En dos días cumplo 53 años. Celebrar me parece una bendición, un ritual y alimento para el alma. Lo he sentido así desde que era niña y me sucede cada vez más. Celebrar con la gente que amo, dar las gracias por todo lo vivido y crear cada año un ritual de amor es un gozo para mí. Es un ritual que funciona y que alimenta no sólo mi alma sino la de mucha gente a mi alrededor.
Pero los cumpleaños son también balance, a mínimo que los vivas con consciencia. En este blog he escrito en muchos de ellos. Y hoy quiero recuperar algunos que son muy significativos para mí. Una entrada especialmente dolorosa, por mis 40 años, cuando me di cuenta de que a partir de ese momento llevaría más tiempo viva sin mi madre que con ella, la idea de «sin ella» fue como un aguijón en las tripas, a pesar de que la celebración de los 40 fue la primera que me dio verdadera consciencia sobre los logros de mi vida. Los primeros cumpleaños después de morir mi madre fueron refugio, caricia necesitada. Pero cuando el dolor se integró y llegó mi hijo, todo cambió y los cumpleaños en la sierra de Madrid se fueron llenando de magia. Luego vino la celebración de los 45 con mi red de amor zaragozana, recién fallecido mi padrino y mi tía, mis dos refugios después de muerta mi madre. Aquella celebración fue una forma de agradecimiento por haberme sostenido en lo peor de mi vida. Y la maravillosa locura de la celebración de los 50, en la que nos juntamos más de cien personas en la roqueta para agradecer a la vida y a todos ellos el haber llegado a la paz interior. Y en ese sentido, recuperar el listado que escribí por mis 51: mis 51 razones, que volvería a escribir a modo de espiral.
No voy a llenar esta entrada de enlaces, pero releyendo el blog como parte de este balance, me doy cuenta de que cada vez escribo más en primera persona, más íntimo pero con menos intensidad. Ha habido entradas sobre la rabia y el abandono; sobre mi vivencia de la alopecia; sobre la muerte de mi madre, de mi padre y de otra gente amada; sobre mi maternidad (ay! las conversaciones con José que guarda este blog, o aquella entrada sobre hacer de pared o la que nunca hubiera querido escribir sobre el monstruo); sobre la ternura, sobre mi abuso o sobre levantarse de la silla. Por no hablar de los cuentos que he escrito en este blog, que son homenaje de amor a gente que ha marcado mi vida, son metáfora de amor.
Y en todo ese proceso he llegado a mis 53. Los últimos años forman parte de un proceso en el que voy planificando mi pre jubilación, dejando ir a mi hijo asombrada del hombre tierno y precioso en el que se ha convertido, compartiendo alma con mis sobrinos y preparándome para vivir en mi porche frente al mar, con todo lo que cada una de esas cosas implica. Desde que decidí venir a vivir a la roqueta, con 42 años, no había vuelto a tomar decisiones tan radicales y protectoras como las que he tomado en los últimos tres años. Pero son decisiones invisibles o, al menos, difíciles de ver hasta que no pasa el tiempo.
Y cuando ayer hacía balance, construyendo el hilo que me ha llevado a esta entrada junto con el último regalo que me ha hecho la vida, le decía que por un lado me siento y me sé una privilegiada total, y al mismo tiempo siento más compasión hacia mí, hacia mi niña, de la que sentí jamás. El «orgullo» y la «compasión» son dos palabras mal entendidas. El orgullo no ha de ser un pecado, sino un modo de sobrevivir. El orgullo se gesta en el bullying, en el abuso, en la violencia, en esa tristeza que no puede salir. Se gesta cuando tienes miradas amorosas en medio de todo eso que te hacen ver tu belleza en el espejo. El orgullo me sostuvo, no reniego de él. Pero es cansado. Agota. Y no hace falta. No cuando dejas de permanecer vigilante. Cuando aprendes a protegerte y a confiar, que no son opuestos, ni mucho menos.
Tampoco la compasión conlleva superioridad o juicio, muy al contrario, sólo desde las tripas y la fragilidad de una misma se puede compadecer el dolor propio y ajeno. La compasión requiere ternura, mimo, dulzura. El abrazo es compasión, sólo dejándote envolver y reconociendo tu propia necesidad de ternura y el alimento para el alma que recibes puedes abrazar de verdad al otro. El abrazo nos permite sostenernos porque une dos corazones y los hace fuertes desde su fragilidad.
«Ya no siento que tenga nada que demostrar hacia fuera, sé quien soy«. Esto lo escribí y lo dije hace tres o cuatro años. Y por eso fui capaz de escribir «Aprendiendo a habitarnos» en lo profesional, por eso me he quitado el pañuelo muy probablemente. Pero lo decía desde el orgullo. Ahora me miro con compasión, miro mi fragilidad y mi fortaleza que son una misma cosa. Miro mi ternura y mi rabia, que se sostienen mutuamente. Porque le he dado el valor real al sufrimiento que he pasado, al amor que he recibido y al gozo que he vivido. Y eso me hace mirarme con una ternura en el espejo con la que, durante años, sólo era capaz de mirar a los demás. Miro mi risa y mi llanto. Siempre me reí, recuerdo que en el Colegio mayor, en la época de la universidad, me hicieron ver que la risa era parte de mí, hasta entonces no lo sabía. Pero es cierto, cuando me callo y cuando dejo de reír es cuando mi gente sabe que algo malo está pasando. Me costó mucho tiempo llorar delante de mi gente amada, dejar de contener la tristeza y aprender a pedir ayuda, pero en los últimos años he hecho lecciones avanzadas 😉 Ahora me doy cuenta de cuánto río, de cuánto abrazo, de cuánto me dejo.
No sé donde me va a llevar la vida los próximos años. No tengo plan más allá de los próximos tres años. Y eso en una persona como yo, que he planificado toda mi vida, es un cambio muy potente. Camino hacia otra forma de vivir. Lo llevo haciendo los últimos tres o cuatro años. Lo sé, como lo supe cuando me vine al mar. Pero no esperaba que el lugar hacia el que camino fuera tan blandito, tan dulce y tan lleno de amor. La vida siempre es más sabia que yo y en los últimos años me ha hecho redimensionar, resignificar y recolocar casi toda mi vida. Y ahora empiezo a intuir para qué.
Gracias por ser parte de todo este camino a todas las personas que estáis al otro lado de esta página.
Pepa