Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

Decir adiós

Nunca he sido buena en las despedidas. En ellas topo de lleno con la Pepa niña que sigue soñando con un mundo ideal en el que no haya que elegir. Esa parte niña que todos llevamos dentro. Porque al final una despedida es una opción. Cuando te vas, es porque eliges estar en otra parte. Cuando te quedas, es porque decides no irte a otro lugar o con otra persona. El porqué es infinito, hay tantas posibilidades como vidas, y no me caben aquí. Pero al final se trata de elegir.

Así que cuando llega ese momento, cuando tengo que mirar a los ojos a alguien que amo y decir adiós, mis tripas empiezan a retorcerse y la Pepa niña empieza a imaginar todo tipo de estrategias, modos y maneras de convertir lo imposible en real, de seguir manteniendo el vínculo, de no decir adiós. Y la Pepa adulta tiene que acarciarse el estómago con compasión y decirse una y otra vez la frase de mi tía «esto también pasará». Y esperar.

Esperar. Un verbo que esconde dentro de sí todo un universo. Mi talón de aquiles. Lo que más me cuesta. Esperar. Soy una persona rápida, comunicativa y de acción, así que se me da bien «hacer», «decir» y «sentir», pero ¿»no hacer» y «no decir»? Uf, ésa ya es otra historia. Me costó mucho trabajo personal llegar a entender que no hacer y no decir es también una forma de hacer y decir, aunque suene a trabalenguas. Ahora lo sé. Pero me sigue costando.

Soy aún más consciente de mis dificultades para decir adiós desde que soy madre. Nuestros hijos muchas veces reflejan lo que nosotros somos, nos hacen de espejo implacable en el que hay que aprender a mirarse con compasión pero sin excusas. Y mi hijo tiene también un problema con las despedidas. En las bienvenidas es fantástico, abraza, besa, es tierno..pero cuando llega la hora de despedirse a veces se enfada, o hace como que no está pasando. Se quiere ir de los sitios sin despedirse y sin dar un abrazo, sobre todo cuando se trata de gente a la que ama y con la que lo estaba gozando, cuando de verdad no quiere irse del lugar.

Y yo siempre le digo que las despedidas son importantes, que no hay que obviarlas aunque duelan, que el amor que entregas y recibes en ese momento te alimenta, a veces durante más tiempo del que podemos imaginar, a veces una vida entera. Pero le veo retorcerse en sus tripas, igual que yo me retuerzo en las mías. A veces me he enfadado con él por las situaciones que genera, o porque se enfade conmigo cuando nos vamos. Pero casi siempre veo su dolor. Y entonces le acojo, le consuelo, porque él siempre llora o lo expresa, pero cuando ya nos hemos ido, cuando ya vamos en el coche o estamos a solas. Como aquél que grita en una moto cuando ya nadie puede oírle. Pues mi hijo lo hace conmigo, cuando ya nadie más puede escucharle. Y yo le abrazo, y me digo para mis adentros lo que duele decir adiós.

Y los peores adioses son los unidireccionales. Aquellos que no eliges, sino que te vienen impuestos. La vida lo hace cuando muere alguien que amamos. No pregunta, no cuestiona, sólo se impone en su finitud, en su apabullante y estremecedora realidad. Y ahí más que nunca la diferencia entre haber podido despedirse o no marca un abismo. O cuando alguien que amamos nos abandona. Decide por ti. Y ahí no te queda otra que aceptar y seguir viviendo. Porque sus opciones implican renuncias que te afectan, pero que no has elegido. Pero conforme voy viviendo, cada vez intuyo más que de esas hay pocas. Que para cuando alguien se va, hubo varios adioses previos en los que sí hubo opción, que las historias se comienzan a romper mucho antes de que alguien diga adiós, y en ese proceso las dos personas optaron.

Porque al final, como hablaba con una amiga anoche en una maravillosa terraza del centro de madrid, decir adiós también implica valentía. Y cada vez tengo más la sensación de que en nuestro mundo casi siempre el miedo vence al amor. Salvo cuando ese amor es de verdad. Entonces las personas saltan precipicios, auténticos abismos que les aterran. Lo hacen porque saben que una parte de su alma va en ello. Como lo hace un padre o una madre por su hijo, lo hacemos por nuestras parejas o por nosotros mismos.

Hay una escena que yo siempre recuerdo de la peli de «Sentido y sensibilidad» cuando ambas hermanas hablan después de averiguar la historia sobre por qué el novio de la primera le ha abandonado para casarse con otra. La hermana «sensata» le dice «Pero al menos puedes estar segura de que te amaba» y ella se gira y le contesta tranquila «pero no lo suficiente».

Así que como dice una amiga mía, se trata de «desear con intensidad». De amar lo suficiente. De saltar al vacío, sea cual sea, el vacío puede ser quedarse en la propia vida reelegida desde el amor o puede ser apostar por el amor que te abre nuevos horizontes y te hace sentir viva. Sea cual sea el vértigo, la vida nos la jugamos en cada salto. Porque si no saltas, el momento pasa y uno se queda asustado y aterido al borde del precipicio, sin saber si la vida del otro lado hubiera sido mejor.

Porque se elige siempre. Sea desde el amor, o desde el miedo. Y cuando eliges, toca decir adiós.

Pepa

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Amar y ser amada

Reconocerse en los ojos de otra persona, en ese abismo que cabe detrás de la mirada de cada uno de nosotros, es uno de nuestros anhelos básicos de eternidad.

Esa vivencia de comunión, donde los límites de tu piel acaban en la piel de otra persona, en su temblor, incluso en sus lágrimas.

Esa certeza de pertenecer a alguien o a algo, no como una posesión sino como algo que no soy yo, ni eres tú, es un «nosotros» que es diferente y es mejor. Un amigo mío dice siempre «no soy yo el fuerte ni tú el fuerte, es el amor que nos une el que nos hace fuertes».

Pero también esa sensación de cobijo, la misma que casi todos tuvimos en el abrazo de nuestros padres o nuestros abuelos o quien fuera que nos amó y nos cuidó de niños. Ese momento mágico que llega al descansar tu cabeza en el regazo de otro y escuchas su corazón. El tiempo se detiene y te sientes contenida, protegida, amparada. Es una parte del amor de la que pocos hablan pero que nos lleva a permanecer mucho más allá de lo racional.

Y despertarse enredada al cuerpo de otra persona, ese olor que cobijó tus sueños y que sigue ahí al despertar. Sentir que no se esfumó, que vino para quedarse.

El mismo olor, la misma presencia que te cuida en cada pequeño detalle, en esas rutinas de amor que llegan a formar parte del aire que respiras. La caricia, el café de la mañana, la mano al pasear…pero también la compra hecha a medias, esa toalla puesta como sabe que te gusta que la pongas, o ese «descansa, que hoy me hago cargo yo». Ser tu compañero de vida.

Y luego el tiempo que pasa, y que va dando profundidad al hilo del amor, hasta hacerlo radical o hasta romperlo si no tiene espacio en el alma del otro y acaba pesándole.

Y el proyecto de vida compartido, con hijos o sin ellos. La consciencia en esa opción renovada. «Hay que querer querer» dice una de los ángeles de mi vida. Eso es fidelidad, y da otra dimensión a la entrega.

A veces pasa. A veces se llega a 65 años de amor compartido. Es un don, un regalo de la vida y una opción personal renovada día a día a lo largo de 10, 40, 50 o 65 años. El don y la opción han de ir de la mano. La vida te pone delante a la persona, incluso a veces a varias. Elegir amarla es siempre nuestra opción.

Pepa

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Otro modo de vivir las formaciones

Ya pasó mi mes loco de mayo. Mañana acaba. Han sido nueve cursos en un mes, un record como hace tiempo. Y me doy cuenta de que mi cambio personal de los últimos años también se refleja, como no podía ser de otro modo, en los talleres que doy. Es como si la atmósfera que se creara fuera diferente, en parte porque yo hablo de otra forma, y en parte probablemente porque cada vez me muestro más.

Sea cual sea el motivo, el regalo es infinito. Porque entonces llegan talleres, personas, lugares que se te meten en el alma, en las «tripas» que tanto trabajo yo en los últimos años, las que configuran nuestra forma de estar en el mundo, de vivirlo y sentirlo. El otro día en Burlada o en Valladolid o en Donosti o en Ibiza hace unas semanas..lugares donde las personas me abren un pedacito de su corazón, y lo hacen en un contexto público y dando sentido a lo que yo hago. Gente que toma consciencia de algo nuevo en su vida o que narra su dolor, personas que encuentran una nueva mirada…Ahora lloramos mucho más en los talleres, yo la primera 😉 y abrazamos más. Sin que eso signifique perder un ápice de rigor en el contenido técnico.

Me sonrío para mis adentros pensando en mis miedos del principio, que creo que eran y son los de todo formador. Resumidos serían:

1. El tiempo vacío: que te quede tiempo del curso sin contenido preparado, de forma que acabas antes de la hora programada lo que llevas programado para el grupo. Se parece al vértigo de la página en blanco cuando tienes que escribir. Ahora pienso más en lo que quiero contar que en cuánto me va a costar contarlo, y siempre calculo menos tiempo para hablar del que hay disponible, de forma que me quede margen para poder conversar con la gente. Y sigo pensando que acabar un poquito antes es algo que siempre se agradece por muy interesante que sea el curso, sobre todo si son cursos intensivos y que remueven a la gente.
2. No saber contestar todas las preguntas. Ahora ya no lo intento. A menudo hay cosas a las que contesto «no sé», algunas poquitas a las que digo «prefiero no contestarte» y a muchas otras veces sólo escucho la respuesta que la misma persona acaba dándose después de conversar.
3. Que la gente no te quiera, no les gustes, no te entiendan, que son cosas diferentes pero que meto en un solo grupo porque son nuestra parte más íntima como formadores, la mía en concreto, esa parte que no suele tener cabida cuando decides aparentar fortaleza, seguridad y certeza.

Este mes muchas personas me han hecho un comentario en el que coinciden con mi entorno personal: que trasmito paz. Y es algo que antes no me ocurría. Me decían que trasmitía vehemencia, seguridad, apasionamiento…pero no paz. Para mí es un piropo impagable.

He viajado este mes sin parar por la geografía española, he corrido entre trenes, aviones y coche, y siempre con lluvia ;-). He abrazado a mi hijo al volver de cada curso o le he llevado conmigo, mientras cuadrábamos cole, deberes, su programa de estimulación o su función final de karate, entre otros. He tenido reuniones, entrevistas a familias.. Y es que, en medio de toda esa vorágine, he encontrado el modo de parar en cada instante, de vivir cada momento allá donde estaba. Así que ahora, cuando recupero la calma física además de espiritual y tengo por delante un mes de trabajo mucho más en casa, me vienen retazos de lo vivido, como si fueran un caleidoscopio, y reitero mi sensación de privilegio.

Me siento en paz, y eso me ha hecho mejor profesional. Cuanto más confío en la gente, más logro trasmitir. Cuanto más escucho, más fácil es reelaborar algunas ideas. Cuanto más esfuerzo pongo en convertir los contenidos en imágenes físicas que se puedan comprender, más adentro llegan.

Así que me toca seguir esforzándome. Es mi modo de honrar y agradecer desde aquí a la gente que me abre su alma en los talleres, y a quienes siguen confiando en mí al llamarme para darlos.

Y aunque pueda parecer que tiene poco que ver con el contenido de este post, no quiero acabar sin incluir este video. Es un resumen de un trabajo de Ramón Lobo sobre el Alzheimer. Se llama «Luz y memoria» y me pareció de una hermosura infinita. Me recordó a mi padre, que como ya conté en este blog murió de Alzheimer. Precisamente era un gran orador que dejaba a la gente boquiabierta en sus conferencias, clases y cursos por su sabiduría y por saber ser guía para mucha gente, sobre todo en su tierra, Zaragoza.

Así que por lo mucho que él me enseñó, y que en parte me llevó a mi carrera profesional, acabo este post con este video. Espero que os llegue tanto como a mí.

Pepa

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Seguir siendo pequeño

No es nuevo, lleva ya tiempo en la red, pero a mí me lo han enviado/regalado hoy (gracias, Ruth) y lo cuelgo tal cual.

No sé qué me gusta más, si la voz, los dibujos o el mensaje, si la fantasía o la reflexión, si lo que dice o lo que calla.

A mí sí me gusta ser mayor pero también quiero conservar mi mirada de niña. Porque estoy con él en una cosa: perdemos demasiadas cosas al crecer. Y conservar la capacidad de ser feliz, de entusiasmarte, de reír, de soñar…es imprescindible. Y volverlas a elegir con la consciencia de adulta, no sólo con la inocencia de niña.

Aunque, eso sí, no me siento muy borrega ;-), y el mar me gusta hasta en agosto.

Pepa

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Mi sol

Llegó. Por fin. Ansiado y esperado.

Cuando me calienta el rostro, como lo ha hecho estos días ibicencos frente al mar, con esa luz que sólo encuentro en el mediterráneo, con ese amor que nos rodeaba..ahí siento, una vez más, que ésa es la actitud con la que quiero vivir mis segundos cuarenta años de vida: el agradecimiento conmovido y silencioso.

Honrar mi vida, honrar a quienes me aman/nos aman tanto como para organizar todas y cada una de las pequeñas cosas que he vivido estos días..Y ser a la vez plenamente consciente de que sólo tengo una forma de honrarlas: sólo puedo recibirlas conmovida y agradecida. Porque no hay palabras para definirlo. Es como el sol.

Son las «cosas chiquitas» de mi amado Galeano, cuya frase envolvía mi increíble regalo de cumpleaños de este año. Dice así «Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no expropian las cuevas de Ali Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable».

Pues eso quiero ser yo: una cosa chiquita.

Toca atesorarlo, como la piel cuando se calienta, cuando sientes que vuelve a la vida gracias a ese calor. Atesorarlo y alimentarte de ello. Sé quién soy. Como nunca antes. Y ya no tengo miedo. Tampoco de decirlo. Ni vergüenza. Ni culpa. Siento que estoy recogiendo los frutos de una larga siembra.

Porque pudo no haber sido así. Pude abandonar más veces de las que sé expresar. Pero siempre hubo alguien: una mano, una caricia, una palabra, una presencia…alguien que me recordó quién era al mirarme en sus ojos. Por eso creo. Creo de una manera no religiosa, pero muy profunda. Porque como decía mi amigo Mario estos días «sin fe, estás muerto».

Pero no hablo de la fe religiosa. Al menos yo no. Hablo de la fe en la vida, de ese confiar, de ese saltar sobre el vacío, de ese optar siempre por decir «sí», por amar al otro, por estar ahí como decía mi madre, incluso por sobrevivir en esos momentos en que no cabe otra cosa, para luego poder vivir.

Comimos hamburguesas en el jardín de casa de unos amigos. Todos muertos de frío. Y todos éramos muchos todos. Gentes venidas de todas partes, llenos de niños y niñas corriendo y jugando. Durmiendo donde y como hiciera falta. Pasando frío. Pero cuando veo las fotos después están llenas de rostros felices.

Sé que no lo creéreis pero pedí a mis ángeles que no lloviera el día de la fiesta (objetivamente no hubiéramos cabido dentro de la casa tanta gente, así que ¡necesitaba que no lloviera!) a pesar de que había diluvios anunciados. Lo pedí hasta las cinco de la tarde. Y así fue. No llovió hasta las cinco y media exactamente. Copos de nieve cayeron en algún momento, pero no llovió.

Muchas conversaciones impagables.Y más mensajes. Y más mails. Amigas durmiendo en casa, comidas necesarias y más. Y luego nos fuimos a la isla. Salimos lloviendo de Madrid. Cuando aterrizamos empezó a salir el sol. Radiante. Nos esperaban para abrazarnos, cedernos su cama, cocinarnos los mejores spaguettis que he probado y cuidar a mi hijo mientras yo trabajaba, entre otras muchas «cosas chiquitas». Nos fuimos al mar. Nos bañamos.

Conocí y trabajé con escuelas de las que forman también parte de mi sol interior porque te recuerdan que otra educación es posible, de las que apuestan por ello. Esas que se llevan a niños de infantil desde ibiza a dormir al interior del delfinario de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. Esa en la que las familias los despiden en el aeropuerto emocionados. Con cinco años. Sin miedo, convencidas de que vivencias como ésa forman parte de su educación. Familias que se ríen contigo en una conferencia y se atreven a contarte públicamente sus dudas y sus miedos.

Mi hijo cazó lagartijas en una casa payesa ibicenca increíble, construida por las manos de un carpintero. Una casa mirando al mar entre el bosque, con unos sillones de mimbre donde sentarte a leer y sentir que el mundo se para. Más amor. El amor de las manos de aquél hombre. Y de su hija. Y de sus nietos, de los que mi hijo se ha encandilado.

Los ecos de amor que siguen llegando. Como el sol. En la terraza de casa al volver. En el rostro de tu hijo mientras duerme abrazado a ti. En los mails. En los regalos.

Y hoy es el día de la madre. Y era el cumpleaños de mi padre. Ellos me enseñaron a mirar el sol. Ellos y su red de amor. Mi hijo me ha dibujado un corazón y una flor.

El sol sigue porque somos lo que hacemos con aquello que nos dieron. Somos también aquello que somos capaces de compartir y de dar a quienes amamos. Al final «cosas chiquitas» que tejen una vida.

Mi sol. Ese sol tejido de «cosas chiquitas» que llegó para habitarme por dentro. Y que sólo me queda recibir conmovida y agradecida.
Pepa

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Los ojos de la guerra

Aprovecho la tranquilidad de las vacaciones para ponerme al día de pendientes. Entre ellos, hacerme eco de este documental «Los ojos de la guerra«. Lo vi el otro día en TVE, y lo tenéis disponible completo aquí.

Inserto aquí el trailer para que os podáis hacer una idea.

¿Por qué lo envío?

Primero, por mi deuda con la «zona oscura» de la que habla Gervasio Sanchez en el documental. Esa que les queda a los que van a la guerra. Y van, como dice Reverte, con un objetivo concreto: contarla. Como dice Gervasio, «si hay documentos, nadie podrá decir nunca que no sabía lo que estaba pasando».

Segundo, por los rostros de los reporteros «llorando por dentro». Creo que es lo que más me impactó del documental, esa mezcla de dignidad y dolor. Brutal, inimaginable para mí. Lo dice Gervasio en un momento del documental «para trasmitir con decencia, hay que vivir el impacto del dolor».

Por esa otra certeza que te queda de que vivir la guerra educa para la guerra, y de que como dicen en un momento del documental «en la guerra se abandona la certeza moral que tenemos cuando estamos protegidos».

Por esa diferencia que denuncian todos ellos entre la propaganda y la información, entre esa tendencia que nos quieren imponer a una mirada uniforme y única sobre los conflictos, una mirada interesada y dirigida, en contra de la mirada plural que implica la información, donde la verdad queda a menudo a medio camino entre un bando y otro. Me quedó una certeza al final del documental, la de que intentan borrar nuestra conciencia y nuestra memoria. Y como escribí en un tweet, hay mucha necesidad de olvidar y de manipular, y el margen que nos queda a nosotros es más estrecho pero más diáfano de lo que pueda parecer.

Por los periodistas locales y los enlaces de cada país, que son los que en realidad quienes les permiten a los reporteros internacionales llegar a «la noticia». Y los que en la mayoría de los casos mueren por ello.

Y una última frase de Ramón Lobo, una de las claves a no olvidar «Ellos no son pobres porque sean idiotas sino porque han vivido explotados». Yo veo en mi trabajo cómo la violencia interpersonal anula a las personas hasta hacerlas incapaces de crecer, decidir, generar algo bello, vivir. En este caso es ese proceso de forma colectiva y brutal.

Y si cuando veáis el reportaje os quedan ganas, leed esto. Es la conversación que tuvo lugar el otro día por twitter entre Gervasio Sanchez, Arturo Pérez Reverte y Ramón Lobo. De esas conversaciones que una presencia sobrecogida.

Espero que os cale tanto como a mí. Difundirlo es parte de mi pequeño margen. Y mi forma de darles las gracias a todos ellos. A los que sigo y admiro. Comparto la visión de Gervasio Sanchez en la conversación con Perez Reverte y Ramón Lobo, el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, estamos llenos de héroes y villanos. Y yo, personalmente, necesito a la gente que me cuenta ambas realidades con honestidad. Sirva esta entrada como un «gracias» conmovido.

Pepa

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Optimismo patológico

Parece que el día de hoy va de la alegría.

Mi hijo y yo nos hemos levantado riendo sin parar, abrazados, él se ha reído, yo con él. Él estaba feliz porque ha afrontado su miedo a Harry Potter y ha salido victorioso, le ha costado tres días de pelear en sueños con Voldemort. Pero ayer no hubo sueños ya. Y su sonrisa era grande, luminosa.

He ido a comprar una barra de pan y la panadera me ha preguntado: «¿Cómo estás?» Le he contestado «Muy bien». Y entonces me ha sorprendido su respuesta: «Qué gusto escuchar algo así… Mi marido es muy pesimista y yo siempre trato de explicarle que su visión de la vida nos resta fuerzas…»

Me conecto al ordenador y alguien me regala esta frase de Isabel Allende:
«Memoria selectiva para recordar o bueno, prudencia lógica para no arruinar el presente y optimismo desafiante para encarar el futuro»

En varios blogs que sigo sobre resiliencia, me encuentro post que hablan de la risa, la alegría, la motivación, las endorfinas y la oxitocina como motores de la vida y del cambio.

Y sólo son las 10.43 de la mañana.

Y entonces recuerdo una vez más el porqué de mi opción por la alegría. Y que en los talleres a profesionales, siempre les digo que para trabajar con personas hace falta ser «optimista patológico» quedarse siempre con el vaso medio lleno, con el caso con sentido, con la sonrisa de ese niño al que le diste esperanza, con el abrazo de quien no supo explicártelo con palabras..

..porque esos motivos para el vaso medio lleno no son inventados, ni ilusos. Existen y tienen sentido. Sólo hay que elegir verlos, perseguirlos, optar por ellos. Es la única manera de poder trabajar con personas.

Quizá el único modo de ser feliz.

Porque lo demás: el miedo, la parálisis, la tristeza, la rabia…ya nos la inculcan de sobra, por todos lados. Y la vida ya se encarga de recordarte de vez en cuando cuánto puede llegar a doler, hasta dejarte sin aliento como un puñetazo en el estómago, hasta doblarte, hasta hacerte sentir pequeña y miserable.

Pero luego llega el sol de invierno, y me calienta el rostro. La risa de mi hijo. El rostro amigo. La caricia de su profesora a mi hijo. El parque que veo por la ventana. La conversación con la panadera. El mensaje de una amiga. El mail de alguien que te escuchó en un taller.

Y siguen siendo las 10.47.

Y de nuevo vuelves a lo mismo: hay que elegir.

Optar. Optar por vivir o por morir. Optar por amar o por esconderse. Por el valor o el miedo. Por la alegría o la tristeza. Porque son esas opciones las que marcan una vida.

Pepa

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México y sus sorpresas

Aquí estoy, sentada en un ordenador en México DF un rato antes de dar el último taller de este viaje. Un viaje en el que nada, y es literal lo que digo, NADA, ha salido tal y como estaba planificado. Y sin embargo todo ha salido bien. De hecho muy bien.

Hace tiempo que vengo practicando el arte de ¨fluir con la vida¨ que a veces resulta arduo, pero que ha cambiado mi forma de estar en el mundo. Esa capacidad de fiarse, de no tener miedo, de confiar. Y este viaje me ha puesto a prueba en ese sentido. Vaya un ejemplo. LLegar a una sala con más de 100 personas a las que en teoría vas a dar una sesión de cuatro horas, sentarte en la mesa presidencial y descubrir mientras la maestra de ceremonias (sí, estilo mejicano) lee extensa y pormenorizadamente tu curriculum un papel encima de tu carpeta con el programa de la jornada, en el que han dejado tu intervención reducida a una hora y el acto completo a dos. Fluir con la vida se traduce en respirar muy hondo, pero mucho, no mirar a la organizadora que te acompañaba y que está tan fuera de juego como tú y empezar a pensar rápidamente en cómo reconducir tu intervención. Por suerte, la exposición de mi curriculum fue larga y pude resituarme antes de empezar a hablar. Al final salió muy bien y escuché intervenciones de la gente de esas que le dan sentido a lo que hago, como escuchar a una madre decir ¨hasta el día de hoy no había comprendido que estoy repitiendo los patrones en que me criaron mis padres con mis hijos, y no quiero hacerlo, ahora mismo me siento mal, pero lo voy a cambiar¨. Hace falta una valentía enorme para hacer consciente eso, y mucha más para decirlo en público.

Hay más ejemplos, una conferencia que estaba prevista a las once, llegamos y la han cambiado a la una sin avisar, pero sobre la marcha deciden adelantarla y acabo hablando a las once y media. Un viaje que estaba previsto para hora y media son tres horas. Entrevistas que no me iban a hacer y acaban haciéndome. Conferencias que están previstas y me había preparado, llego y me dicen que se han suspendido, pero el día anterior a las diez de la noche cuando ya se han organizado otros eventos, llaman para decir que sí se hacen. Y suma y sigue. Por no hablar de acontecimientos recientes de la vida política mejicana que han puesto patas arriba al sector de educación, y que conllevan más y más cambios.

Y durante toda la semana me he estado preguntando por qué, cómo es posible semejante nivel de improvisación, de informalidad..y al final siempre llego a lo mismo. Al estilo mejicano, ése que da veinte rodeos para no decirte nunca que no a la cara, ese que utiliza un diminutivo cada dos palabras ¨ahorita, un minutito, me hace un favorcito…¨ Y siento que debe ser muy difícil llegar a consensos, desarrollar proyectos o sistemas coordinados de protección en un entorno donde hay que mantener siempre la compostura, no ser ´rudo´, y no decir ´no´ de frente aunque sí lo hagas de hecho. En muchos sentidos me recordaba a lo que viví en el sudeste asiático, donde antes de comenzar a dar los talleres me explicaron que nunca le preguntara a los asistentes si habían comprendido o no, porque siempre me dirían que sí, fuera así o no. Tenía que hacer ejercicios para asegurarme de que habían comprendido los conceptos en la práctica sin preguntarlo de cara. Eso sí, la sección de ¨preguntas o dudas¨ era siempre brevísima. Aquí en México no lo es. Aquí mi experiencia es que cuando la gente entra en los talleres se implica de verdad y preguntan y preguntan y preguntan. Y me he encontrado con regalos impagables en esas preguntas, o con gente que se me acerca al acabar el taller y me dice ¨me deja que le dé un abrazo¨ o con gente y gente que quiere fotografiarse conmigo.

Pero cuando me topo con estos contextos y dinámicas socio culturales, aquí y allí, siempre pienso que no es casual que se relacionen con los países con altas cifras de violencia, sobre todo intrafamiliar. La violencia es algo universal, no tiene que ver tanto con una cultura u otra sino con la forma en que manejamos el poder en nuestras relaciones afectivas. Pero la promoción de las alternativas a la violencia sí depende del contexto social donde trabajas. Promover formas de relación afectivas y sanas viene condicionado a la posibilidad de relacionarse de una forma honesta, de sentirse seguro para poder decir lo que piensas y saber que vas a ser aceptado y respetado, con la posibilidad de poder exponer el desacuerdo o las necesidades de una forma tranquila, con la posibilidad de poder confiar y dejarse en el otro…y todo eso sí que hay entornos que lo favorecen más que otros. En mi experiencia, los lugares donde el control social y los estereotipos sociales son más rígidos y están más arraigados son en los que encuentro una problemática mayor de violencia.

Pero, volviendo a mí y a mi viaje, al final en todo esto, lo único que cuenta es si decides reír o llorar. Si decides adaptarte a lo que hay y sacar lo mejor de lo que llega, o si decides enfadarte. Y lograr optar por lo primero depende en el fondo de cómo estés, de las fuerzas que tengas, de tu paz interior. Así que hubo suerte. Vine en paz. Pero hacía tiempo que no vivía un viaje tan surrealista en este sentido. Y sin embargo, un viaje que al final ha resultado bueno, divertido, pleno de vivencias y ha generado compromisos de continuidad.

Este es mi segundo viaje a México. La primera y única vez que vine estuve sólo en el DF, y a pesar de que he viajado mucho estos años a distintos lugares de Centroamérica, no había vuelto a México. Esta vez he viajado a Toluca y a Puebla. Este viaje es el resultado del trabajo de mucho tiempo de una mujer, Silvia, que dirige Educadores sin Fronteras, aquí en México, y que se empeñó cuando nos conocimos hace ya cinco años en traerme, y al final lo consiguió. Y estoy convencida de que éste va a ser el primer viaje de muchos porque es un punto y aparte de un camino muy largo que anduvo ella casi en soledad. Es algo así como un lanzamiento público y creo que ha salido como ella merecía, ella y quienes trabajan con ella.

Recuerdo que mi impresión del DF en aquel entonces fue el de un lugar inhóspito para vivir, la contaminación, el tráfico, el ruido…y sin embargo ahora lo he sentido mucho mejor, a pesar de todos los problemas. Es como si hubiera más luz, a pesar de que el país está convulso y se nota en los talleres, en las conferencias, en las conversaciones y en las miradas de la gente.

Y ayer conocí Puebla, un lugar muy bello, del que, además de su gente, me llevo tres vivencias con las que acabo este relato. La vista desde la ventana del hotel San Leonardo (recomendación vehemente si viajáis a Puebla) de Puebla al amanecer, sus casas y sus gentes. El sabor de los camarones gigantes rebozados en nuez y bañados en mole. Un plato de los que recordaré siempre. Y el restaurante donde lo comimos ¨La casa de los muñecos¨ cuyo dueño, con un nombre tan curioso como Zabalinsky, nos dio una lección a nuestros prejuicios en forma de CD de música impagable.

Así que ya veis, todo salió diferente de lo programado, pero todo salió bien. Todo un regalo que renueva mi consciencia de privilegio. Más si cabe hoy, día 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Felicidades, mujeres valientes allá donde estéis.

Pepa

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Sólo un minuto para mojarse en un charco

Es algo más de un minuto…
..es el reflejo de lo más precioso de la vida…
..es toda una filosofia..
..es imposible no sonreír.
Lo difundo porque nos hace falta sonreír. Y recordar. Y mojarnos en charcos.
Ah! y alguien que nos espere y nos celebre el charco! sea perro o persona.
¡No dejéis de verlo! ¡Ni de sonreír!
Pepa

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