Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Poesía, amor y desgarro

Qué difícil sentarse a escribir de lo que todo el mundo habla y no sentir que vas a caer en lugares comunes. Pero qué vacío habría en este pequeño hogar mío si no hablara de La bola Negra.

Es poesía. Es arte. Rasga el alma como los campos de los que hablan en la peli que están llenos de historias de amor enterradas. Son tantos momentos, tanta belleza, tantos extractos y tantas referencias cruzadas que sólo queda la admiración. Me quedé sentada, abrazada a alguien amado, hasta que empezó la siguiente sesión. Estuvimos a punto de quedarnos a verla de nuevo, hacía años que no me pasaba eso y mira que soy de las que ven dos y tres veces las pelis que me gustan.

Y sé que todo el mundo habla de los personajes principales y lo hacen con razón, son historias sentidas e interpretaciones soberbias. Pero sobre todo es cine, es arte, es un hilo que te lleva sin descanso de una imagen a otra, de una mirada a otra casi sin respirar. Pero a mí quienes me quebraron fueron las mujeres de la película. Y la palabra es justo esa: me quebraron.

La madre muerta, guiada por su hijo en un intento inútil de salvarla y salvarse, que acaba desangrada por las bombas. Una muerta más sin nombre de las muchas que aún quedan. Esa mirada de esa actriz, a la que ni siquiera se ve, la mirada de temor y de inocencia y de tratar de hacer caso a su hijo, que acaba muerta como todo el pueblo.

La madre abandonada, destruida y cortante como un cuchillo que interpreta Lola Dueñas. Una madre que trata de encontrar paz sin lograrlo, que no abandona a su hijo aunque no sepa cómo amarlo, que se destruye y lo aleja para no matarlo con ella. Esa primera comida entre madre e hijo me desgarró. Y cada minuto del resto de la película entre ellos dos.

La madre del niño muerto. Un niño ahogado con una ferocidad que se cuenta casi de pasada y que sin embargo da la medida de la atrocidad permitida y normalizada. Se puede ahogar a un niño en grupo y que nadie haga nada, que todo el pueblo calle y sostengan la locura de la madre con mirada resignada. Esa madre que dice «yo tenía un hijo» y que reaparece con él en la nieve. Esa escena de la nieve, pura poesía.

La hermana de uno de los protagonistas que utiliza palabras de Lorca para decirle a su hermano que aproveche él y viva, que a ella solo le queda quedarse en casa porque es mujer y eso es lo que le toca. Y esa madre que intenta ahorrar para que su hijo, él sí porque es hombre, pueda huir a Madrid y vivir «con discreción», es decir sin que lleguen noticias al pueblo, la vida que él quiere. Para él sí ahorra. A su hija le toca quedarse encerrada en casa con ella.

Hasta el personaje femenino que brilla en la película y fuera de ella, la cabaretera, la cupletista, el personaje de Penélope Cruz, y su referencia al transformista que existió de verdad. Mujeres que entre patadas y mordiscos lograban salir de sus casas aceptando el precio de la vergüenza.

Y pienso en todo ese dolor que se transmite de generación en generación, que se esconde en los campos y en los cuerpos de las personas. Daño con el que nos acostumbramos a vivir. El daño de tener que negarnos para sobrevivir mientras perdemos la vida. El daño del rechazo social y de la condena a no existir.

Y sin embargo, veo una vez más cómo en todo ese daño se esconde siempre el amor: el de esas madres, el de los protagonistas, el de ese italiano que concede un minuto a los enamorados, bendito italiano! El del amigo que le dice a uno de los protagonistas: diles que aquí tendrás un amigo que te defenderá seas lo que seas y ames a quien ames, y el otro que le dice: yo no puedo disimular, tú sí, pero yo sé quién eres.

El amor nos salva. Siempre fue así. Y lo sigue siendo. La diferencia la marca el miedo. Nos negamos o no nos negamos. Optamos por vivir u optamos por morir. Nos acercamos y acariciamos temblorosos pero vivos o nos quedamos cruzando las piernas y los brazos y tocando la trompeta en un baño. Vivir ahora. Hay que vivir siempre. Vivir es amar, abrirse, arriesgarse. Y desde ahí, con unas manos que te calientan el corazón, volar.

Gracias a Javier Calvo y Javier Ambrossi, claro que sí, y a todo el equipo, por dejarme llorando abrazada en la sala de un cine.
Pepa


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