Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Seguir siendo pequeño

No es nuevo, lleva ya tiempo en la red, pero a mí me lo han enviado/regalado hoy (gracias, Ruth) y lo cuelgo tal cual.

No sé qué me gusta más, si la voz, los dibujos o el mensaje, si la fantasía o la reflexión, si lo que dice o lo que calla.

A mí sí me gusta ser mayor pero también quiero conservar mi mirada de niña. Porque estoy con él en una cosa: perdemos demasiadas cosas al crecer. Y conservar la capacidad de ser feliz, de entusiasmarte, de reír, de soñar…es imprescindible. Y volverlas a elegir con la consciencia de adulta, no sólo con la inocencia de niña.

Aunque, eso sí, no me siento muy borrega ;-), y el mar me gusta hasta en agosto.

Pepa

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De historia a historia

Mi hijo y yo nos contamos historias una noche sí, otra no. Las otras noches tocan cuentos (los cuentos se leen, las historias se narran, inventándolas en ese instante). Él me cuenta una a mí y yo a él.

He aquí las historias de esta noche. Primero la que me ha contado José, luego la que le he contado yo. No sé de dónde surgen. Son sencillamente magia. Y me surge compartirla.

Pepa

LA MARIQUITA DE COLORES
Historia inventada por José para mamá el 16 de mayo de 2013

Esta era una mamá mariquita que quería volar, así que lo intentaba y lo intentaba, pero siempre se caía. Hasta que por fin un día co mucho esfuerzo, se subió a la montaña, abrió las alas… y voló.

Pero cuando se acostumbró a volar, llegó la lluvia y le borró sus colores. Se quedó sin ninguno en su caparazón. Y entonces se puso muy triste. Y llovía, y salía el sol, y llovía y salía el sol.

Y entonces de tanto llover y salir el sol, un día salió el arco iris. Y a la mariquita mamá se le ocurrió una idea. Decidió volar hacia él y meterse en el arco iris y entonces…¡salió llena de colores purpurina! Y de colores del España. (Del España?- digo yo-Sí, de su equipo favorito).

EL MAGO DE LOS PENSAMIENTOS

Historia inventada por mamá para José el 16 de mayo de 2013

Este era un niño pequeño (muy guapo- dice él- muy guapo- digo yo), muy guapo y muy inteligente que tenía la cabeza tan llena de pensamientos que casi siempre se le salían, flotaban alrededor de su cabeza, se confundían, se mezclaban y él andaba todo el día mareado. Por aquí un “hoy voy a comer..”, por acá “la respuesta al problema de mates es..”, por allá “cuando me pregunte, le diré a mamá que…”. Había tantos y tan diversos entre sí que el niño no lograba ponerlos en orden, a veces se mareaba y parecía como ido. Como cazando moscas, le decía su profe.

Hasta que un día en el parque, paseando para intentar aliviar el dolor de cabeza y sin ganas de jugar ni a la pelota, el niño se encontró a un anciano. Tenía el pelo blanco, como a él le gustaba.

Se le acercó y le preguntó:
– ¿Qué te pasa? Tienes mala cara.

Y él le contó su problema:
-Son mis pensamientos, que no puedo con ellos, no me dejan en paz, me lían y me atontan.
-Uy, a mí me pasa lo mismo.
-Imposible.
-De verdad, ¿por qué crees que llevo esto? – dijo señalando la boina que llevaba puesta. Y al hacerlo, se levantó la boina y sus pensamientos comenzaron a flotar imparables alrededor de su cabeza.

El niño los miraba asombrado. Allí, sobre el cabello blanco de aquel anciano había flotando fórmulas que él nunca había visto, palabras en idiomas que nunca escuchó y algunos otros pensamientos sobre los árboles, el sol o las nubes que hasta reconocía porque se parecían a los suyos.

– Y ¿Cómo lo haces para controlarlos? ¿Llevas siempre la boina puesta?
– No, sólo la llevo los días especialmente fríos. El resto del tiempo descubrí un truco infalible para que me dejen tranquilo.
– ¿Y cuál es? ¿Me lo puedes contar?
– Aprendí a acariciar mis pensamientos.
– ¿Acariciarlos? Eso es imposible.
– ¿Imposible? Espera y verás.

Diciendo esto, el anciano comenzó a acariciarle la cabeza al niño, le pasó su mano suave y blandita por la cara, por detrás de las orejas…y poco a poco los pensamientos del niño dejaron de hablar. Se calmaron, incluso alguno se adormeció, como si aquellas manos le estuvieran cantando una nana.

-Pero ¿Cómo lo hiciste? ¡Eres un mago!
– Te lo dije: con caricias.

Y así fue como el niño, a partir de aquel día, cada vez que necesitaba silencio para poder descansar o responder a la maestra, o para seguir el rastro de las hormigas entre los árboles…Cada vez se pasaba la mano por su rostro, cerraba los ojos y adormecía aquellos pensamientos. De esa forma lograba vivir ese instante. Ese y no otro.

Pero siempre, antes del silencio, le quedaba un último pensamiento: «Definitivamente, es magia».

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Poner palabras al amor

PALABRAS DE JOSÉ

Conversación de hace unos días, mirando el collar que mi sobrina me hizo para mi cumpleaños:
– Mamá, ¿por qué te ha hecho este collar?
-Porque me quiere, cariño, y porque es una artista, ya sabes que es la artista de la familia, se le da increiblemente bien.
-¿Y a mí qué se me da bien, mami?
-¿Tú qué crees?
– Saltar, brincar, trepar…
– Eso desde luego, cariño -riendo- eres el deportista de la familia. No hay nadie en nuestra familia que trepe a los árboles mejor que tú. Pero yo creo que hay más cosas en las que eres bueno.
-….sí,ya lo sé, ya sé en qué soy bueno, mamá, soy bueno amando y cuidando.
– pausa emocionada abrazados- Es verdad, cariño, es realmente cierto, eres muy bueno amando y cuidando.
-Es que me gusta hacerlo, mami.
-Ya lo sé, cariño.

Conversación de hace un rato, en la cena.
– Sabes mamá? Hay algo que yo sé de ti que tú no sabes.
– ¿Ah, sí, cariño, y qué es?
– Pues que tú eres un hada. Un hada que cuando estuviste lista, cuando ya fuiste maga, rompieron la varita y la llevaron al cielo, para otro niño o niña que vaya a ser mamá o papá de mayor.
– (emocionada a punto de llorar) Gracias, mi vida.

PALABRAS ENTRE AMIGOS

Este fin de semana ha sido un tiempo social. Desde primera hora del viernes hasta hace un rato ha sido un correr casi sin parar para lograr llegar a todos los compromisos de este fin de semana. Compromisos de amor y algunos varios más 😉

Llevar al cole, el café de madres, cambiar las ruedas del coche, un café inesperado con una amiga, la sesión con el osteópata, recoger del cole, la sesión de estimulación auditiva de mi hijo, la graduación de mi sobrino (que era a las siete de la tarde y salí ya vestida a las ocho de la mañana porque no pasaba por casa), una cena con amigos, el cumpleaños de tia Tere, una tarde-noche de amigos, una entrevista a una familia, una mañana con amigos y el cumpleaños de un amiguito de mi hijo. Cómo he logrado cuadrar en todo eso los deberes, un par de ratos tranquilos en casa, unos desayunos en la terraza impagables, contestar varios mails de trabajo y varias conversaciones de teléfono relevantes es algo que se me escapa. Desde luego ha sido con ayuda. Ayuda amorosa, como tantas veces.

Pero de todo eso quiero recuperar una sensación única para mí: la del encuentro. Los espacios de encuentro con la gente que amas, que más breves o más largos, te alimentan el alma y te recuerdan a cada rato quién eres. Tiempos que pareces robar a la prisa, pero que eliges vivir con consciencia, donde hablas desde el corazón y abrazas y abrazas.

Pero también el que se da cuando te encuentras con gente que conoces bien poco, de los que sólo sabes al principio que son amigos de alguien a quien quieres y en cuyo criterio confías (dos cosas que no siempre van juntas ;-)) pero que te acogen con los brazos abiertos y te incluyen en esa honestidad amorosa que les caracteriza, y te encuentras abriendo tu corazón, recibiendo lo indecible y viendo cómo las horas pasan sin darte cuenta.

Y vuelves a casa ya tarde y sientes que la vida sigue guardando sorpresas para ti a diario. Tan sólo has de aceptarlas, estar abierta a recibirlas, a mostrarte, arriesgarte, dar y a recibir. Cuando logras parar el tiempo y escuchar sin que nada más importe, y hablar como lo haces a la gente que amas de largo…es algo mágico, pero real. Es un tesoro que, una vez más, te toca recibir agradecida.

PALABRAS EN LOS TALLERES

En los talleres digo a menudo que necesitamos pecar de pesados. Es bueno decir «te quiero», abrazar, besar, acariciar, llamar, celebrar…ser pesados. Los vínculos no se crean queriendo sino haciendo sentir querido. La gente necesita sentirse amada, todos necesitamos sentirnos amados. Y eso no se logra dando el amor por hecho, sino expresándolo.

Pero llegar a expresar el amor para algunos supone un largo camino. Mucha valentía. Y dos o tres brazos acogedores al menos que le digan: sigue, vas bien, ése es el camino. Porque derrumbar murallas, lograr decir a la gente que amas que la amas sin sentirte frágil, pequeño o a la intemperie es uno de los aprendizajes clave de la vida.

Los niños y niñas nos ponen esa parte más fácil, nos enseñan la ternura. Y si no logramos aprenderla, nos pasamos la vida evitándolos porque acaban resultándonos molestos. Pero cuando ellos no están cerca, dejar a alguien (un amigo, una pareja, tu propia familia) traspasar nuestra alma, meterse dentro, acariciarnos implica mucha valentía. Sobre todo para quienes el dolor, el odio o la injusticia dejaron heridos, para quienes confiaron y se entregaron y se sintieron morir.

Pero estamos vivos. Y como varios niños y niñas acogidos y sus familias con quienes estoy conviviendo este mes por motivos profesionales me han recordado, al final se trata de elegir la vida. No es sólo amar, es elegir amar. A pesar de todo. Precisamente por ese todo.

Gracias conmovidas a quienes habéis formado parte de nuestro fin de semana desde el viernes al domingo. Sabed que lo escrito esta noche surge de todos y cada uno de vosotros.

Pepa

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Hoy me he vuelto a poder cortar el pelo

Prometí que lo haría. Aunque sean dos entradas casi seguidas. Me prometí a mí misma que escribiría en este blog el día que pudiera volver a hacerlo: volver a cortarme el pelo. Acabo de llegar ahora mismo de la peluquería. Y me siento a escribir.

Llevo meses sin poderme cortar el pelo, porque allá por noviembre mi hijo se cayó de una pared de dos metros de altura, ante mis ojos y los de una de mis mejores amigas. Del lado en que estábamos, aquella pared parecía un simple macetero, pero por el otro lado eran casi dos metros. Lo vimos desaparecer ante nuestros ojos. Y, como luego nos confesamos mi amiga y yo, nuestro pensamiento fue el mismo «se ha matado». Hasta que segundos después oímos sus gritos y salimos corriendo.

Nuestros ángeles hicieron horas extra y no le pasó nada. De hecho, no se rompió ni un brazo. Tan sólo un inmenso chichón en la cabeza y un paso por urgencias.

Y aunque a largo plazo, esa sensación de sentirnos cuidados y protegidos ha prevalecido, en aquellos momentos mi alma se quedó aterrorizada. Y mi cuerpo con ella.

A partir de ese día y durante más de un mes, se me cayó el pelo por mechones. Cada día más. Las calvas aparecieron en mi pelo sin que pudiera hacer nada para pararlas. Y no hay palabras para describir la sensación. En ciertos momentos, sientes que estás perdiendo tu identidad con cada nueva calva que sale.

No es sólo que se te caiga, es que se te cae siendo mujer. Con la dificultad añadida en mi caso de llevar una vida pública en mi trabajo, donde conferencia tras conferencia, entrevista tras entrevista (algunas de ellas a pesar de mis esfuerzos han quedado en internet) la calvicie quedaba evidente.

Tengo una amiga del alma que se quedó calva completamente hace años. Perdió el pelo, las cejas, las pestañas…todo. Y ya hace tiempo que vive con peluca. Cuando empecé con el tema, casi no podía ni mirarla. Lo que hasta entonces era algo que me hacía sentir orgullosa de su valor, de su alegría, de la increíble mujer que era, pasó a ser mi miedo respecto a si sería yo capaz de vivir sin pelo, de afrontarlo como lo ha hecho ella.

Mi hijo me decía: «mamá, te estás quedando calva, hay pelo por todos lados». La gente cercana preguntaba, la que no lo es tanto miraba de soslayo intentando disimular. Pero yo sabía.

Y llegan esas frases tan curiosas: «es estrés, no pienses en ello, tranquilízate y volverá». Pero no puedes no pensar en ello. Te miras en el espejo cada mañana y te ves. Es como la obesidad. Es algo innegable, algo que no puedes olvidar de ti misma. Algo que cuando se queda, llega a formar parte de tu identidad.

Pasaron casi tres meses antes de que el pelo comenzara a crecer de nuevo, todo diciembre, enero y febrero, y dos más mientras se ha ido repoblando. ¿Por qué ha vuelto? Lo tengo claro, un cruce entre el susto que ya pasó, que mi cuerpo digirió más lento que mi alma, y las hierbas chinas de mi acupuntor, que marcaron un antes y un después crucial en el proceso (de los análisis que salieron perfectos para incredulidad de los médicos, las opiniones de los dermatólogos y otros varios mejor no hablo).

Hasta hoy, que me he podido cortar el pelo para sanearlo y fortalecerlo y que pueda crecer más fuerte, porque todas las calvas están cubiertas aunque sea de pelo pequeño, porque el pelo ya crece imparable y de un día a otro se nota el avance. Estuve a punto de hacerlo para mi fiesta de cumpleaños pero no quise. Algo dentro de mí necesitaba celebrar tal cual estaba.

Y ¿por qué lo cuento?
Porque no se habla de cosas como éstas.
Porque duele.
Porque asusta.
Porque el alma y el cuerpo son uno.
Porque ser madre también supone ser frágil. Porque el miedo pasa a formar parte de tu vida, miedos que no tienen palabras para ser expresados: el miedo a que le pase algo, el miedo a su dolor, el miedo a no poder protegerle.. si tu hijo muere, tú mueres con él. Así de radical.
Porque, por desgracia, sigue sin ser lo mismo estar calva como mujer que estarlo como hombre.
Porque hace falta mucho valor para pasar la noche y enfrentarte a auditorios llenos de gente que te pueden ver calva.

Y porque el amor te sostiene. El amor en forma de cintas de pelo que te regalan para las presentaciones de tus libros (gracias, Belén), abrazos dados en el momento justo o esa frase de «qué guapa estás hoy» que sabes que no es verdad, pero sirve para ese día, justo para ese día.

Mi pelo siempre fue una de las partes que más me gustan de mí misma. Me gusta que me lo toquen, que me lo acaricien, me recuerda cuando mi madre me lo peinaba de niña. Me gusta como parte de mi ser mujer. Me encanta ir a la pelu. Y hoy he vuelto a la pelu.

Desde aquí vaya todo mi amor y mi reconocimiento a todas y cada una de las mujeres calvas, totalmente calvas, calvas a trozos, medio calvas.. sea por el motivo que sea y durante el tiempo que sea (pienso en todas las y los pacientes de cáncer en tratamiento) del mundo. Y a los hombres también.

Pepa

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Mi sol

Llegó. Por fin. Ansiado y esperado.

Cuando me calienta el rostro, como lo ha hecho estos días ibicencos frente al mar, con esa luz que sólo encuentro en el mediterráneo, con ese amor que nos rodeaba..ahí siento, una vez más, que ésa es la actitud con la que quiero vivir mis segundos cuarenta años de vida: el agradecimiento conmovido y silencioso.

Honrar mi vida, honrar a quienes me aman/nos aman tanto como para organizar todas y cada una de las pequeñas cosas que he vivido estos días..Y ser a la vez plenamente consciente de que sólo tengo una forma de honrarlas: sólo puedo recibirlas conmovida y agradecida. Porque no hay palabras para definirlo. Es como el sol.

Son las «cosas chiquitas» de mi amado Galeano, cuya frase envolvía mi increíble regalo de cumpleaños de este año. Dice así «Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no expropian las cuevas de Ali Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable».

Pues eso quiero ser yo: una cosa chiquita.

Toca atesorarlo, como la piel cuando se calienta, cuando sientes que vuelve a la vida gracias a ese calor. Atesorarlo y alimentarte de ello. Sé quién soy. Como nunca antes. Y ya no tengo miedo. Tampoco de decirlo. Ni vergüenza. Ni culpa. Siento que estoy recogiendo los frutos de una larga siembra.

Porque pudo no haber sido así. Pude abandonar más veces de las que sé expresar. Pero siempre hubo alguien: una mano, una caricia, una palabra, una presencia…alguien que me recordó quién era al mirarme en sus ojos. Por eso creo. Creo de una manera no religiosa, pero muy profunda. Porque como decía mi amigo Mario estos días «sin fe, estás muerto».

Pero no hablo de la fe religiosa. Al menos yo no. Hablo de la fe en la vida, de ese confiar, de ese saltar sobre el vacío, de ese optar siempre por decir «sí», por amar al otro, por estar ahí como decía mi madre, incluso por sobrevivir en esos momentos en que no cabe otra cosa, para luego poder vivir.

Comimos hamburguesas en el jardín de casa de unos amigos. Todos muertos de frío. Y todos éramos muchos todos. Gentes venidas de todas partes, llenos de niños y niñas corriendo y jugando. Durmiendo donde y como hiciera falta. Pasando frío. Pero cuando veo las fotos después están llenas de rostros felices.

Sé que no lo creéreis pero pedí a mis ángeles que no lloviera el día de la fiesta (objetivamente no hubiéramos cabido dentro de la casa tanta gente, así que ¡necesitaba que no lloviera!) a pesar de que había diluvios anunciados. Lo pedí hasta las cinco de la tarde. Y así fue. No llovió hasta las cinco y media exactamente. Copos de nieve cayeron en algún momento, pero no llovió.

Muchas conversaciones impagables.Y más mensajes. Y más mails. Amigas durmiendo en casa, comidas necesarias y más. Y luego nos fuimos a la isla. Salimos lloviendo de Madrid. Cuando aterrizamos empezó a salir el sol. Radiante. Nos esperaban para abrazarnos, cedernos su cama, cocinarnos los mejores spaguettis que he probado y cuidar a mi hijo mientras yo trabajaba, entre otras muchas «cosas chiquitas». Nos fuimos al mar. Nos bañamos.

Conocí y trabajé con escuelas de las que forman también parte de mi sol interior porque te recuerdan que otra educación es posible, de las que apuestan por ello. Esas que se llevan a niños de infantil desde ibiza a dormir al interior del delfinario de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. Esa en la que las familias los despiden en el aeropuerto emocionados. Con cinco años. Sin miedo, convencidas de que vivencias como ésa forman parte de su educación. Familias que se ríen contigo en una conferencia y se atreven a contarte públicamente sus dudas y sus miedos.

Mi hijo cazó lagartijas en una casa payesa ibicenca increíble, construida por las manos de un carpintero. Una casa mirando al mar entre el bosque, con unos sillones de mimbre donde sentarte a leer y sentir que el mundo se para. Más amor. El amor de las manos de aquél hombre. Y de su hija. Y de sus nietos, de los que mi hijo se ha encandilado.

Los ecos de amor que siguen llegando. Como el sol. En la terraza de casa al volver. En el rostro de tu hijo mientras duerme abrazado a ti. En los mails. En los regalos.

Y hoy es el día de la madre. Y era el cumpleaños de mi padre. Ellos me enseñaron a mirar el sol. Ellos y su red de amor. Mi hijo me ha dibujado un corazón y una flor.

El sol sigue porque somos lo que hacemos con aquello que nos dieron. Somos también aquello que somos capaces de compartir y de dar a quienes amamos. Al final «cosas chiquitas» que tejen una vida.

Mi sol. Ese sol tejido de «cosas chiquitas» que llegó para habitarme por dentro. Y que sólo me queda recibir conmovida y agradecida.
Pepa

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Mis 40 según mi hijo

Oí que se levantaba y me levanté pero me dijo: «jo, mama, quedamos que es tu cumpleaños y que yo te iba a despertar» Así que le dije «tienes razón, me vuelvo a la cama». Me hice la dormida. Él me llevó el desayuno a la cama. Un plátano, un sobao y una galleta de chocolate blanco en un plato y una bandeja.

Me lo comí con él y estuvimos un rato abrazados en la cama, antes de que el teléfono empezara a sonar. Y entonces dijo: «esto es lo único malo de los cumpleaños, que el teléfono no para de sonar». Y yo riendo sin parar pensé para mí «bienvenido al mundo de tu madre, cariño».

Por la tarde, de vuelta del cole, esta semana han hecho un taller de poesía y tenían que escribir una cada día. Ahí va la de ayer, que hizo como regalo de cumpleaños para mí:

«Mamá, has mejorado mucho.
Te voy a cantar el cumpleaños feliz.
Te quiero»

Y en la cena, me dijo: «El domingo en la fiesta quiero presentar a todos mis amigos y a mis primos. Así que tú los pones en un circulo de esos que sabes hacer tú, como el que hicimos en el cumpleaños de la sierra, y yo los presento». Ahí es nada, aviso a navegantes.

Impagable. Una bendición, la mayor de muchas que hay en nuestra vida.

Y yo feliz, conmovida y agradecida.

Pepa

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Soy árbol

Ya lo avisé. Cumplo 40. Y los números redondos parecen una mejor excusa para celebrar. Pero también conté aquí hace tiempo que yo había decidido celebrar en la vida. Como opción. Como apuesta. Como forma de estar en el mundo. Como agradecimiento.

Así que voy a celebrar a lo grande. Mi red de amor se ha volcado conmigo para hacer realidad mi deseo de los 40, que no era otro que estar rodeada de su amor. Y yo voy a llorar conmovida.

Llorar es algo que tardé mucho en aprender a hacer en público. Durante mi infancia sólo lloraba en los brazos de mi madre o en mi cuarto o en el baño de casa de mis padres a solas o cuando me caía y me había hecho tanto daño que no podía controlarlo. Como me contó una vez una amiga del cole de niñas, así sabía ella que tenían que avisar a la monja. Si lloraba, es que me había hecho mucho daño y había que avisar. Esa era yo.

Pero de eso hace mucho. O quizá no hace tanto, pero lo suficiente como para que yo sienta ya aquellos tiempos en que no sabía o podía llorar en público muy lejanos. Seguí siendo durante mucho tiempo la niña, la adolescente y la mujer que raramente lloraba en público. Siempre fuerte. Siempre segura. Siempre con miedo.

Hasta que aprendí a llorar en público. Lo hice con la muerte de mi madre, y luego de mi padre. Lo hice con mi enfermedad, ¡cuántos años han pasado ya!. Lo hice por amor. Lo hice en el trabajo por desgarro o impotencia ante todo el dolor que no puedes paliar o evitar, y también en los años aquellos en los que hablar en alto y no en corrillos te dejaba a la intemperie, y la intemperie en una oficina puede llegar a ser axfisiante. También lloré de ataques de risa. Mi risa es estruendosa y contagiosa, y cuando estalla no puedo ni quiero contenerla. Pero sobre todo lo hice como madre. Y a partir de ahí, ya pude llorar ante mi hijo, ante mi familia, ante mis amigos o ante mis parejas.

Y ocurrió que llorar es como decir «te quiero». Cada vez tiene un significado nuevo. Cada vez es diferente. No se gasta. Si me apuran a veces es incluso más profundo. Y lo curioso, el regalo increíble es que cuanto más lloré, más en paz llegué a estar. El tormento se fue yendo, disipando, tomando forma con cada lágrima. Lloré y lo dejé ir. Y lo hice ante quienes estaban junto a mí. Hasta que un día mi llanto dejó de ser desconsolado para ser silencioso, conmovido, abrumado o gozoso, según tocaba. Pero no atormentado ni desconsolado.

Así que este domingo, cuando celebre mis 40 rodeada de amor, lloraré. Y no por opción. Sino sencillamente porque no querré ni podré evitarlo. Pero lo haré desde una paz que no creí posible. La paz que llegó al dejar de tener miedo.

Hoy pensaba y hablaba sobre todo esto cuando me han pedido en un ejercicio que plasmara en un dibujo un objeto que me representara. He dibujado un árbol. Un árbol grande, con sus ramas cargadas de hojas, algunas de ellas las he resaltado con plastilina, con un sol cuya luz se colaba entre sus ramas, y con una ardilla en una de sus ramas.

En el curso hablábamos sobre cómo nuestra identidad se configura desde la información que la gente que amamos nos proporciona sobre nosotros mismos. Como si fueran un espejo. Siendo en realidad nuestro espejo, sobre todo de niños. Nuestras figuras vinculares, como las llamamos los psicólogos, las personas que amamos y de las que dependemos cuando somos niños fueron nuestros espejos. Y lo que vimos en ellos fue la base para crear la idea que tenemos de nosotros y las expectativas que esta idea genera.

A mí siempre me devolvieron la imagen de un árbol. Un árbol fuerte, sostenedor, que cobija y crea vida, que ampara en sus ramas todo un universo. De hecho, los árboles son lo que más me gusta de la naturaleza junto con el mar (no me resisto a poner una foto de los árboles de Soria, los que más amé de niña).

Los árboles reflejan para mí algo muy íntimo, esa dignidad de quien crea y cobija, de quien sostiene y es arraigado y habitado. Cuando elegí mi casa, la elegí porque desde todas sus habitaciones se ve un parque lleno de árboles. Es como no vivir en Madrid pero viviendo aquí ;-). Entré y dije: «éste es mi sitio». Los miro a través de mi ventana mientras escribo esto. Como dijo mi hijo ayer por la mañana «qué bonito es nuestro parque, mami». Porque es nuestro parque, son mis árboles, aunque suene tonto nombrarlos así.

Durante años me rebelé contra mi «ser árbol». Dije «¡No! Soy vulnerable, me siento pequeña, quiero que me cuiden, no quiero que la gente me vea como fuerte,¡no lo soy!». Desconcerté a mucha gente, mis relaciones se transformaron, aprendí a llorar en público, a pedir ayuda, a contar mis miedos, a contar mis dolores más antiguos…¡aprendí tantas cosas que cambiaron mi forma de estar en el mundo! La gente empezó a decir que me veían «blandita», ¡cómo me gusta esa expresión!: blandita. Más humana, dijeron. Más vulnerable. Más pequeña.

Pero tampoco aquello era toda la verdad. Porque sí lo soy. Soy un árbol, me reconozco en el árbol que he elegido hoy. Pero eso no significa no necesitar. Los árboles necesitan luz, y agua, y raíces, y a los animales que los habitan, y al viento que los limpia. Los árboles los parten los rayos (¡Y cómo duelen los rayos de la vida!) y se queman y necesitan sentir que pertenecen a un bosque. Pero siguen siendo contenedores, y generadores de vida, y hermosos. Y permanecen.

Así que a mis 40 casi cumplidos, lo digo con paz: soy un árbol. Soy fuerte y vulnerable. Necesitada y contenedora. Soy hija y soy madre. Y sobre todo soy mujer. Es lo que soy. Contendré cuando pueda, doy vida a diario, pediré sostén al agua, al sol, a la tierra…a quien haga falta. Porque sola no puedo ni quiero vivir. Nunca quise. Sólo que entonces estaba demasiado asustada.

Ya no. Y me gusta esta sensación maravillosa de sentarse bajo un árbol, descalzarse (como hicimos este domingo en el retiro) y sentir la tierra húmeda bajo mis pies.

Gracias a todos y cada uno de los que fuisteis y sois mis espejos. Los que estáis aquí y al otro lado de la vida. Este escrito y mis lágrimas agradecidas de los 40 van por vosotros.

Pepa

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Transformar la belleza y el alma

Estos días han estado llenos de pequeños grandes acontecimientos, de esos que transforman el alma. Van algunos:

Mi hijo ha sacado su primer diez.

Y otro día le dijo a su madrina «Si quieres tener a alguien que te quiera de verdad, ten un hijo. Él te querrá, como yo a mami»

Y otro a su tía «No te arrugues, no te me vayas a morir»

Uno de mis sobrinos ha cumpido 18 años. Radiante, enamorado y con esa sensación de todo por delante. Y todo el orgullo de sus padres y de su tía.

Y hoy una familia con dos niños acogidos con discapacidad severa, cuando les he preguntado por qué los habían acogido, me han dicho: «Porque si dices que sí, te llenas de felicidad, y si dices que no, se te queda una tristeza dentro del corazón que ya no se va»

Y además salió el sol. Al fin, tanto sol fuera como lleva brillando unas semanas por dentro de nuestro hogar por varias razones:

Porque mi hijo empieza a ver belleza en sus puntos, como el de este video que me han enviado y me ha hecho llorar. Gracias, Jacobo.

Porque hemos renovado Espirales CI de una forma mágica como la vida, y llena de sentido. Con dos personas increíbles. Y es, si cabe, aún mayor privilegio.

Y porque dentro de muy poquito cumplo los 40 con más paz interior y amor rodeándome del que pude soñar.

Espero que el video os guste y os llene de sol.

Pepa

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Qué educación quiero para mi hijo

La educación es uno de los ejes que sirven para dar coherencia al relato mi vida. Explica mi forma de ser y de actuar a lo largo de los años.

No sólo por la familia en la que crecí, con unos padres de una riqueza cultural, humana y educativa fuera de lo común. Me acuerdo, por ejemplo, de las comidas de mi infancia. Ese momento en el que no sabías el significado de una palabra y tus padres te decían: «búscala». Y entonces te girabas sin moverte de la silla, porque a tu espalda, a unos centímetros de ti cogías el tomo de la enciclopedia correspondiente y buscabas el significado de aquél vocablo. Podías hacerlo porque el hogar de mis padres era un hogar cuyas paredes estaban cubiertas de libros. Y no es una expresión simbólica, sino literal. No había paredes más que en la cocina y en los baños. Los pasillos, nuestras habitaciones, el salón, la entrada…todo eran libros del suelo al techo, además de armarios, juguetes y cosas de casa. Justo ayer le explicaba a mi sobrina en qué consistía uno de los trabajos de su abuelo, aquello de «crítico literario».

Así que el conocimiento, la búsqueda, la educación y la cultura fueron, para bien y para mal, parte de mi infancia. Lograron inocularme el gusanillo de la curiosidad, la lectura, el afán por saber, el cuestionamiento personal constante, la conversación sin límite, la ironía…todo un universo que se podría resumir en la NECESIDAD DE APRENDER.

Luego llegaron mis opciones personales. Pensé estudiar pedagogía y luego psicología, pero a última hora cambié el orden, y empecé psicología con la intención de estudiar después pedagogía. Nunca lo hice. Pero durante mi licenciatura me preparé para hacer un doctorado y dar clases en la universidad. Y la vida, siempre tan inesperadamente maravillosa, me llevó a dar clases en universidades de distintos países, pero no como profesora ni teniendo una tesis doctoral. Todo un camino profesional que me llevó a la NECESIDAD DE ENSEÑAR.

Y para rizar el rizo, llegó mi hijo y me hizo madre. Y entonces la educación reapareció en mi vida de una forma muy diferente. Ya no se trataba de enseñar, sino de formar una personita, de acompañarle en el camino de su vida, de aprender de él y transformar mi ser desde mi IDENTIDAD DE MADRE.

Y en ese proceso, tomé contacto con el sistema educativo como madre, no sólo como profesional. Tenía claras cuáles eran mis opciones de vida para criar a mi hijo, ya las he contado en otros post: el amor, la alegría y el valor. Pero y del sistema? Plantearse no sólo en genérico que me gustaría que el sistema educativo brindara a los niños y niñas, sino mucho más visceral: qué quiero del sistema para mi hijo.

Este fin de semana he tenido una de esas conversaciones «marca Horno» con mi hermano y un amigo suyo en la que les contaba cuáles eran las cosas que quería que formaran parte del proceso educativo de mi hijo. Y al acostarme pensé que merecía la pena contarlas aquí.

Lo primero que quiero para mi hijo es que SE SIENTA AMADO. Quiero que se levante y se acueste con la certeza absoluta de ser amado. Y no porque se lo plantee, o lo sepa, sino porque lo sienta, porque el amor sea para él una vivencia cotidiana innegable tejida de besos, abrazos, palabras, caricias, límites y tiempo de entrega.

Comentábamos en la conversación que para muchos esta primera dimensión se da por hecha, parece obvia cuando se trata de los hijos. Pero mi experiencia en los talleres habla de que es una tarea mucho más pendiente de lo que parece. Muchos padres y madres quieren a sus hijos, pero no logran que ellos se sientan queridos. Porque para lograrlo hace falta tiempo, sutileza, presencia, pero sobre todo creo que hace falta dos cosas primordiales: no tener miedo a mostrar la propia vulnerabilidad y tener una experiencia propia de haberse sentido amado.

Y en ese sentirse amado meto un elemento esencial, que es el disfrute, el placer y la risa. Quiero que el proceso educativo de mi hijo en casa y en su escuela le haga disfrutar, reír, gozar, y preguntarse cuántas sorpresas más podrá descubrir como aquellas. Quiero que la colcha guatemalteca que compré para su cama cuando estaba esperando llene de colores su vida, que la luz del ventanal de su habitación le lleve el sol a su cara, que las canciones que cantamos y bailamos cada mañana se le queden dentro…porque ésa es la base de la alegría. Sentise amado para mí no es sólo sentirse amado por las otras personas sino también por la vida. Sentirse mimado por la vida.

Después, quiero que mi hijo sea capaz de ADAPTARSE AL CAMBIO Y A LA DIFERENCIA. Espero ser capaz de criar un hombre con apertura mental, que sea capaz de integrar visiones diferentes del mundo: culturales, religiosas, sociales, individuales. Que se dé cuenta de que nuestra forma de ver la vida, la suya y la mía, no es más que una de las posibles, ni la mejor, ni la más válida, sólo una de ellas, la que él elija y asuma como propia. Un hombre capaz de viajar, de comer y dormir en cualquier lado, de contemplar con asombro y agradecimiento cada novedad que la vida le traiga, que tenga curiosidad, que escuche arrobado, y no desde el rechazo o el miedo, cuando alguien diferente le muestre su intimidad…

Estoy convencida de que ésa y no otra será la clave para los adultos de este siglo XXI, la capacidad para integrarse en diferentes contextos sociales, geográficos, culturales o económicos. No sólo en el ámbito personal, sino en el laboral el mundo al que vamos demanda de mi hijo esa capacidad. Y yo siento que el mundo es grande y hermoso y conocerlo y vivirlo un privilegio que no podemos perdernos cuando tenemos la oportunidad de hacerlo. Hay millones de personas que no tienen esa oportunidad. Pero sobre todo honrar agradecido las diferentes oportunidades que te va dando la vida.

Pero esa capacidad de adaptación se aprende, otra vez más, a través de la vivencia. Intuyo que es difícil aprenderla haciendo las mismas cosas todos los días en los mismos sitios y a la misma hora. Educamos a los niños en el miedo: no salgas, no hagas, no te arriesgues, y si…Hacemos maletas enormes para cada mínimo viaje basadas en el «por si pasa eso, por si necesito aquello» y al final vuelven intactas, sólo que han condicionado nuestra forma de vivir.

La tercera es la CAPACIDAD DE ESFUERZO, de trabajo, de estructura, de disciplina, pero no de la de fuera, sino de la interna. Quiero que mi hijo sea un hombre que cuando desee algo, trace un plan para intentar lograrlo, que no se resigne a no lograrlo o se conforme. Quiero que pueda resistir el dolor cuando llegue y sepa buscar la ayuda de los demás cuando flaquee, porque siento sin duda que ésa es la verdadera fortaleza interior: saber pedir ayuda a tiempo. Quiero que mi hijo sueñe, pero no sólo con la meta final sino con el disfrute del camino.

Porque sé lo cruel que puede ser la vida, sé cuánto puede llegar a doler y a golpear. Por eso sé que hay que saber gozar el disfrute del que hablaba cuando hablaba de sentirse amado, pero también hay que poder atravesar el desierto del sufrimiento cuando llega. Porque si no, mueres en él, parte de tu alma sucumbe y deja heridas con las que la gente se acostumbra a vivir siempre.

Y por último, quiero para él CONOCIMIENTOS. Claro que quiero que mi hijo aprenda a leer, o a sumar o multiplicar. Pero porque leer es un placer (yo me siento amada por los escritores que escriben historias maravillosas que alimentan mi alma, o por los pintores, o los artistas), porque te abre la mente, te lleva a viajar a lugares que nunca pudiste imaginar, te enseñar a soñar, y también te enseña a esforzarte, porque tienes que ir letra a letra, palabra a palabra, frase a frase. No hay manera de saltarse renglones si de verdad quieres conocer la historia completa. O sumar o restar, pues claro que quiero que mi hijo pueda prestar y devolver, pueda recibir, pueda pagar con dinero o sin él, pero pueda aprender la reciprocidad, que es un elemento clave de las relaciones humanas que se plasma de una manera curiosa y extraña en las matemáticas.

El saber, el conocimiento te transforma. Como me dijeron una vez hace mucho tiempo: «sólo hay dos cosas que no tienen remedio: la muerte y saber algo, porque cuando lo sabes ya nunca puedes hacer como que no lo sabes» Pues es algo así, el conocimiento transforma. Y como madre, lo quiero para mi hijo.

Y seguro que hay más cosas que quiero para él. Pero en estos momentos en los que se está debatiendo una nueva ley de educación que se estructura en torno al presupuesto de que la educación tiene que preparar para la libre competencia…pienso, cada vez con mayor diafanidad porque a la perspectiva de profesional se une la experiencia de madre, que estamos equivocando el rumbo. Todo lo que acabo de escribir queda en gran medida fuera del sistema. Y es en ese sistema en el que mi hijo va a crecer.

Y a mí tan sólo me queda mi margen revolucionario de madre. Ni más ni menos. Como escribí en mi entrada anterior: un margen pequeño pero diáfano. Sin olvidar que no tiene más valor que ser el mío.

Pepa

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Los ojos de la guerra

Aprovecho la tranquilidad de las vacaciones para ponerme al día de pendientes. Entre ellos, hacerme eco de este documental «Los ojos de la guerra«. Lo vi el otro día en TVE, y lo tenéis disponible completo aquí.

Inserto aquí el trailer para que os podáis hacer una idea.

¿Por qué lo envío?

Primero, por mi deuda con la «zona oscura» de la que habla Gervasio Sanchez en el documental. Esa que les queda a los que van a la guerra. Y van, como dice Reverte, con un objetivo concreto: contarla. Como dice Gervasio, «si hay documentos, nadie podrá decir nunca que no sabía lo que estaba pasando».

Segundo, por los rostros de los reporteros «llorando por dentro». Creo que es lo que más me impactó del documental, esa mezcla de dignidad y dolor. Brutal, inimaginable para mí. Lo dice Gervasio en un momento del documental «para trasmitir con decencia, hay que vivir el impacto del dolor».

Por esa otra certeza que te queda de que vivir la guerra educa para la guerra, y de que como dicen en un momento del documental «en la guerra se abandona la certeza moral que tenemos cuando estamos protegidos».

Por esa diferencia que denuncian todos ellos entre la propaganda y la información, entre esa tendencia que nos quieren imponer a una mirada uniforme y única sobre los conflictos, una mirada interesada y dirigida, en contra de la mirada plural que implica la información, donde la verdad queda a menudo a medio camino entre un bando y otro. Me quedó una certeza al final del documental, la de que intentan borrar nuestra conciencia y nuestra memoria. Y como escribí en un tweet, hay mucha necesidad de olvidar y de manipular, y el margen que nos queda a nosotros es más estrecho pero más diáfano de lo que pueda parecer.

Por los periodistas locales y los enlaces de cada país, que son los que en realidad quienes les permiten a los reporteros internacionales llegar a «la noticia». Y los que en la mayoría de los casos mueren por ello.

Y una última frase de Ramón Lobo, una de las claves a no olvidar «Ellos no son pobres porque sean idiotas sino porque han vivido explotados». Yo veo en mi trabajo cómo la violencia interpersonal anula a las personas hasta hacerlas incapaces de crecer, decidir, generar algo bello, vivir. En este caso es ese proceso de forma colectiva y brutal.

Y si cuando veáis el reportaje os quedan ganas, leed esto. Es la conversación que tuvo lugar el otro día por twitter entre Gervasio Sanchez, Arturo Pérez Reverte y Ramón Lobo. De esas conversaciones que una presencia sobrecogida.

Espero que os cale tanto como a mí. Difundirlo es parte de mi pequeño margen. Y mi forma de darles las gracias a todos ellos. A los que sigo y admiro. Comparto la visión de Gervasio Sanchez en la conversación con Perez Reverte y Ramón Lobo, el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, estamos llenos de héroes y villanos. Y yo, personalmente, necesito a la gente que me cuenta ambas realidades con honestidad. Sirva esta entrada como un «gracias» conmovido.

Pepa

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