Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Éxito, lecturas y despedidas

Este verano me ha dado para leer largo. Y eso en estos años de madre se ha vuelto un privilegio para mi. El placer de una buena novela, de esas que cuando acabas te da pena, porque los personajes y la historia han tomado vida y los sientes como si flotaran a tu alrededor y te gustaría saber que es de ellos después…en fin, esa sensación me encanta.

Así que voy a recomendar dos. Ha habido otros que me han gustado mucho («La isla de las mariposas», » El libro de mi destino», «Veinte años, Inés» o «Las tres bodas de Manolita» entre otros) pero me quedo con dos. Uno que leí antes del verano y he vuelto a leer y he regalado varias veces: «Hierba Mora» de Teresa Moure, y otro del que me habían hablado largo y por fin pude leerme «El lenguaje de las flores» de Vanessa Diffenbaugh. Vaya desde aquí mi recomendación ferviente 😉

Pero quiero copiar aquí una cita que incluye Daniel J. Siegel en su libro «Tormenta cerebral», el único libro de temas de trabajo que me he leído (intento siempre leer sólo literatura durante las vacaciones). La cita me ha parecido que no tiene desperdicio, como muchas otras cosas del libro. Habla de lo que es tener éxito en la vida y dice así:

«ÉXITO
Reír a menudo y amar mucho;
Ganar el respeto de personas inteligentes y el afecto de los niños;
Lograr la aprobación de críticos sinceros y soportar la traición de los falsos amigos;
Apreciar la belleza;
Ver lo mejor de los otros;
Darse uno mismo;
Dejar un mundo un poco mejor, bien a través de un hijo sano, un jardín o la solución a un problema social;
Haber jugado y reído con entusiasmo y cantado con júbilo;
Saber que al menos una vida ha sido mejor porque tu has vivido;
Eso es haber tenido éxito.»

Bessie Anderson Stanley

Las soluciones para el mundo mejor podrían ser muchas más, pero no deja de ser curioso las que elige, y me encanta que la risa y el júbilo aparezcan multiplicados. Mi madre hablaba siempre del GOZO, una palabra que forma parte de mi ser más profundo.

Y la copio por muchas cosas, pero sobre todo porque estos días he podido estar en la despedida amorosa e increíble a un hombre para el que este poema se queda corto. No fue una la vida que fue mejor gracias a el, sino muchas. Gestó una red de amor que convirtió la vida de muchos en un privilegio, y en especial la de su familia, que también siento como mía. Sostuvo, aconsejo, acompaño, amo. Y lo hizo con amorosos e inteligentes detalles, con su mirada clara y directa, con ese tiempo que te hacia sentir que se detenía cuando te lo dedicaba a ti. Mi hijo y yo fuimos una pequeñita parte afortunada de ese gozo. Tal y como dibujó José a su tío Fran, le ha recibido un arco iris.

Pepa

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Fragilidad y fortaleza

De nuevo en mi casa, con placidez y frente a mi parque me siento al ordenador que he mantenido apagado más de un mes para ponerme al día de muchas cosas y entre otras para volver a este blog, que no deja de ser una especie de «hogar virtual». Al hacerlo me doy cuenta de que llevo dos meses sin escribir y me surge una sonrisa.

Sonrío porque una vez más me doy cuenta de lo limitadas que me resultan las palabras para expresar algunas vivencias, pero también de lo frágiles y valiosas que son, en ellas anida el deseo y la necesidad del ser humano de acercarse a otro, de tocarlo y de abrirse ante él. Con las palabras no sólo tendemos puentes sino que nos exponemos ante los demás. Y cuanto más nos exponemos más conscientes somos de nuestra fragilidad y nuestra vulnerabilidad. En cierto modo creo que así funciona la vida, sólo podemos ofrecer lo mejor de nosotros cuanto más nos exponemos, por las palabras o por los hechos (haciendo el amor te abres a otra persona de una forma irrepetible aunque no digas una sola palabra). Y cuanto más nos exponemos, más pueden juzgarnos, y dañarnos. Pero también más profundamente pueden amarnos.

Mi trabajo y mi vida se sostienen sobre palabras. Palabras acompañadas de miradas, de presencia, de caricias, de detalles. Pero palabras. Y cuanto más vivo, más limitadas las siento para reflejar la complejidad de mi vivencia, de cualquier emoción o del conocimiento que puedo adquirir. Pero también más consciente que nunca soy del valor y del regalo que suponen. Al hablar me entrego, me ofrezco, me «regalo» a los demás, frágil y pequeña.

Y es verdad que conforme pasa el tiempo, me cuesta (pero esto intuyo que es algo común a todos) abrirme más. Me gusta el silencio, anido bien en él, me gusta escuchar a los demás y escucharles convirtiendo sus palabras en mi centro en ese momento, en ese justo momento. Me gusta estar, pasar tiempo con la gente que amo, simplemente estando. Recuerdo mucho a mi padre, cuánto le gustaba desde siempre, pero más en sus últimos tiempos bajar al parque o sentarse en una terraza simplemente a mirar la vida.

Este verano ha seguido el aire del 2014, un año que llegó con aires convulsos y sigue con remolinos. Ha habido de todo. Momentos maravillosos, de una dulzura extrema, regalos increíbles, pero también muerte, agresiones y dolor. Como la vida misma, sólo que un poco más intensa de lo normal, en la linea del 2014.

Este verano han vuelto mis cejas y mis pestañas, pero he ejercido de calva públicamente porque el pelo de arriba está tardando más en volver. Lo he hecho en casa, en la piscina, en la playa. He narrado a los niños y niñas con los que he convivido, y a través de ellos a sus mayores, el origen de mi calva, mientras veo como día a día el pelo vuelve. Estoy aprendiendo los ritmos de la vida. Son lentos, y yo siempre fui demasiado rápida.

Este verano, y este año en general, he recibido regalos increíbles de gente muy íntima o de gente desconocida que se me ha acercado para decirme lo importante que soy para ellos, lo que les doy y cómo les he cambiado la vida. Hay momentos que no olvidas jamás como el de aquella mujer gallega que dijo al cabo de unos minutos «..supongo que en el fondo con todo esto lo que quiero decirle es: gracias por existir». Y en sus ojos he visto el valor de lo que soy, y no es que no lo supiera pero constatarlo en otra mirada lo hace más real si cabe. De lo que soy y de lo que he logrado en estos años, y en estos dos últimos en particular.

Y este verano, como siempre pero un poco más ha estado lleno de las caricias, la risa, los gritos a ratos y la vida a raudales de mi hijo. Mi hijo valiente, esa preciosidad. Y del amor de los que nos quieren, que nos abren sus hogares, nos acogen como un regalo y nos llevan a ver atardeceres increibles al mar o a coger cangrejos, o a buscar lagartijas o a ver la luna llena desde el tejado de una casa en el campo. Esa gente que nos rodea que llegas sólo a comer un día y te vas dos días después, o te llama cada semana para decirte «estoy aquí».

Esa red de amor que en verano podemos disfrutar sin correr y que también este verano cuando ha tocado nos ha dejado estar ahí, a su lado, en su dolor y su preocupación. Tal y como le dije a mi hijo cuando me preguntó qué había que hacer para ser familia de corazón de alguien: «alegrarse con sus alegrías, consolarle en el dolor, ayudarle en los problemas, abrirle tu hogar y compartir con él lo que tienes y cuidar a quienes él ama, empezando por sus hijos». En el fondo, como le ha dicho hoy su tía: «elegirle».

Y al final (aunque aún nos quedan tres semanas de verano), vuelvo a mi hogar, a mi ventana, a este rincón que adoro y que refleja lo que soy, y me miro en esos ojos amados y me doy cuenta de que mis raices son más hondas, mi silencio más profundo, y que este cambio de piel que está suponiendo no sólo la calva sino todo el año, a pesar de su dolor, me está haciendo más pequeña, pero más sólida. La tormenta ha sido profunda, no hay duda, y ésa es justo la medida del valor de lo que he hecho este tiempo. Ésa y la risa increíble de mi hijo. Intuyo que la tormenta aún no ha acabado, pero estamos en ello y ya somos expertas navegantes ;-).

Lo sé, y hoy tocaba ponerlo en palabras.
Pepa

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Fin de curso

Esta noche toca presumir de hijo. Ni puedo ni quiero evitarlo en un blog como éste.

Lo primero, José ha aprobado el curso. Y después de lo que ha pasado este año..no hay palabras.

Segundo, le he preguntado si quería que colgara en el blog esta redacción que le han publicado en la revista del colegio. Me ha dicho que sí, que le encantaría. Así que aquí está. Sobran las palabras. Nadie me conoce mejor y se me cae la baba.

Sólo me queda añadir una cosa: gracias, Mercedes. Espero que algún día leas esto: gracias de corazón. Lo que José ha conseguido en el cole estos dos años es mérito suyo, pero también tuyo. Gracias por sostenerlo, y cobijarlo y abrazarlo y acariciarlo. Aunque haya gente que crea que no es necesario acariciar para ser maestra, para mí es imprescindible. Y tú lo has hecho cada día, sin descanso. Le has recordado que además de ser un trasto que no para quieto y corre sin parar por el patio, es un niño capaz de escribir esta maravilla con siete años. Y sobre todo, sobre todo, le has recordado que es valioso tal cual es. Y yo, como su madre, te debo mucho más de lo que puedas imaginar.

Pepa

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Belleza y deseo

Me he pasado toda mi adolescencia y parte de mi adultez creyendo que los hombres no podían desearme porque estaba gorda. Escondida bajo la comida como coartada para no afrontar mi miedo. Me costó deshacer aquella creencia.

Y ahora estoy calva. Ese escenario no existía ni en mis peores pesadillas. Mi pelo era una de las partes que más me gustaba de mí. Y lo sigue siendo. Estar calva era algo que me sentía sencillamente incapaz de afrontar. Así que desear y ser deseada estando calva ni planteárselo.

Y resulta que estoy calva, y gorda, y me siento guapa. Llevo unas semanas que personas queridas, conocidas y desconocidas se acercan a mí para decirme lo guapa que estoy, a lo que unos añaden expresamente, y otros veladamente «aún estando calva».

Al principio pensé que lo hacían por compasión, pero ya es demasiada gente y mucha de ella demasiado honesta conmigo habitualmente 😉 como para saber que va en serio. Me ven guapa.

Porque llevo unas semanas en que el deseo se está apoderando de mí. He pasado los últimos meses metida hacia dentro, y el deseo sólo llega cuando te abres, cuando abres los poros de tu piel, cuando vuelves a mirar. Y yo estaba demasiado ocupada en lo que estaba pasando dentro de mí como para abrir mi ser.

Pero ya estoy de vuelta en mi ser deseante y deseado. El que siempe fue, el que sigue siendo: yo.

Y es que me miro al espejo y, entre extrañada y azorada, tengo que dar la razón a los que me dicen que estoy guapa: lo estoy. Algo muy íntimo se ha instalado dentro de mí, con pelo o sin él.

Además estas últimas semanas el deseo y la belleza está rodeándome de una forma muy directa, para hacerme despertar:

He tenido unas conversaciones increibles sobre este tema con personas a las que quiero y que me han confiado su ser en ese sentido.

He recuperado recuerdos que tenía dormidos con una fuerza que a veces me ha dejado sin respiración.

Tuve una sesión de biodanza acuática con un grupo grande de gente ante la que me quedé calva, y dancé y miré y fui mirada. Una experiencia que fue todo un reto para mí pero en la que me sentí viva y libre. Y muy acogida por quienes me miraron.

He leído un libro que ha supuesto para mí un cambio de mirada en algunos aspectos claves de este tema y que desde aquí recomiendo vivamente. Se llama «Sexualidad. Planteamientos y claves para la intervención profesional en el ámbito de la discapacidad» De Agustín Malón y el grupo de CADIS Huesca. Si no conocéis su trabajo, no os lo perdáis en este enlace.

He estado en mis amadas Mallorca y Menorca, bañando mi calva en el mar. Sintiendo en cada poro de mi piel la belleza, y mi belleza. Y explicándoles, por cierto, a los niños y niñas con quienes estaba el significado para mí de estar calva y de mostrarse calva como mujer. Dos aspectos que en este proceso no siempre han ido de la mano dentro de mí.

Y ayer en twiter gracias a Mercedes Moya (si no la conocéis mirad su blog) me llegó esta maravilla, para la que no hacen falta palabras. Vedlo, vedlo, vedlo (y nunca mejor dicho):

Y hoy la conversación del desayuno me ha llevado a escribir todo esto. Y a decir: bienvenido seas, mundo, de nuevo a mi piel 😉

Pepa

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Privilegio

En este blog no suelo hablar demasiado de mi trabajo, pero hay días como hoy que me resulta imposible no hacerlo.

Durante este año estoy realizando una formación/supervisión a cinco centros de protección de menores dependientes del Consell de Mallorca. En una inversión institucional tan rara como valiosa, me dieron la oportunidad de trabajar con cada uno de los equipos por separado una vez al mes durante un año entero. Es algo único porque te permite ver el proceso, y el cambio. No es sólo un curso, o un taller, es un proceso de transformación si el equipo se arriesga a que lo sea.

Los centros de protección son todo un universo, un mundo que parece estar fuera del mundo. Un lugar lleno de historias de dolor y de esperanza. La gente que trabaja en los centros es gente especial. Como toda generalización puede parecer poco ajustada a la realidad, pero no lo es. Trabajar en protección de menores implica un grado de compromiso, de generosidad y de entrega tan poco conocido como valorado. Son profesionales que sostienen el dolor de los niños y niñas. Y lo hacen a diario, no en una sesión de terapia, o en una consulta médica, sino al despertar, al ir al cole, al comer, al acostarse…todo el día. Cada día.

Y hablamos de un dolor que para la mayoría de nosotros resulta sencillamente inimaginable. Pero ellos lo miran, lo viven, lo contienen y lo sostienen a diario. Cuando un niño o una niña grita su dolor de formas a veces muy difíciles, ellos están ahí, le miran y le abrazan. Y cuando logran hacerlo bien, se convierten para los niños y niñas que llegan a esos centros en una oportunidad de vida, escasa y preciada.

Para hacerlo, para dar esa oportunidad, hay que estar hecho de «buena pasta». Necesitan tener agallas y un inmenso cajón de ternura dentro de si. Saber levantarse cada vez que caen, porque caen más veces de las que pueden imaginar, y hay que estar dispuesto a volver a empezar. Porque sólo así les permitirán comenzar de nuevo a esos niños.

Como en todos los colectivos, no todos los y las profesionales cumplen con este perfil, pero de eso hablaré otro día, porque la mayoría a los que he conocido y con los que he trabajado y estoy trabajando sí responden a él y eso es lo que ha hecho posible lo que ha pasado hoy.

Y es que como parte de este proceso les propuse a los equipos, y todos lo aceptaron, dedicar una de las cuatro horas de cada mes a hacer biodanza. Para quien no la conozca, ya hablé de esta técnica aquí, una técnica que conocí personalmente y ahora incorporo a menudo en mi trabajo. Mi idea era crear un espacio de autocuidado y de trabajo emocional dentro de este proceso. Y le pedí a mi amigo Antonio que lo guiara. ¡Y de qué forma tan increíble lo está haciendo!

Hoy hemos hecho una de esas sesiones en un centro de primera acogida, donde reciben en un primer momento a los niños y niñas que se ven obligados a salir de sus familias.. Situemonos, niños y niñas que han sido abusados, maltratados, que han visto cómo sus padres morían o enloquecían o se enganchaban a algo hasta olvidarse de ellos, que han pasado por una o varias familias, para los que es su primer ingreso en centro, o el cuarto, a los que a veces lleva al centro la policía, otras el juzgado, otras los servicios sociales…

Y hemos comenzado a bailar en el patio del centro, a caminar con música, a hacer ejercicios. La música sonaba, nosotros estábamos en la vivencia, mientras algunos educadores cuidaban de los niños y niñas que había en el centro en ese momento. Pero poco a poco los niños y niñas han ido saliendo de sus habitaciones. Y cuando en un momento determinado he abierto los ojos de uno de los ejercicios que estaba haciendo había más de diez chicos mirándonos bailar.

Y esos mismos chicos que chillan, gritan, insultan, no paran quietos y a veces agreden para expresar su dolor y la injusticia de sus vidas se han quedado callados y quietos mirandonos durante más de una hora. Algunos han llorado. Y también han visto llorar a varios educadores. Y les han visto abrazar y ser abrazados, acunar y ser acunados, gritar sus nombres y correr, entre otras muchas cosas.

Y aún no sé para quién ha sido más hermoso. Si para ellos o para nosotros. Sólo sé que días como el de hoy me dan la medida exacta del privilegio inmenso de mi trabajo.

Pepa

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La escuela soñada por mi hijo

Hoy he visto este video de Tonucci, que me ha enviado mi enlazadora de mundos favorita. Había escuchado muchas cosas de Tonucci, pero la conferencia merece mucho la pena (aunque dura un hora, os recomiendo dedicarle el tiempo, lo merece).

En ella cuenta una anécdota en la que una maestra que trabaja en Jujuy, Argentina, con población indígena le cuenta como ellos tienen que «merecer a sus alumnos«. Increíble expresión, merecer a sus alumnos, tan aparentemente ingenua como radical en su significado. Cuenta que para las comunidades indígenas con las que trabajan la escuela no es una obligación sino una oportunidad, así que si a los niños les gusta ir, los mandan, pero si los niños se aburren, o no se sienten motivados, no los obligan a ir. De ese modo, la maestra le narra que ellos tienen que hacer una escuela suficientemente atractiva para que los niños y niñas quieran ir.

Y eso me ha recordado una conversación que tuve hace unas semanas con José y con su tía. Le contábamos que el instituto de su tía se esta quedando sin alumnos, porque ha decidido especializares en bilingüismo francés y ya nadie lo quiere, así que tienen problemas con las plazas del curso que viene. Y entonces José dijo «es que tenéis que construir una escuela a la que los niños quieran ir». Y tanto su tía como yo le preguntamos como sería esa escuela. Resumo aquí lo que dijo, sin añadir comentario alguno:

«Una escuela con las clases con las puertas abiertas, donde los niños puedan salir y entrar y hacer trabajos juntos, construida alrededor de un jardín donde haya plantas y un huerto. Cada clase tendrá una mascota que los alumnos se turnarán para cuidar. Habrá una piscina con un tobogán muy grande que podrán usar alumnos y profesores, habrá un patio grande para jugar y un montón de cuentos y libros para leer. Pero lo más importante es que habrá una sala con sillones de relajación, de esos que les echas una moneda y te dan un masaje para cuando los profesores estén cansados y tengan ganas de gritar a los niños para que se relajen y descansen. A esa escuela los niños querrían ir»

Luego decidió que el cuando fuera mayor la construiría y la dirigiría, su tía cuidaría el huerto y yo la clase de los bebes. Pero luego dijo que era una pena, porque el quería ir a una escuela así de niño, de alumno, y que si la dirigía no podría ser alumno en ella. Y nosotras seguimos mudas.

Y lo escribo hoy que mi hijo se ha ido al cole con miedo por el examen del trinity que les hacen en su cole bilingüe para ver si tienen nivel suficiente de inglés.

Pepa

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El dibujo de mi hada

Los 41 han llegado cargados de regalos. Y con un aire nuevo.

Hoy una mujer docente que ha estado en el curso conmigo en Palma, se ha acercado a mi y me ha regalado esto:

Leyeron el cuento del hada atolondrada al principio del curso y ella ha dibujado mi hada. Me he quedado sin palabras. Sólo quiero compartirlo. Porque a veces en mi trabajo (y en mi vida) me pasan cosas tan hermosas que no hay palabras.

Pero ha habido mucho más:
Unas lunas hechiceras mejicanas…
Y una camilla llena de colores…
Y un baño de sol y de mar…
Y una comida en el parque llena de amor sosegado…
Y un día como los de antes: exposición, cine, compra, cena…
Y un árbol perchero más bonito aún de lo que pensé…
Y un deseo, una posibilidad para José…
Y el encargo de un libro bellísimo…
Y una descripción de mí en un trabajo de las que te hacen llorar…
Y un par de celebraciones de vida ansiadas..
Y llamadas y mails…

El amor de hace mucho, siempre nuevo, siempre único.
Algo parece estar cambiando en el aire.

Pepa, ya con 41.

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La hada atolondrada

Érase una vez…una hada de esas que de tan mágicas que son, le pasaba como a los grandes genios, que no se le notaba. Parecía humana, pero si te acercabas de a poquitos, sútil y dulce, descubrías que su piel temblaba casi transparente, porque era piel de hada.

Aquella hada tenía una risa muy contagiosa, una melena larga y sedosa y unos abrazos de los que deshacían la roca en polvorosa. Tenía además un anhelo de poeta que le llevaba a tejer pareados entre las palabras hasta casi casi deshacerlas de tanto retorcerlas en su forma y significado.

Hablaba tan rápido y siempre saltando de metáfora en metáfora, de palabra estrujada en palabra estrujada que muchos no lograban seguirla. Se quedaban silenciosos, absortos, mirándola. Y el hada sonreía, y recubría con su magia los miedos que anidaban en los ojos que la miraban, el temblor de las ausencias, y el dolor de algunos amores. Y lo hacía rápido, tan rápido que parecía a veces un suspiro y otras un huracán, pero nunca pasaba desapercibida.

Decían que se parecía a la diosa Mari, la de las tierras del norte que gobernaba la tierra y sostenía los cultivos, la de las tempestades y la larga melena. Pero ella era un hada. Ser hada se parece poco a ser una diosa, o quizá un poquito.

Aquella hada hablaba con los árboles, y con las montañas, y con la luna y con cada nube. Les susurraba sortilegios. Y cuando veía a la luna triste, le anudaba un mechón de su pelo alrededor de su blanco perfil para que no llorara lágrimas nivales. Cuando una nube empezaba a deshacerse de tanta lluvia contenida, le tejía con su pelo una cortina que permitiera deslizarse a algunas de sus gotas. Cuando los árboles se doblaban en las tempestades, cobijaba sus nidos envueltos en su melena.

Y aquellos sortilegios funcionaban, la luna sonreía a su león aunque añorara tocarle, los árboles susurraban sus mensajes, y las nubes se acariciaban de nuevo las unas a las otras hasta llover su dulzura. Lo único que por el camino se fue deshaciendo fue la melena de la hada, que pelo a pelo fue difuminándose.

Hasta que un día aquella hada se miró en el espejo del lago cercano a su hogar y no se reconoció. O quizá sí. Sus ojos seguían allí, su risa contagiosa y su poesía atolondrada permanecían intactas. Pero ella se quedó durante mucho rato mirando su reflejo. Preguntándose dónde quedó su cabello, en qué recodo del camino quedó su ser. Y de tanto mirarse se sintió pequeña y muy poco hada.

Pero entonces se acostó en la tierra junto al lago. Cerró sus ojos de mar. Y sintió en su cabeza la tierra mojada, y luego el calor del sol, y los rayos de luna que le acariciaron y las gotas que las nubes dejaban caer sobre ella. Y cuando quiso darse cuenta los árboles se inclinaban sobre ella.

Y sintió que ya estaba. Y estaba bien. La magia seguía viva en ella. Y decidió construir su propio nido, su propia metáfora, atolondrada y sosegada al mismo tiempo. Y sonrió.

Pepa, a punto de cumplir 41.

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Mi primer temblor

Éste ha sido un mes difícil para mí. Me coincidían dos viajes a Latinoamérica en un mes. En el primero a México, bati mi record de aviones en una semana: nueve. Estuve más tiempo en los aeropuertos que en las ciudades, pero me pasaron cosas hermosas. Hasta tuve la experiencia de llegar a una ciudad y ver carteles anunciándome por la calle, qué sensación! México ha llegado a mi vida de una forma importante, de la mano de una mujer especial que está moviendo con su organización muchas más cosas de las que ella pudo imaginar. Y merece la pena apoyarla en ese camino.

En el segundo, del que acabo de regresar hace apenas unas horas, a Nicaragua, he vivido mi primer terremoto. Increíble pero con todo lo que he viajado, hasta hace dos días nunca tuve la vivencia de sentir temblar la tierra bajo tus pies. También en eso he sido una privilegiada. No fue demasiado fuerte, pero sí lo suficiente para que la gente saliera corriendo y gritando del taller que estaba dando en un centro infantil de Managua. Es una sensación dificil de describir, pero que me situó una vez más en mi fragilidad. Y no deja de ser paradójico que mi última entrada en este blog se llamara «bajando a mi tierra». Pues eso, que bajé 😉

Este viaje a Nicaragua ha sido algo inhóspito, algo doloroso. Recuerdo cuando estuve allí por última vez, hace casi diez años, que percibí una sensación en el aire de un cierto fracaso colectivo, como de frustración. Y cuando llegué esta vez esa sensación no estaba, pero al principio no supe muy bien por qué. Mi trabajo hace que en los talleres y la gente que voy conociendo pueda conocer bastante bien los lugares que visito, y en este viaje conforme pasaban los días iba calando una sensación extraña. Ahora no había enfado, lo que había era parálisis. Tuve la sensación de que la gente tiene miedo, y se ha resignado. Me pasaron cosas fuertes en algunos talleres, y me encontré en varios momentos con mensajes encubiertos, con cambios inesperados…como si pasaran cosas que no se dicen pero que condicionan una forma de estar colectiva. Y duele verlo, sobre todo duele ver hasta qué punto se ha interiorizado.

Y a esa sensación colectiva le añades una sucesión de imprevistos, incluido el temblor. Ninguno irresoluble, pero que sí te suponen ir superando trabas que no serían necesarias, que te cambian los planes, horarios de talleres, lugares inhospitos para darlos quedándote casi sin voz para que te oigan las cien personas que han venido a escucharte, imprevistos que dificultan encuentros anhelados, otros que te llevan a una casa con un jardín casi tan bello como generosas sus gentes. Y entre todo eso, reencuentros con gente querida. Y una cierta desazón.

Y pensaba en que a veces el aire de los lugares se puede captar, el clima de un país, como sucede también en el nuestro. Cosas que no hace falta decir, que percibes en la forma de caminar de la gente, de contestarte cuando le preguntas, de situarse ante los imprevistos…pequeños detalles que hablan de movimientos de tierra mucho más radicales de lo esperado, de cosas tapadas, ocultas, subterraneas. El miedo inoculado, la mentira institucionalizada, y el dolor resignado.

Pero es que además, entre un viaje y otro este mes me han pasado muchas cosas. Convulsiones varias en mi entorno, un virus que nos arrasó en casa a los dos dejándome muy al límite de mis fuerzas, seguido de un oásis en mi paraíso personal, en Menorca, donde fuimos para celebrar nuestro santo. El día de San José siempre fue especial para mí. Lo celebraba mucho, era mi día compartido con mi padre, algo especial para mí. Hasta que él murió la madrugada de un día de San José de hace diez años justamente. Y yo pensé mientras regresaba a casa en un vuelo transoceánico de doce horas que no le deseo a nadie, «ya nunca podré volver a celebrarlo». Hasta que llegó mi hijo, y resultó que se llamaba José. Y yo me sonreí, y pensé: «menudo regalo, papá». Así que pasé de celebrar mi santo con mi padre a hacerlo con mi hijo. Y lo celebro siempre, porque celebro el hilo de la vida. Por eso este año le saqué del cole y lo llevé al mar, aprovechando una conferencia (increíble reunir a 300 personas en Menorca, fue una noche muy mágica!) y un curso con gente muy especial, nos quedamos a pasar unos días.

Y el día de San José nos fuimos con un amigo mío apicultor a ver sus colmenas. Nos vestimos con trajes especiales y nos acercamos a verlas. Yo apenas pude contener el miedo lo suficiente para lograr acercarme, y ver una por dentro antes de que sentir las abejas zumbando sobre el traje me hiciera alejarme. Pero José se quedó allí largo rato con mi amigo, viendo los zánganos, las obreras, la reina..como si hubiera estado allí toda la vida. Y por si eso no fuera poco, cuando salíamos de allí apareció un grupo de yeguas libres en la finca, y rodearon a José, a nosotros ni se nos acercaron, pero a él sí, y le olfatearon, le lamieron..y él se dejó hacer. Siempre he sabido que el lugar de mi hijo está en la naturaleza, pero cuando pasan cosas como ésas me pregunto muchas cosas. Y luego la mar, mi amado mediterréneo que calma hasta al alma más agitada, como estaba la mía cuando llegué. Y sobre todo el amor y el cuidado de mis amigos allí. Esa red de amor de la que siempre hablo.

Y entre medias siguen los regalos profesionales. Salió ya «Elegir la vida: historias de familias acogedoras» mi último libro, que en realidad es y no es mío, porque en él yo sólo hago de altavoz para las historias de seis familias que tienen niños y niñas en acogida. Seis relatos llenos de amor, honestidad y valentía que han creado un libro de los que hace llorar. Os lo recomiendo.

En fin, que este 2014 ha llegado a mi vida convulso. No malo, pero sí movido, más que de costumbre, y en mi caso eso es mucho decir ;-).

Veremos qué trae la tormenta, el temblor.
Pepa

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Bajando a mi tierra

Bajar a la tierra..es una de las expresiones que más uso en los talleres, cuando quiero explicar que los vínculos afectivos no se generan en las grandes intensidades sino en los pequeños detalles, en las cosas pequeñas y sutiles de la vida. Necesitamos convertir los pensamientos y las emociones en vivencias pequeñas y cotidianas.

Aquel brillo del sol reflejado en las hojas de los árboles que me enseñó mi madre: una mujer que, sin embargo, se caracterizó justamente por vivir desde las grandes intensidades. Lo frágil, lo vulnerable, lo sutil, lo precioso..

Este tiempo está siendo algo así, pero conmigo misma. Me levanto, me miro al espejo, me veo calva y me miro largo. Esta mañana mi hijo me ha encontrado delante del espejo y me ha dicho: «no necesitas mirarte al espejo, mamá, estás preciosa» y mientras me lo comía a besos pensaba para mis adentros que sí que lo necesito, que sí que necesito mirarme y mirarme hasta ver mi fragilidad, mi pequeñez y la belleza que anida en ella.

He vivido gran parte de mi vida mirando mis fortalezas, construyendo una imagen pública y ante mí misma de fortaleza y de intensidad. Y ahora me encuentro mirando mi fragilidad, mi vulnerabilidad. Bajando a mi tierra.

La calvicie trasmite una imagen de fragilidad, o mejor dicho, es lo que veo yo al mirarme al espejo calva, porque cada uno verá cosas distintas. Es algo innegable, visible. A partir de ahí no puedo contestar «bien» cuando me preguntan cómo estás, ni puedo negar mi cansancio, o mi dolor, tan sólo puedes sonreir y contestar «poco a poco» o «estoy tranquila, voy descansando» o «lo llevo con elegancia». Porque es la verdad.

La verdad es que cada día me levanto, y abrazo y acaricio el despertar de mi hijo, que sigue viendo mi belleza y mi amor, calva o peluda. Y, poco a poco, voy aprendiendo a ver lo que ve él. Poco a poco. Y siento que algo profundo se está transformando en mí, y no es otra cosa que mi forma de mirarme, de tocarme, de acariciarme.

Bajar a la tierra…dejar de volar…dejar de cargar montañas sobre mis hombros..respetar mis límites…reconocer mis miedos…vivir lo pequeño, lo sutil, lo hermoso. Sin grandes intensidades pero llenas de gozo plácido.

Y sonrío. Cosas de la vida, sonrío. Y no sé por qué, mi sonrisa me parece diferente en el espejo.
Pepa

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