Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

La memoria en la mirada

No tengo palabras para agradecer vuestras palabras. Los mensajes, las llamadas, los comentarios de estos días…cada vez que sucede me conmueve, me enmudece. Ese amor que me (y nos) rodea, que renueva mis certezas sobre esta forma de vivir ni mejor ni peor, tan sólo mía. Cada palabra y cada caricia me devuelven lo que soy y el camino que he recorrido. En su justa medida. Y es una medida hermosa. Qué regalo poder mirarse en ese espejo para saber que lo es porque yo lo soy. Sin más.

Poco a poco. Mi pelo sigue cayendo y naciendo a la vez. Lo nombro porque es la única forma que conozco de mirarme con coherencia, temblor y amor. Pero estos días algo ha cambiado en mí. Algo difícil de describir. Ahora veo mi pelo como expresión de mi cansancio y mi dolor. Y como tal lo cobijo. Sigue siendo duro, pero ya no hay angustia.

Poco a poco. De momento toca descansar, dormir y recuperar ese equilibrio que a veces es tan frágil y en los últimos meses perdí. Toca volver a mirar hacia dentro. Esto está siendo una dosis de humildad, de humanidad, de fragilidad. Una más, porque parece que nunca son suficientes para mi parte superviviente.

Escucho. Y callo. Tan sólo puedo deciros: gracias.

Y para eso quiero compartir este video. He llegado a él a través de esta web que si tenéis oportunidad de mirar guarda algunos tesoros increíbles. No sabía cuál me gustaba más que otro. Hasta que he llegado a éste…

Sin palabras. El amor y la memoria en una mirada. Leed la información del video, la historia lo merece.

Gracias,
Pepa

PD. Me he dado cuenta de que si no se entra en Youtube no se lee la historia del video, así que edito la entrada para resumirlo: ella es una artista, Marina Abramovic, que le hacen una exposición retrospectiva de su obra en Nueva York. Como parte de la exposición,las personas que la visitan, al final se sientan en silencio delante de ella durante un minuto. Sin que ella lo sepa, llega el que fue su pareja durante más de diez años y al que hace 23 años que no ve. Se sienta, ella abre los ojos y se miran. Lo que hicieron hace años al separarse si lo dejo a la búsqueda de quien quiera 😉

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De nuevo, mi pelo

Toca decirlo en alto. Se me esta cayendo el pelo de nuevo. Y esta vez se me esta cayendo no con calvas sino entero.

Volvió una vez, volverá de nuevo, lo sé, pero toca aprender, aprender lo que vino a enseñarme mi pelo, o mejor dicho aquello que no encontré otra forma de enseñarme a mi misma que de una forma tan visible y tan extrema como es quedarse calva. Se trata de quererme tal cual soy: calva, peluda, gorda, delgada..se escribe más fácil de lo que se logra.

La primera vez que ocurrió había una causa, una causa tan evidente que para mí fue fácil de integrar. Y aún así casi no pude hablar de ello hasta que recuperé el pelo. Y entonces lo describí así.

Pero esta vez no había una causa concreta, había muchas y ninguna al mismo tiempo. Antes de navidad, me sentía en mi lugar, me sentía bien, increiblemente bien diría yo. Y entonces empezó a caerse. Y no pelo a pelo, ni gradualmente sino a mechones. Y un mes después, ya es indisimulable (existirá esta palabra?). Y con cada mechón, la angustia. Esa angustia de «no puedo volver a pasar por esto, ¡no puedo!» y la rabia, el enfado conmigo misma, algo así como «¿a qué viene esto ahora, Pepa? no tiene sentido».

Pero semanas después he comprendido que tiene todo el sentido. Sigue doliéndome lo indecible que tenga que recurrir a formas tan extremas de hacer conscientes las cosas, pero lo he comprendido. Y la angustia se va yendo poco a poco, conforme empiezo a plantearme que mientras todo el pelo pequeñito que tengo ya crece de nuevo, tendré que encontrar maneras de disimular un poco la calva delantera. Por suerte tengo muchísimo pelo y eso lo hace más llevadero. Pero en cuanto ese pelo crezca, voy a bajar a la pelu y a cortarme el pelo cortito, como lo llevé muchos años, para darle oportunidad de crecer nuevo, y limpio. Pero para eso aún es pronto, de momento las calvas se ven, la cama sigue estando llena de pelo cada mañana y mi hijo sigue encontrando pelos por todos lados 😉

Y voy a ponerlo en palabras, a narrarlo, como dice una de mis luces en las oscuridades. Es una mezcla de muchas cosas. Algo así como: estoy cansada, no he tenido momento, margen ni tiempo para dolerme y curar el dolor del verano. Estaba tan preocupada por mi hijo y porque él estuviera bien, que ahora que le veo fuerte y feliz me he permitido sacar mi dolor. La intemperie y el frío de aquellos momentos dentro de mí mataron mi pelo. Cuando le vi bien tenía que haberme parado y haberme dado un tiempo para mí, pero el trabajo, la vida diaria de madre soltera y mi propia falta de consciencia me impidieron hacerlo. Hasta que mi cuerpo ha dicho: para.

Estoy cansada de estar sola. Me despedí de alguien a quien amaba, y sigo sola. Y duele. Y pesa. Nada que no conozca mucha gente. Pero es mi soledad, y mi miedo. Unido a un anhelo de que este año hubiera sido diferente. Y a un peque que no para de poner en palabras esa ausencia.

Estoy enfadada. Enfadada conmigo misma por no ser capaz de darme lo que doy a los demás, de cuidarme como cuido a los otros, de decirme lo que digo a otros. Enfadada por haber sido bastón para tantos y desde demasiado pronto. De haber tenido que conquistar mi debilidad, aprender a apoyarme y pedir ayuda y recibir las caricias de los demás.

Quedarse calva es sentirse fea, porque no es estarlo sino sentir que los demás te ven fea. Y dudar profundo de que alguna vez alguien te vea hermosa, de que alguien te elija.

Y después de decir todo eso, también estoy empezando a descansar, y a verbalizar otras cosas. Sobre todo desde el domingo y gracias a dos amigas que me hicieron mirarme a un espejo y reirme a mandibua batiente. Estoy orgullosa de mí misma, y del camino que he recorrido. Estoy orgullosa de que mi hijo no sólo no saliera dañado sino que esté más fuerte y más feliz, orgullosa de salir a la calle y seguir con mi trabajo público a pesar de estar quedándome calva, orgullosa de hacer malabarismos con mi tiempo, y de todo lo que doy y genero a mi alrededor en mi vida personal y en mi vida profesional. En más sentidos de los que sé explicar, tengo un privilegio de vida y es una vida que he construido yo.

Estoy cansada. Muy cansada. Pero toca quitarse una capa más. Y no cualquiera.

Gracias por estar ahi.
Pepa

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Contabilizar nuestros muertos

Los que lleváis tiempo siguiéndome por aquí sabéis que no soy muy dada a cruzar este blog con mi ámbito profesional. Lo hago pocas veces, y cuando lo hago, lo hago para contar vivencias que he tenido.

Pero este post que he escrito en la web de Espirales que a su vez lleva al post que escribí en No me pidan calma lo merece.

Si lo leéis, creo que sabréis por que. Y por esta vez, os pido toda la difusión posible.

Gracias anticipadas y conmovidas.

Pepa

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Give me love

La vuelta de navidad no está siendo fácil, por eso ando callada. Pero este fin de semana está siendo un tiempo de regalos. Regalos de reyes atrasados ;-). Regalos de amor.

Quiero compartir éste, que me ha hecho llorar. Escuchadla. Es un músico espectacular. Y creedme, no necesitáis entender la letra. Sólo el estribillo. Es la súplica universal.

… Give me love.
Pepa

Pd. Por comentarios que me han llegado, se que la letra oficial no dice mama, dice my, my..pero coincido con quien me regalo el video, que el cantante hace un juego de sonidos con las palabras. Pero en cualquier caso, lo que me importa es la súplica, y el sonido.

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Los contratos del alma

Puede que no sea el mejor título para un post que escribo el día de nochebuena :-), o quizá justamente sea el mejor. Pero me sale de dentro dedicar a escribir el ratito que me queda entre la consulta y la inmersión en la familia, previo paso por las tiendas del barrio a recoger las compras de última hora y decir «feliz navidad» más veces de las que puedo contar en cinco minutos (¡Cómo me gusta el barrio en que vivimos!).

En los últimos tiempos ando más que nunca «prendada» de la maravilla que llega cuando quitas deudas morales y psicológicas a las relaciones humanas. Esa capacidad de compasión, de perdón, de acoger que nos llega cuando somos capaces de humanizar nuestra propia visión de nosotros mismos y de aquellos a quienes amamos.

Ayer firmé uno de los contratos más hermosos que he firmado en mi vida, y creedme cuando os digo que no era precisamente el de una boda 😉 y una vez más me reafirmé en que el amor sostiene, alimenta, atesora y afianza cuando se quita los ropajes de la idealización, la moral y la deuda. Y una vez desnudo, se recubre de nuevo, pero de valentía, honestidad y consciencia.

Aprendemos a amar siendo amados. No es cierto que como niños aprendamos a amar amando sino siendo amados, ni a entregar siendo generosos sino recibiendo. LLegamos a la entrega si hemos recibido antes. Hace falta ser alimentado, sostenido y amado para poder aprender a amar y sostener. En los talleres que doy repito una y otra vez que hay que deshacer el concepto de «amor incondicional», sobre todo cuando me toca hablar del vínculo madre-hijos, que parece ese último tabú social a cuestionar. Es como si todos necesitáramos que nuestras madres fueran perfectas, ideales, únicas. A los padres también les pasa, pero en menor medida, por los roles de género aceptados en la crianza. Pero ese halo de idealización con el que miramos como niños a nuestros padres lo mantenemos dentro toda la vida. Y seguimos buscando el refugio que buscábamos entonces, porque los creíamos omnipotentes, sabios y poderosos.

Pero entonces llega la realidad. Y las navidades con ella :-), entre otras muchas cosas. Y nos recuerda que nadie es perfecto, que todos queremos con clásulas, con expectativas, con condiciones. Y que es importante legitimar esas condiciones.

¿Cómo legitimarlas? Para empezar verbalizándolas. ¡Qué prisión no poder hablar de lo que se siente! Qué prisión sentir que no puedo sacar de mí la ira, el miedo, el amor o el deseo. Cuánto bien nos hacen los escritores, y los pintores, y los artistas que sacan, expresan, hacen visible y nos brindan bastones en los que apoyarnos para expresar lo que solos no sabemos. Cuántas palabras prestadas y hechas propias llegan estos días.

El amor se vive, pero se teje en la narración, en lo que regalas al otro en tus palabras y gestos, en cada «te quiero», en cada caricia..y hacen falta, por supuesto que hacen falta. El otro las merece, y nosotros nos merecemos darlas y recibirlas. Decir «te quiero» hace sentir mejor al otro, pero a nosotros nos da un lugar en el mundo, un lugar de pertenencia, un hogar.

Y esas cláusulas al narrarlas, se legitiman. Porque se hacen públicas. Y ahí llega el contrato. El acuerdo, el compromiso. Cuando se dice algo, ya no podemos hacer como si no lo dijimos (y no será porque no lo intentemos) porque las palabras y los gestos, como un contrato que firmas, una mano enlazada a otra o un beso quedan en nuestra alma, y nos hacen quienes somos.

Y sólo tenemos una vida. Así que más vale que la invirtamos en aquello que anhelamos de verdad, porque si no, se esfuma. Se esfuma pagando deudas heredadas, «costes sistémicos» que llamamos los psicólogos a ese precio que todos pagamos por pertenecer a nuestro primer hogar, a nuestras familias. Todos pagamos un precio para ser amados. Y cuando nos hacemos mayores tenemos una oportunidad privilegiada: poner consciencia en ese precio, revisar ese contrato y decidir si queremos seguir firmándolo, o queremos cambiar sus clausulas. Sin ser ilusos (a mí esta parte me cuesta un mundo!) y pensar que podemos «no pagar precios». Siempre hay un precio, un coste. Lo importante es que lo elijamos con consciencia, porque entonces pesará menos. Nos saldrá a cuenta. Por todo lo que ganamos, que es inmenso.

Y ahí llegamos al mayor talón de aquiles: la valentía. Porque para poder hablar, besar o acariciar hace falta valor. Hace falta valor para amar. Ese valor surge de la necesidad de ser amados, como el dar surge del recibir. Convertimos esa necesidad en impulso y entrega, en cuidado, en caricia. En algo que saca cosas de nosotros que nunca supimos siquiera que existieran.

Así que si llegáis a leerme antes de esta noche, escuchadme bajito cuando os digo: sed valientes. Decid «te quiero». Veréis que el contrato sale a cuenta.

Pepa

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Un poco de mi caos

Llevo bastantes días sin escribir. Pero es que la vida corre más que yo últimamente, y mira que yo soy rápida! 😉

Estuve dos meses viajando sin parar y contaba con diciembre para descansar, pero no ha sido así. Están pasando muchas cosas, así que voy a escribir un poco de mi caos.

MÁS ESPIRALES

Las espirales son una constante en mi vida. Ahora lo son porque llamamos así a la consultoría de infancia que creé con mis compañeros de manera consciente por estos motivos. Pero elegí ese nombre también por mi propia experiencia vital. Y es una vivencia cada día más potente. La sensación de volver sin regreso, de avanzar por caminos ya conocidos pero nuevos, de relaciones que se alejan y vuelven a mirarme, a tocarme y a llamarme, de adioses que al principio parecen triviales pero que me llevan a viajes desconocidos…

Una de las espirales constantes en mi vida de los últimos años es la magia, que tiene mucho que ver con la cocina a fuego lento, con la confianza, con la apertura, con aprender a mirar…una magia que cada día que pasa va teniendo rostros y vivencias nuevas diferentes pero que me devuelven a las mismas certezas.

Volver de forma nueva. Caminar lo remoto como si ya lo conociera. Extraño pero muy bonito.

CÓMO SE SIENTE MI HIJO

Todo el mundo comenta que mi hijo ha dado un cambio. Yo también lo creo. Ha cambiado como cambian los niños y cambiamos los mayores, vestido el cambio de cotideanidad cuando es trascendental y vestido de importancia cuando en realidad son cambios triviales. Pues éste es de los cotideanos/trascendentes. Decidió dejarse el pelo largo. Fue la primera decisión que tomó sobre su aspecto físico, que hasta entonces le daba más o menos igual. Y debajo de esa decisión, se esconde un pequeño universo.

El otro día su profesora me llamó. Él estaba enfermo y tiene una profe de esas maravillosas que llama para ver cómo está y que se queda con él hasta que tú llegas a buscarle porque está con fiebre aunque se tuviera que haber ido. Y aprovechó para contarme algo que merece relato. En la asignatura de alternativa (qué poco me gusta ese nombre! alternativa a qué o para quién?) están haciendo un programa de educación emocional impagable. Y la semana pasada trabajaron cómo se sentían los niños y niñas en el mundo, ante la vida. Y allá fue José y dijo: «yo me siento alegre, agradecido y en paz» Y dejó muda a la profe y a toda su clase.

Esas formulaciones son mías, porque a estas alturas José y yo nos parecemos tanto, tanto que cualquiera diría que compartiéramos genes, pero él las eligió y las hizo suyas públicamente. Y a mí se me saltaron las lágrimas al oírle a su profe narrarlas. Por lo demás, seguimos peleando con las restas con llevadas y con atender o no en clase 😉

RABIANDO

Hace dos años escribí un post sobre la rabia. Lo llamé «Escuchando mi rabia«. Lo narraba como un camino realizado. Pero nunca lo son. En las últimas semanas alguien me removió rabias antiguas y no tan antiguas, y me ha hecho tener pocas o ninguna gana de aguantar y de callarme.

Así que ando rabiando con consciencia y muchas sonrisas surrealistas. Peleada con algunas máquinas y con algunas personas. Con lo que dices o no dices o se supone que dijiste o lo que otros dicen que nunca escuchaste. Rabiando de mi manera de elegir. Porque al final soy yo. Yo la que elijo. Yo la que me entrego. Y llegado el caso, yo la que me equivoco. Así que toca asumirlo y seguir. Y rabiar un rato.

LAS NAVIDADES

Soy una sentimental y sin «propósito de enmienda». Siempre lo fui. Y sigo empeñada en celebrar. Así que cada año celebramos dos fiestas, el cumple de mi hijo y el mío, y por navidad envío un crisma a mi gente. Un crisma en el que busco una foto que refleje para mí el año, escribo un texto que resuma lo que ha sido más importante para mí, lo monto y luego lo personalizo. Parte los mando por mail y parte impresos. Total, un trabajazo. Este año me asaltó la duda de si colgar el texto en este blog. Pero aún enviado a mucha gente, sigue siendo demasiado íntimo para ello.

Pero voy a acabar este post con una pequeña partecita de mi crisma 2013 para daros las gracias a todos y todas los que estáis al otro lado de esta página, los que me enviáis comentarios. Sois mucho más importantes para mí de lo que a veces puedo expresar.

Gracias de corazón. El crisma de este año lo llamé «Aprender a esperar». Porque de eso ha ido este año para mí. De aprender a esperar.

Aquí os lo dejo:

APRENDER A ESPERAR
Es un arte vivir acompasando los tiempos del alma, del cuerpo y de la vida.(…)
Pasear la mar en invierno..el frío en tu rostro…
mientras tus pies desnudos atesoran el calor de la arena.
Los tiempos de la intemperie inevitable. Y de cada decisión…
ambos ponen a prueba la resistencia del alma.
Aprender a entregarse.
Sentir esa luz dentro que ya no se va con la locura.
Aprender a esperar.
Aprender a confiar.
Aprender a amar.

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Sus siete y su luz

El sábado mi hijo cumplió siete años. Y nosotros seis de familia. Mi hijo llegó a casa justo el día de su primer cumpleaños, uno de esos elementos mágicos de la vida de los que hablaba el otro día. Así que cada vez que celebramos su vida, celebramos el regalo inmenso que la vida me hizo convirtiéndome en su madre. Celebramos su felicidad, pero también la mía. Inmensa dicha.

Y han sido unos días llenos de luz. El sábado salió un día radiante en Madrid, uno de esos días de invierno con sol que yo adoro, son mis favoritos. Mi hijo dijo: «mami, es mi cumpleaños, no quiero comer en un sitio cerrado lleno de gente». Así que nos fuimos al retiro con sus tíos. Y allí pasamos el día, con los pavos reales, el palacio de cristal y su magia, las pompas de jabón gigantes, las cuerdas para saltar..magia. Comimos en una terraza al sol, tanto sol que José se quejaba del calor que hacía, y nos quedamos en mangas de camisa. Y caminamos más y él pudo tirar una y otra vez su peonza nueva. Después cenamos con sus tíos y sus primos, hicimos la tarta y agotamos el día con el único pesar de no haber podido estrenar sus maravillosos patines nuevos.

El domingo volvió a salir el sol. Y de nuevo celebramos en un patio al aire libre comiendo paella y perritos calientes con veintitres niños y más de treinta adultos, un mago, un payaso y unos olivos maravillosos que soportaron estoicamente a los niños subidos encima. Otro regalo imposible de describir. Todo el amor que nos rodea a mi hijo y a mí, que nos sostiene, que nos cobija.

Ha sido un cumpleaños lleno de luz. Y de amor. Y cuando pienso en mi hijo, es justo eso lo que ha traido a mi vida: luz y amor.

No es que no haya batallas, de hecho apenas tres días después, la peonza ya está requisada temporalmente 😉 Pero los patines los estrenamos, el pijama también, vamos leyendo los cuentos, toca montar los aviones…será por regalos. Más amor.

No sabía si contarlo aqui, al fin y al cabo iba a parecer lo que soy: una mami a la que se le cae la baba con su hijo, por mucho que algunos ratos me agote o me desespere.

Pero hoy alguien me ha recordado algo que tiene que ver con la luz y con el amor, y eso me ha hecho decidirme a escribir. Me ha recordado de un modo mágico que mi opción por la vida ha estado siempre presente muy dentro de mí, desde muy atrás, desde mucho antes de que José llegara a mi vida. Pude haber elegido la noche, y elegí buscar siempre la luz de los parques. Pude haber elegido quedarme en el dolor, aferrada a él en un vano intento de evitarlo, pero elegí atravesarlo. Puede haber elegido el miedo, pero elegí muchas veces el salto sobre el vacío. Pude haber elegido la soledad, pero elegí amar y también ser madre.

Y cada vez que abrazo a mi hijo, que miro sus ojos y su sonrisa, recuerdo por qué. Y entonces un paseo con él, con mi hermana y mi cuñado por un parque adquiere un nuevo valor. El mismo que recibí y sigo recibiendo de quienes me amaron: el de las cosas pequeñas, el del brillo del sol en las hojas de los árboles, el de las miradas y las caricias…esa parte de la vida a la que sólo se llega optando.

Eligiendo amar.

Pepa

Dejarse en la vida

La vida para mí es también magia. Y no me refiero a esa idea bucólico pastoril de la vida como algo bonito, bello e inocente. No me refiero a que sea bella, que lo es, ni emocionante, que también a raudales. Pero también es cruel, dolorosamente cruel y lacerante. Así que no, no hablo de esa magia.

Hablo de lo inefable, lo inexplicable, las preguntas sin respuesta, de esas certezas que te llegan y te invaden sin que puedas saber cómo ocurrió, de dónde se sacó el mago el conejo de la chistera, cómo fue que sucedió, cuándo si no lo viste venir. Esa sensación de que la vida es mucho más que lo que ves, y mucho más que el resultado de lo que haces o decides.

En los últimos meses en los talleres que voy dando la magia está volviendose casi palpable porque lo que surge, lo que sucede es mucho más que la suma de lo que yo doy y lo que los participantes entregan de sí. De repente en un ejercicio, en la construcción colectiva que hacemos de las conclusiones surge algo diferente, algo nuevo. Quizá no tanto un nuevo concepto como una nueva mirada, una nueva forma de nombrarlo, un matiz inesperado, una comprensión distinta.

Y no es algo que le suceda sólo a la gente, sino que me llega a mí. Esta semana en el taller que di en el centro de formación de profesores de Palma me volvió a suceder. Con un grupo de cincuenta educadores infantiles el nivel de elaboración de algunos de los conceptos era muy compejo, como alta la dificultad de encontrar palabras para algunos de los matices y realidades que los participantes me obligaban a afrontar con sus preguntas.

Todos ellos me regalaron el privilegio de esta nueva formulación. Por eso me nace compartirla aquí. Porque fue un regalo para mí, como varios de los que estoy teniendo en los últimos meses. Un regalo que sólo te puede llegar de profesionales vocacionales (sí, esa especie que parece en vías de extinción sigue existiendo y con más ahínco y entusiasmo que nunca, yo me los encuentro allá donde voy y en grupos tan grandes que la gente se queda fuera de los talleres por falta de plazas); profesionales cuya exigencia te confronta hasta un poquito más allá de tus propios límites, para encontrar esa herramienta, esa mirada, esa comprensión que abra nuevos horizontes, y contribuya a la legitimidad, coherencia y calidad de su trabajo.

El regalo fue el siguiente. Y tiene que ver con la magia. Se formularía más o menos así:

Sólo si hay al menos un otro que te da seguridad y confianza, puedes llegar a dejarte, a confiar, a perder el control.

Y sólo si logras ese «dejarte», ese «confiar» puedes lograr los tres pilares del equilibrio emocional que podrían formularse como:

CONEXIÓN/COMUNIÓN con los demás. La construcción de vínculos afectivos profundos y positivos sólo se logra cuando te dejas en el otro, cuando te abres a él o ella, cuando confías aceptando tu vulnerabilidad y tu necesidad de ser sostenido y acompañado, cuando te arriesgas. No puedes llegar a la comunión con otra persona manteniendo el control.

CONSCIENCIA. No hay vida emocionalmente plena sin consciencia. La consciencia de cada vivencia, de cada momento, de cada responsabilidad. La maternidad con consciencia, la vida de pareja con consciencia, trabajar con plena consciencia, tomar el sol con consciencia…cada minuto del día vivido con consciencia nos proporciona paz interior. Tanto más si esa consciencia es sobre el dolor. Sólo atravesando el dolor con consciencia lo sanamos, lo curamos, lo dejamos ir. Vivirlo sin consciencia supone quedar aferrados a él.

ALEGRÍA/ PLACER. Al placer sólo se llega a través de la entrega, del dejarse, de la pérdida de control. La risa no es auténtica si la controlas, y cuando es de verdad se vuelve incontenible y contagiosa. O el orgasmo. Sólo si llegas a dejarte en la vivencia, a no intentar controlar lo que haces y cómo lo haces llegas al disfrute pleno, al placer y a la alegría. El miedo y el control conducen a la ansiedad y la angustia, y no hay peor antídoto para el placer ni mejor garantía de la tristeza, aunque ésta llegue más inmediata o más tardía.

Creo de verdad que no es posible el equilibrio emocional sin consciencia, comunión o conexión con otros y alegría. Y creo que para llegar a cada uno de esos tres elementos el único camino es la entrega, la confianza. No significa no tener miedo, sino saltar el precipicio muerto de miedo. No significa no ser consciente de los riesgos, sino confiar en que en el camino hallarás la manera de sortearlos.

Dejarse es caminar, llorar y reir, sufrir y temblar. Dejarse es ponerse en manos del otro, sea este otro una persona o la vida en su intemperie.

Y la paradoja más importante de este concepto es que sólo aprendemos a dejarnos y confiar si nos dieron en algún momento de la vida una base segura para hacerlo. Venimos de un otro y caminamos hacia un otro. Somos desde otras personas y existimos para otras personas. Sólo si nos dieron la seguridad suficiente, en la infancia o mucho después (porque podemos aprender a dejarnos y confiar en cualquier momento de la vida, ésa es la maravilla, la infancia no es una condena) sentimos el valor que necesitamos para dejarnos.

Pero la clave para la vida no es la seguridad, no es el control, sino la entrega, justo la pérdida de ese control.

Al menos eso creo, eso conté el otro día y eso siento. Y cuando te dejas, aparece la magia.
Pepa

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La intemperie y la responsabilidad

INTEMPERIE. Hace frío. Estás desnuda. Tienes miedo. Tiemblas. Palpas tu fragilidad. Y tus heridas. El viento te empuja a veces, y sientes que la vida va más deprisa de lo que puedes controlar. Otras golpea tan fuerte tu rostro que casi no puedes ni caminar.

También hay días de sol, y de luz. De ese temblor cuando el sol de invierno va calentando tu cuerpo entumecido. De esa vida que brota por todos lados, sin poder detenerla. Sin quererlo tampoco. Días de amaneceres en la mar, donde el agua te acuna. Pero de esos es difícil acordarse cuando te invade el dolor.

Y hay olores, y sabores, y texturas…todo lo que la vida te brinda, a borbotones. Lo que no elegiste: tu tierra, tu familia, las personas que te amaron, las que te aman, el primer llanto, la enfermedad, la primera muerte, la última: la tuya..

Y vas dejando jirones de tu piel..y ganando matices, sutileza y belleza..todo en uno.

Incluso el amor, que sólo llega cuando logras aceptar tu intemperie (tu debilidad, tu vulnerabilidad..). Aunque amar en parte sí se elige.

Pero ahí, en la intemperie, estás sola. Sólo tú.

RESPONSABILIDAD. La elección. Vivir o morir. Caminar o esperar. Luchar o rendirse. Saltar o quedarte agazapada. Entregarse o volver el rostro.

Amar o quedarse sola, aunque estés acompañada.

La alegría (que no la felicidad) o la desesperanza (que no la tristeza).

El precipicio…saltas?

El vaso medio lleno o el vaso medio vacío. Ambos existen. Ambos argumentos son reales. Es cuestión de elegir cuál miras, cuál tomas y cuál ofreces a quien te mira y te ama.

Los ingredientes del plato te los dieron, pero el sabor resultante depende de ti. La responsabilidad no se puede delegar. De niña no la tuviste, pero como adulto es sólo tuya. No hay culpas ni culpables. Hay opciones, decisiones que asumir.

Y de nuevo estás tú. Sólo tú. Porque nadie puede elegir por ti.

Nuestra alma se juega en la intemperie y la responsabilidad. No elegimos lo que la vida nos da y nos quita, pero sí qué hacemos con ello, cómo lo vivimos, cómo lo afrontamos. Ése es el único margen de libertad real que conozco.

La vida para mí no se explica sin alguno de estos dos elementos. Y a mis 40 sigo preguntándome cuál me sobrecoge más.

Pepa

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Lo he hecho bien

Llevo días con esta frase resonando en mi cabeza. Pensando en escribir un post que se titulara así. Y conforme han ido sucediéndose las horas y los días he ido siendo más consciente cada vez de lo difícil que me resultaba, de la vergüenza que me daba titular un post así: «lo he hecho bien».

Y es que ¡nos resulta tan dificil mirarnos al espejo y reconocer nuestra valía! Es algo generalizado en nuestra sociedad, la crítica y la autocrítica parecen lógicas, necesarias y habituales, de hecho últimamente son la norma. Una norma que conduce a la desesperanza. Pero el reconocimiento, el agradecimiento y el sentirse bien con uno mismo…eso, si se hace, ha de ser en privado.

Pero hoy no voy a generalizar. Lo diré en primera persona: ¡me resulta tan difícil mirarme al espejo y reconocer mi valía!. Es como si estuviera fuera de lugar, como si fuera engreído, presumido e innecesario por mi parte. Al contrario no sucede, cuando se trata de echarme en cara mis fallos soy fantástica. Esa juez que llevo dentro, y que también reconozco dentro de muchísimas personas, lleva en mí desde que tengo memoria. Encantada cuando tenía la excusa para mirarme con desprecio.

Con los años he aprendido la COMPASIÓN. Aprenderla hacia los demás fue fácil. Sentirla por mí misma fue tarea de titanes. Pero lo logré, al menos la mayoría de las veces. He aprendido a acoger a esa juez, que sigue viviendo en mí, y mirarla divertida y decirme «ya estás aquí otra vez». Ahora me río mucho más, y me acaricio mucho más.

¿Pero publicar una entrada que se llame «lo he hecho bien»? Eso ya es para nota.

Pero resulta que es cierto. Lo he hecho bien. Y conforme pasan los días la evidencia es innegable. Y lo es porque no viene de mí, sino de mi hijo. De sus ojos, su sonrisa, su bienestar. Mi hijo está bien. No sólo bien, está realmente bien. Ha hecho un camino de gigante en los últimos dos meses, ha batallado con el monstruo, y le ha vencido. Lo ha hecho él. Es su victoria. Su valentía. Su vida.

Pero ése es su relato. Yo aquí puedo contar el mío. Mi parte. Yo he sabido y podido sostenerle en el camino. Porque, a pesar de estar rodeados de amor (benditos seais), ésta ha sido una batalla que hemos librado solos. Él y yo. Solos.

Y hemos vencido. No porque el monstruo no ganara, que ganó, eso ya no tiene vuelta, el daño está hecho. Sino porque hemos logrado que no nos destruyera. Así que a la postre le vencimos. Creo que las batallas contra los monstruos se pierden y se ganan, todo en uno. Se pierden porque el daño es irreparable. Se ganan cuando eres capaz de volver a confiar y a amar.

Lo he hecho bien en el camino de estos seis años que nos han llevado hasta aquí, al crear, de la mano de mi hijo, esta relación profunda de amor, de sensibilidad y de seguridad que nos une a los dos. Nunca dudé de esa relación, por muchas veces que he metido la pata, al final sé que lo que queda es la pauta general, la cotideanidad, y ese día a día en nuestro hogar está lleno de caricias, de risas y de conversaciones. Pero estos dos últimos meses he podido comprobar hasta qué punto esa relación ha dado seguridad a mi hijo para afrontar el dolor.

Lo he hecho bien al hablarle de lo que casi nadie habla, y darle pautas y decirle que estas cosas existen y que puede afrontarlas y cómo hacerlo. No pude protegerle de que sucediera, pero sí le di las herramientas para decir «no».

Lo he hecho bien porque cuando pasó y ni él sabía cómo contarlo, pude acompañarle y sostenerle y esperar. Y sostener sus pesadillas, y sus explosiones durante semanas. Por mucho que lo intente, no podré expresar lo duras que fueron esas semanas. Tener la certeza de que tu hijo sufre, de que le pasa algo y no saber qué. Saber que cuando esté preparado, lo contará, pero que hasta entonces debes respetar su tiempo.

En ese tiempo metí la pata veinte veces, le castigué por cosas que sabía que tenían que ver con su angustia, no con él, le grité, me enfadé. Mi propia angustia me desbordó y me impidió saber reaccionar bien en muchas situaciones. En otras sabía que tenía que mantenerme firme porque eso también le devolvía la seguridad de que su mundo y su madre seguían siendo los mismos, limitados, falibles y amorosos. Estuve ahí, esperé y supe que aquello no tenía que ver conmigo. Lloré por las noches después de consolarle las pesadillas o de tranquilizarlo.

Lo he hecho bien cuando me lo contó, aquella tarde en el coche, y pude seguir conduciendo, y no estrellarme, y explicarle el porqué de sus sentimientos, su rabia, su dolor, nombrarlos. Y refozar su valentía por reaccionar, por habérmelo contado. Y no llorar, ni gritar. Hacerlo después, por la noche, cuando él ya dormía.

He llorado lo indecible. Me he sentido doblada, a la intemperie, frágil y pequeña, he sentido una pena dentro que no sé explicar, pero que, cuando pude, relaté en esta entrada de este blog. He recibido cientos de mails, llamadas y mensajes en contestación a aquella entrada. Sencillamente no tengo palabras para tanto amor.

Siempre hablo del amor, y del agradecimiento, pero cada uno de nuestros seres amados que cogió un coche y apareció en casa y me abrazó sin más, las llamadas de cada noche, las meriendas y los parques, la gente amada que me vio perder el control y me sostuvo y me perdonó, quienes me escucharon llorar al teléfono, quienes me abrazaron, tantos mensajes, quienes hicieron cosquillas a José para despistarle cuando veían que se me empezaban a saltar las lágrimas…ese amor me dio la fuerza para sostenerle. Hay momentos en la vida en que «estar ahí» junto a quienes amas lo cambia todo.

Por eso también, por todas esas personas que leísteis aquel post y me demostrasteis lo mucho que os importamos, quiero escribir también esto: estamos bien. Mi hijo es un valiente, una hermosura y la mayor bendición que pude imaginar. Y todo lo que ha pasado me ha dado una nueva mirada sobre mí como persona, pero sobre todo como madre.

Ojalá nunca hubiera tenido que mirarme así, porque eso significaría haber podido librar a mi hijo de ese dolor, no haber perdido la batalla. Pero ahí no elegimos. Ésa es la intemperie. Nadie nos pregunta. Sólo elegimos el después, cómo afrontarlo, qué hacer con ello. Cómo volver a confiar. Volver a amar. Volver a optar por vivir.

Hace un par de meses tuve una conversación muy interesante con mi hijo y su padrino sobre Jesús, que me sale de dentro incluir para acabar este post, porque hablabamos de eso, de quién vence al final.

La conversación fue más o menos así:
Mami, ¿por qué mataron a Jesús?
– Pues porque él predicaba cosas que a la gente que por entonces tenía el poder no le interesaba que se difundieran ni que la gente siguiera.
-¿Como qué?
– Como que había que querer y cuidarnos los unos a los otros, que había que compartir lo que teníamos..cosas así, y la gente que tenía el poder y el dinero entonces no estaba dispuesta a compartirlo.
– Pero entonces los malos ganaron, los que mataron a Jesús ganaron.
– Bueno, cariño, depende de cómo lo mires. Si te paras a pensar, han pasado siglos de aquello, y siglos después hay millones de personas, como tu padrino, que creen en Jesús y siguen lo que él dijo, son los que forman parte de la iglesia católica. De los que le mataron nadie se acuerda, pero de Jesús sí. Y no sólo lo recuerdan, sino que intentan seguir lo que él enseñó. Así que yo creo que en cierto modo ganó Jesús.
– ¿Tú formas parte de la iglesia, mami?
– No, cariño, yo no.
– ¿Por qué?
– Porque yo creo que Jesús fue un hombre increíble y dijo cosas en las que creo de verdad, pero no creo que fuera el hijo de Dios, que es lo que los que pertenecen a la iglesia sí creen, como tu padrino.
-Yo también lo creo.
-Me parece perfecto, cielo, tú puedes creer lo que quieras, puedes elegir creer lo que tú quieras.
-Pero yo creo que Jesús debería haber matado a los que le mataron.
– Eso era imposible- dijo su padrino.
– ¿Por qué?
– Porque Jesús decía que no se podía hacer daño a nadie, ni siquiera a los que te hacen daño, así que no sólo no los mató sino que no hubiera dejado que nadie los matara.
-…no sé-
zanjó mi hijo la conversación, y cambió de tema.

Estamos bien. Perdimos y ganamos. Y pude hacerlo bien.

Pepa

Pd. Quiero contaros también que hace unos días entró un virus a través de una entrada del blog y me bombardearon a comentarios spam, y al borrarlos, borré por error los comentarios que habíais hecho en las últimas dos entradas, la del cuento y la del libro. Lo siento en el alma porque eran emocionantes. Quiero que sepáis que fue involuntario. Si los volvéis a escribir..los publico de nuevo 🙂

Comentarios 8 comentarios que agradezco