Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

El león enamorado de la luna

Érase una vez…un león fiero y hermoso, líder de una gran manada. Vivía en la sabana africana, en el mismo lugar donde nació, un lugar único que vibraba cada segundo de vida.

Pero a pesar de la belleza que le rodeaba, aquel león lloraba algunas noches. Guardaba un secreto que nadie conocía. Nuestro león de porte erguido y corazón valiente estaba enamorado de la luna.

Las leonas que vivían con él lo miraban con recelo, y al mismo tiempo atracción. Sabían, como se saben las cosas que son verdad aunque nunca se cuenten, que había algo diferente en aquel león.

Por las noches no dormía, se alejaba siempre hasta los altos desde los que podía contemplar el cielo y su mirada se perdía. Y al amanecer siempre se le escapaba una lágrima fugaz, que enseguida se sacudía, temeroso de ser descubierto.

Al principio lo había intentando todo para lograr acercarse a ella. Había subido hasta las cumbres más altas, resbalando, hiriéndose y maravillandose de lo que llegaba a ver desde aquellas montañas. Se había sumergido en el agua de su río, siempre pensando que en aquel reflejo se escondía su belleza. Incluso una vez llego a trepar a un árbol grande y muy alto, cuando todos sabemos que los leones no trepan, que tienen vértigo, que necesitan la tierra.

Pero cuando creía que la iba a poder tocar, ella siempre se esfumaba. Alguna noche la luna era tan grande, y estaba tan cerca que nuestro león tenía la sensación de dormir acunado por sus caricias. Pero siempre volvía el sol, y con él la espera.

Y los días nublados..eran los peores para el león. Rugía de desespero y cazaba más y mejor que ningún otro día para su manada porque sabía que esa noche no podría ver a su amada. Eran días de cuerpo revuelto y alma agitada.

Y lo que más le dolía, lo que llenaba aquellos ojos claros suyos de melancolía, era estar convencido de que la luna no le amaba. No sólo no le amaba, sino que no le reconocía, que para ella no era sino un león más. Porque entonces al león además de sentir impotencia, le invadía la soledad.

Hasta que un día…

Un día decidió abrirle su corazón y quedarse a la intemperie de la noche, donde quienes se aman encuentran refugio en el otro. Le escribió el más bello poema que su corazón leonado era capaz de escribir. Le dijo que la amaba, que la había esperado toda la vida, pero que ella era demasiado hermosa para él. Demasiado brillante, demasiado grande, demasiado inalcanzable…demasiado. Él era el rey de la selva, pero ella era la reina del cielo, y eso era un territorio inmenso hasta para un león. Le dijo que a partir de aquel día se conformaría con amarla. Sin más. Sentir ese amor en su corazón era suficiente para él. Eso y mirarla. Pero no volvería a subir árboles ni cumbres ni a sumergirse en ríos o lagos. Se quedaría con su manada, su gente, su territorio conocido, su lugar.

Aquella noche durmió inquieto. Al despertar sintió un calor extraño en su melena, y una luz que no lograba situar. Se levantó azorado y asustado. Ni en palabras de león ni de humano hubiera podido describir lo que era aquello que dormía a su lado, una criatura extraña con una luz…el león se tumbó a mirarla. Esa luz…donde había visto esa luz antes? Y el color de aquella criatura? No había nada en su selva que tuviera ese color que no era plateado, ni blanco, ni azul sino todos juntos a la vez. Y esa magia…

Y la criatura silenciosa abrió los ojos. Y en sus ojos anidaba el mar. Y no dijo nada, ni una palabra, ni un ruido…nada. Sólo le miró. Le miró durante tanto rato que el mundo se paró para los dos. Y cuando estuvo segura de que el león, de puro miedo, no se atrevería ni a tocarla, se acercó. Poco a poco. Muy poco a poco.

Le susurró su amor. Le habló de cómo había sostenido las piedras de las montañas con su reflejo para que él no cayera al subir en su busca. Cómo le había pedido a aquel árbol que no se enfadara demasiado con él y partiera una de sus ramas. Le habló de lo bella que se sentía cada vez que él miraba su reflejo en el río que había junto a su hogar. Mirarse en sus ojos le hacía descubrirse nueva y diferente.

Siguió hablándole, bajito, sútil, poco a poco, mientras se acercaba hasta rozarle. Y el león la sintió. Tan dentro de su alma, tan a flor de piel, esa piel que hacia años que nadie tocaba de esa forma..y dejó que su luz anidara en él, y se atrevió a desearla. A tocarla. A entrar en ella.

Y entonces lo comprendió. Y la llamó por su nombre: luna. Y ella sonrió. Y el león que había buscado fuera de su alma una forma de acercarse a su luna, en las altas cumbres y los lagos profundos..comprendió. Y encontró dentro de su ser el lenguaje de las caricias. Y con cada caricia le fue dando cuerpo a ella, la formó. La hizo luona, que es en lo que una se convierte cuando es un poco luna y un poco leona.

Y con cada caricia ella le fue llenando de su luz, le devolvió las cumbres, los ríos, la selva..todo lo que ella guardaba dentro de sí. Lo que cada noche de amor había iluminado sólo para él. Sin que él lo supiera. Hasta entonces. Y le hizo lunon, que es en lo que uno se convierte cuando es un poco león y un poco luna.

Así que recordad a esta luna enamorada la próxima vez que la miréis. Si la observáis con el cuidado suficiente, veréis los trazos de rojo de la sabana africana que forman ya parte de ella. Y, sobre todo, la veréis sonreír.

Pepa

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Una carta de amor a Platón

1. Me gustan los amaneceres, y si es en el mar, más.

2. Me gusta la risa de José, y reír y los hombres que me hacen reír.

3. Me gusta el sol de invierno cuando te calienta el cuerpo y el alma.

4. Me gusta la luz, las ventanas abiertas y las casas sin cortinas.

5. Me gusta mirar…sin más, tan sólo mirar.

6. Me gusta la conversación y los abrazos, sobre todo con gente que está dentro de mí desde hace más tiempo del que puedo recordar.

7. Me encanta conducir, una carretera sin hora de llegada, buena música y buena compañía.

8. Mi forma favorita son las espirales, representan mucho más de lo que sé explicar.

9. Me gusta mi hijo, ¿lo he dicho ya? Me gusta todo en él, su risa, sus filosofadas, su forma de trepar a las rocas..todo él.

10. En el diez, me gusta el sexo, el buen sexo y sentir el deseo en el otro.

Me gustan los árboles y las caricias y Klimt, Chagall, Picasso o Soroya, que me toquen el pelo y el queso, los helados y el vino y bañarme y las miradas…y llegué hasta el 22.

23. Me gustan los trenes y las estaciones y los aeropuertos y toda la vida extraña y caótica que cabe en ellos.

Mi madre y yo usábamos un código sólo nuestro: cuando queríamos recordarle a la otra el valor de las cosas pequeñas y casi invisibles de la vida, nos decíamos «mira el brilo del sol en las hojas de los árboles». Les llevamos a ella y a mi padre a parques hasta que murieron, y lo veo cada día desde mi terraza, como me ocurre ahora mismo y hace mi número 24.

El 25 es fácil porque es el número que más me gusta.

Me gusta mi trabajo, creo en él y en la posibilidad de aliviar sufrimiento y con esa posibilidad llego al 26.

27. Me gustan los desayunos del domingo con café, calma y periódico y una mirada y caricia entre página y página.

28. Me gustan las buenas historias, sean en libros, en pelis y sobre todo los contadores de cuentos.

29. Me gusta Buenos Aires y el Mekong, Machu Pichu, y Sienna y Florencia y París y Bogotá y la luz de África y la luz de mis islas y el altiplano boliviano y sus sonidos y los verdes escoceses..y perdí el número..me gustan las maravillas del mundo y viajar.

Creo un éste haría el 40, como mis años, pero creo que de las importantes sólo me queda una por decir y es que…me gustas tú.

Pepa

Pd. Mi homenaje personal a «Hierba Mora» de Teresa Moure (recomendación ferviente), un libro donde una de sus protagonistas, una mujer increíble, hace un listado de dos páginas de cosas que le gustan. A ese libro y a otros ecos. Volviendo en mí, poco a poco.

El video corresponde a la historia de amor entre Carl Sagan y Anne Druray. Hacía tiempo que no veía algo tan bonito. Más información sobre la historia aquí.

Cuando las víctimas logran hablar (2)

Una de las cosas que a veces me resulta casi imposible de explicar es hasta qué punto se cruza mi vida personal con mi trabajo. Y no hablo de las horas que le dedique, o de los viajes o cosas de ese tipo. Hablo del dolor que veo a diario.

Este fin de semana ha sido para mí una prueba más de ello. El viernes dejé escrito un post en nuestro blog de Espirales CI para que se publicara hoy. Lo escribí a raiz de una noticia que se publicó la semana pasada que narraba cómo unos hijos a raiz de la muerte de su madre publicaron una necrológica en un periódico en la que contaron públicamente el maltrato que ella les infringió, todo el sufrimiento que llevó a su vida, además de reinvidicar la necesidad de que los niños y niñas víctimas de maltrato hablen. Podéis leer el post entero aquí y os copio una parte de lo que escribí. Dice así:

«Una de las mayores dificultades del trabajo en sensibilización y prevención del maltrato infantil son las limitaciones, cuando no la imposibilidad de las víctimas de narrar su historia, de contarla en voz alta y clara, no solo a sus familias, sino a toda la sociedad. Además de la dificultad para lograr que sean escuchadas y creídas con la misma fiabilidad con que se escucha y cree a las víctimas adultas.

Sin entrar en los problemas derivados de la fiabilidad del testimonio, de los que ya nos hemos hecho eco en Espirales CI varias veces, hoy queremos reflexionar sobre una noticia tan estremecedora como real. Los hijos de una mujer fallecida publican en un periódico una necrológica sobre su madre en la que cuentan todo el maltrato que les infringió durante su vida, expresan la paz que supone para ellos su muerte porque les garantiza el fin de su pesadilla y demandan la necesidad de que las víctimas por fin alcen la voz y no callen más. El periódico, como se puede ver en la noticia, retiró el escrito del periódico y declaró que haría una investigación sobre su publicación…

..Esta es una noticia que produce escalofríos. Por el dolor y el sufrimiento que esconde, por el modo y el momento que han elegido los hijos de hablar, por sus palabras contundentes… por muchas cosas. Pero creemos que hay varios aspectos sobre los que deberíamos parar a pensar un momento:

1. La memoria y la justicia son dos elementos imprescindibles en un proceso de reconstrucción de la vida y el alma después de haber sufrido cualquier forma de maltrato. Los niños y niñas víctimas de maltrato necesitan ambas cosas. Poder hablar y narrar lo sucedido, que no se olvide, que no se niegue. Y justicia, no sólo en el ámbito legal, sino en el social y familiar. Que sus familias reconozcan el maltrato y les visibilicen a ellos como víctimas. No porque sean solo eso, que son mucho más que eso, sino por honrar su dolor y sufrimiento. Nombrar el maltrato no implica reducir a los niños y niñas a víctimas sino honrar su dolor y la valentía que han demostrado al afrontarlo. Esa justicia social y familiar que viene del reconocimiento de la agresión, del daño infringido por el agresor o agresora y del dolor vivido por las víctimas no lo puede dar la ley sino la sociedad, y en concreto la familia y la comunidad donde viven tanto víctimas como agresores.

2. Toda víctima siente rabia, además de miedo, dolor, impotencia y culpa, y es una rabia legítima. Esa rabia esconde un sufrimiento enorme, y la rabia les permite sacarlo fuera. Pero la rabia está socialmente censurada. Se considera a menudo “fuera de lugar” o “inadecuada”. A estos hijos que escriben esa necrológica sobre su madre, se les censura socialmente por expresar en voz alta vivencias que para cualquier persona serían dolorosas y destructivas. Se les censura por lo que dicen, pero también por la forma y el momento que eligen para hacerlo, que sin duda están elegidos también desde la rabia. Y es importante legitimar esa rabia. Los relatos de las víctimas van a estar plagados de rabia y dolor y la única forma que tienen de sanar su tristeza, no es olvidar ese dolor y esa rabia, sino sacarlos, vivirlos y sentirse reconocidos más allá de ese dolor. Solo en ese reconocimiento, solo cuando su entorno comprenda que nunca podrán ni querrán olvidar, solo entonces podrán llegar a la aceptación y paz interior. Y desde esa paz reconstruirán sus vidas…

..Vaya esta entrada como homenaje de quienes trabajamos en Espirales CI, no sólo a personas que alzan la voz y cuentan su historia como lo hacen los protagonistas de esta noticia, sino a todas las personas que han creado esos foros o asociaciones de adultos que fueron víctimas de maltrato en su infancia. Todo nuestro conmovido y agradecido homenaje a su valentía.»

Lo que no podía imaginar siquiera era que apenas unas horas después de escribir este post me iba a encontrar en la fiesta de alguien que quiero con locura con gran parte de las personas que me maltrataron en el colegio. Un grupo de personas, hombres y mujeres, que ya son padres y madres de niños y niñas que estuvieron jugando con mi hijo y mis sobrinos. Esas mismas personas que me cantaban canciones cada día en el autobus que iba al colegio, me insultaban, se reían de mí por mi gordura, especialmente en las clases de gimnasia, me pegaban chicles en el pelo o me dejaban notas y dibujos en mi pupitre, entre otras cosas.

Estas son experiencias que no se olvidan, y que te convierten en la persona que eres. Y cuando los vuelves a ver, como los vi hace un tiempo en la fiesta de los veinte años del cole o este fin de semana, te parece algo muy lejano y te das cuenta de que no has vuelto a pensar en ello hace siglos. Pero al mismo tiempo, cuando les ves, eres incapaz de mirarlos y no recordar aquello.

Porque una vez más constaté algo muy importante. Y es que no ha habido en ningún momento un reconocimiento de aquel daño, una toma de consciencia del dolor que causó. No sólo a mí, sino a muchas otras personas en aquel colegio, valga como muestra este post de un compañero mío de curso que escribió hace un tiempo. Y ese reconocimiento del daño es una parte imprescindible del proceso de sanación tanto de quienes agredieron como de quienes fuimos agredidos.

Recuerdo hace unos tres o cuatro años que fui a mi mismo cole a dar una formación a los profesores y una charla a los chavales de bachillerato sobre prevención de maltrato entre iguales. Porque las cosas en estos veinte años han cambiado y mucho, no sólo en el colegio donde yo estudié sino a nivel educativo y social. Sobre todo en la toma de consciencia sobre el significado y la gravedad de hechos como los que describo que, entonces y ahora, son mucho más habituales en los colegios de lo que mucha gente quiere reconocer. Una gran parte del trabajo que yo hago ahora es en el ambito educativo, y hay pocos ámbitos donde se haya sensibilizado más a los profesionales sobre el tema del maltrato infantil.

En aquella charla a chicos y chicas de dieciséis años después de darles unos datos generales sobre el tema y hacer un ejercicio para que detectaran la violencia que se infringían los unos a los otros y que consideraban «normal», les conté mi experiencia en su mismo colegio, en aquellos pasillos donde estábamos hablando y en los que yo había crecido. Les hablé de las vejaciones pero también de mis amigos, los que me habían sostenido, los que habían permitido que yo no me destruyera por aquellas experiencias, ellos y mi familia. Amigos que, por cierto, también estaban el sábado en la misma fiesta, parte de ellos al menos, porque siguen siendo una de las presencias más gozosas y significativas de mi vida. Les hablé también de los profesores que me apoyaron y de los que volvieron la vista hacia otro lado. Les conté en definitiva mi vivencia.

Entonces me preguntaron directamente si había vuelto a ver a aquellos chicos y chicas que me agredieron. Les dije que sí, que se habían casado, que tenían hijos…y les conté que, de hecho, con un par de ellos me había hecho amiga. Me miraron horrorizados: «¡Cómo eres capaz de ser amiga de aquellas personas!». Y yo les dije la verdad: porque me habían pedido perdón, habían reconocido el daño que me habían hecho, y eso había limpiado la relación y había permitido que nos acercáramos de nuevo.

Para mí son los dos extremos de una misma realidad, las personas con las que quiero y puedo construir una amistad profunda o las personas con las que no quiero pasar más allá de un hola y adiós. Y la diferencia la marca el reconocimiento del daño y la actitud con la que como adultos afrontamos nuestras vidas, lo que hicimos, o lo que no hicimos, hayamos sido víctimas, agresores o testigos del maltrato.

Porque, además, eso y no otra cosa es lo que trasmitiremos a nuestros hijos: la capacidad de saber pedir ayuda, de defenderse y de apoyar a los que sufren o la de hacer daño y destruir a los demás. Y esa enseñanza no tiene que ver con lo que decimos, sino con lo que vivimos, con lo que hacemos en cada una de las pequeñas actuaciones que tenemos en nuestro día a día, a veces en una fiesta ante una escultura construida en unos árboles por unos niños, a veces en un colegio, a veces en nuestro propio hogar.

Así que escribo este post en mi blog personal para completar el de Espirales CI, para explicar parte de ese cruce de mi vida y mi trabajo, y sobre todo para agradecer a los que entonces y ahora me apoyaron y me sostuvieron. Personas que estaban el sábado y me abrazaban y me sonreían y que mi hijo considera como parte de su familia. Y otas personas que no estaban pero que me abrazaban de niñas en el autobús mientras escuchábamos aquellas cancioncitas cada mañana. Gracias también a los profesores que no volvieron la vista para otro lado, a los que quisieron formarse para mejorar su posibilidad de aliviar el sufrimiento de los chicos y chicas que tienen a su cargo, y al profe que me invitó a dar esas charlas de prevención de maltrato a los chavales. A todos ellos gracias de corazón.

Sin duda gracias a ellos, a todos ellos, soy en parte quien soy.

Pepa

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Poco a poco

Sigo sin muchas fuerzas para hablar ni escribir. Pero necesito decir GRACIAS.

Este año he recibido en un mismo año dos de las muestras de amor más potentes de mi vida. La primera, por mis 40, la segunda en las últimas semanas.

Para daros las gracias voy a tomar prestado parte de lo que me ha llegado estos días.

Os lo dejo junto con mi promesa de ir volviendo. POCO A POCO.

Una foto que no necesita palabras:

Un poema de mi amado Benedetti:

Y uno de los comentarios a mi última entrada. Dice así: «Y tú miras de frente al Monstruo y le susurras: “no, quizá yo no gane siempre pero el Amor sí lo hará”. Porque llevas mucho tiempo mirando al Monstruo defrente. Eres sensata al temer al Monstruo y eres valiente al mirarle defrente».

Gracias conmovidas.
Pepa

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El dolor de mi hijo

Hay dos miedos para los que nadie te prepara cuando vas a ser madre o padre: el miedo a ver sufrir a tu hijo y el miedo a hacerle daño. Casi nadie te dice que desde el momento que llega a tu vida, el amor va a ir para siempre unido al temblor.

Son dos miedos tan viscerales, tan de piel, tan angustiosos que no puedes siquiera atisbarlos. No los conoces, no sabes lo que pesan, lo que miden, no conoces su inmensidad. Esa inmensidad que cuando llega te puede dejar muda, ciega, fuera del mundo e incapaz de volver a él, con la piel arañada y sangrante.

Sobre todo cuando se hacen reales, cuando un día te levantas y tus pesadillas se han convertido en tu vida. Están ahí, en sus ojos. Y esos ojos te miran pidiéndote que lo salves.

Y entonces descubres la mentira de los cuentos de niña: los príncipes, las princesas, los dragones, los castillos…En este mundo de aquí fuera las fieras muerden, arrancan de cuajo partes de ti. Y la angustia se vuelve inconmensurable. No hay pócimas, no hay poderes, no puedes salvarle, ves cómo se va ante ti, cómo le arrancan la inocencia, cómo le dejan a la intemperie. Le ves pelear, reclamarte, llamarte a gritos diciendo «sálvame», retorcerse en su propio dolor que ni siquiera sabe nombrar.

Pero no puedes, porque de eso ya no puedes salvarle. Ya está hecho. No lo viste. Sucedió. No pudiste preveerlo. Tan sólo sucedió. Y ahora toca vivir con ello, y lo que es peor, enseñarle a vivir con ello.

Y aún tienes suerte. Porque vive. Está vivo, y con ello todas las posibilidades se abren ante vosotros. Otros no tienen siquiera esa suerte. Y ahí la pesadilla asesina directamente (leed «La hora violeta» de Sergio del Molino)

Y te preguntas una y otra vez cómo vas a enseñarle a confiar, cómo no trasmitirle este temblor, este frío que se te ha quedado dentro, esta pena que pasados unos días ya no lloras, pero sigue viva y lacerante dentro de ti.

Y ves una vez más cómo las vidas se enlazan, cómo las espirales familiares se encadenan, cómo ese monstruo se vuelve gigantesco cuando toca a tu hijo. Porque ya no es tu dolor. Es el suyo. Y para ése no hay pocima mágica. No hay palabras, ni gritos, tan sólo ese frio…

Y sabes mejor que nunca por qué eres su madre. Por qué justamente tú. Y por qué él es tu hijo. Justamente él. Y le acaricias mientras duerme. Y te quedas despierta, mirando a la cara al monstruo. Y sabes que sólo tienes un arma: tu amor. Y escuchas al monstruo susurrarte: «no siempre vencerás».

Pepa

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El paraíso tras la puerta

Hoy me ha llegado esta imagen por twiter, y me sale incluirla en este blog, porque encierra en ella todo lo que hoy no puedo escribir.

Si la vida pensaba cobrarse la felicidad de este verano, a fe que hoy lo ha hecho.

Aunque sé que esto también es vivir.

Pepa

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Silencios

Hoy me nace recuperar un párrafo del último cuento, el «Lenguaje de los árboles», decía así:

«El abuelo decía que cuando estás en paz, ya no necesitas las palabras. Por eso el cielo es tan silencioso. Pero mientras tanto, hasta que llegas ahí, las palabras guardan el amor y el miedo, el dolor y la esperanza…guardan todo lo valioso que hay en las personas. Y las personas necesitan decirlas, y sobre todo escucharlas.»

Nunca imaginé vivir un verano como éste, y eso que mi capacidad de sorpresa tiene unos límites insospechados 😉 pero nunca esperé recibir tanto en tan poco tiempo, como tampoco que la vida me enseñara tanto y tan profundo. Porque los aprendizajes de la vivencia están cambiando hasta mi mirada.

Y hay algo que aparece rotundo en mi verano y son los silencios. Voy dando un nuevo valor a los silencios, y quisiera ponerlo en palabras esta mañana. Permitirme la paradoja de poner palabras a algunos silencios 😉

Ahi van:

Los silencios de la espera. Los de quien espera, los de quien se hace esperar.

Los silencios que moldean tu cuerpo sin siquiera rozarte.

Los silencios que se imponen cuando no puedes mirar a los ojos a alguien que amas sin desearle o sin que te duela, o ambos al mismo tiempo.

Los silencios que llegan cuando no puedes responder…cuando no quieres responder…cuando no sabes qué decir…o cuando ya está dicho todo..tanto que ni los puntos suspensivos funcionan ya.

Los silencios cuando navegas en los ojos de quien amas y te sientes correspondida. Y en paz.

Los silencios de la ternura.

Los silencios de las lágrimas. De las que se lloran, las que se gritan y las que se tragan.

Los silencios que envuelven después de hacer el amor, incluso durante.

Los silencios que te arrullan al dormir en brazos de quien amas, o cobijando el rostro amado.

Los silencios densos después de un puñetazo en el estómago. Los que llegan cuando sabes que de ese dolor no cabe el regreso.

Los silencios del olor amado que no se desprende de tu piel.

Los silencios de quien tiende la mano y acaricia, aún desde muy lejos, con cada foto, sin palabras.

Los silencios cuando ves llegar a alguien amado a lo lejos, caminando hacia ti. Y cuando le ves alejarse sin mirar hacia atrás.

Lo confieso. Mi mantra de este verano está siendo «esperar y recibir». Lo demás lo dejo a mis silencios.

Y acabo con otra de mis canciones, para llenar el silencio de música:

Pepa

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Esperar

Esperar el amanecer. Anhelarlo, buscarlo, recrearlo. Hacer que vuelva a nacer una y otra vez en ti…
Esperar esas letras que son un paso más hacia uno de tus mañanas…
Esperar a tu cuerpo, sintiéndolo vibrar hasta ese momento exacto en que el cielo entra dentro de ti. Ni minutos antes ni un segundo después. Ahí…
Esperar el punto de frescor para un vino, el de calor para un queso que se derrite sobre tu plato..
Esperar el roce inesperado, o ese otro que de tan deseado casi duele…
Esperar la lágrima o la muralla que cae…tocar el alma…
Esperar el silencio que llega cuando sólo queda ya mirarse.

Pepa

Sin palabras

– Mami, acuérdate cuando te mueras de pedir tu deseo sobre lo que quieres ser la próxima vez. Porque si lo pides, se te cumplirá y podrás elegir.
-….cariño, pues lo tengo fácil, porque como lo único que quiero seguir siendo es tu mamá, tendré que esperar a ver qué te pides ser tú para pedirme ser tu mamá.
– (abrazados) Te quiero, mami.
– Y yo a ti.

Conversación con mi hijo esta mañana abrazados al despertar.
Pepa
2/agosto/2013

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El lenguaje de los árboles

Llevo días pensando en colgar un nuevo cuento. Un cuento que escribí hace tiempo, pero que ha vuelto a mí estos días con el dolor galego. Los mismos días que el dolor se hacía inconmensurable veía el amanecer en el mar mientras me bañaba, y un día tras otro me preguntaba por esta vida en la que una noche pueden morir 79 personas y al día siguiente puede seguir existiendo tanta belleza.

Y una vez más, la vida tiene sus «emisarios». Por un lado anoche alguien me habló del idealismo, del silencio y del tono de las voces que se escucha más allá de lo que esas voces llegan a decir. Y hoy una amiga me ha enviado esta foto que me ha hecho volver a aquel cuento que escribí. Así que copio ambos. La foto acompañando al cuento.

Espero que os lleguen como a mí.
Pepa

EL CUENTO:
EL LENGUAJE DE LOS ÁRBOLES
Pepa Horno Goicoechea

Para mi padre y a mi hijo, paseantes de bosques

Érase una vez un niño cuyo abuelo le enseñó el lenguaje de los árboles. Se lo fue descrifrando en los paseos de aquellas tardes de verano alrededor de su casa del bosque. El niño quería ser pájaro y volar, pero el abuelo insistía una y otra vez. Decía que si volaba muy alto se perdería las maravillas del bosque, las que suceden a los pies de los árboles, en sus hojas y en sus ramas.

Por eso le llevaba de paseo por el bosque. Y con cada tesoro que le mostraba, el niño se quedaba prendado y su corazón se llenaba de silencio. Y sólo entonces escuchaba los susurros de los árboles. Era el lenguaje de los árboles del que siempre hablaba el abuelo. Aunque no lograba entender lo que decían.

Su abuelo decía que había árboles, los más sabios, los más ancianos, que llegaban al cielo. Era algo mágico. Por un instante se entrelazaban con las nubes y jugaban a acariciarse. Y en ese juego de caricias entre la esponjosidad de cada nube y las hojas pequeñitas, las de las ramas más altas de los árboles ancianos, las nubes les traían cartas del cielo.

Y cuando las nubes marchaban, los árboles atesoraban cada letra, cada legado a la espera de que su destinatario viniera a escucharles. Pero ésa era la parte más triste de la historia del abuelo: que la mayoría de los destinatarios de esas cartas nunca venían a buscarlas.

Y los árboles envejecían, llenos de historias, de susurros. Aprovechaban los atardeceres para dejar ir algunos mensajes con la brisa, o les contaban una pequeñita parte a los animales del bosque, por si pudieran ser sus emisarios. Pero casi ningún humano se acercaba a los pumas, a los zorros o a los búhos. A los perros y a los gatos sí, pero no a los animales del bosque.

Pero el abuelo sí lo hacía. Y desde que el niño nació, le llevaba con él. Al principio subido en sus hombros. Luego ya, cuando pudo, caminando juntos. Llegaban hasta una piedra en medio de un claro en el bosque. Y ahí se sentaban a silenciar sus corazones desbocados y poder escuchar las historias de los árboles. Y aquellas historias hablaban de lugares lejanos, de corazones tranquilos y de amores luminosos. Pero sobre todo estaban llenas de palabras no dichas, de esas que las personas no dijeron por miedo, o por no escuchar, o por no darse el tiempo o…

El abuelo decía que cuando estás en paz, ya no necesitas las palabras. Por eso el cielo es tan silencioso. Pero mientras tanto, hasta que llegas ahí, las palabras guardan el amor y el miedo, el dolor y la esperanza…guardan todo lo valioso que hay en las personas. Y las personas necesitan decirlas, y sobre todo escucharlas. Por eso los árboles siguen conservándolas. Porque los que están arriba en las estrellas mandan mensajes. Y porque los que están abajo lloran sus ausencias con palabras y lágrimas. Y de vez en cuando, en alguno de esos momentos mágicos en que los que viven en la tierra callan, los que están en el cielo hablan a través de los árboles.

Pero el niño nunca pudo llegar a percibir las palabras en los susurros de los árboles, sólo escuchaba un extraño y bello susurro. Y con el tiempo, conforme crecía, pensó que su abuelo se lo inventaba todo. Ninguno de sus amigos sabía nada del lenguaje de los árboles, y en realidad muy pocos iban a pasear al bosque con sus abuelos. Pero a él le gustaba. Y le quería. Así que decidió que no importaba que aquellas historias sobre los árboles fueran reales o no, sólo que fueran de su abuelo.

Hasta el día en que él murió. Una mañana luminosa de otoño su madre le despertó y le dijo que el abuelo se había quedado dormido y no se había despertado. Y el mundo del niño se paró. A partir de ahí todo fue difuso. La gente, las palabras, el entierro, las lágrimas de mamá…todo. Él ya no escuchaba nada, ni siquiera el latir de su corazón alado. Todo parecía detenido, sin vida y sin sentido.

Le enterraron en el cementerio del pueblo de los veranos, junto a la abuela, a quien el niño no había conocido pero a la que el abuelo había añorado durante tantos años. Y el niño hizo lo único que sabía hacer en aquel pueblo, lo único que tenía sentido para él: fue al bosque. A su piedra en el claro del bosque. Y se sentó.

Y entonces ocurrió. Empezó a escuchar palabras tras la brisa entre los árboles y el ulular del búho. Incluso le pareció ver un zorro a lo lejos. Pensó que aquello era imposible. Pero no lo era, ya no eran susurros sin sentido, eran frases. Frases que sólo el abuelo hubiera podido decir. “No quieras volar tan rápido, mira el bosque, siente la hierba, escucha a los árboles”.

Y ahí lo comprendió. Ahora entendía las palabras porque estaban dirigidas a él. El abuelo le había escrito una carta para él. El abuelo y la abuela, juntos. Y entonces aprendió de una vez para siempre el lenguaje de los árboles, el que sólo los que tienen el corazón dividido, mitad en el cielo, mitad en la tierra pueden escuchar. Sobre todo si son niños o niñas, más dispuestos a creer en la magia del amor que los mayores. Ese amor que enlaza las nubes con las hojas de los árboles y llena los silencios de significado.

Y el niño supo que ese lenguaje estaría siempre para contestarle cuando preguntara, cuando tuviera miedo, cuando se sintiera solo o cuando fuera feliz. Con la única condición de callar lo suficiente, amar profundamente, y no volar demasiado. Y supo también que a partir de ese día traería a su mamá a aquél rincón del bosque cada verano, para escuchar juntos a los abuelos.

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