Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Horizontes

Casi imposible describir las sensaciones de estos días.  Como se conmueve el alma al despertarse y ver esto cada día.  Como tu piel se llena de sol y tu alma de emociones que se suceden, con vértigo y gozo hechos uno.

El horizonte desde mi mesa de trabajo
El horizonte desde mi mesa de trabajo

Y como tantas y tantas veces, es mi hijo quien sabe nombrarlo mejor.

El asombro y la incredulidad: «¿sabes mami? Tengo miedo de despertar y que esto sea un sueño y tener que volver a Madrid».

La nostalgia: «No se como expresarlo, mami, pero echo de menos a H. como mi piel» o «El mar sin ellos no es el mismo mar».

Y el vértigo: «Mami, tendrás que tener un poco de paciencia conmigo porque el miedo tarda más en irse que el enfado, y yo soy más pequeño que tu así que mi miedo es mayor» (lección de vida!)

Y la certeza: «Esto es un regalo inmenso, mami» o «¡Soy tan feliz!».

Pues eso, delante de nosotros el infinito. Es la sensación de que se abren tantas posibilidades nuevas ante nosotros y poco a poco toca construirse una vida propia en ellas. De momento, el hogar, la habitación de la que hablaba Virginia Wolf, la tenemos. Y es hermosa. Y como hablábamos hoy en la comida uno de los mayores privilegios es saber que este paraíso lo vamos a poder compartir con quienes amamos. Si no, no sería el mismo paraíso. Como dice José, el mar no sería el mismo.

Pepa

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Madrid

Recuerdo, casi como si fuera ayer, el día que bajé del tren en la estación de Chamartin con mis dieciocho años, mi maleta y mi ansia de vida. Recuerdo que pensé: «puedo girar a la derecha, puedo girar a la izquierda, puedo gritar.. nadie se va a enterar, nadie va a opinar, nadie se lo va a contar a mis padres..» Me sentí libre. Y grité de alegría. Y empecé a caminar con mi maleta.

Han pasado veinticuatro años. Madrid me dio un hogar. Soy una de esas millones de personas que caben en este caos ordenado con leyes no escritas pero tangibles que crean dentro de una misma ciudad universos paralelos que nunca se cruzan, ni siquiera por la calle, reglas no escritas y un movimiento imparable, abrumador cuando llegas, brusco en muchos momentos, pero lleno de vida. Me dio la posibilidad del anonimato que es un bien muy preciado para mi, a pesar de mi profesión pública (o precisamente más aún por ella, no lo sé) y una diversidad social y cultural que nunca antes conocí en la que me sumergí y que se volvió indispensable para mi.

Adoro esta ciudad. Le debo más cosas de las que puedo o sé expresar. Mi hijo es madrileño, aunque intuyo que no de alma, los mejores años de mi vida hasta ahora están enganchados a sus esquinas y a sus gentes. Pequeños restaurantes, cuenta cuentos, los museos, los pequeños teatros, la música, el fluir imparable de gentes de todo tipo, mirarlas pasar en una terraza, las callejuelas, el barrio de las letras, Bravo Murillo o nuestro parque actual, la vista de la ciudad desde aquella facultad, el retiro, Alcalá, los días en la sierra, los trenes, los aviones que siempre me traían de regreso a casa… tantas y tantas cosas que caben en la memoria de mi piel.

Y sobre todo mi gente. Esta mañana José me decía que el saber que sus amiguitos van a venir a Palma y el va a poder verlos al venir a Madrid le era suficiente, que el resto le hacía feliz, que no quería más. Yo me siento igual. Él está radiante, y yo también, aunque más cansada por tanta logística y apuro de las últimas semanas ;-). Sé por la experiencia de Zaragoza que los vínculos profundos no se rompen si se cultivan. No sólo no se rompen sino que adquieren profundidad, y cada vez que te ves es como estar en casa. Si no los cultivas, mueren, pero si los cuidas como bienes preciados se vuelven parte de tu piel, estés donde estés. Por eso hay una parte de Madrid que aunque no lo sepa (que en realidad si lo saben) se viene a vivir a Palma también.

La consciencia y el tiempo que estamos dando a la despedida tiene un valor preciado y precioso. Decirse adiós, te quiero, te abrazo, cambia las cosas. Aunque sé que lo sabes, aunque yo lo sé, aunque te vaya a ver en unas semanas, pero merece la pena decirte gracias, me has hecho increíblemente feliz, me has abierto el alma a una parte de mí que no conocía, me enseñaste a reír, a acariciar, a dejarme acariciar, a bailar, a perdonarme a mi misma, a no ser tan dura ni tan exigente, a temblar. Me devolviste la exacta, pequeña pero exacta, medida de mi hermosura, y ese es un regalo que no tiene precio.

No «eres» sólo una persona, cada uno sabéis quienes sois. El Madrid que viaja conmigo y al que volveré siempre, como vuelvo a mi Zaragoza. Cuando la gente me pregunta de dónde soy suelo decir que de la carretera que une esas dos ciudades. Zaragoza guarda la Pepa niña, Madrid la Pepa mujer. Ahora toca unir el mar a mi geografía interior.

Cuando vuelva a estas líneas será ya en ese mar.

Pepa

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Nuevos cuentos para niños y niñas

Cuando mis compañeros y yo creamos Espirales Consultoría de Infancia fue como hacer un sueño realidad: un sueño profesional, pero un sueño al fin y al cabo. Al establecer su filosofía escribimos que creemos «que el crecimiento personal transforma la labor profesional» y no encuentro mejor prueba de ello que los cuentos que os presento hoy.

Sé que no hubiera escrito estos cuentos si no hubiera sido madre. Tampoco si en el marco de mi crecimiento personal, Begoña Aznárez, una «maga» increíble y una de las mejores profesionales de la psicología que he conocido, no me hubiera ayudado a encontrar mi voz de niña dentro de mí.

Soy una privilegiada, he escrito y he publicado mucho, pero la colección «Cuentos para el alma» de la Editorial Fineo que empieza con estos dos títulos, El lenguaje de los árboles y El mago de los pensamientos, es algo nuevo para mí, algo diferente que brota de mi alma de niña, de madre y de profesional, todo en uno.

El proyecto es una colección sobre los temas que a los adultos a veces nos cuesta encontrar una forma de explicar a los niños y niñas. Cada cuento versará sobre un tema y llevará en la última página, bajo el título «Palabras para el alma de los adultos», unas pautas simples para las madres, padres, abuelos, profes, etc. que quieran contárselo a algún niño o niña, y aprovecharlo como excusa para hablar de esos temas con él o con ella.

Escribí estos cuentos, los publiqué en este blog y mucha gente me persiguió para que los publicara en papel. Y ahí está de nuevo la magia. Las ilustraciones que Martina y Margarita han creado para los cuentos los han hecho nuevos y diferentes e increíblemente mejores. Ahora tienen una luz diferente y más bella. Así que agradezco de corazón a cada una de esas personas que me dijo una y otra vez «Tienes que publicarlos». A Martina y Margarita, las ilustradoras, por todo su arte. Y a Silvia y a la Editorial Fineo, por confiar en mí para este proyecto y hacer un trabajo tan bello.

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El lenguaje de los árboles trata sobre la muerte. O más bien sobre el hilo de amor que une uno y otro lado de la vida. Habla de las personas que tienen el corazón dividido, «mitad en la tierra y mitad en el cielo», y está escrito para los muchos niños y niñas (los que son niños ahora y a esos otros niños y niñas escondidos bajo la piel de los adultos) que tienen su corazón así.

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El mago de los pensamientos habla de las caricias, y de cómo las caricias y los masajes sirven para la autorregulación emocional, para que esos niños y niñas que los adultos dicen que no paran quietos, que no logran ordenar sus pensamientos, o acallarlos o concentrarse… Para que esos niños y niñas tengan un truco «mágico» para poder poner algo de orden dentro de sí. En esos pensamientos que en el fondo no son sino el fruto de su extraordinaria sensibilidad.

Espero que sean los primeros de otros que están por venir, y espero que os gusten. El mes que viene, en Junio, estarán en las librerías españolas y disponibles para comprar on line. Ya los han leído muchos niños y niñas en México y unos cuantos cerquita mío, aquí, en España. De momento, los presentaremos en la feria del libro de Madrid.  Por si os apetece venir, estaré firmando ejemplares en la feria del libro de Madrid el viernes 29 de Mayo de 19 a 21h. en la caseta de UDL, la número 47.

Para mí estos cuentos son algo especial. Y un honor y un regalo inmenso de la vida que los leáis. Corazón y profesión, todo en uno.

Pepa

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Regalos

A lo largo de mi vida he tenido conversaciones muy interesantes sobre la gratitud. Sobre si se debe o no debe sentir, o expresar, o si te posiciona como deudora, sobre si lo que recibes es algo natural…pero para mí la gratitud es parte del alimento del alma y de mi vida. Incluso en los peores momentos, o precisamente en esos momentos más que nunca, siempre he percibido el hilo de amor de la vida. Ese hilo que me rodea, me ampara y me guía, ese hilo que nunca me ha dejado caer. Cada vez que me he sentido desesperada, pequeña o asustada ha habido algo o alguien que ha llegado con un regalo. Un REGALO con mayúsculas, uno de esos dones (palabras, caricias, presencias, silencios, apoyo logístico, sostén, bienes materiales…la lista sería infinita) que me han dado luz, que me han devuelto al sentido.

Seligman dice que una vida plena es una vida con placer, con fluidez y con sentido. Cada día estoy más convencida de que esos tres elementos esconden en sí mismos las claves del bienestar.

El placer y la alegría que generan, ese placer deleitado, sutil o muy evidente, ruidoso y estridente o silencioso, compartido o en solitario…ese placer que alimenta cada poro de mi piel: el aire o el sol en la cara, la luna reflejada en el mar, los baños al amanecer..el agua en todas sus formas en realidad.. los árboles, tocar y ser tocada, el sexo, la comida, el fuego, los abrazos – qué fuente de gozo los abrazos-, los cuentos narrados, la buena conversación, la mirada amada, un buen libro o una buena película..el placer de abandonarse..

La fluidez que caracteriza a las cosas más valiosas de mi vida. Esas que surgen solas, que vivo como llevada por la vida y por su aura, que parece que no hago nada y todo cuadra, aunque en realidad haya hecho multitud de pequeñas cosas para hacer posible la magia. Pero la magia fluye, y conmueve, y me deja entrever que la opción que elegiste es la correcta, mucho más allá de lo que siquiera imaginé. El amor fluye, el mar fluye, las relaciones fluyen…el movimiento es parte de la vida, define la vida.

Y el sentido. Tener un «para qué», un «con quién», un «me gusta lo que veo», un «aporta algo». Un sentido en la oscuridad, en el cansancio, en la noche y en la vorágine. Un sentido que intento no perder de vista cuando la vida parece correr más que yo, sensación que tengo a menudo en mi vida, aunque quizá cada vez menos. Pero el sentido casi siempre tiene que ver con el amor, con un otro, con la trascendencia y con la resiliencia. Para mí es clave sentir que lo que hago tiene un sentido. Y en el fondo estoy convencida de que nos pasa a todos, o al menos a muchos.

Así que acabo con dos regalos. Dos regalos inmensos, inesperados, emocionantes y conmovedores.

El primero tiene historia. Os acordáis cuando os hablé del taller en Cantabria? Ese en el que hicimos un ejercicio que propuso mi hijo? Les pidió a las personas que pensaran en algo bonito que pudieran decirles a sus hijos, algo que les fuera a hacer felices. Me lo propuso a mí, a mí me encantó la idea, lo propuse al grupo, ellos aceptaron y los dos maravillosos coordinadores de aquel curso, Manuel y Sandra, lo recogieron y lo colgaron en el blog del cep de cantabria. Dedicadle diez minutos y veréis. Se os cambiará la cara.

Y el segundo tiene más historia si cabe. Esta semana se cumplieron 100 años del nacimiento de mi padre. El 5 de mayo hubiera cumplido 100 años. Y sin que lo supiéramos nadie en la familia, el Heraldo de Aragón publicó una página hermosísima en recuerdo suyo. El Heraldo además de ser el periódico de toda mi niñez, es el periódico en el que mi padre trabajó durante casi toda su vida como articulista, crítico literario incluso como director en un periodo, además de otras ocupaciones características de un hombre culto, generoso y activo como él. La memoria es un bien escaso en estos tiempos, pero más aún lo es la memoria agradecida. La que honra lo que quienes nos antecedieron nos regalaron, hicieron posible con honradez y bondad.

HA 2015-05-05 – Heraldo de Aragón – CULTURA Y OCIO – pag 48heraldo_aragon_luis_horno

Como les escribí al Heraldo aquél día, mi padre merecía ese homenaje, pero es poco frecuente recibirlo, así que sigue siendo un regalo que agradecimos todos los que le quisimos hondamente, sobre todo por el cariño con el que fue realizado por el equipo del periódico, por Antón Castro y Fernando Solsona. Os dejo el enlace por si queréis leerlo. Es la historia de mi padre. Parte de ella. Y parte de la mía.

Gracias!
Pepa

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Mis 42

Mi familia se acaba de ir. Unos hace minutos, otros hace apenas unas horas. Mi hijo duerme después de decirme «te quiero cumpleañera». Y cuando llega la calma, la casa parece volver a una cierta apariencia de normalidad y recupero mis silencios, mis certezas se hacen presentes. Un día más, pero no un día cualquiera.

Hoy he cumplido 42 años rodeada de amor. De más amor del que pude nunca sospechar. Amor del que se palpa, se toca. Amor del que no se exhibe pero se hace presente. Amor.

Cumplo 42 entre ecos de risas. Desde el minuto de la mañana con mi hijo cantando al despertarme (aunque luego hayamos reñido en el desayuno ;-)), la comida en el parque con diez niños corriendo alrededor de nosotros los mayores que nos sonreíamos al encontrarnos, hasta ahora mismo oyéndole a el y a sus primos partirse de risa. La alegría es el alimento del alma, o al menos uno de ellos.

Pero sobre todo cumplo 42 con placidez. Y hace un tiempo nunca hubiera pensado que ese sería un valor para mi. Pero lo es. No he hecho nada especial y lo he tenido todo en el día de hoy. Gozo, amor, red, cuidado, alegría, protección, detalles…

Cumplo 42 ante un giro nuevo en mi vida. Un nuevo comienzo junto al mar. Hoy ha habido también algo de melancolía, miradas de esa tristeza del que se queda, del que sabe que el viaje es bueno para el que se va, pero quisiera al mismo tiempo que nunca partiera, que se quedara cerquita, que nada cambiara. Porque los viajes son así, partes sin regreso, porque al volver todo es igual y todo es diferente. Y sólo los hilos de amor fuerte permanecen y se fortalecen en la distancia. Muchos otros pierden fuerza o presencia. Aunque eso no significa que no tuvieran valor. Fueron y dejaron huella en ti.

He vivido 24 años en Madrid. En esta ciudad que ahora que se que me voy, vivo y percibo diferente. He construido una vida plena y me siento agradecida, muy agradecida a la vida por ello. Cuando llegue a esta ciudad era una niña, una niña mucho más asustada, emocionada y anhelante de lo que podía sospechar. Parte de esa niña sigue viva, pero hoy soy una mujer. Y como tal comienzo este nuevo capítulo, honrando el amor que he encontrado en esta ciudad, cada uno de los rostros de hoy, cada huella, cada lugar.

Los lugares guardan jirones de nuestra piel enganchados en las esquinas, los rincones, un parque, un ventanal, un café o el banco de una plaza..todo eso y mucho más lo encontrare cada vez que vuelva a Madrid, y en cada rostro que me vea marchar. Y luego están los «calcetines de tu cajón» esos poquitos a los que no quieres renunciar ni por toda la distancia del mundo, porque son/ eres tu misma, no te puedes explicar sin ellos. Esos que vendrán al mar, a encontrar esa parte de ellos mismos que sólo encuentran junto a mi, como me pasa a mi con ellos.

Habrá otros parques..otros mares…pero el mismo amor.

Gracias. Sencillamente gracias.
Pepa

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Alegrías

Hay un dicho de esos que esconden más verdad de lo que parece que dice: «los buenos amigos son los que están en los buenos momentos cuando les llamas y en los malos sin ser llamados».

Asi que hoy toca compartir aquí mis alegrías. Por todos los malos momentos que compartí a veces tan sólo medio dejando entreverlos y recibí más cariño del que fui capaz de imaginar cuando empece a escribir este blog, hace más de seis años.

Mi primera y más grande alegría es un cambio de horizontes. Nos vamos a vivir al mar. Algo que siempre soñé, algo que hace años dije que haría, algo por lo que la vida me ha impulsado de diversas formas a apostar. A partir de junio José y yo viviremos en Palma de Mallorca, en un casa/pequeño paraíso mirando el mar que hemos encontrado estos días y en el que mi hijo cuando entró sólo pudo decir: «mami, ¿de verdad vamos a vivir aquí?». Pues si. Vamos a vivir mirando el mar al levantarnos y el mar al acostarnos. Construiremos un nuevo hogar entre luz, mar y cangrejos (no se nos pueden olvidar las rocas y los cangrejos!).

Mi trabajo seguirá siendo el mismo, porque tengo la suerte de poder trabajar casi en cualquier lugar mientras este bien comunicado, y a Palma otra cosa no se, pero aviones no le faltan ;-). Cambiara la consulta, que pasará a ser allí, pero lo demás seguirá igual.

Lo que no seguirán igual serán nuestros días, y nuestras almas y nuestros ritmos. Y la certeza de haber dado el paso no por trabajo, ni por amor..sólo y simplemente por ser felices, por concedernos, rectifico, por concederme este sueño.

Seguiré escribiendo aquí pero en vez de hacerlo en una terraza mirando a un precioso parque, lo haré frente al mar. Y seguiré conversando, y compartiendo, y abriendo nuestro hogar, sólo que ahora cabrá más gente aún.

Estos dos meses me tocan mudanzas y cierres, despedidas de una época de mi vida que ha sido increíblemente plena y feliz: veinticuatro años en Madrid! Es la geografía de mis afectos: dieciocho años en Zaragoza, veinticuatro en Madrid y ahora…siguiente escala. Me va a costar cerrar, pero lo haré con una sonrisa. Cuando me fui de Zaragoza huía de muchas cosas, ahora no huyo de nada porque no tengo nada de lo que huir, más bien al contrario.  Sólo doy un paso porque hay algo de mi que sólo siente estar en su lugar en la luz del Mediterráneo. Quizá me equivoque y dentro de unos años vuelva por aquí o vaya a otro sitio, pero se que no quiero vivir sin probarlo, sin intentarlo, sin arriesgarme a soñar.

Estos días hemos estado ya allí, buscando nuestro hogar, y hay algo que me ha dejado anonadada y no es sólo la casa, que también 😉 sino la red de amor que tenemos allí, la emoción y la alegría de la gente al saber que vamos allí, el cuidado y el mimo de quienes nos quieren, su cuidado en hacernos saber que somos un regalo para ellos… ha sido una bendición. Como lo ha sido la generosidad de nuestra gente aquí, en Madrid, al alegrarse por nuestra alegría por encima del dolor de marcharnos. Alegrarse por la suerte de quien amas ha llegado a ser para mi una de las mayores pruebas del buen amor.

Este ha sido un proyecto largo, y aún quedan un par de meses hasta mudarnos, pero quería compartirlo aquí, donde también estáis mucha gente que nos queréis bien.

Y para acabar voy a enlazar un artículo que escribí hace poco y que hemos difundido hoy desde Espirales CI, porque habla también de la alegría. De esa alegría que enseña a soñar. A mi me enseñaron de niña, y espero que mi hijo aprenda también eso de mi. Ojalá os guste leerlo.

Pepa

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Filosofía luminosa

Anteayer

-¿Sabes, mami? Me he dado cuenta de que en el fondo todos somos amigos.

– ¿Qué quieres decir, cariño?

-Mira, te lo voy a explicar…pues yo soy amigo de Héctor y Héctor tiene otros amigos que a su vez tienen otros amigos..y si seguimos así llegamos al mundo entero. Así que en el fondo todos somos amigos y dependemos los unos de los otros.

– …. (ponedle cara de madre anonadada y orgullosa)

 

Ayer

– Mamá, sabes que tu amor me sostiene? No sé si les pasa a todos los niños con sus mamás, pero a mí me pasa contigo.

-…(de nuevo yo enmudecida).

 

Hoy

– ¿Sabes, mamá? Se me ha ocurrido una actividad perfecta para acabar tu conferencia. Los pones a todos en círculo y les haces decirle al de al lado algo bonito que piensen que pueden decirle a sus hijos. Pero algo que sea precioso. Así sabrán cómo se sienten sus hijos cuando se lo dicen.

En un rato haremos la actividad. Veremos lo que surge 😉

 

Y sigo sin palabras. Celebrando nuestro santo, nuestra vida y tanta bendición.

Pepa

 

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«Hay que seguir contando»

Es tarde. Pero acabo de volver de ver 43.2, una obra de las que merece ser vista, de las que te conmueven y te impregnan. La hemos visto en ese prodigio que es la Sala Mirador, allí escondida en el corazón del barrio madrileño de  Lavapies, liderada por Cristina Rotta y Juan Diego Botto entre otros. Un lugar y una gente que lucha por conservar lo que muchos tontamente desprecian. Un trabajo por el que cuando te cruzas con él sólo te sale decirle un tímido: «Gracias por mantener esto abierto. Por eso y por todo lo demás«.

Porque la vida tiene estas sorpresas, y resulta que hoy tocaba encuentro de los actores con el público y además estaba allí Botto, entre el público. Y esa tertulia con los actores ha sido un regalo inesperado. Hemos hablado del silencio y la memoria, y es por eso que me sale escribir.

43.2 son las coordenadas de Guernica. Y la obra aborda el tema de la reconciliación en Euskadi tras el conflicto de eta, a través de la historia de una familia dividida, inmersa en un dolor lleno de silencios en el que muchas de las visiones de este problema tan doloroso como complejo tienen cabida. Y ésa justamente me ha parecido la medida exacta de su valía: que refleja lo macro en lo micro, los dilemas sociales y políticos en la realidad afectiva de una familia que se ama y que quiere amarse desesperadamente, pero que también guarda dentro de sí el horror vivido.

Y la obra acaba con la familia sentada a cenar en un silencio tenso pero posible después de mucho tiempo, el de una familia que cena junta, y que como comentaba uno de los actores quizá al final de la cena, en el postre, al cabo de tiempo y de mucho dolor puedan hablar además de cenar.

Pero yo me he quedado impregnada de ese silencio. Y de una frase de la madre viuda al principio de la obra, cuando cuenta que ella se cansa a veces de contar una y otra vez su historia, pero dice «hay que seguir contando».

Y yo pensaba en los silencios del dolor y del terror. Ese silencio que invade, desconecta a la gente, la incapacita para la palabra, para el cuidado y la cercanía. Ese dolor que he vivido tantas veces en mi vida personal y laboral. Lo he visto en las víctimas con las que trabajo, en los niños y niñas de miradas vacías víctimas del abuso, el maltrato, el abandono o la brutalidad. Lo veo en mi trabajo diario, lo he visto en muchos países y en más rostros de los que puedo expresar. Y también lo he visto en alguna de mi gente más amada.

Mis padres eran mayores cuando me tuvieron. Los dos vivieron la guerra. Cuando en el colegio nos decían «porque vuestros abuelos…» yo pensaba: «mis abuelos no, mis padres«. Mi madre era una niña cuyo padre, mi abuelo materno, hizo cosas en la guerra que conllevaron un dolor indescriptible a mucha gente y a su familia también. Un dolor que mi madre guardó en silencio, entre otros dolores. Tanto mis abuelos como mi madre eran vascos, y esa herencia forma parte profunda también de mí, además de mi vínculo presente con aquella tierra. A mi padre por su lado le acompañó hasta sus últimos días, entre otros, uno de sus amigos de la infancia fusilado. Podría contar infinidad de cosas. Sé mucho de los silencios, de los míos propios también, pero ahora mismo pienso en los silencios y los dolores de los que he sido testigo.

Yo siempre opté por la palabra. Mi palabra, limitada, falible seguro, pero mía. Siempre quise hablar de lo que veía, de lo que ocurría, de la parte que comprendía y de la que no llegaba a captar. Del mismo modo, en mi trabajo, me esfuerzo para que la gente, sean niños o adultos con alma de niños heridos, ponga palabras a su dolor. Porque sé de sobra que es el único modo de sanarlo: nombrarlo.

Pero hoy, al ver el silencio de la cena al final de la obra, pensaba que la palabra necesita un tiempo. Un tiempo para curar el dolor, para que no sangre tanto, para que no duela tanto. Quizá, sólo quizá, hay personas a quienes no podemos pedirles las palabras. Personas como la madre de la obra, que habla de cómo se quedó vacía, como colgada del aire casi cuatro años hasta que encontró su voz y habla de otras mujeres y otros hombres que no pudieron con el dolor y se suicidaron. A lo mejor resulta que son los hijos y los nietos los que podemos nombrar cosas que para quienes las vivieron directamente fueron tan horribles que ni siquiera encontraron palabras para expresarlas. A lo mejor son los actores, escritores, directores.. los que pueden escribir y reflejar el dolor de otros. A lo mejor necesitamos que no sea el nuestro, o no demasiado, para poder hacerlo.

Por eso creo en algo que María, la autora de la obra, ha dicho en la tertulia. Creo que es verdad que el estado, no sólo el nuestro, cualquier estado, tiene la responsabilidad de mantener la memoria del horror que sus ciudadanos han vivido, sea cual sea. Una memoria plural, legítima que refleje todos los rostros posibles. Y trasmitirlo en la educación a las siguientes generaciones, de una forma veraz, legítima, para que nadie pueda decir que no sabía, para que no se repita. Alguien, en realidad todos nosotros, debemos conservar esos relatos para que no mueran con los que no pudieron contarlos, para honrar sus silencios con nuestras palabras.

Y creo que el arte, como ha dicho Botto, tiene la responsabilidad de hablar de la vida y de esos dolores. Para nombrarlos por los que no pueden nombrarlos, no sólo porque estén muertos, que también, sino porque se quedaron sin voz, o aún no han sido capaces de recuperarla.

Cuando trabajo con niños y niñas abusados, pienso siempre que si no hemos sido capaces de evitar que abusaran de ellos, al menos les debemos la mejor de las atenciones posibles. Somos responsables de guardar también su memoria y su voz. Como dijeron tantos y tantos antes de mí: memoria y justicia.

Pepa

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A menudo

A menudo pienso en cómo las presencias y las ausencias están formadas de un mismo hilo: el amor. Aquí y allá, ese allá que está tan cerquita que casi puedo sentirlo como un susurro tras de mi. Aquí y allá al final están tejidos de lo mismo: del amor que has dado y has recibido.

Hablo a menudo de la consciencia, y la siento como un privilegio, un deber y un regalo. La consciencia de aquellas pequeñas cosas en las que se narra la vida. Veo la sonrisa de mi hijo, que últimamente es diferente, más luminosa, más plena. Quizá sólo para quienes le han visto triste, no lo sé, desde luego lo es para mi. Veo las caras, la suya y la de sus amiguitos en la cola del cole, y sé con todo mi ser que nos estamos equivocando en más cosas de las que somos siquiera capaces de atisbar en esto que llamamos «educación».

A menudo miro en silencio, y veo esas miradas que se evitan, las palabras que no hemos dicho, y la luz que se cuela…en cada amanecer. Escucho el ruido vacío y los silencios llenos, y siento que si no estás muy atenta… la vida pasa en un despiste cualquiera.

Siento que morir es un camino, no es un instante. Un tránsito en el que cada vez estamos menos aquí y más allá, hasta el último aliento. Y sé, lo supe muy pronto, que acompañar ese camino es un regalo lleno de consciencia, más que nunca, y de amor, un poco más si cabe. Dejar ir a quienes amas, y saber que existirán mientras tú existas. Ya lo dicen muchos, dos generaciones hacia arriba, dos generaciones hacia abajo. La vida no es sólo lo que vivimos nosotros, también es la memoria que dejamos tras nuestro paso. Estoy convencida de que la vida es lo que sabemos construir con aquello que nos dieron.

En los últimos tiempos, me siento a menudo conectada con ese ir y venir de la vida. Muchas despedidas, quizá. Pero me siento honrada por todo lo que me entregaron quienes murieron, quienes miran de frente la muerte en estos meses y quienes simplemente se fueron o aquellos de quienes me he ido yendo yo. Son muchos regalos que no cambiaría ni por todo el oro del mundo.

Lo aprendí hace un largo tiempo y hoy me reafirmo en ello: el amor es lo único que sobrevive a la muerte. Y a la distancia. Y al olvido. Es lo que nadie puede robarte.

Pepa

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En tránsito

En tránsito, en camino…siempre, pero algo más.

Estos últimos tiempos los cambios se hacen visibles… No quiere decir que antes no ocurrieran, pero fueron íntimos a ratos, inconscientes otros y muchos disimulados y sutiles. Pero la vida parece empeñada en ser paladeada. A consciencia. En cada minuto lo que toca: gozo, caricia, escalofrío.. Y en enseñarme a hacerlo visible, a dejar lo que soy a la intemperie.

Cambié de piel, me quedé calva y como dijo un amigo, es todo un cambio de piel. Mucho más profundo de lo que se o puedo explicar.

Cambiaron trazos de mi alma. De la mano, una vez más, de los ojos de mi hijo, de su camino, de su luz. Su camino interior, verle recuperar su alegría, fortalecer la ternura y no rendirse ni ante los monstruos.. Y yo detrás, callada, sosteniendo.

Cambiaron mis palabras, me salen menos (este blog es prueba de ello, perdonadme). Y andan cambiándome también. Las que digo explícitas y directas, las que convierto en metáfora, aquellas que se vuelven guía: consciencia, alegría, red..

Ando cambiando estructuras, deberes y exigencias internas, tan íntimas que son casi como una segunda piel de la que cuesta deshacerse. Cada vez tengo menos ganas de ser «nada» y más ganas de ser sencillamente feliz.

Pronto cambiaremos de horizontes. Ya toca. Un anhelo demasiado pospuesto. Y muy lleno de luz.

Caminando…siempre, pero un poco más.

Pepa

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