Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

ese tipo de amor

Me hago eco del artículo de Almudena Grandes de este domingo en El País Semanal. Adoro a esa mujer, es capaz de expresar lo que yo nunca sabré. Habla de una clase de amor que conozco y que es uno de los mayores regalos que he recibido. Merece lectura.

Palabras de amor
ALMUDENA GRANDES 11/10/2009

El ya sabía cómo iba a ser todo esto.

Ni siquiera en el último momento había dejado de cuidar de ella.
No pudo ocurrir así, era imposible y, sin embargo, ella no podía pensar en otra cosa mientras el tren la llevaba de vuelta a Madrid. Él ya sabía cómo iba a ser todo esto, ya había calculado el dolor, la forma y el tamaño de la herida antes de prever la inconcebible dulzura del momento más amargo. Y sabría también que eso nunca es verdad, que lo peor siempre empieza al día siguiente, y ni siquiera ese día exactamente, porque es peor el que viene detrás, y aún más el que le sigue, y el otro, y el otro… La muerte es un instante, aterrador, injusto, atroz, cruel, brevísimo. La memoria del amor es, a cambio, tan larga como la vida de los que sobreviven.

–Y te voy a decir una cosa: esto no se va a quedar así… –le había dicho ella a él tantas, tantas veces–. Ahora mismo voy a escribir un artículo, voy a escribir una carta, voy a llamar por teléfono…

–Claro, claro, pero ahora mismo no. Mejor, pasado mañana –le contestaba siempre–. Tú espérate hasta pasado mañana y, si sigues igual de cabreada, hacemos lo que tú quieras. Pero pasado mañana, ¿eh?

Él lo sabía todo, y que sus arrebatos de furia nunca duraban cuarenta y ocho horas. Ella, que había aprendido tanto de él, recordaba aquel aplomo en el tren que la devolvía a Madrid, y una vez más, entonces quizá más que nunca, le dolía haberle perdido. Porque él ya sabía cómo iba a ser todo aquello. Porque ni siquiera en el último momento había dejado de cuidar de ella, de los demás, de todos, de todo.

Había dejado una gran cantidad de instrucciones, órdenes, listas, protocolos, en notas escritas a mano, cuando aún podía ir a trabajar y cuando ya no podía levantarse de la cama. Palabras de amor. No me gustaría morirme en agosto, le había dicho a su oncólogo, porque le fastidiaría las vacaciones a todo el mundo. Tampoco me gustaría morirme antes que mi madre, porque le daría un disgusto enorme, a la pobre, así que mira a ver lo que puedes hacer… Murió el 21 de septiembre, cuando a todos les había dado tiempo a volver a casa, morenos y descansados, dos meses después de enterrar a su madre.

Ya hemos hablado de la ceremonia, le escribió a uno de sus hermanos, el que oficiaría de anfitrión en una despedida sin rezos y sin cruces. Así que ya sabes que me gustaría que hablaran este, ese y aquel, que sonara esto antes, durante y después, y que esto fuera así, y que aquello fuera asá… Cuando todo terminó, ella comprendió que también sabía quiénes estarían allí, cuánto sufrirían los que más le importaban, y que lo había hecho todo por ellos, para ellos. Y se sintió una vez más orgullosa de él al comprobar que, por salirse con la suya, había logrado que su funeral, estrictamente civil, fuera tan solemne, tan emocionante, tan conmovedor como la más suntuosa de las ceremonias religiosas.

No sufráis por mí porque he sido un hombre muy afortunado, con una vida privilegiada, y si me dieran la oportunidad de reencarnarme, escogería volver a ser yo, con algunas mejoras, eso sí… Cuando alguien pronunció en su nombre esa despedida, ella, que estaba desolada, sonrió, porque nunca habría podido imaginar un epitafio mejor para él. Y le admiró tanto en aquel instante, admiró tanto su manera de marcharse, de seguir siendo él mismo, entero y poderoso, fuerte, íntegro y elegante hasta en el momento de su muerte, que pensó que si la Parca existiera, si fuera de verdad una mujer, habría caído rendida entre sus brazos. Así encontró un extraño consuelo en su desconsuelo. No un alivio para su sufrimiento, sino la certeza de que era justo, de que merecía la pena sufrir aquel día, y el siguiente, y al otro, el resto de los días de su vida, por la ausencia de un hombre como él.

Después, algunos de los que estaban por allí, de los que habían ido por cumplir, hasta por cotillear, se la quedaron mirando con extrañeza. Ella se dio cuenta. ¿Y a ésta, qué le pasa?, parecían preguntarse, un poco asustados incluso, si no era su mujer, ni su amante, ni su hija, ni su hermana… Menos mal que, en condiciones aún menos propicias a la comprensión de los transeúntes, un escritor cubano de ojos azules estaba sollozando al mismo ritmo.

El amor, como todas las cosas raras y preciosas, es un asunto extraño. E inspirar amor verdadero, amor del bueno, cuando no existe lo que las convenciones definen como una historia de amor, cuando no hay vínculo familiar, relación sexual, ningún condicionante sentimental previo, sólo está al alcance de unos pocos seres extraordinarios, tan raros, tan preciosos como el propio amor.

Qué duro va a ser vivir sin ti, Toni, pensó ella al subirse a aquel tren. Y cuando se bajó, en Atocha, su vida era ya un poco más dura que al emprender aquel viaje.»

momentos

Hay momentos extraños y bellos en la vida que son los que anteceden a los supuestos momentos importantes de nuestra vida: un nacimiento, entregarse a otra persona o separarse de ella, un cambio de lugar o de trabajo…cada uno tiene sus momentos cumbre.

Y el tiempo que les antecede son esos momentos en los que todo se intuye, se imagina y se desea, pero en lo que también todo es aún posible. Ese vértigo que anida en el estómago, que eriza la piel y acelera el corazón porque no sabes hacia dónde vas, pero sí sabes que quieres y necesitas caminar hacia allí y no a ningún otro lugar.

Los momentos más importantes de mi vida quizá han sido esos en los que he tomado las decisiones, en los que he decidido saltar al vacío, no cuando ya lo he hecho. En esos momentos en los que la vida te da una extraña y diáfana perspectiva, la misma que pierdes cuando ya empieza la vivencia, cuando te ves inmersa en el curso de los acontecimientos.

Y es ahí, en esos momentos, cuando más cerca he estado de mi corazón, de mi ser y de esa mirada limpia que hace falta para ver el segundo registro de la vida. Luego la vida siempre ha ido más allá de lo que imaginé, sentí o intuí, en el salto y en la marabunta siempre descubrí cosas que ni había podido imaginar, pero apenas llego a vivirlas en plenitud, no tengo margen para mirarlas, sólo para sentirlas.

Supongo que es lo que muchos llaman oración, otros meditación…pero la lucidez que ese tiempo elegido y preservado me ha dado no ha habido nada que la iguale. Son los tiempos que anteceden a los cambios, que deciden y definen esos cambios, esos extraños momentos en los que eres consciente de que aunque aparentemente para los demás no pase nada, algo dentro de ti percibe la magia del cambio radical, el nudo de quien sabe que ya eres otra persona o que tu vida ya no volverá a ser la que conocías.

Porque no siempre esos momentos o cambios podemos decidirlos, a veces la vida los decide por nosotros, nos los impone, así que cuando podemos, cuando nos deja un cierto margen de decisión, hemos de hacerlo con la máxima consciencia y coherencia, sabiendo, entre otras cosas, que no hacer ya es una forma de hacer, que lo que no se entrega a otros se pierde, que lo que no se dice a tiempo resuena siempre dentro de nosotros, y que son sólo esas decisiones, las que pudimos tomar, las que nos dan paz o nos hacen sentir culpables.

Ojalá siempre fuera capaz de percibir esos momentos y lo que saben enseñarme. Como ahora.

creer

Lo escribí hace unos años, en una espiral que se parece al día de hoy, y siento la necesidad de recuperarlo:

ALGUNAS COSAS EN LAS QUE VOY APRENDIENDO A CREER

Creo en la penumbra de la vida, en el boceto que dibuja la experiencia vivida,
aquella en la que las palabras curan y hieren por igual,
y los silencios son difíciles y sentidos.

Creo que las almas se encuentran una y otra vez,
siendo una y distinta en cada encuentro,
construyendo en espirales el mañana,
y creo que el dolor vuelve reales nuestros sueños,
aunque siempre nos deja un margen para la huida.

Creo que sólo trascendiendo las imágenes se toca el alma amada,
esa misma que al entregarla, se pierde y se gana,
creo que nada es eterno pero nada se acaba,
que las cosas pequeñas hay que cuidarlas,
que siempre, mejor o peor, dejamos huella cuando se ama.

Creo en la espera, en la melancolíua que crece con las ausencias,
intuyo que no se añora lo que nunca se tuvo ¿o sí?
creo que el amor no es sólo pasión, sino elección y compromiso.

Creo que las normas a veces se comprenden al transgredirlas,
y el dolor de la herida al perdonarla,
creo en el precio y/o la gratuidad de lo vivido.

Creo en los puentes tendidos por el ser humano, doloridos y temblorosos, pero hermosos:
la música, el cine o el arte..
y también creo en todo lo que tenemos y nunca creamos:
el aire, la mar, el sol y los árboles…
todo elllo en un solo mundo.

Creo que la fe es un aliento, fiarse y dejarse,
Perder el control de casi todo salvo de nuestra libertad,
la misma que hace que participemos de la vida de los otros
y que las cosa imporantes de nuestra vida nos vengan dadas.

Creo en la sopresa, la risa, el asombro, el arrebato y el gozo,
en que todo lo que no se entrega se pierde,
y que son justo el gozo, el dolor, el amor,
el viaje en un tren cuyo destino ignoras,
el brillo del sol en las hojas de los árboles,
una caricia o un amanecer compartido
los que otorgan el sentido a cada día.

Creo, en definitiva, que merece la pena compartir también la alegría.

leer sus nombres

Desde mi pequeño lugar, quiero hacerme eco de este informe del que acabo de leer algo más de la mitad y he necesitado parar para escribir este post.

Es el Informe extraordinario del Ararteko sobre la atención institucional a las víctimas del terrorismo en Euskadi.
http://www.ararteko.net/s_p_9_final_Principal_Listado.jsp?seccion=s_fnot_d4_v1.jsp&contenido=4601&tipo=8&nivel=1400&layout=s_p_9_final_Principal_Listado.jsp&language=es

El Ararteko y su equipo son de esas gentes que te recuerdan que aún se puede decir la verdad, y sobre todo, determinadas verdades, aunque duelan, asumiendo las consecuencias y que la dignidad que tanto reclaman las víctimas hay alguna gente que la hace realidad.

Sé que es extenso, pero si tenéis un rato, leed las páginas de la 442 a la 448 del capítulo 8, y si tenéis algo más de tiempo, el capítulo 9 casi en su totalidad. Por no hablar de los datos sobre valores de los adolescentes en euskadi sobre terrorismo del capítulo 7, cuyo informe completo saldrá en septiembre.

Por no decir la sensación que se te queda ante las cifras: 16000 heridos por ETA, 40000 amenazados más los que se han ido de Euskadi más la lista de asesinados que es la última parte del informe, y que por un momento me ha recordado el listado que ves en Atocha en Madrid, o el que ves en el campo de expterminio de Phon Phen en Camboia. Listados y rostros de asesinados que piden como dicen las víctimas: dignidad, verdad, memoria, justicia y reparación.

No sé si seré ingenua, pero creo que leer sus nombres es también una forma de hacerles justicia.

Y copio un texto tal cual del informe, como podría escoger otros muchos de una carta al director escrita por una hija a su padre amenazado:

“Atte, gracias por enseñarme a ser valiente, en este pueblo en el que nos ha tocado vivir escondidos de los que intentan cortarnos las alas, el alma y el pensamiento. Por enseñarme que ante esta situación sólo hay sitio para el dolor, nunca para el odio, e intentar hacerme ver que el sufrimiento es cosa de todos, no sólo nuestro. Pude acabar detestando a este triste pueblo, porque en su nombre te han insultado, prometieron que acabarían contigo, te han llamado traidor, te secuestraron en tu propia casa sin poder salir si no es respaldado por dos sombras y han querido callarte (…) me has enseñado que no es él, este pueblo, quien nos ha hecho tanto daño, sino los que creen ser sus salvadores (…) porque para mí la solución al llamado conflicto vasco es que todos tuviéramos cerca a alguien como tú para enseñarnos a mirar, a razonar (…) y sobre todo a ser libres (…). Cuando te sientas ahogado, piensa en el orgullo que supone para mí luchar a tu lado contra todo esto (…). Por eso he pretendido convertir esta carta en un instante de libertad”

Ioana Etxezarreta, “Atte” (forma familiar de “aita”), en Cartas al Director, Diario Vasco, 10 de junio de 2008, p. 27.

dignidad

La dignidad de quien ama inquebrantable.
La dignidad de las pequeñas cosas, las que sencillamente se te ofrecen.
La dignidad de quien sabe mirar.

La dignidad de quien sabe gozar.
La dignidad de quien ríe con la alegría ajena y sonríe la propia.
La dignidad de quien abraza, y de quien sabe ser abrazado.
La dignidad de quien acaricia con sus manos, su boca, su mirada, sus palabras o su silencio.

La dignidad de quien llora en silencio sobre un hombro cuando se lo ofrecen.
La dignidad de los silencios abrumados ante el dolor y la crueldad de la vida, vacíos de palabras inútiles, o fruto de la impotencia, pero llenos de presencia.

La dignidad de las palabras respaldadas por una vida.
La dignidad de la perseverancia.
La dignidad de quien se retira antes de que lleguen a su precio o a su límite.

La dignidad de quien es humilde, entre otras cosas porque sabe que casi todo se puede perder.
La dignidad de quien conoce la inutilidad del orgullo.
La dignidad de quien nunca pierde la capacidad de reírse de su sombra ni de hablar cara a cara a sus fantasmas.

La dignidad de quien nunca hace daño a propósito pero reconoce el daño producido a quienes ama.
La dignidad de quien no permanece suficiente tiempo como para poner la otra mejilla.
La dignidad de quien sabe perdonar y pedir perdón, asumiendo un riesgo de dos.

La dignidad de algunos pueblos y algunas almas,
la que queda al final de una vida, cuando cierras los ojos en paz.

el tiempo de las caricias

«Hay un tiempo para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: Un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para sembrar y un tiempo para cosechar, un tiempo para herir y un tiempo para curar, un tiempo para llorar y un tiempo para reír…» Eclesiastés 3, 1-8 (la cita entera no tiene desperdicio)

Hace unos años mi vida tenía un ritmo exageradamente frenético, lo puedo decir ahora con la perspectiva del tiempo y lo decían quienes me amaban. Y ese ritmo se colaba en todo dentro de mí: en mi manera de relacionarme, donde imprimía un ritmo a las relaciones que pocas personas podían seguir, en mi manera de caminar, donde apenas tenía tiempo de mirar a mi alrededor, en mis viajes, mis vivencias y mi intensidad. Todo era rápido, intenso y yo tenía a menudo la sensación de vivir en una montaña rusa en la que los acontecimientos me llevaban a mí sin posibilidad alguna de guiarlos yo. Esa prisa se hizo parte de mi esencia, era como si no supiera ser ni existir sosegada, como si todo tuviera que ser intenso y si me aburría casi me sentía culpable por ello.

Y llegó la patagonia, y mi decisión de adoptar, y el tiempo que me tomé para prepararme, como quien crea un espacio de vida al ser que está por venir. Tenía dudas de si sería capaz de vivir tranquila, de no viajar, de trabajar menos horas, de salir menos…estuve casi un año, en el cual los primeros meses no hice sino dormir, tenía tal cansancio acumulado que ni siquiera era consciente. Luego, al cabo de un tiempo, empecé a paladear la vida.

Me dí cuenta de que un amigo mío tenia razón: no hacía falta contar todo de mí para que alguien me conociera, no hacía falta estar en todos los lugares, es más, entendí el concepto de «demasiado» cuando llegué a tener necesidad de andar calles andadas mil veces porque era incapaz de absorber nada nuevo, no hacía falta hacerlo todo y hacerlo todo bien para ser amada.

Aprendí que había tiempos que sí hacían falta: el tiempo de las caricias, el tiempo de los silencios, el tiempo para conmoverse, el tiempo del miedo, el tiempo del vértigo, el tiempo del dolor, el tiempo de la espera.

Soy rápida y soy intensa, parte opción, parte aprendizaje. Eso sí que es parte inevitable de mi esencia 🙂 Pero la vida, algunas personas y mi hijo me han mostrado que has de saber acompasar tus tiempos, que has de saber esperar, que a veces hacer y correr es una manera de huir y que el amor se cocina a fuego lento.

Sigo llevando una vida de locos para muchos, lo sé, no se puede ir de cien a cero 🙂 ni tampoco quiero, pero es curioso, cuando ahora me toca un mes loco como el que acabo de pasar, todo mi ser se rebela, me dice: por ahí no, no es esto lo que quiero, ahí no está la verdad.

Siempre fui una partidaria de las rutinas, en el mejor sentido de la palabra, y cada vez lo soy más. Son esas costumbres que tejen almas porque siempre están ahí, porque se dan por hechas y te conforman como persona. No quiero perderme la dosis de besos de buenas noches de mi hijo cada noche, no más de las noches imprescindibles, como tampoco quiero renunciar a mi espacio personal, no quiero dejar de leer, ni de escribir, no quiero perder ni un abrazo ni una caricia de los seres que amo, y tantas otras cosas! no quiero oir una canción sin escucharla, ni mirar a una persona sin verla, quiero que cuando me siente junto a alguien, sea para cinco minutos o una vida, sea para mirarle a los ojos y detener el tiempo para él o para ella…

Ya lo decía mi madre, que era una mujer sabia, decía que existir en alemán se dice «dasein» o sea «estar ahí». Para existir hay que estar, y para estar hace falta acompasarse. Existe un tiempo de las caricias, ahora lo sé, y quiero vivir en él.

más allá del miedo

Antes de empezar este texto, quiero dar las gracias por la cantidad de mails que he recibido sobre el texto anterior, parece que acerté al elegir empezar por hablar de la felicidad y la alegría. Gracias por los ecos. Son importantes para saber que no ando perdida ni sola 🙂

Allá vamos con la segunda inquietud, entonces. Y es sobre el valor y el miedo.

El miedo es uno de los grandes motores que mueve el mundo. Y no sólo en que lo paralice, sino en que empuja a las personas a tomar decisiones (no nos engañemos, no decidir ya es una forma de decidir) en sus vidas en función de sus propios fantasmas.

Los fantasmas tienen poder en nuestras vidas y nuestra alma hasta el momento que los miramos a la cara, hasta que los «nombramos». Cuando tienen un rostro, se hacen manejables, dolorosos desde luego, pero pierden esa aureola que nos paraliza sólo de imaginarlos. La gente toma decisiones en función de fantasmas recibidos, inculcados, inventados o asumidos simplemente.

Porque, y eso es lo que más me preocupa, el miedo se inculca, se contagia, y se educa. Es importante tener presente que inculcamos los miedos no por lo que decimos, sino por cómo actuamos. Nuestra propia vida es nuestra mejor obra, y a quienes amamos les trasmitimos nuestras opciones de vida, y si esas opciones fueron tomadas desde el miedo, ése es el miedo que inculcaremos.

Y además el miedo es una estrategia de poder muy útil porque paraliza y lleva a la resignación. Es demasiado útil para quien está arriba posicionar a todos los demás en una posición de inferioridad (si además les hago sentir inútiles e inferiores, mejor) que afiance su temor hacia él o ella, como persona, como institución o como sociedad. Que no se plantee que las cosas puedan ser diferentes. Y para eso no hay mejor estrategia que abrumarles con la cantidad de cosas horribles que les esperan fuera si salen de donde están, o lo horrible que está por llegar, ante lo cual acabamos pensando que mejor malo conocido que bueno por conocer.

No parece que decidamos por lo que tenemos, sino por lo que «podríamos no tener», no decidimos por lo que podríamos ganar sino por lo que podríamos perder.

Y al mismo tiempo ese miedo tiene un valor positivo, porque ejerce una labor evolutivamente útil, nos preserva, nos ayuda a la supervivencia, nos permite «defender nuestro territorio». No se trata de no tener miedo, el miedo es una reacción interna de nuestro cuerpo y de nuestra psique que no debemos perder, es más, debemos reconocer y verbalizar. Se trata de escucharlo, pero no decidir desde él.

Porque creo que ahi está la clave sobre el miedo: no nos ayuda a vivir, sino a sobrevivir, no nos ayuda a evolucionar sino a preservar lo que tenemos, no nos abre al cambio, sino que nos resigna, no nos lleva a viajar y abrir horizontes, sino que nos inmoviliza. Para viajar, abrir, volar o vivir hace falta valor. Para otras decisiones o situaciones, alomejor es mejor sobrevivir, o quedarnos quietos, es verdad, pero que podamos optar con consciencia, no desde la angustia.

No nos quedemos en una pareja por no estar solos, sino porque nuestra vida es mejor con esa persona que sin ella, no nos quedemos en un trabajo por no tener otra opción, sino que demos los pasos para lograr esa opción formándonos y aprovechándonos de ese sueldo y entonces demos el paso para cambiar. No nos quedemos en el lugar donde nacimos porque es lo que nuestros padres y abuelos hicieron, salgamos, conozcamos y elijamos si llega el caso y queremos, volver con toda la plenitud que conlleva. No nos casemos, elijamos una carrera, o tengamos un hijo porque es «lo que toca», ¿lo que toca para quién?

Porque el valor no es no tener miedo, sino no decidir desde él, el valor es poner nombre a nuestros fantasmas, mirarlos a la cara y sobrecogernos por el horror que conllevan, dolernos de ellos para poderlos curar, el valor es temblar y levantarse, es lanzarse a vacíos sintiéndolos como tales porque nos fiamos de nuestra intuición o del amor que hemos construido junto a otra persona, entre otros. Cada uno que elija sus motivos para el valor, pero el valor nos permite avanzar, fiarnos, dejarnos y amar.

Sin valor no cabrían los vínculos afectivos, porque si pensáramos en el daño que las personas pueden hacernos y de hecho a menudo nos hacen, nunca confiaríamos en nadie suficiente para generar intimidad, sin valor no habría avance científico, ni social, porque nunca hubiera habido nadie que se arriesgara a pensar diferente o a vivir diferente, y no porque fuera diferente sino porque era el modo en que sus tripas y su alma le decían que querían vivir.

El valor no tiene por qué significar ser alocado, ni desmedido, ni ponerte en situaciones de riesgo, pero sí es ser capaz de locuras, de perder el control, de riesgo cuando es necesario. Es decidir desde lo que siento, desde lo que quiero, desde lo que deseo, desde lo que soy.

Mi madre solía decir que Dios está en nuestras consciencia. Puede que tuviera razón, lo que yo sé es que hace falta mirar muy profundo adentro para encontrar nuestro propio valor, nuestra propia fuerza que nos guíe en una vida que sólo puede ser nuestra. Y sé que el mundo no parece prepararnos para mirar adentro, sino más bien para no mirar. Creo que es importante enseñar a nuestros hijos e hijas a mirar dentro de sí mismos, a encontrar esa fuerza y ese valor, aunque esa fuerza los aleje de nosotros o los lleve a caminos menos seguros aparentemente, más difíciles, y más incomprendidos.

Saber mirar es saber amar. Seguir las reglas, los cánones, lo establecido es más fácil, pero creo que nos puede dejar más vacíos. No se trata de ser diferentes por sistema, se trata de ser nosotros mismos. Y se trata de encontrar dentro de nosotros el valor para hacerlo, más allá del miedo.

la felicidad y la alegría

Llevo un tiempo en que determinados cuestionamientos surgen de forma reiterada en mi trabajo y cada vez más también en mi vida personal, y creo que merece la pena compartir aquí algunos de ellos.

Y quiero empezar por uno que no sé si quienes me leen tendrán por el más importante, pero que a lo largo de los años, está convirtiéndose en uno de los elementos centrales de mi trayectoria personal y profesional.

Es la diferencia entre felicidad y alegría. No sé quién decidió que la felicidad era una meta a lograr en la vida, y cuando lo hizo, sinceramente no sé en qué pensaba. Porque no es sólo que, si una vive con una mínima conciencia y apertura al mundo tal cual es, llegue enseguida a la conclusión de que no existe. No es sólo eso, sino que me planteo muchas veces si no hace daño a las personas tener la felicidad como ideal, puesto que es inalcanzable. Esa sensación de frustración por no ser felices parece haberse convertido en una seña de identidad de muchas de las sociedades que he conocido, y de la mía propia.

Creo que hubiéramos salido mucho mejor parados si nos hubieran hablado de la paz, del gozo y de la alegría.

La paz, que para mí es lo más parecido a la felicidad, es esa sensación impagable que una siente cuando tu vida está en gran medida donde quieres que esté, cuando eres más o menos la persona que te gustaría ser, cuando la gente a quien amas está bien y cuando los proyectos que tienes se van poco a poco haciendo una realidad y cuando además de vez en cuando la vida te hace algún regalo inesperado. Para mí todo eso si lo sumo me sale algo parecido a la paz interior, tan impagable como costosa de lograr.

El gozo son esos momentos únicos, esos momentos donde el tiempo parece detenerse, donde la confabulación divina parece real, donde todo cuadra y sientes tu alma vibrar, esos momentos los conocemos todos del mismo modo que todos conocemos su fugacidad. Lo único que hemos de hacer es vivirlos sin intentar detenerlos.

Y luego está la alegría. La alegría es una opción personal, es algo que está en nuestras manos, porque es voluntaria, es ver el vaso medio lleno siempre, y no de una forma demagógica, ni infantil, ni ingenua, sino radicalmente consciente, porque como ya dijeron antes de mí hay razones para la alegría. Y esa opción creo que debe ser un elemento radical y nuclear de la vida que queremos construir, puesto que además es contagiosa, y debe ser compartida con aquellos a quienes amamos y con todos los demás. Creo que ser una persona que lleva alegría al dolor ajeno es uno de los mayores dones que se pueden tener.

No es sólo una cuestión semántica, creo que va mucho más allá, creo que nos haría bien educar a nuestros hijos e hijas en cosas que están en sus manos lograr, y en sus manos está luchar su alegría, conquistarla a diario, pero en cambio no está en sus manos la felicidad. La alegría por ser real conlleva la exigencia de la coherencia en la opción de vida.

Me preocupa que el mundo que hemos construido parece haberse definido desde la opción contraria: la opción por la desesperanza, por la angustia, por la impotencia y por la tristeza. Es como si en vez de darnos elementos para el vaso medio lleno, nos los dieran constantemente para el vaso medio vacío. Los medios de comunicación, los políticos, las instancias educativas, los padres y madres. Esa visión de mantente a salvo, este mundo es una jungla, no está en nuestras manos cambiarlo, cuánto dolor y desolación hay por el mundo…

E insisto, no hablo de volver la cara a la realidad, ni de ser ingenua. Hablo de que depende de cómo mires la realidad, la forma de vivirla cambia radicalmente y deberíamos perseguir la alegría, contagiarla y vivirla. Deberíamos optar por ella. Hay elementos que la sustentan, la justifican y la alimentan, pero deberíamos plantearnos por qué parece haber ese interés constante en despreciar, ignorar u ocultar esos elementos que sustentan la alegría para transmitirnos en cambio esa imagen espeluznante del mundo que nos lleva a quedarnos en casa conformados y presos de nuestra propia sensación de impotencia.

Comentarios 4 comentarios que agradezco