Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

«Hay que seguir contando»

Es tarde. Pero acabo de volver de ver 43.2, una obra de las que merece ser vista, de las que te conmueven y te impregnan. La hemos visto en ese prodigio que es la Sala Mirador, allí escondida en el corazón del barrio madrileño de  Lavapies, liderada por Cristina Rotta y Juan Diego Botto entre otros. Un lugar y una gente que lucha por conservar lo que muchos tontamente desprecian. Un trabajo por el que cuando te cruzas con él sólo te sale decirle un tímido: «Gracias por mantener esto abierto. Por eso y por todo lo demás«.

Porque la vida tiene estas sorpresas, y resulta que hoy tocaba encuentro de los actores con el público y además estaba allí Botto, entre el público. Y esa tertulia con los actores ha sido un regalo inesperado. Hemos hablado del silencio y la memoria, y es por eso que me sale escribir.

43.2 son las coordenadas de Guernica. Y la obra aborda el tema de la reconciliación en Euskadi tras el conflicto de eta, a través de la historia de una familia dividida, inmersa en un dolor lleno de silencios en el que muchas de las visiones de este problema tan doloroso como complejo tienen cabida. Y ésa justamente me ha parecido la medida exacta de su valía: que refleja lo macro en lo micro, los dilemas sociales y políticos en la realidad afectiva de una familia que se ama y que quiere amarse desesperadamente, pero que también guarda dentro de sí el horror vivido.

Y la obra acaba con la familia sentada a cenar en un silencio tenso pero posible después de mucho tiempo, el de una familia que cena junta, y que como comentaba uno de los actores quizá al final de la cena, en el postre, al cabo de tiempo y de mucho dolor puedan hablar además de cenar.

Pero yo me he quedado impregnada de ese silencio. Y de una frase de la madre viuda al principio de la obra, cuando cuenta que ella se cansa a veces de contar una y otra vez su historia, pero dice «hay que seguir contando».

Y yo pensaba en los silencios del dolor y del terror. Ese silencio que invade, desconecta a la gente, la incapacita para la palabra, para el cuidado y la cercanía. Ese dolor que he vivido tantas veces en mi vida personal y laboral. Lo he visto en las víctimas con las que trabajo, en los niños y niñas de miradas vacías víctimas del abuso, el maltrato, el abandono o la brutalidad. Lo veo en mi trabajo diario, lo he visto en muchos países y en más rostros de los que puedo expresar. Y también lo he visto en alguna de mi gente más amada.

Mis padres eran mayores cuando me tuvieron. Los dos vivieron la guerra. Cuando en el colegio nos decían «porque vuestros abuelos…» yo pensaba: «mis abuelos no, mis padres«. Mi madre era una niña cuyo padre, mi abuelo materno, hizo cosas en la guerra que conllevaron un dolor indescriptible a mucha gente y a su familia también. Un dolor que mi madre guardó en silencio, entre otros dolores. Tanto mis abuelos como mi madre eran vascos, y esa herencia forma parte profunda también de mí, además de mi vínculo presente con aquella tierra. A mi padre por su lado le acompañó hasta sus últimos días, entre otros, uno de sus amigos de la infancia fusilado. Podría contar infinidad de cosas. Sé mucho de los silencios, de los míos propios también, pero ahora mismo pienso en los silencios y los dolores de los que he sido testigo.

Yo siempre opté por la palabra. Mi palabra, limitada, falible seguro, pero mía. Siempre quise hablar de lo que veía, de lo que ocurría, de la parte que comprendía y de la que no llegaba a captar. Del mismo modo, en mi trabajo, me esfuerzo para que la gente, sean niños o adultos con alma de niños heridos, ponga palabras a su dolor. Porque sé de sobra que es el único modo de sanarlo: nombrarlo.

Pero hoy, al ver el silencio de la cena al final de la obra, pensaba que la palabra necesita un tiempo. Un tiempo para curar el dolor, para que no sangre tanto, para que no duela tanto. Quizá, sólo quizá, hay personas a quienes no podemos pedirles las palabras. Personas como la madre de la obra, que habla de cómo se quedó vacía, como colgada del aire casi cuatro años hasta que encontró su voz y habla de otras mujeres y otros hombres que no pudieron con el dolor y se suicidaron. A lo mejor resulta que son los hijos y los nietos los que podemos nombrar cosas que para quienes las vivieron directamente fueron tan horribles que ni siquiera encontraron palabras para expresarlas. A lo mejor son los actores, escritores, directores.. los que pueden escribir y reflejar el dolor de otros. A lo mejor necesitamos que no sea el nuestro, o no demasiado, para poder hacerlo.

Por eso creo en algo que María, la autora de la obra, ha dicho en la tertulia. Creo que es verdad que el estado, no sólo el nuestro, cualquier estado, tiene la responsabilidad de mantener la memoria del horror que sus ciudadanos han vivido, sea cual sea. Una memoria plural, legítima que refleje todos los rostros posibles. Y trasmitirlo en la educación a las siguientes generaciones, de una forma veraz, legítima, para que nadie pueda decir que no sabía, para que no se repita. Alguien, en realidad todos nosotros, debemos conservar esos relatos para que no mueran con los que no pudieron contarlos, para honrar sus silencios con nuestras palabras.

Y creo que el arte, como ha dicho Botto, tiene la responsabilidad de hablar de la vida y de esos dolores. Para nombrarlos por los que no pueden nombrarlos, no sólo porque estén muertos, que también, sino porque se quedaron sin voz, o aún no han sido capaces de recuperarla.

Cuando trabajo con niños y niñas abusados, pienso siempre que si no hemos sido capaces de evitar que abusaran de ellos, al menos les debemos la mejor de las atenciones posibles. Somos responsables de guardar también su memoria y su voz. Como dijeron tantos y tantos antes de mí: memoria y justicia.

Pepa

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A menudo

A menudo pienso en cómo las presencias y las ausencias están formadas de un mismo hilo: el amor. Aquí y allá, ese allá que está tan cerquita que casi puedo sentirlo como un susurro tras de mi. Aquí y allá al final están tejidos de lo mismo: del amor que has dado y has recibido.

Hablo a menudo de la consciencia, y la siento como un privilegio, un deber y un regalo. La consciencia de aquellas pequeñas cosas en las que se narra la vida. Veo la sonrisa de mi hijo, que últimamente es diferente, más luminosa, más plena. Quizá sólo para quienes le han visto triste, no lo sé, desde luego lo es para mi. Veo las caras, la suya y la de sus amiguitos en la cola del cole, y sé con todo mi ser que nos estamos equivocando en más cosas de las que somos siquiera capaces de atisbar en esto que llamamos «educación».

A menudo miro en silencio, y veo esas miradas que se evitan, las palabras que no hemos dicho, y la luz que se cuela…en cada amanecer. Escucho el ruido vacío y los silencios llenos, y siento que si no estás muy atenta… la vida pasa en un despiste cualquiera.

Siento que morir es un camino, no es un instante. Un tránsito en el que cada vez estamos menos aquí y más allá, hasta el último aliento. Y sé, lo supe muy pronto, que acompañar ese camino es un regalo lleno de consciencia, más que nunca, y de amor, un poco más si cabe. Dejar ir a quienes amas, y saber que existirán mientras tú existas. Ya lo dicen muchos, dos generaciones hacia arriba, dos generaciones hacia abajo. La vida no es sólo lo que vivimos nosotros, también es la memoria que dejamos tras nuestro paso. Estoy convencida de que la vida es lo que sabemos construir con aquello que nos dieron.

En los últimos tiempos, me siento a menudo conectada con ese ir y venir de la vida. Muchas despedidas, quizá. Pero me siento honrada por todo lo que me entregaron quienes murieron, quienes miran de frente la muerte en estos meses y quienes simplemente se fueron o aquellos de quienes me he ido yendo yo. Son muchos regalos que no cambiaría ni por todo el oro del mundo.

Lo aprendí hace un largo tiempo y hoy me reafirmo en ello: el amor es lo único que sobrevive a la muerte. Y a la distancia. Y al olvido. Es lo que nadie puede robarte.

Pepa

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La palabra y la caricia

Termina el 2014 y lo hace con una sensación ambivalente para mí. Confío en la vida de una forma cada vez más experiencial, menos pensada y más vivida. Sé que las cosas tienen un sentido y desde esa convicción, para mí cada año y cada retazo de vida tiene un valor inigualable. Pero tengo que reconocer que este año ha sido uno de los más duros que recuerdo en mi vida a nivel personal. En lo profesional ha sido un regalo, un gozo, pero en lo personal ha sido una travesía dificil de describir.

Sé que cuando mire hacia atrás dentro de unos años, sentada mirando al mar, sabré que este año ha sido el motor, el comienzo y el origen de infinitas cosas. Cosas buenas. Pero también sé que cuando pienso en el precio, mi cuerpo aún tiembla. Pero ése es el trato. Ni modo. No hay otra.

Y en estas últimas semanas, la vida va abriendo horizontes ante mí que me/nos llenan de luz. Justamente antes de acabar el año. Y nos brindan la oportunidad de comenzarlo rodeados de amor, una vez más. Así que callo y pienso: bienvenido seas, 2015…

Y en ese viaje de las últimas semanas he tomado consciencia de algo que quiero compartir aquí, algo que le expliqué a mi hijo el otro día. Y es sobre la manera que he encontrado toda mi vida para sobrevivir al dolor, al temblor, a años como éste, que ya los hubo, y no me engaño, muy probablemente los volverá a haber. El otro día le hablaba y le decía que cuando el miedo me bloquea, cuando me paraliza, cuando he hecho cosas que ni yo misma entendí o al contrario, no supe hacerlas, cuando el alma se me encogía tanto que veía gigantes y monstruos tras los rincones, para mí hubo dos herramientas poderosas, dos regalos, dos talismanes: la palabra y la caricia.

La palabra me ha servido para elaborar, para pedir ayuda, para narrarme, para matizar, para cuestionarme…la palabra forma parte de mí desde que tengo uso de razón. Mi padre era crítico literario. Crecí en una casa donde casi no había paredes, salvo en los baños y en la cocina. El resto, pasillos, salón, habitaciones.. estaban llenos de estanterías. Mi madre era una conversadora nata, y escribía filosofía en sus cuadernos. De hecho estoy convencida de que mis padres se enamoraron por sus conversaciones interminables y fascinantes, y sufrieron en los momentos en que dejaron de creer en la palabra del otro, de poder buscarse en ella. La palabra formaba parte del aire que respiré desde mi comienzo. Y cuando pude hacerla mía, que tardé algo más de lo esperable, ya nunca la solté.

Veo el valor de la palabra en la terapia con cada paciente, en los cursos y conferencias que doy, en los mensajes y mails que recibo, en las llamadas y las conversaciones con mis amigos…cada vez que mi hijo dice que a mi me gusta conversar. Veo cómo transforma el alma de las personas, y cómo guarda en sí misma la capacidad de tender puentes o de romperlos, de hacer bien o hacer daño, de la risa y del llanto. Es limitada, pequeña y vulnerable, como todo lo humano. Pero las palabras deberían ser tesoros que enseñáramos a nuestros hijos a emplear con deleite. En nuestras casas y en los colegios los niños y las niñas deberían poder hablar largo con los mayores y entre ellos. Y para eso los mayores deberíamos estar dispuestos a emplear tiempo en conversar con ellos.

Pero luego está la caricia. El contacto físico. Los abrazos. Dicen que soy buena dando abrazos 😉 y creo que es verdad. Hay algo de mi ser que sólo encuentro en el contacto físico con otras personas. En la crianza de mi hijo no me canso de acariciarle, besarle y abrazarle. A todos los padres les insisto en que sean «pesados», que achuchen y besen y acunen y toquen. Pero he comprendido que una parte de nosotros, una parte inmensa, de mí la primera, anida en nuestro cuerpo. Y esa parte sólo se llega a conocer con el contacto físico. La memoria corporal de la que hablamos ahora tanto los psicólogos y los neurólogos, allí donde anida todo aquello que vivimos y ni siquiera llegamos a hacer consciente, lo que vivimos antes de tener la palabra, esos primeros meses y años que ahora sabemos que configuran nuestro entramado y nuestra raiz.

En lo que a mí respecta, el contacto físio es uno de los elementos clave de la intimidad en mi vida, sea familiar (aún recuerdo los abrazos de mi madre, cierro los ojos y puedo sentirlos ahora mismo), sea en la amistad, o sea en las parejas. Siempre me ha gustado caminar cogidos de la mano, los detalles tontos, una caricia en el pelo, por no hablar del sexo..no imagino la intimidad sin contacto físico. Cuando ha llegado el dolor o la angustia a mi vida, lo único que ha podido ayudarme a soportarla ha sido el contacto físico de mi gente amada. Recuerdo el entierro de mi madre donde no solté la mano de mi hermano, o el de mi padre, o las visitas que recibí cuando estaba en un hospital, o los abrazos de algunas personas que hicieron kilómetros para darmelos justo cuando los necesitaba. Como yo los hago tanto cuanto  puedo. Para mí una mano, o una caricia o un abrazo simplemente me devuelven la exacta medida de mi existencia, es lo único que me consuela cuando el dolor me deja sin palabras, y me lleva al silencio.

Así que aquí va mi deseo de año nuevo para todos los y las que leéis este blog: os deseo un año lleno de caricias. Y ojalá las palabras las pongais vosotros después.

Gracias de corazón por las palabras que me habéis enviado, ¿veis? ¡palabras!. Gracias por ser parte de lo luminoso que ha habido en el 2014, que también ha sido mucho.

Pepa

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Pequeñas maravillas en medio del caos

Ayer vivimos algo único. Ayer hicimos el cierre del proceso de supervisión que he estado haciendo en cinco centros de protección, y lo hicimos con una conferencia para profesionales en la mañana, pero sobre todo con una sesión con los niños, niñas y adolescentes de los centros por la tarde. En esa sesión juntamos a unos cien niños y niñas junto con sus educadores.

Tuvimos una tertulia en la que les explicamos por qué y para qué habíamos trabajado con sus educadores durante todo el año (qué raro es para muchos entender que merecían que alguien les contara el trabajo que se había hecho con los mayores que cuidan de ellos) y luego hicimos una sesión de biodanza con los que quisieron participar.

Imposible describir el caos de la sala. La vida y las emociones que se despertaron, las que se expresaron y las que se callaron. Y en medio de ese caos sucedieron cosas maravillosas.

La primera, vinieron todos. Vinieron educadores que ni siquiera estaban de turno, educadores que no quisieron bailar ni lo habían hecho antes, otros que sí. Pero estuvieron todos, y trajeron a los chicos. Niños desde cinco o seis años hasta los dieciocho. Niños y niñas con unas historias de dolor que no alcanzamos siquiera a imaginar. Los niños y niñas abrazaban a los educadores, corrían de un lado a otro, se tiraban por el suelo. Niños y niñas que se encontraban con otros que ya no estaban en sus centros, con educadores que habían estado con ellos y ya no. Educadores que miraban sentados y silenciosos. Educadores que bailaban, reían y abrazaban a los niños y niñas. El caos. La vida cuando se palpa el dolor que puede llegar a anidar en esa vida.

Y en ese caos, pasaron infinitas cosas. Pero quiero contar tres que me pasaron a mí, tal cual me pasaron:

Hubo una niña de las pequeñas que estaba sola, me acerqué a ella y le dije: ¿Te puedo dar un abrazo? y me dijo «sí» y le abracé y estuvimos abrazadas largo tiempo, porque cuando quise soltarle, ella no me soltaba.

Hubo otro chico, uno de los mayores, que me preguntó cómo me llamaba, me contó el centro donde vivía y lo que pensaba del centro. Al final le dije también «¿Te puedo dar un abrazo?» y me dijo «Claro, ¿por qué no?» y nos abrazamos. Al acabar le dije «gracias» y cuando se estaba yendo, se volvió a acercar y me dijo «soy yo el que te debería dar las gracias a ti porque no es muy común que un mayor dé abrazos así, porque sí, sin motivo, así que gracias».

Y entonces llegó mi hijo. Porque llevé a mi hijo a que viera justamente aquel caos. Quería que entendiera por qué su madre viaja tanto, que pudiera ver el sentido de su renuncia las veces que le toca acostarse sin que yo haya llegado, y que viera también parte de una historia que es también la suya. Y mi hijo bailó, saltó, corrió, abrazó y dio besos, pero sobre todo observó, y calló y se vino a casa impresionado y conmovido.

Así que mi hijo llegó cuando hablaba con ese niño y se metió bajo mis piernas, y el chico mayor me pregunto:

-¿Es tu hijo?»

-Sí, se llama José.

-¿Y es adoptado?

-Sí.

-¿Desde cuando está contigo?

– Desde que tenía un año.

– Eso está bien- Y se agachó y le dijo: Hola, cómo te llamas?…y hablaron un rato, él agachado delante de mí y mi hijo desde debajo de mis piernas.

«Eso está bien». Sí que lo está.

Y en otro momento, hice girar dando vueltas a José tomandolo de las manos y enseguida se acercaron dos niñas muy pequeñas a que hiciera con ellas lo mismo. La primera se lanzó encantada, pero a la segunda, cuando la agarré de las manos, temblaba. Así que me agaché y le dije: «Cariño, para poder hacerlo, tienes que dejarte, tienes que confiar en mí. ¿Crees que podrás hacerlo?» Y, tras pensarlo, asintió. Así que la tomé de las manos y giró con una increíble sonrisa.

Pero no sólo fueron los niños. Fue también cada abrazo que recibí de los educadores, cada persona que me dijo «que te vaya bonito», «cuidate mucho», «gracias por todo» o «volveremos a verte, verdad?».

Y cuando ya nos ibamos mi hijo me dijo:

– Mami, no me gusta que algunos se hayan portado tan mal.

– ¿Te has parado a pensar, cariño, las heridas que tienen en el corazón para no poder parar quietos, o para gritar como lo hacen, o para pegarse entre ellos?

Y calló, silencioso y pensativo.

Y esto es sólo una migaja de lo que sucedió ayer. A mi alrededor sucedieron innumerables otras pequeñas maravillas, de las que pueden pasar desapercibidas, de las que se cuentan a veces y muchas otras no, de las que para muchos no tienen importancia y no cambian nada.

Pero para mí sí cuentan. Y desde luego me cambiaron a mí. Pequeñas maravillas.

Pepa

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Poesía y luz

La consciencia instalándose en los poros de mi piel.

Y cada día llega algo: un gesto, la luz, unas palabras, una sonrisa, una mirada… algo que me conmueve. Cada vez más.

El gozo de vivir. Y su estremecimiento.

El vértigo y la confianza.

El salto necesario.

Lo encuentro en mi trabajo, qué fortuna!

Y en la luz que me despierta cada mañana por la ventana. Y en las caricias con las que despierto a mi hijo, esa primera sonrisa..

En el abrazo que siendo tosso no quiso dejar de ser abrazo.

En una mesa bajo la lluvia, sus sabores como ofrenda de cuidado. En la memoria del vértigo de lo que pudo ser y no fue, y de lo maravilloso que ha llegado a ser. En la mirada conmovida de quien ha abrazado a mi hijo cuando temblaba.

Lo paladeo en la belleza.

De todo esto para mí habla ella. Y como me ha dejado anonadada, os la traigo aquí, como regalo de lunes. Habla más rápido que yo, que ya es decir, pero tiene subtítulos y podéis releerla. Pero mirad sus ojos, su sonrisa, sus manos abiertas. Es luminosa.

Feliz semana,
Pepa

Belleza y deseo

Me he pasado toda mi adolescencia y parte de mi adultez creyendo que los hombres no podían desearme porque estaba gorda. Escondida bajo la comida como coartada para no afrontar mi miedo. Me costó deshacer aquella creencia.

Y ahora estoy calva. Ese escenario no existía ni en mis peores pesadillas. Mi pelo era una de las partes que más me gustaba de mí. Y lo sigue siendo. Estar calva era algo que me sentía sencillamente incapaz de afrontar. Así que desear y ser deseada estando calva ni planteárselo.

Y resulta que estoy calva, y gorda, y me siento guapa. Llevo unas semanas que personas queridas, conocidas y desconocidas se acercan a mí para decirme lo guapa que estoy, a lo que unos añaden expresamente, y otros veladamente «aún estando calva».

Al principio pensé que lo hacían por compasión, pero ya es demasiada gente y mucha de ella demasiado honesta conmigo habitualmente 😉 como para saber que va en serio. Me ven guapa.

Porque llevo unas semanas en que el deseo se está apoderando de mí. He pasado los últimos meses metida hacia dentro, y el deseo sólo llega cuando te abres, cuando abres los poros de tu piel, cuando vuelves a mirar. Y yo estaba demasiado ocupada en lo que estaba pasando dentro de mí como para abrir mi ser.

Pero ya estoy de vuelta en mi ser deseante y deseado. El que siempe fue, el que sigue siendo: yo.

Y es que me miro al espejo y, entre extrañada y azorada, tengo que dar la razón a los que me dicen que estoy guapa: lo estoy. Algo muy íntimo se ha instalado dentro de mí, con pelo o sin él.

Además estas últimas semanas el deseo y la belleza está rodeándome de una forma muy directa, para hacerme despertar:

He tenido unas conversaciones increibles sobre este tema con personas a las que quiero y que me han confiado su ser en ese sentido.

He recuperado recuerdos que tenía dormidos con una fuerza que a veces me ha dejado sin respiración.

Tuve una sesión de biodanza acuática con un grupo grande de gente ante la que me quedé calva, y dancé y miré y fui mirada. Una experiencia que fue todo un reto para mí pero en la que me sentí viva y libre. Y muy acogida por quienes me miraron.

He leído un libro que ha supuesto para mí un cambio de mirada en algunos aspectos claves de este tema y que desde aquí recomiendo vivamente. Se llama «Sexualidad. Planteamientos y claves para la intervención profesional en el ámbito de la discapacidad» De Agustín Malón y el grupo de CADIS Huesca. Si no conocéis su trabajo, no os lo perdáis en este enlace.

He estado en mis amadas Mallorca y Menorca, bañando mi calva en el mar. Sintiendo en cada poro de mi piel la belleza, y mi belleza. Y explicándoles, por cierto, a los niños y niñas con quienes estaba el significado para mí de estar calva y de mostrarse calva como mujer. Dos aspectos que en este proceso no siempre han ido de la mano dentro de mí.

Y ayer en twiter gracias a Mercedes Moya (si no la conocéis mirad su blog) me llegó esta maravilla, para la que no hacen falta palabras. Vedlo, vedlo, vedlo (y nunca mejor dicho):

Y hoy la conversación del desayuno me ha llevado a escribir todo esto. Y a decir: bienvenido seas, mundo, de nuevo a mi piel 😉

Pepa

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Privilegio

En este blog no suelo hablar demasiado de mi trabajo, pero hay días como hoy que me resulta imposible no hacerlo.

Durante este año estoy realizando una formación/supervisión a cinco centros de protección de menores dependientes del Consell de Mallorca. En una inversión institucional tan rara como valiosa, me dieron la oportunidad de trabajar con cada uno de los equipos por separado una vez al mes durante un año entero. Es algo único porque te permite ver el proceso, y el cambio. No es sólo un curso, o un taller, es un proceso de transformación si el equipo se arriesga a que lo sea.

Los centros de protección son todo un universo, un mundo que parece estar fuera del mundo. Un lugar lleno de historias de dolor y de esperanza. La gente que trabaja en los centros es gente especial. Como toda generalización puede parecer poco ajustada a la realidad, pero no lo es. Trabajar en protección de menores implica un grado de compromiso, de generosidad y de entrega tan poco conocido como valorado. Son profesionales que sostienen el dolor de los niños y niñas. Y lo hacen a diario, no en una sesión de terapia, o en una consulta médica, sino al despertar, al ir al cole, al comer, al acostarse…todo el día. Cada día.

Y hablamos de un dolor que para la mayoría de nosotros resulta sencillamente inimaginable. Pero ellos lo miran, lo viven, lo contienen y lo sostienen a diario. Cuando un niño o una niña grita su dolor de formas a veces muy difíciles, ellos están ahí, le miran y le abrazan. Y cuando logran hacerlo bien, se convierten para los niños y niñas que llegan a esos centros en una oportunidad de vida, escasa y preciada.

Para hacerlo, para dar esa oportunidad, hay que estar hecho de «buena pasta». Necesitan tener agallas y un inmenso cajón de ternura dentro de si. Saber levantarse cada vez que caen, porque caen más veces de las que pueden imaginar, y hay que estar dispuesto a volver a empezar. Porque sólo así les permitirán comenzar de nuevo a esos niños.

Como en todos los colectivos, no todos los y las profesionales cumplen con este perfil, pero de eso hablaré otro día, porque la mayoría a los que he conocido y con los que he trabajado y estoy trabajando sí responden a él y eso es lo que ha hecho posible lo que ha pasado hoy.

Y es que como parte de este proceso les propuse a los equipos, y todos lo aceptaron, dedicar una de las cuatro horas de cada mes a hacer biodanza. Para quien no la conozca, ya hablé de esta técnica aquí, una técnica que conocí personalmente y ahora incorporo a menudo en mi trabajo. Mi idea era crear un espacio de autocuidado y de trabajo emocional dentro de este proceso. Y le pedí a mi amigo Antonio que lo guiara. ¡Y de qué forma tan increíble lo está haciendo!

Hoy hemos hecho una de esas sesiones en un centro de primera acogida, donde reciben en un primer momento a los niños y niñas que se ven obligados a salir de sus familias.. Situemonos, niños y niñas que han sido abusados, maltratados, que han visto cómo sus padres morían o enloquecían o se enganchaban a algo hasta olvidarse de ellos, que han pasado por una o varias familias, para los que es su primer ingreso en centro, o el cuarto, a los que a veces lleva al centro la policía, otras el juzgado, otras los servicios sociales…

Y hemos comenzado a bailar en el patio del centro, a caminar con música, a hacer ejercicios. La música sonaba, nosotros estábamos en la vivencia, mientras algunos educadores cuidaban de los niños y niñas que había en el centro en ese momento. Pero poco a poco los niños y niñas han ido saliendo de sus habitaciones. Y cuando en un momento determinado he abierto los ojos de uno de los ejercicios que estaba haciendo había más de diez chicos mirándonos bailar.

Y esos mismos chicos que chillan, gritan, insultan, no paran quietos y a veces agreden para expresar su dolor y la injusticia de sus vidas se han quedado callados y quietos mirandonos durante más de una hora. Algunos han llorado. Y también han visto llorar a varios educadores. Y les han visto abrazar y ser abrazados, acunar y ser acunados, gritar sus nombres y correr, entre otras muchas cosas.

Y aún no sé para quién ha sido más hermoso. Si para ellos o para nosotros. Sólo sé que días como el de hoy me dan la medida exacta del privilegio inmenso de mi trabajo.

Pepa

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Mi primer temblor

Éste ha sido un mes difícil para mí. Me coincidían dos viajes a Latinoamérica en un mes. En el primero a México, bati mi record de aviones en una semana: nueve. Estuve más tiempo en los aeropuertos que en las ciudades, pero me pasaron cosas hermosas. Hasta tuve la experiencia de llegar a una ciudad y ver carteles anunciándome por la calle, qué sensación! México ha llegado a mi vida de una forma importante, de la mano de una mujer especial que está moviendo con su organización muchas más cosas de las que ella pudo imaginar. Y merece la pena apoyarla en ese camino.

En el segundo, del que acabo de regresar hace apenas unas horas, a Nicaragua, he vivido mi primer terremoto. Increíble pero con todo lo que he viajado, hasta hace dos días nunca tuve la vivencia de sentir temblar la tierra bajo tus pies. También en eso he sido una privilegiada. No fue demasiado fuerte, pero sí lo suficiente para que la gente saliera corriendo y gritando del taller que estaba dando en un centro infantil de Managua. Es una sensación dificil de describir, pero que me situó una vez más en mi fragilidad. Y no deja de ser paradójico que mi última entrada en este blog se llamara «bajando a mi tierra». Pues eso, que bajé 😉

Este viaje a Nicaragua ha sido algo inhóspito, algo doloroso. Recuerdo cuando estuve allí por última vez, hace casi diez años, que percibí una sensación en el aire de un cierto fracaso colectivo, como de frustración. Y cuando llegué esta vez esa sensación no estaba, pero al principio no supe muy bien por qué. Mi trabajo hace que en los talleres y la gente que voy conociendo pueda conocer bastante bien los lugares que visito, y en este viaje conforme pasaban los días iba calando una sensación extraña. Ahora no había enfado, lo que había era parálisis. Tuve la sensación de que la gente tiene miedo, y se ha resignado. Me pasaron cosas fuertes en algunos talleres, y me encontré en varios momentos con mensajes encubiertos, con cambios inesperados…como si pasaran cosas que no se dicen pero que condicionan una forma de estar colectiva. Y duele verlo, sobre todo duele ver hasta qué punto se ha interiorizado.

Y a esa sensación colectiva le añades una sucesión de imprevistos, incluido el temblor. Ninguno irresoluble, pero que sí te suponen ir superando trabas que no serían necesarias, que te cambian los planes, horarios de talleres, lugares inhospitos para darlos quedándote casi sin voz para que te oigan las cien personas que han venido a escucharte, imprevistos que dificultan encuentros anhelados, otros que te llevan a una casa con un jardín casi tan bello como generosas sus gentes. Y entre todo eso, reencuentros con gente querida. Y una cierta desazón.

Y pensaba en que a veces el aire de los lugares se puede captar, el clima de un país, como sucede también en el nuestro. Cosas que no hace falta decir, que percibes en la forma de caminar de la gente, de contestarte cuando le preguntas, de situarse ante los imprevistos…pequeños detalles que hablan de movimientos de tierra mucho más radicales de lo esperado, de cosas tapadas, ocultas, subterraneas. El miedo inoculado, la mentira institucionalizada, y el dolor resignado.

Pero es que además, entre un viaje y otro este mes me han pasado muchas cosas. Convulsiones varias en mi entorno, un virus que nos arrasó en casa a los dos dejándome muy al límite de mis fuerzas, seguido de un oásis en mi paraíso personal, en Menorca, donde fuimos para celebrar nuestro santo. El día de San José siempre fue especial para mí. Lo celebraba mucho, era mi día compartido con mi padre, algo especial para mí. Hasta que él murió la madrugada de un día de San José de hace diez años justamente. Y yo pensé mientras regresaba a casa en un vuelo transoceánico de doce horas que no le deseo a nadie, «ya nunca podré volver a celebrarlo». Hasta que llegó mi hijo, y resultó que se llamaba José. Y yo me sonreí, y pensé: «menudo regalo, papá». Así que pasé de celebrar mi santo con mi padre a hacerlo con mi hijo. Y lo celebro siempre, porque celebro el hilo de la vida. Por eso este año le saqué del cole y lo llevé al mar, aprovechando una conferencia (increíble reunir a 300 personas en Menorca, fue una noche muy mágica!) y un curso con gente muy especial, nos quedamos a pasar unos días.

Y el día de San José nos fuimos con un amigo mío apicultor a ver sus colmenas. Nos vestimos con trajes especiales y nos acercamos a verlas. Yo apenas pude contener el miedo lo suficiente para lograr acercarme, y ver una por dentro antes de que sentir las abejas zumbando sobre el traje me hiciera alejarme. Pero José se quedó allí largo rato con mi amigo, viendo los zánganos, las obreras, la reina..como si hubiera estado allí toda la vida. Y por si eso no fuera poco, cuando salíamos de allí apareció un grupo de yeguas libres en la finca, y rodearon a José, a nosotros ni se nos acercaron, pero a él sí, y le olfatearon, le lamieron..y él se dejó hacer. Siempre he sabido que el lugar de mi hijo está en la naturaleza, pero cuando pasan cosas como ésas me pregunto muchas cosas. Y luego la mar, mi amado mediterréneo que calma hasta al alma más agitada, como estaba la mía cuando llegué. Y sobre todo el amor y el cuidado de mis amigos allí. Esa red de amor de la que siempre hablo.

Y entre medias siguen los regalos profesionales. Salió ya «Elegir la vida: historias de familias acogedoras» mi último libro, que en realidad es y no es mío, porque en él yo sólo hago de altavoz para las historias de seis familias que tienen niños y niñas en acogida. Seis relatos llenos de amor, honestidad y valentía que han creado un libro de los que hace llorar. Os lo recomiendo.

En fin, que este 2014 ha llegado a mi vida convulso. No malo, pero sí movido, más que de costumbre, y en mi caso eso es mucho decir ;-).

Veremos qué trae la tormenta, el temblor.
Pepa

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La memoria en la mirada

No tengo palabras para agradecer vuestras palabras. Los mensajes, las llamadas, los comentarios de estos días…cada vez que sucede me conmueve, me enmudece. Ese amor que me (y nos) rodea, que renueva mis certezas sobre esta forma de vivir ni mejor ni peor, tan sólo mía. Cada palabra y cada caricia me devuelven lo que soy y el camino que he recorrido. En su justa medida. Y es una medida hermosa. Qué regalo poder mirarse en ese espejo para saber que lo es porque yo lo soy. Sin más.

Poco a poco. Mi pelo sigue cayendo y naciendo a la vez. Lo nombro porque es la única forma que conozco de mirarme con coherencia, temblor y amor. Pero estos días algo ha cambiado en mí. Algo difícil de describir. Ahora veo mi pelo como expresión de mi cansancio y mi dolor. Y como tal lo cobijo. Sigue siendo duro, pero ya no hay angustia.

Poco a poco. De momento toca descansar, dormir y recuperar ese equilibrio que a veces es tan frágil y en los últimos meses perdí. Toca volver a mirar hacia dentro. Esto está siendo una dosis de humildad, de humanidad, de fragilidad. Una más, porque parece que nunca son suficientes para mi parte superviviente.

Escucho. Y callo. Tan sólo puedo deciros: gracias.

Y para eso quiero compartir este video. He llegado a él a través de esta web que si tenéis oportunidad de mirar guarda algunos tesoros increíbles. No sabía cuál me gustaba más que otro. Hasta que he llegado a éste…

Sin palabras. El amor y la memoria en una mirada. Leed la información del video, la historia lo merece.

Gracias,
Pepa

PD. Me he dado cuenta de que si no se entra en Youtube no se lee la historia del video, así que edito la entrada para resumirlo: ella es una artista, Marina Abramovic, que le hacen una exposición retrospectiva de su obra en Nueva York. Como parte de la exposición,las personas que la visitan, al final se sientan en silencio delante de ella durante un minuto. Sin que ella lo sepa, llega el que fue su pareja durante más de diez años y al que hace 23 años que no ve. Se sienta, ella abre los ojos y se miran. Lo que hicieron hace años al separarse si lo dejo a la búsqueda de quien quiera 😉

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De nuevo, mi pelo

Toca decirlo en alto. Se me esta cayendo el pelo de nuevo. Y esta vez se me esta cayendo no con calvas sino entero.

Volvió una vez, volverá de nuevo, lo sé, pero toca aprender, aprender lo que vino a enseñarme mi pelo, o mejor dicho aquello que no encontré otra forma de enseñarme a mi misma que de una forma tan visible y tan extrema como es quedarse calva. Se trata de quererme tal cual soy: calva, peluda, gorda, delgada..se escribe más fácil de lo que se logra.

La primera vez que ocurrió había una causa, una causa tan evidente que para mí fue fácil de integrar. Y aún así casi no pude hablar de ello hasta que recuperé el pelo. Y entonces lo describí así.

Pero esta vez no había una causa concreta, había muchas y ninguna al mismo tiempo. Antes de navidad, me sentía en mi lugar, me sentía bien, increiblemente bien diría yo. Y entonces empezó a caerse. Y no pelo a pelo, ni gradualmente sino a mechones. Y un mes después, ya es indisimulable (existirá esta palabra?). Y con cada mechón, la angustia. Esa angustia de «no puedo volver a pasar por esto, ¡no puedo!» y la rabia, el enfado conmigo misma, algo así como «¿a qué viene esto ahora, Pepa? no tiene sentido».

Pero semanas después he comprendido que tiene todo el sentido. Sigue doliéndome lo indecible que tenga que recurrir a formas tan extremas de hacer conscientes las cosas, pero lo he comprendido. Y la angustia se va yendo poco a poco, conforme empiezo a plantearme que mientras todo el pelo pequeñito que tengo ya crece de nuevo, tendré que encontrar maneras de disimular un poco la calva delantera. Por suerte tengo muchísimo pelo y eso lo hace más llevadero. Pero en cuanto ese pelo crezca, voy a bajar a la pelu y a cortarme el pelo cortito, como lo llevé muchos años, para darle oportunidad de crecer nuevo, y limpio. Pero para eso aún es pronto, de momento las calvas se ven, la cama sigue estando llena de pelo cada mañana y mi hijo sigue encontrando pelos por todos lados 😉

Y voy a ponerlo en palabras, a narrarlo, como dice una de mis luces en las oscuridades. Es una mezcla de muchas cosas. Algo así como: estoy cansada, no he tenido momento, margen ni tiempo para dolerme y curar el dolor del verano. Estaba tan preocupada por mi hijo y porque él estuviera bien, que ahora que le veo fuerte y feliz me he permitido sacar mi dolor. La intemperie y el frío de aquellos momentos dentro de mí mataron mi pelo. Cuando le vi bien tenía que haberme parado y haberme dado un tiempo para mí, pero el trabajo, la vida diaria de madre soltera y mi propia falta de consciencia me impidieron hacerlo. Hasta que mi cuerpo ha dicho: para.

Estoy cansada de estar sola. Me despedí de alguien a quien amaba, y sigo sola. Y duele. Y pesa. Nada que no conozca mucha gente. Pero es mi soledad, y mi miedo. Unido a un anhelo de que este año hubiera sido diferente. Y a un peque que no para de poner en palabras esa ausencia.

Estoy enfadada. Enfadada conmigo misma por no ser capaz de darme lo que doy a los demás, de cuidarme como cuido a los otros, de decirme lo que digo a otros. Enfadada por haber sido bastón para tantos y desde demasiado pronto. De haber tenido que conquistar mi debilidad, aprender a apoyarme y pedir ayuda y recibir las caricias de los demás.

Quedarse calva es sentirse fea, porque no es estarlo sino sentir que los demás te ven fea. Y dudar profundo de que alguna vez alguien te vea hermosa, de que alguien te elija.

Y después de decir todo eso, también estoy empezando a descansar, y a verbalizar otras cosas. Sobre todo desde el domingo y gracias a dos amigas que me hicieron mirarme a un espejo y reirme a mandibua batiente. Estoy orgullosa de mí misma, y del camino que he recorrido. Estoy orgullosa de que mi hijo no sólo no saliera dañado sino que esté más fuerte y más feliz, orgullosa de salir a la calle y seguir con mi trabajo público a pesar de estar quedándome calva, orgullosa de hacer malabarismos con mi tiempo, y de todo lo que doy y genero a mi alrededor en mi vida personal y en mi vida profesional. En más sentidos de los que sé explicar, tengo un privilegio de vida y es una vida que he construido yo.

Estoy cansada. Muy cansada. Pero toca quitarse una capa más. Y no cualquiera.

Gracias por estar ahi.
Pepa

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