Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

El sombrero

Hay personas que llegan a nuestra vida para sanarnos, aunque no sepamos siquiera que estamos heridos o lo profundo de nuestra herida. Hay lugares de amor que van acariciándote la piel hasta que sientes que se abre, se deja y algo se libera. Y hay objetos que guardan en sí mismos la memoria y la dignidad aparentemente olvidada.

La dignidad es algo difícil de definir, como la inteligencia o la felicidad. La dignidad es un anciano sentado en una roca mirando el monte, pero también dos niños abrazados en una roca ante el mar. Distintas rocas, distantes edades, la misma dignidad. La dignidad es una mirada que te enlaza en un hilo, un hilo que continúa incluso en medio del ruido y la gente. La dignidad es saber quién eres y el lugar que ocupas, aunque te lo intenten arrebatar. La dignidad no depende de las cosas que tienes ni de su valor. Es la respiración, el sonido del corazón del otro y el silencio que cobija en algunos abrazos. Esos abrazos que valen una vida y le recuerdan a tu cuerpo que es digno de ser amado.

La dignidad no se compra ni se vende, pero sí se puede perder. A veces olvidamos quiénes somos y no nos reconocemos en el espejo. A veces no somos capaces de mantener los límites protectores y dejamos que nos hieran y nos sometan. Y eso ocurre casi siempre cuando no tenemos cerca quien nos mire con amor y con honestidad, quien nos cobije cuando temblamos de miedo.

Pero llega un día que alguien te mira, te abraza, se ríe contigo y genera conversaciones refugio, de esas que te ponen las manos en el corazón y te lo calientan para que puedas volar. Y las mejores conversaciones siempre llegan imprevistas en el silencio, ante la luna o cocinando una tortilla. Y un cuadro, que es hilo de amor y belleza, te sirve como si fuera ese sombrero: para dar la justa medida a la gratitud que sientes.

Y entonces saltas el precipicio, abres las puertas y vuelas. Y te das cuenta de que nadie que te ame bonito, dulce y real te va a dañar. Que no necesitas temblar, que puedes dejarte. Y que justamente a ti también te quieren osada, bella y digna.

Y entonces tomas el sombrero que te ofrecieron y lo haces tuyo. Y sonríes en silencio. Porque no hace falta nada más.

Pepa


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