aunque no siempre la cultive con el ahínco necesario, siempre vuelve, cuando menos la espero, cuando menos la pienso.

Este fin de semana hemos estado en Zaragoza, con nuestras familias. Ha sido un fin de semana disfrutado, paladeado con menos prisa que otros. Tuvimos hasta un arco iris maravilloso, porque el sol se empeñaba en salir a ratitos entre lluvia y lluvia. Lo ha hecho hasta el último momento en que ha salido para que José pudiera perseguir grillos y mariposas en el huerto de ese paraíso de lugar. Una finca creada por el amor de una pareja, ahora ya anciana, pero cuyo amor sigue alimentando a cuatro generaciones de su familia.

El sábado por la noche, de la mano de mi hermano, acabamos también en algo que era pura poesía: un cine al aire libre para niños en la plaza de uno de los barrios más marginales de la ciudad. Una plaza y un barrio que un grupo de locos poetas intenta recuperar para la gente, para la vida y para la esperanza.

Así que ahí se van, y después de pasar todo el año llevando a niños de cinco años al cine una vez al mes a ver pelis antiguas que antes les explican en forma de teatro, al final del curso se van a ese barrio, a esa plaza, y les organizan juegos por todo el lugar y luego les ponen un par de pelis de el gordo y el flaco.

Y entonces escuchas en la noche abierta, que ha concedido la tregua de dejar de llover apenas una hora antes, las risas de decenas de niños y niñas y de mayores. Y miras esas imágenes, y recuerdas tu niñez, y lo poco que entonces te gustaban esas pelis y lo mucho que ahora te conmueven. Pura poesía. El proyecto se llama La Linterna Mágica, está además de en Zaragoza en muchos otros lugares del mundo y para quien quiera saber más, porque lo merece de veras, está en esta web.

Pero eso no es todo. Antes, por indicación también del poeta de mi hermano, me metí en una librería de esas que también son pura poesía. Y, como no podía ser de otro modo, salí con dos libros, a falta de uno. Atención a los libros. Del primero, pongo directamente el enlace de la venta, porque de su autor, Jimmmy Liao, ya he hablado en el blog de espirales, y me parece uno de esos poetas indescriptibles, que escriben maravillosos cuentos ilustrados para niños y mayores. Así que vaya mi recomendación después de leerlo mano a mano con mi hijo esta noche. Se llama «Abrazos«.

Y el segundo…de nuevo una de esas espirales de mi vida. Martí i Pol. Uno de los grandes poetas catalanes que se empeña en aparecer y reaparecer en mi vida en momentos clave. Y siempre de forma inesperada.

Así que esta noche voy a copiar dos de sus poemas de esta antología que me compré. Para que empecéis con poesía vuestra semana. Y porque para mí, en estos momentos de mi vida, están más llenos de significado que nunca.

Dicen así (copio la traducción en castellano):

POR MÁS VIDA
Dices la belleza y todo se ilumina.

Deja que el tiempo fluya lentamente
entre el paisaje y tú
y que el silencio ponga acentos
de leve melancolía en cada cosa.
La blanda quietud que te rodea poco a poco
acoge aquel misterio
que te une a todo y a todo te incita.

No pienses jamás que es tarde, ni hagas preguntas.
Ahógate de horizontes.
Agotado,
en cada gesto te sentirás renacer.

(De Las Claras Palabras, 1979)

AHORA MISMO

Y estamos donde estamos, más vale saberlo y decirlo
y asentar los pies en la tierra y proclamarnos
herederos de un tiempo de dudas y de renuncias
en que los ruidos ahogan las palabras
y con muchos espejos medio enmascaramos la vida.
De nada nos vale la añoranza o la queja,
ni el toque de displicente melancolía
que no ponemos por jersey o corbata
cuando salimos a la calle. Tenemos apenas
lo que tenemos y basta: el espacio de historia
concreta que nos corresponde, y un minúsculo
territorio para vivirla. Pongámonos
de pie otra vez y que se sienta
la voz de todos solemne y claramente.
Gritemos quienes somos y que todos lo oigan.
Y al acabar, que cada uno se vista
como buenamente le apetezca y ¡adelante!
que todo está por hacer y todo es posible.
(De El ámbito de todos los ámbitos, 1980)

Os deseo una semana llena de poesía,
Pepa

Comentarios 1 comentario que agradezco

Otro modo de vivir las formaciones

Ya pasó mi mes loco de mayo. Mañana acaba. Han sido nueve cursos en un mes, un record como hace tiempo. Y me doy cuenta de que mi cambio personal de los últimos años también se refleja, como no podía ser de otro modo, en los talleres que doy. Es como si la atmósfera que se creara fuera diferente, en parte porque yo hablo de otra forma, y en parte probablemente porque cada vez me muestro más.

Sea cual sea el motivo, el regalo es infinito. Porque entonces llegan talleres, personas, lugares que se te meten en el alma, en las «tripas» que tanto trabajo yo en los últimos años, las que configuran nuestra forma de estar en el mundo, de vivirlo y sentirlo. El otro día en Burlada o en Valladolid o en Donosti o en Ibiza hace unas semanas..lugares donde las personas me abren un pedacito de su corazón, y lo hacen en un contexto público y dando sentido a lo que yo hago. Gente que toma consciencia de algo nuevo en su vida o que narra su dolor, personas que encuentran una nueva mirada…Ahora lloramos mucho más en los talleres, yo la primera 😉 y abrazamos más. Sin que eso signifique perder un ápice de rigor en el contenido técnico.

Me sonrío para mis adentros pensando en mis miedos del principio, que creo que eran y son los de todo formador. Resumidos serían:

1. El tiempo vacío: que te quede tiempo del curso sin contenido preparado, de forma que acabas antes de la hora programada lo que llevas programado para el grupo. Se parece al vértigo de la página en blanco cuando tienes que escribir. Ahora pienso más en lo que quiero contar que en cuánto me va a costar contarlo, y siempre calculo menos tiempo para hablar del que hay disponible, de forma que me quede margen para poder conversar con la gente. Y sigo pensando que acabar un poquito antes es algo que siempre se agradece por muy interesante que sea el curso, sobre todo si son cursos intensivos y que remueven a la gente.
2. No saber contestar todas las preguntas. Ahora ya no lo intento. A menudo hay cosas a las que contesto «no sé», algunas poquitas a las que digo «prefiero no contestarte» y a muchas otras veces sólo escucho la respuesta que la misma persona acaba dándose después de conversar.
3. Que la gente no te quiera, no les gustes, no te entiendan, que son cosas diferentes pero que meto en un solo grupo porque son nuestra parte más íntima como formadores, la mía en concreto, esa parte que no suele tener cabida cuando decides aparentar fortaleza, seguridad y certeza.

Este mes muchas personas me han hecho un comentario en el que coinciden con mi entorno personal: que trasmito paz. Y es algo que antes no me ocurría. Me decían que trasmitía vehemencia, seguridad, apasionamiento…pero no paz. Para mí es un piropo impagable.

He viajado este mes sin parar por la geografía española, he corrido entre trenes, aviones y coche, y siempre con lluvia ;-). He abrazado a mi hijo al volver de cada curso o le he llevado conmigo, mientras cuadrábamos cole, deberes, su programa de estimulación o su función final de karate, entre otros. He tenido reuniones, entrevistas a familias.. Y es que, en medio de toda esa vorágine, he encontrado el modo de parar en cada instante, de vivir cada momento allá donde estaba. Así que ahora, cuando recupero la calma física además de espiritual y tengo por delante un mes de trabajo mucho más en casa, me vienen retazos de lo vivido, como si fueran un caleidoscopio, y reitero mi sensación de privilegio.

Me siento en paz, y eso me ha hecho mejor profesional. Cuanto más confío en la gente, más logro trasmitir. Cuanto más escucho, más fácil es reelaborar algunas ideas. Cuanto más esfuerzo pongo en convertir los contenidos en imágenes físicas que se puedan comprender, más adentro llegan.

Así que me toca seguir esforzándome. Es mi modo de honrar y agradecer desde aquí a la gente que me abre su alma en los talleres, y a quienes siguen confiando en mí al llamarme para darlos.

Y aunque pueda parecer que tiene poco que ver con el contenido de este post, no quiero acabar sin incluir este video. Es un resumen de un trabajo de Ramón Lobo sobre el Alzheimer. Se llama «Luz y memoria» y me pareció de una hermosura infinita. Me recordó a mi padre, que como ya conté en este blog murió de Alzheimer. Precisamente era un gran orador que dejaba a la gente boquiabierta en sus conferencias, clases y cursos por su sabiduría y por saber ser guía para mucha gente, sobre todo en su tierra, Zaragoza.

Así que por lo mucho que él me enseñó, y que en parte me llevó a mi carrera profesional, acabo este post con este video. Espero que os llegue tanto como a mí.

Pepa

Comentarios 8 comentarios que agradezco

Seguir siendo pequeño

No es nuevo, lleva ya tiempo en la red, pero a mí me lo han enviado/regalado hoy (gracias, Ruth) y lo cuelgo tal cual.

No sé qué me gusta más, si la voz, los dibujos o el mensaje, si la fantasía o la reflexión, si lo que dice o lo que calla.

A mí sí me gusta ser mayor pero también quiero conservar mi mirada de niña. Porque estoy con él en una cosa: perdemos demasiadas cosas al crecer. Y conservar la capacidad de ser feliz, de entusiasmarte, de reír, de soñar…es imprescindible. Y volverlas a elegir con la consciencia de adulta, no sólo con la inocencia de niña.

Aunque, eso sí, no me siento muy borrega ;-), y el mar me gusta hasta en agosto.

Pepa

Comentarios 4 comentarios que agradezco

De historia a historia

Mi hijo y yo nos contamos historias una noche sí, otra no. Las otras noches tocan cuentos (los cuentos se leen, las historias se narran, inventándolas en ese instante). Él me cuenta una a mí y yo a él.

He aquí las historias de esta noche. Primero la que me ha contado José, luego la que le he contado yo. No sé de dónde surgen. Son sencillamente magia. Y me surge compartirla.

Pepa

LA MARIQUITA DE COLORES
Historia inventada por José para mamá el 16 de mayo de 2013

Esta era una mamá mariquita que quería volar, así que lo intentaba y lo intentaba, pero siempre se caía. Hasta que por fin un día co mucho esfuerzo, se subió a la montaña, abrió las alas… y voló.

Pero cuando se acostumbró a volar, llegó la lluvia y le borró sus colores. Se quedó sin ninguno en su caparazón. Y entonces se puso muy triste. Y llovía, y salía el sol, y llovía y salía el sol.

Y entonces de tanto llover y salir el sol, un día salió el arco iris. Y a la mariquita mamá se le ocurrió una idea. Decidió volar hacia él y meterse en el arco iris y entonces…¡salió llena de colores purpurina! Y de colores del España. (Del España?- digo yo-Sí, de su equipo favorito).

EL MAGO DE LOS PENSAMIENTOS

Historia inventada por mamá para José el 16 de mayo de 2013

Este era un niño pequeño (muy guapo- dice él- muy guapo- digo yo), muy guapo y muy inteligente que tenía la cabeza tan llena de pensamientos que casi siempre se le salían, flotaban alrededor de su cabeza, se confundían, se mezclaban y él andaba todo el día mareado. Por aquí un “hoy voy a comer..”, por acá “la respuesta al problema de mates es..”, por allá “cuando me pregunte, le diré a mamá que…”. Había tantos y tan diversos entre sí que el niño no lograba ponerlos en orden, a veces se mareaba y parecía como ido. Como cazando moscas, le decía su profe.

Hasta que un día en el parque, paseando para intentar aliviar el dolor de cabeza y sin ganas de jugar ni a la pelota, el niño se encontró a un anciano. Tenía el pelo blanco, como a él le gustaba.

Se le acercó y le preguntó:
– ¿Qué te pasa? Tienes mala cara.

Y él le contó su problema:
-Son mis pensamientos, que no puedo con ellos, no me dejan en paz, me lían y me atontan.
-Uy, a mí me pasa lo mismo.
-Imposible.
-De verdad, ¿por qué crees que llevo esto? – dijo señalando la boina que llevaba puesta. Y al hacerlo, se levantó la boina y sus pensamientos comenzaron a flotar imparables alrededor de su cabeza.

El niño los miraba asombrado. Allí, sobre el cabello blanco de aquel anciano había flotando fórmulas que él nunca había visto, palabras en idiomas que nunca escuchó y algunos otros pensamientos sobre los árboles, el sol o las nubes que hasta reconocía porque se parecían a los suyos.

– Y ¿Cómo lo haces para controlarlos? ¿Llevas siempre la boina puesta?
– No, sólo la llevo los días especialmente fríos. El resto del tiempo descubrí un truco infalible para que me dejen tranquilo.
– ¿Y cuál es? ¿Me lo puedes contar?
– Aprendí a acariciar mis pensamientos.
– ¿Acariciarlos? Eso es imposible.
– ¿Imposible? Espera y verás.

Diciendo esto, el anciano comenzó a acariciarle la cabeza al niño, le pasó su mano suave y blandita por la cara, por detrás de las orejas…y poco a poco los pensamientos del niño dejaron de hablar. Se calmaron, incluso alguno se adormeció, como si aquellas manos le estuvieran cantando una nana.

-Pero ¿Cómo lo hiciste? ¡Eres un mago!
– Te lo dije: con caricias.

Y así fue como el niño, a partir de aquel día, cada vez que necesitaba silencio para poder descansar o responder a la maestra, o para seguir el rastro de las hormigas entre los árboles…Cada vez se pasaba la mano por su rostro, cerraba los ojos y adormecía aquellos pensamientos. De esa forma lograba vivir ese instante. Ese y no otro.

Pero siempre, antes del silencio, le quedaba un último pensamiento: «Definitivamente, es magia».

Comentarios 3 comentarios que agradezco