El otro día al salir de una conferencia alguien me dijo: «Por favor, no dejes de escribir nunca tu blog. Iluminas la vida de mucha gente». Casi no supe mostrarle lo conmovida que me quedé con sus palabras, pero no las he olvidado. Sólo pude contestarle «lo prometo» y para honrarla a ella y a sus palabras, me siento de nuevo esta noche.
Recuerdo a menudo la parábola de los talentos, uno de esos pasajes que dan sentido a la biblia completa. Ese reparto injusto y desigual combinado con la certeza de que te toque lo que te toque, hay un margen en que depende de ti la cosecha final.
Y es que mi cosecha es muy hermosa. Miro a mi alrededor y me sé bendecida. Sé que he recibido talentos indescriptibles, y no me refiero a los mios propios, sino al amor que me rodea, a las oportunidades que llegan, a las personas que se me acercan. Hoy miraba el atardecer sentada en mi terraza mientras hacía fotos de las nubes y se las enviaba a mis pacientes amigos, y escuchaba al mismo tiempo las risas de mi hijo con uno de sus grandes amigos construyendo una cabaña en la otra terraza. Y pensaba en eso, en mi privilegio.
Esta mañana he empezado mi día abrazada a mi hijo, y luego desayunando con dos amigos cuya piel se erizaba igual que la mía con lo que compartíamos. He trabajado un rato en el que me han llegado peticiones varias y ecos del signficado de lo que hago, incluida una propuesta de alguien a quien he visto una vez pero que me dice que en vez de ir a un hotel se sentiría honrado si aceptara ir a su casa a y compartir con su familia. Y un mensaje maravilloso de una ex paciente lleno de ternura y risas.
Y luego he ido a la reunión de la clase de mi hijo, donde un profesor que no tengo palabras para definir pero que, si pudiera, clonaría para todas las escuelas y niños y niñas del mundo, nos explicaba cómo iba a introducir las fracciones con música o la geometría con construcción. Y antes de entrar me esperaban abrazos amados, especialmente el de la que mi hijo llama ya «su segunda madre». Y al salir mi hijo y su amigo me han enseñado el club que han construido en el campo que tienen de «recreo» una hora al día, en el que han construido una valla impresionante y varios espacios dentro alrededor de unos árboles (árboles que, claro está, para ellos no se pueden llamar árboles porque no puedes trepar a ellos, así que el espacio que tienen no lo llaman «bosque» como en el edificio donde estaba antes el cole que iban a un bosque, bosque, sino «campo»).
Y después un helado con los dos peques, que han llegado a casa y sin decir nada, han cogido sus carpetas y han hecho sus deberes antes de construir su cabaña. En esas andaban cuando ha llegado a casa una amiga que se ha escapado cinco minutos para traerme un producto nuevo que han sacado y que ella ha encargado para mí que ayuda con lo del pelo, ha venido, me lo ha dado, me ha abrazado y se ha ido. Y luego en la cena y alrededor de una pizza los niños y yo hemos tenido una conversación increíble sobre cómo era eso de morirse y a dónde ibamos después. Y mi hijo me ha dicho tranquilamente: «cuando me muera mi cielo será como despertar en un bosque junto a un arroyo y caminar hacia una aldea y que tú salgas a recibirme y me abraces». Qué puedo decir a eso?
Y llega la noche y mientras ellos duermen yo me siento rodeada de luz por fuera y llena de luz por dentro. Y siento paz, y siento también que son tantas cosas, pequeñas y grandes que fluyen en el tiempo y que casi pasan desapercibidas si no te mantienes despierta, consciente, mirando y paladeando. Porque todo esto ha pasado sólo hoy. El día de hoy ha sido un día especial y único, aunque al mismo tiempo no haya pasado nada aparentemente especial, pero lo ha pasado todo.
Porque estas semanas está habiendo otros días, días de esos en los que sí hay acontecimientos destacados, de esos que sí es fácil ver, y conmoverse y ser consciente. He vendido mi casa de Madrid, por ejemplo, y he comprado un piso en Palma, justo todo seguido en apenas dos días. Ya soy un poco más mallorquina si cabe. He recibido la confirmación de la publicación de uno de los libros que escribí este verano y de una guía que he elaborado para Unicef, y he enviado el tercero a la editorial, me voy a Panamá unos días la semana que viene en parte trabajo y en parte de vacaciones a un sitio increíble con mi hijo y parte de nuestra familia mallorquina, he emprendido el camino de la búsqueda de orígenes de mi hijo en respuesta a su petición antes del verano…están pasando cosas, muchas cosas importantes, de las visibles, de las que desde fuera y desde dentro sé importantes.
Están las unas, y están las otras. Y todas suceden. Y si no las ves y atesoras, pasan. Las vives, pero te las pierdes si no estás despierta.
Y antes de acabar de escribir esto, ha comenzado una lluvia potente, la tercera del día.
Pepa



