Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

La intemperie y la responsabilidad

INTEMPERIE. Hace frío. Estás desnuda. Tienes miedo. Tiemblas. Palpas tu fragilidad. Y tus heridas. El viento te empuja a veces, y sientes que la vida va más deprisa de lo que puedes controlar. Otras golpea tan fuerte tu rostro que casi no puedes ni caminar.

También hay días de sol, y de luz. De ese temblor cuando el sol de invierno va calentando tu cuerpo entumecido. De esa vida que brota por todos lados, sin poder detenerla. Sin quererlo tampoco. Días de amaneceres en la mar, donde el agua te acuna. Pero de esos es difícil acordarse cuando te invade el dolor.

Y hay olores, y sabores, y texturas…todo lo que la vida te brinda, a borbotones. Lo que no elegiste: tu tierra, tu familia, las personas que te amaron, las que te aman, el primer llanto, la enfermedad, la primera muerte, la última: la tuya..

Y vas dejando jirones de tu piel..y ganando matices, sutileza y belleza..todo en uno.

Incluso el amor, que sólo llega cuando logras aceptar tu intemperie (tu debilidad, tu vulnerabilidad..). Aunque amar en parte sí se elige.

Pero ahí, en la intemperie, estás sola. Sólo tú.

RESPONSABILIDAD. La elección. Vivir o morir. Caminar o esperar. Luchar o rendirse. Saltar o quedarte agazapada. Entregarse o volver el rostro.

Amar o quedarse sola, aunque estés acompañada.

La alegría (que no la felicidad) o la desesperanza (que no la tristeza).

El precipicio…saltas?

El vaso medio lleno o el vaso medio vacío. Ambos existen. Ambos argumentos son reales. Es cuestión de elegir cuál miras, cuál tomas y cuál ofreces a quien te mira y te ama.

Los ingredientes del plato te los dieron, pero el sabor resultante depende de ti. La responsabilidad no se puede delegar. De niña no la tuviste, pero como adulto es sólo tuya. No hay culpas ni culpables. Hay opciones, decisiones que asumir.

Y de nuevo estás tú. Sólo tú. Porque nadie puede elegir por ti.

Nuestra alma se juega en la intemperie y la responsabilidad. No elegimos lo que la vida nos da y nos quita, pero sí qué hacemos con ello, cómo lo vivimos, cómo lo afrontamos. Ése es el único margen de libertad real que conozco.

La vida para mí no se explica sin alguno de estos dos elementos. Y a mis 40 sigo preguntándome cuál me sobrecoge más.

Pepa

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Una carta de amor a Platón

1. Me gustan los amaneceres, y si es en el mar, más.

2. Me gusta la risa de José, y reír y los hombres que me hacen reír.

3. Me gusta el sol de invierno cuando te calienta el cuerpo y el alma.

4. Me gusta la luz, las ventanas abiertas y las casas sin cortinas.

5. Me gusta mirar…sin más, tan sólo mirar.

6. Me gusta la conversación y los abrazos, sobre todo con gente que está dentro de mí desde hace más tiempo del que puedo recordar.

7. Me encanta conducir, una carretera sin hora de llegada, buena música y buena compañía.

8. Mi forma favorita son las espirales, representan mucho más de lo que sé explicar.

9. Me gusta mi hijo, ¿lo he dicho ya? Me gusta todo en él, su risa, sus filosofadas, su forma de trepar a las rocas..todo él.

10. En el diez, me gusta el sexo, el buen sexo y sentir el deseo en el otro.

Me gustan los árboles y las caricias y Klimt, Chagall, Picasso o Soroya, que me toquen el pelo y el queso, los helados y el vino y bañarme y las miradas…y llegué hasta el 22.

23. Me gustan los trenes y las estaciones y los aeropuertos y toda la vida extraña y caótica que cabe en ellos.

Mi madre y yo usábamos un código sólo nuestro: cuando queríamos recordarle a la otra el valor de las cosas pequeñas y casi invisibles de la vida, nos decíamos «mira el brilo del sol en las hojas de los árboles». Les llevamos a ella y a mi padre a parques hasta que murieron, y lo veo cada día desde mi terraza, como me ocurre ahora mismo y hace mi número 24.

El 25 es fácil porque es el número que más me gusta.

Me gusta mi trabajo, creo en él y en la posibilidad de aliviar sufrimiento y con esa posibilidad llego al 26.

27. Me gustan los desayunos del domingo con café, calma y periódico y una mirada y caricia entre página y página.

28. Me gustan las buenas historias, sean en libros, en pelis y sobre todo los contadores de cuentos.

29. Me gusta Buenos Aires y el Mekong, Machu Pichu, y Sienna y Florencia y París y Bogotá y la luz de África y la luz de mis islas y el altiplano boliviano y sus sonidos y los verdes escoceses..y perdí el número..me gustan las maravillas del mundo y viajar.

Creo un éste haría el 40, como mis años, pero creo que de las importantes sólo me queda una por decir y es que…me gustas tú.

Pepa

Pd. Mi homenaje personal a «Hierba Mora» de Teresa Moure (recomendación ferviente), un libro donde una de sus protagonistas, una mujer increíble, hace un listado de dos páginas de cosas que le gustan. A ese libro y a otros ecos. Volviendo en mí, poco a poco.

El video corresponde a la historia de amor entre Carl Sagan y Anne Druray. Hacía tiempo que no veía algo tan bonito. Más información sobre la historia aquí.

Cuando las víctimas logran hablar (2)

Una de las cosas que a veces me resulta casi imposible de explicar es hasta qué punto se cruza mi vida personal con mi trabajo. Y no hablo de las horas que le dedique, o de los viajes o cosas de ese tipo. Hablo del dolor que veo a diario.

Este fin de semana ha sido para mí una prueba más de ello. El viernes dejé escrito un post en nuestro blog de Espirales CI para que se publicara hoy. Lo escribí a raiz de una noticia que se publicó la semana pasada que narraba cómo unos hijos a raiz de la muerte de su madre publicaron una necrológica en un periódico en la que contaron públicamente el maltrato que ella les infringió, todo el sufrimiento que llevó a su vida, además de reinvidicar la necesidad de que los niños y niñas víctimas de maltrato hablen. Podéis leer el post entero aquí y os copio una parte de lo que escribí. Dice así:

«Una de las mayores dificultades del trabajo en sensibilización y prevención del maltrato infantil son las limitaciones, cuando no la imposibilidad de las víctimas de narrar su historia, de contarla en voz alta y clara, no solo a sus familias, sino a toda la sociedad. Además de la dificultad para lograr que sean escuchadas y creídas con la misma fiabilidad con que se escucha y cree a las víctimas adultas.

Sin entrar en los problemas derivados de la fiabilidad del testimonio, de los que ya nos hemos hecho eco en Espirales CI varias veces, hoy queremos reflexionar sobre una noticia tan estremecedora como real. Los hijos de una mujer fallecida publican en un periódico una necrológica sobre su madre en la que cuentan todo el maltrato que les infringió durante su vida, expresan la paz que supone para ellos su muerte porque les garantiza el fin de su pesadilla y demandan la necesidad de que las víctimas por fin alcen la voz y no callen más. El periódico, como se puede ver en la noticia, retiró el escrito del periódico y declaró que haría una investigación sobre su publicación…

..Esta es una noticia que produce escalofríos. Por el dolor y el sufrimiento que esconde, por el modo y el momento que han elegido los hijos de hablar, por sus palabras contundentes… por muchas cosas. Pero creemos que hay varios aspectos sobre los que deberíamos parar a pensar un momento:

1. La memoria y la justicia son dos elementos imprescindibles en un proceso de reconstrucción de la vida y el alma después de haber sufrido cualquier forma de maltrato. Los niños y niñas víctimas de maltrato necesitan ambas cosas. Poder hablar y narrar lo sucedido, que no se olvide, que no se niegue. Y justicia, no sólo en el ámbito legal, sino en el social y familiar. Que sus familias reconozcan el maltrato y les visibilicen a ellos como víctimas. No porque sean solo eso, que son mucho más que eso, sino por honrar su dolor y sufrimiento. Nombrar el maltrato no implica reducir a los niños y niñas a víctimas sino honrar su dolor y la valentía que han demostrado al afrontarlo. Esa justicia social y familiar que viene del reconocimiento de la agresión, del daño infringido por el agresor o agresora y del dolor vivido por las víctimas no lo puede dar la ley sino la sociedad, y en concreto la familia y la comunidad donde viven tanto víctimas como agresores.

2. Toda víctima siente rabia, además de miedo, dolor, impotencia y culpa, y es una rabia legítima. Esa rabia esconde un sufrimiento enorme, y la rabia les permite sacarlo fuera. Pero la rabia está socialmente censurada. Se considera a menudo “fuera de lugar” o “inadecuada”. A estos hijos que escriben esa necrológica sobre su madre, se les censura socialmente por expresar en voz alta vivencias que para cualquier persona serían dolorosas y destructivas. Se les censura por lo que dicen, pero también por la forma y el momento que eligen para hacerlo, que sin duda están elegidos también desde la rabia. Y es importante legitimar esa rabia. Los relatos de las víctimas van a estar plagados de rabia y dolor y la única forma que tienen de sanar su tristeza, no es olvidar ese dolor y esa rabia, sino sacarlos, vivirlos y sentirse reconocidos más allá de ese dolor. Solo en ese reconocimiento, solo cuando su entorno comprenda que nunca podrán ni querrán olvidar, solo entonces podrán llegar a la aceptación y paz interior. Y desde esa paz reconstruirán sus vidas…

..Vaya esta entrada como homenaje de quienes trabajamos en Espirales CI, no sólo a personas que alzan la voz y cuentan su historia como lo hacen los protagonistas de esta noticia, sino a todas las personas que han creado esos foros o asociaciones de adultos que fueron víctimas de maltrato en su infancia. Todo nuestro conmovido y agradecido homenaje a su valentía.»

Lo que no podía imaginar siquiera era que apenas unas horas después de escribir este post me iba a encontrar en la fiesta de alguien que quiero con locura con gran parte de las personas que me maltrataron en el colegio. Un grupo de personas, hombres y mujeres, que ya son padres y madres de niños y niñas que estuvieron jugando con mi hijo y mis sobrinos. Esas mismas personas que me cantaban canciones cada día en el autobus que iba al colegio, me insultaban, se reían de mí por mi gordura, especialmente en las clases de gimnasia, me pegaban chicles en el pelo o me dejaban notas y dibujos en mi pupitre, entre otras cosas.

Estas son experiencias que no se olvidan, y que te convierten en la persona que eres. Y cuando los vuelves a ver, como los vi hace un tiempo en la fiesta de los veinte años del cole o este fin de semana, te parece algo muy lejano y te das cuenta de que no has vuelto a pensar en ello hace siglos. Pero al mismo tiempo, cuando les ves, eres incapaz de mirarlos y no recordar aquello.

Porque una vez más constaté algo muy importante. Y es que no ha habido en ningún momento un reconocimiento de aquel daño, una toma de consciencia del dolor que causó. No sólo a mí, sino a muchas otras personas en aquel colegio, valga como muestra este post de un compañero mío de curso que escribió hace un tiempo. Y ese reconocimiento del daño es una parte imprescindible del proceso de sanación tanto de quienes agredieron como de quienes fuimos agredidos.

Recuerdo hace unos tres o cuatro años que fui a mi mismo cole a dar una formación a los profesores y una charla a los chavales de bachillerato sobre prevención de maltrato entre iguales. Porque las cosas en estos veinte años han cambiado y mucho, no sólo en el colegio donde yo estudié sino a nivel educativo y social. Sobre todo en la toma de consciencia sobre el significado y la gravedad de hechos como los que describo que, entonces y ahora, son mucho más habituales en los colegios de lo que mucha gente quiere reconocer. Una gran parte del trabajo que yo hago ahora es en el ambito educativo, y hay pocos ámbitos donde se haya sensibilizado más a los profesionales sobre el tema del maltrato infantil.

En aquella charla a chicos y chicas de dieciséis años después de darles unos datos generales sobre el tema y hacer un ejercicio para que detectaran la violencia que se infringían los unos a los otros y que consideraban «normal», les conté mi experiencia en su mismo colegio, en aquellos pasillos donde estábamos hablando y en los que yo había crecido. Les hablé de las vejaciones pero también de mis amigos, los que me habían sostenido, los que habían permitido que yo no me destruyera por aquellas experiencias, ellos y mi familia. Amigos que, por cierto, también estaban el sábado en la misma fiesta, parte de ellos al menos, porque siguen siendo una de las presencias más gozosas y significativas de mi vida. Les hablé también de los profesores que me apoyaron y de los que volvieron la vista hacia otro lado. Les conté en definitiva mi vivencia.

Entonces me preguntaron directamente si había vuelto a ver a aquellos chicos y chicas que me agredieron. Les dije que sí, que se habían casado, que tenían hijos…y les conté que, de hecho, con un par de ellos me había hecho amiga. Me miraron horrorizados: «¡Cómo eres capaz de ser amiga de aquellas personas!». Y yo les dije la verdad: porque me habían pedido perdón, habían reconocido el daño que me habían hecho, y eso había limpiado la relación y había permitido que nos acercáramos de nuevo.

Para mí son los dos extremos de una misma realidad, las personas con las que quiero y puedo construir una amistad profunda o las personas con las que no quiero pasar más allá de un hola y adiós. Y la diferencia la marca el reconocimiento del daño y la actitud con la que como adultos afrontamos nuestras vidas, lo que hicimos, o lo que no hicimos, hayamos sido víctimas, agresores o testigos del maltrato.

Porque, además, eso y no otra cosa es lo que trasmitiremos a nuestros hijos: la capacidad de saber pedir ayuda, de defenderse y de apoyar a los que sufren o la de hacer daño y destruir a los demás. Y esa enseñanza no tiene que ver con lo que decimos, sino con lo que vivimos, con lo que hacemos en cada una de las pequeñas actuaciones que tenemos en nuestro día a día, a veces en una fiesta ante una escultura construida en unos árboles por unos niños, a veces en un colegio, a veces en nuestro propio hogar.

Así que escribo este post en mi blog personal para completar el de Espirales CI, para explicar parte de ese cruce de mi vida y mi trabajo, y sobre todo para agradecer a los que entonces y ahora me apoyaron y me sostuvieron. Personas que estaban el sábado y me abrazaban y me sonreían y que mi hijo considera como parte de su familia. Y otas personas que no estaban pero que me abrazaban de niñas en el autobús mientras escuchábamos aquellas cancioncitas cada mañana. Gracias también a los profesores que no volvieron la vista para otro lado, a los que quisieron formarse para mejorar su posibilidad de aliviar el sufrimiento de los chicos y chicas que tienen a su cargo, y al profe que me invitó a dar esas charlas de prevención de maltrato a los chavales. A todos ellos gracias de corazón.

Sin duda gracias a ellos, a todos ellos, soy en parte quien soy.

Pepa

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Silencios

Hoy me nace recuperar un párrafo del último cuento, el «Lenguaje de los árboles», decía así:

«El abuelo decía que cuando estás en paz, ya no necesitas las palabras. Por eso el cielo es tan silencioso. Pero mientras tanto, hasta que llegas ahí, las palabras guardan el amor y el miedo, el dolor y la esperanza…guardan todo lo valioso que hay en las personas. Y las personas necesitan decirlas, y sobre todo escucharlas.»

Nunca imaginé vivir un verano como éste, y eso que mi capacidad de sorpresa tiene unos límites insospechados 😉 pero nunca esperé recibir tanto en tan poco tiempo, como tampoco que la vida me enseñara tanto y tan profundo. Porque los aprendizajes de la vivencia están cambiando hasta mi mirada.

Y hay algo que aparece rotundo en mi verano y son los silencios. Voy dando un nuevo valor a los silencios, y quisiera ponerlo en palabras esta mañana. Permitirme la paradoja de poner palabras a algunos silencios 😉

Ahi van:

Los silencios de la espera. Los de quien espera, los de quien se hace esperar.

Los silencios que moldean tu cuerpo sin siquiera rozarte.

Los silencios que se imponen cuando no puedes mirar a los ojos a alguien que amas sin desearle o sin que te duela, o ambos al mismo tiempo.

Los silencios que llegan cuando no puedes responder…cuando no quieres responder…cuando no sabes qué decir…o cuando ya está dicho todo..tanto que ni los puntos suspensivos funcionan ya.

Los silencios cuando navegas en los ojos de quien amas y te sientes correspondida. Y en paz.

Los silencios de la ternura.

Los silencios de las lágrimas. De las que se lloran, las que se gritan y las que se tragan.

Los silencios que envuelven después de hacer el amor, incluso durante.

Los silencios que te arrullan al dormir en brazos de quien amas, o cobijando el rostro amado.

Los silencios densos después de un puñetazo en el estómago. Los que llegan cuando sabes que de ese dolor no cabe el regreso.

Los silencios del olor amado que no se desprende de tu piel.

Los silencios de quien tiende la mano y acaricia, aún desde muy lejos, con cada foto, sin palabras.

Los silencios cuando ves llegar a alguien amado a lo lejos, caminando hacia ti. Y cuando le ves alejarse sin mirar hacia atrás.

Lo confieso. Mi mantra de este verano está siendo «esperar y recibir». Lo demás lo dejo a mis silencios.

Y acabo con otra de mis canciones, para llenar el silencio de música:

Pepa

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Esperar

Esperar el amanecer. Anhelarlo, buscarlo, recrearlo. Hacer que vuelva a nacer una y otra vez en ti…
Esperar esas letras que son un paso más hacia uno de tus mañanas…
Esperar a tu cuerpo, sintiéndolo vibrar hasta ese momento exacto en que el cielo entra dentro de ti. Ni minutos antes ni un segundo después. Ahí…
Esperar el punto de frescor para un vino, el de calor para un queso que se derrite sobre tu plato..
Esperar el roce inesperado, o ese otro que de tan deseado casi duele…
Esperar la lágrima o la muralla que cae…tocar el alma…
Esperar el silencio que llega cuando sólo queda ya mirarse.

Pepa

La metáfora de Sicilia

De nuevo en nuestro hogar. Y la luna llena me mira directa mientras escribo.

Acabamos de volver de pasar unos días en Sicilia, una de mis cuentas pendientes personales, que he podido hacer realidad como parte del regalo de mi gente querida por los cuarenta. Me regalaron un viaje, y elegí Sicilia.

Me ha resultado un lugar tan paradójico como espectacular. He estado en lugares que sencillamente te hacen enmudecer con su belleza. No sólo calas, sino iglesias, pueblos…algo muy especial. He conocido muchos lugares en el mundo, pero en este viaje he estado en dos o tres de esos que entran a formar parte de mi acerbo más íntimo de geografías. Y eso que no he conocido más que una parte de la isla, la más cercana a Palermo.

Si podéis ir, no os perdáis la scala dei turchi, la escalera de los turcos, una playa de roca blanca en forma de escalera que esconde un paraje único. Cefalu, el pueblo donde se rodó «Cinema Paradiso», una de mis pelis, de esas que eligiría si sólo pudiera quedarme con unas poquitas. Un pueblo alucinante al borde del mar. Su iglesia conmovedora y la playa de roca, no la grande sino la escondida, inolvidable. Y la iglesia bizantina de Monreale. Sólo verla merece la visita. Y el caos de Palermo, y Ericce, un pueblo detenido en la cima de una montaña…

Pero he dicho paradójico con conocimiento de causa. Porque me he vuelto con la certeza de no haber entrado en el alma de la isla. Es demasiado grande, no llegas en ningún momento a tener la sensación de isla allí y para mí, teniendo en el alma mis amadas baleares, me faltaba su luz y su paz. Por no hablar de ese caos, ese aire decadente, distancias largas con carreteras malas, unas infraestructuras bastante pobres y basura suelta por los rincones. Pero sobre todo porque es uno de esos lugares que a mí me ha trasmitido la sensación de que oculta mucho más de lo que muestra.

Así que Sicilia esta noche para mí es una metáfora sobre lo que la vida me ofrece y cómo he de acercarme a ella. Con cuidado, con mimo, con ese silencio conmovido que me permita ver la belleza. Y con esa certeza de siempre quedarme en uno de sus velos, como con las personas. De tocar su alma sólo en algunos momentos de infinito, que cuando llegan, quiero vivir sin intentar retener, con plenitud, porque sólo así los atesoras.

Así que os dejo dos momentos de ese «infinito» para mí. El primero, la foto de un atardecer sobre el mar con el que Sicilia se despidió de nosotros ayer. Refleja para mí lo que está siendo este verano.

Vimos esconderse el sol en el mar, un espectáculo increíble y cuando nos giramos para irnos…ahí estaba, la luna sobre la montaña. Preciosa, radiante, casi llena. El sol y la luna. Siempre la belleza. El aprendizaje es saber mirarla.

Y el otro lo recupero al llegar a casa en forma de canción. Una canción que a mí me pone los pelos de punta. Siempre fue así. Y la recuperé hace poco en una sesión de biodanza de mano de dos mujeres maravillosas. Así que os la dejo. Mi consejo…deteneos…y escuchar.

Pepa

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Aprender a soñar

Hoy un mago que está recuperando sus dotes de soñador me ha enviado este video, que comparto tal cual. Por muchas cosas, pero sobre todo porque habla de dos cosas que son nucleares para mí y que he aprendido a leer en la vida: la magia y los saltos al vacío.

Soñar, soñar, soñar…ser valiente…confiar…

Miradlo, lo merece.
Pepa

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Decir adiós

Nunca he sido buena en las despedidas. En ellas topo de lleno con la Pepa niña que sigue soñando con un mundo ideal en el que no haya que elegir. Esa parte niña que todos llevamos dentro. Porque al final una despedida es una opción. Cuando te vas, es porque eliges estar en otra parte. Cuando te quedas, es porque decides no irte a otro lugar o con otra persona. El porqué es infinito, hay tantas posibilidades como vidas, y no me caben aquí. Pero al final se trata de elegir.

Así que cuando llega ese momento, cuando tengo que mirar a los ojos a alguien que amo y decir adiós, mis tripas empiezan a retorcerse y la Pepa niña empieza a imaginar todo tipo de estrategias, modos y maneras de convertir lo imposible en real, de seguir manteniendo el vínculo, de no decir adiós. Y la Pepa adulta tiene que acarciarse el estómago con compasión y decirse una y otra vez la frase de mi tía «esto también pasará». Y esperar.

Esperar. Un verbo que esconde dentro de sí todo un universo. Mi talón de aquiles. Lo que más me cuesta. Esperar. Soy una persona rápida, comunicativa y de acción, así que se me da bien «hacer», «decir» y «sentir», pero ¿»no hacer» y «no decir»? Uf, ésa ya es otra historia. Me costó mucho trabajo personal llegar a entender que no hacer y no decir es también una forma de hacer y decir, aunque suene a trabalenguas. Ahora lo sé. Pero me sigue costando.

Soy aún más consciente de mis dificultades para decir adiós desde que soy madre. Nuestros hijos muchas veces reflejan lo que nosotros somos, nos hacen de espejo implacable en el que hay que aprender a mirarse con compasión pero sin excusas. Y mi hijo tiene también un problema con las despedidas. En las bienvenidas es fantástico, abraza, besa, es tierno..pero cuando llega la hora de despedirse a veces se enfada, o hace como que no está pasando. Se quiere ir de los sitios sin despedirse y sin dar un abrazo, sobre todo cuando se trata de gente a la que ama y con la que lo estaba gozando, cuando de verdad no quiere irse del lugar.

Y yo siempre le digo que las despedidas son importantes, que no hay que obviarlas aunque duelan, que el amor que entregas y recibes en ese momento te alimenta, a veces durante más tiempo del que podemos imaginar, a veces una vida entera. Pero le veo retorcerse en sus tripas, igual que yo me retuerzo en las mías. A veces me he enfadado con él por las situaciones que genera, o porque se enfade conmigo cuando nos vamos. Pero casi siempre veo su dolor. Y entonces le acojo, le consuelo, porque él siempre llora o lo expresa, pero cuando ya nos hemos ido, cuando ya vamos en el coche o estamos a solas. Como aquél que grita en una moto cuando ya nadie puede oírle. Pues mi hijo lo hace conmigo, cuando ya nadie más puede escucharle. Y yo le abrazo, y me digo para mis adentros lo que duele decir adiós.

Y los peores adioses son los unidireccionales. Aquellos que no eliges, sino que te vienen impuestos. La vida lo hace cuando muere alguien que amamos. No pregunta, no cuestiona, sólo se impone en su finitud, en su apabullante y estremecedora realidad. Y ahí más que nunca la diferencia entre haber podido despedirse o no marca un abismo. O cuando alguien que amamos nos abandona. Decide por ti. Y ahí no te queda otra que aceptar y seguir viviendo. Porque sus opciones implican renuncias que te afectan, pero que no has elegido. Pero conforme voy viviendo, cada vez intuyo más que de esas hay pocas. Que para cuando alguien se va, hubo varios adioses previos en los que sí hubo opción, que las historias se comienzan a romper mucho antes de que alguien diga adiós, y en ese proceso las dos personas optaron.

Porque al final, como hablaba con una amiga anoche en una maravillosa terraza del centro de madrid, decir adiós también implica valentía. Y cada vez tengo más la sensación de que en nuestro mundo casi siempre el miedo vence al amor. Salvo cuando ese amor es de verdad. Entonces las personas saltan precipicios, auténticos abismos que les aterran. Lo hacen porque saben que una parte de su alma va en ello. Como lo hace un padre o una madre por su hijo, lo hacemos por nuestras parejas o por nosotros mismos.

Hay una escena que yo siempre recuerdo de la peli de «Sentido y sensibilidad» cuando ambas hermanas hablan después de averiguar la historia sobre por qué el novio de la primera le ha abandonado para casarse con otra. La hermana «sensata» le dice «Pero al menos puedes estar segura de que te amaba» y ella se gira y le contesta tranquila «pero no lo suficiente».

Así que como dice una amiga mía, se trata de «desear con intensidad». De amar lo suficiente. De saltar al vacío, sea cual sea, el vacío puede ser quedarse en la propia vida reelegida desde el amor o puede ser apostar por el amor que te abre nuevos horizontes y te hace sentir viva. Sea cual sea el vértigo, la vida nos la jugamos en cada salto. Porque si no saltas, el momento pasa y uno se queda asustado y aterido al borde del precipicio, sin saber si la vida del otro lado hubiera sido mejor.

Porque se elige siempre. Sea desde el amor, o desde el miedo. Y cuando eliges, toca decir adiós.

Pepa

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Amar y ser amada

Reconocerse en los ojos de otra persona, en ese abismo que cabe detrás de la mirada de cada uno de nosotros, es uno de nuestros anhelos básicos de eternidad.

Esa vivencia de comunión, donde los límites de tu piel acaban en la piel de otra persona, en su temblor, incluso en sus lágrimas.

Esa certeza de pertenecer a alguien o a algo, no como una posesión sino como algo que no soy yo, ni eres tú, es un «nosotros» que es diferente y es mejor. Un amigo mío dice siempre «no soy yo el fuerte ni tú el fuerte, es el amor que nos une el que nos hace fuertes».

Pero también esa sensación de cobijo, la misma que casi todos tuvimos en el abrazo de nuestros padres o nuestros abuelos o quien fuera que nos amó y nos cuidó de niños. Ese momento mágico que llega al descansar tu cabeza en el regazo de otro y escuchas su corazón. El tiempo se detiene y te sientes contenida, protegida, amparada. Es una parte del amor de la que pocos hablan pero que nos lleva a permanecer mucho más allá de lo racional.

Y despertarse enredada al cuerpo de otra persona, ese olor que cobijó tus sueños y que sigue ahí al despertar. Sentir que no se esfumó, que vino para quedarse.

El mismo olor, la misma presencia que te cuida en cada pequeño detalle, en esas rutinas de amor que llegan a formar parte del aire que respiras. La caricia, el café de la mañana, la mano al pasear…pero también la compra hecha a medias, esa toalla puesta como sabe que te gusta que la pongas, o ese «descansa, que hoy me hago cargo yo». Ser tu compañero de vida.

Y luego el tiempo que pasa, y que va dando profundidad al hilo del amor, hasta hacerlo radical o hasta romperlo si no tiene espacio en el alma del otro y acaba pesándole.

Y el proyecto de vida compartido, con hijos o sin ellos. La consciencia en esa opción renovada. «Hay que querer querer» dice una de los ángeles de mi vida. Eso es fidelidad, y da otra dimensión a la entrega.

A veces pasa. A veces se llega a 65 años de amor compartido. Es un don, un regalo de la vida y una opción personal renovada día a día a lo largo de 10, 40, 50 o 65 años. El don y la opción han de ir de la mano. La vida te pone delante a la persona, incluso a veces a varias. Elegir amarla es siempre nuestra opción.

Pepa

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