Me siento a escribir esta entrada sin saber si sabré cómo hacerlo. Y desde el convencimiento también de que si no la escribo ahora, no lo haré, al menos no de esta forma. Lo hago desde el amor que supone la memoria. Amor hacia otros, amor hacia mí.
Hace un par de días, días de los que son meses, me encontré sentada en un taburete de un balconcito de una casa llena de amor desayunando una tostada que resumía mi mes de octubre. Así que decidí convertirla en metáfora, en imagen, en relato. La tostada estaba hecha de pan venido de Formentera, queso de la Toscana, aceite y tomate de Frailes y aguacate de Manuel.
Y en esa tostada se escondían también las manos que se hacen cuenco de amparo y ofrenda, el relato que se hace prisión, la palabra que libera y legitima al niño, la ausencia que se hace presencia pero nunca olvido y la mirada que te hace testigo y algo más.
Pero vamos ingrediente a ingrediente (cuanto cuidado he recibido en forma de comida estos días!, alimento que lo es también para el alma).
EL QUESO DE LA TOSCANA
Este era un viaje pendiente. Por el lugar, del que conocía sus ciudades pero no sus pueblos y sus paisajes. Y por Susana, mi compañera de viaje, una de mis personas refugio, de esas que te cuidan sin darse cuenta pero con perseverancia, dulzura y mimo. De esas supervivientes que se hacen cuenco con sus manos y caricia con su abrazo.

El queso viene de un agroturismo inesperado en una carretera pequeña y perdida y una pareja anciana que daba desayunos y vendía quesos.
El queso está hecho de conversación larga, risas compartidas en una azotea, cuestas y pueblos que son montes y memoria detenida, casas perdidas con cipreses en la entrada, caminos inesperados y canciones grabadas para alguien amado y una cafetera picolina que, por cierto, viajó infinito hasta poder hacer el café que acompañaba a la tostada en otro país,en otra tierra pero con el mismo amor.

EL PAN DE FORMENTERA
Pan y aceite. Aceite y pan. Salir del mundo y detenerse ante el mar para que su agua te sane, sus amaneceres te permitan despedir a alguien amado y su tormenta te recuerde lo pequeñitos que somos y que una tormenta vista entre dos es igual de sobrecogedora pero no es la misma.
Poder estar en silencio, tener ataques de risa gozosos con un libro, llorar cuando hace falta, expresar el enfado por teléfono, hacer cafés expresados y una mesa de preguntas que se hacen de alma, se contestan con honestidad y se acogen en silencio. Y mirarte, mirarte y mirarte hasta tener la sensación de leerte. Ver dos liebres acercarse a ti, y probar todas las mesas, todos los temas, todas las memorias.

Sentirte cuidada con tanto mimo y sostenida en abrazos cuando llega la muerte de alguien amado. Alguien amado que te ha dejado tanto en su camino de despedida, que vivió con dignidad y valentía, decisión a decisión. Te hizo un regalo de amor al dejarte estar presente, esperarte para la despedida y dejar clara su voluntad para recordarla al llegar la angustia y la duda.

Y después de la muerte, las tormentas, los cambios de billetes, el apartamento refugio, estrenar justo ahí la cafetera y secar los zapatos, salvar el coche. Y volver al barco y del barco a la casa amada de una mujer preciosa, que guarda dentro de sí la niña que habla con la lluvia y la mujer que sabe decir «basta» hasta al amor de quien ya no está. Cantar, cantar y cantar en un capítulo del viaje que es vida y luz y certeza.
EL TOMATE Y EL ACEITE DE FRAILES
Y de nuevo en el barco pero ya con sol y sigues de copilota tratando de no perderte detalle, y llega el abrazo de una mujer valiente, que empieza a concederse su lugar y su valor y su vida. Y con ellos, primos gemelos, llegas al tomate y el aceite de Frailes. Siendo consciente de cómo te honran al acogerte y mostrarte su hogar, su pueblo, su infancia. Y tratas de hacerte digna de ese regalo.
Presencias muchas conversaciones de alma en las que el dolor y el amor van de la mano, donde los niños que fueron y los que no pudieron ser se miran conmovidos, donde se empieza a nombrar para romper el bunker y empezar a sentir las entrañas, aunque apenas se pueda llorar.
Vas a lugares que son plegaria en los que lo único que puedes decir por dentro una y otra vez sentada en aquella tierra dura y hermosa es: gracias, gracias, gracias. En donde narras un sueño donde alguien te dijo: «Así que eras tú».

Subes a joyas en la montaña que se vuelven abrazo de preguntas y atardecer detenido con el canto.
Vas a una casa que es aún apenas un sueño, otro sueño de niña legítimo y anulado hasta ahora, donde ves ese patio, lo puedes ver y ver lo que acogerá y la luz que traerá.
Cenas con una niña que es ternura y luz.
Sigues teniendo ataques de risa con libros y con gestos y con charlas cruzadas sin sentido porque ríes sin parar. Todo el tiempo, incluso en el dolor. Bendita risa. Y cada mañana en ese balconcito alguien te trae el café y la tostada. Y cocinas con vinos y risas percibiendo el mimo de la cocinera mientras lloras al cortar las cebollas, qué excusa más buena para llorar!

Y un día bajas a ver a tu hijo al pueblo donde está estudiando y te levantas, como siempre te ha pasado, casi corriendo de felicidad a abrazarle cuando le ves venir por la calle. Y les ves feliz y radiante en aquel pueblo y capaz de sentir ese amor que te rodea y capaz de corresponderlo en ti.
Y ves a otro niño corriendo en aquella plaza, con aquella guitarra sonando y el café (sí, pan, aceite y café) en tus manos. Con esa mujer preciosa que es luz pero está muy triste. Sólo ella podía hacernos llegar cantando a coro los cuatro a Nino Bravo.
Y el día de la despedida llega un hombre al que no olvidaré con una caja de botellas de su aceite y otra mujer me abraza al despedirse y me recuerda que allí tengo mi hogar.
Y el silencio se adueña del coche porque regresar de un viaje como este no es posible, no hay regreso, sólo continuidad. Y de nuevo volvemos a cantar. Como cantamos al venir pero diferente. Y hasta el último minuto del barco de regreso vamos jugando, honrando y agradeciendo en una forma de hacer habitable la ausencia que se anuncia. Ausencia que es presencia y nunca olvido.
EL AGUACATE DE MANUEL
En este blog he escrito sobre personas que amo, en algunos casos muy literalmente como sobre mis padres o mi tía o mi padrino o Txus. En otras, en forma de cuento o de metáfora que sólo puede reconocer totalmente quien forma parte de ella.
Pues el último ingrediente de la tostada, que es metáfora en esta entrada, merece ser nombrado porque existe, porque es, y sin él, nada de lo que he descrito hubiera pasado. Es un hombre de su familia, es un niño que corre en una plaza, es lo que fue y siguió siendo a pesar del relato, es un cabezota empedernido, es cuidado y mimo constante. Es palabra, dignidad y justicia. Es alguien con la valentía suficiente como para aprender a vivir.
A veces la vida te hace regalos que sólo te queda acoger con el asombro de niña y la consciencia de mujer unidas de la mano. Hay personas que llegan a tu vida para quedarse, a las que reconoces abrazándolas, con las que hablas en silencio. Personas cuya luz te conforta el alma y te devuelve la certeza de tu dignidad, tu fragilidad y tu belleza. Personas que sanan tu memoria corporal, te hacen consciente del frío que has pasado y hacen que el amor se expanda incorporando a otras personas en eso que se crea cuando estáis juntos.
Así que la última frase de este blog es para Manuel y tan sólo dice: a ti.
Pepa