Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

punto y aparte

Hay momentos clave en la vida, instantes en que decides y marcas un futuro, momentos que, de tan imaginados, parece imposible que lleguen a ser reales, como mi marcha de save, y otros que son tan reales que no puedes imaginar siquiera que no ocurrieran, como la llegada de mi hijo.

Esta semana que empieza es mi última semana trabajando en Save the Children cuando se cumplen justo once años de mi llegada a la organización. El último mes lo he vivido metida en una vorágine que me permitiera cerrar bien esta etapa y construir al mismo tiempo un futuro que tomó la forma de una espiral una vez más (www.espiralesci.es) y esta semana tengo todavía varios actos públicos que me van a hacer correr hasta el último minuto.

Para mí es una secuencia lógica la de esta espiral, es seguir trabajando en aquello que sé y por lo que he dado mi vida profesional, pero hacerlo desde otra mirada y otro lugar.

He dado lo mejor de mí y he recibido regalos que ni siquiera pude imaginar cuando dije sí a la oferta de coordinar la campaña «Educa, no pegues».

Pienso el trabajo para la erradicación del castigo físico a los niños y niñas en las familias: la reforma legal en España, en los talleres desde los pueblos más pequeños de España hasta el otro lado del mundo, en el Estudio de Naciones Unidas sobre violencia contra la infancia. Pienso en el trabajo de prevención del abuso sexual infantil, la formación de profesionales, la elaboración de protocolos de actuación en todos los ámbitos, las reformas legales realizadas en España sobre ponografía infantil, trata de menores, delitos contra la libertad sexual, las medidas de protección de los menores víctimas o testigos de un delito en el procedimiento judicial. Pienso en la investigación sobre la atención a los niños y niñas víctimas de violencia de género, la formación y la sensibilización para visibilizarlos como víctimas de esa violencia. Pienso en las mil entrevistas en medios de comunicación, los informes, las ponencias, los viajes con mil escalas para exprimir los recursos y el tiempo, los congresos, las reuniones, los grupos de trabajo técnicos y políticos…y al final creo que son batallas que valen una vida profesional.

Recuerdo a todas las personas que me dieron la primera oportunidad, que confiaron en mí, y a las que me abrieron su corazón. He conocido a personas que me han enseñado otra forma de mirar el mundo a través de sus ojos, gentes en los talleres y fuera de ellos en todo el mundo que me abrieron su corazón y compartieron conmigo experiencias de dolor difícilmente narrables. Sus rostros y sus relatos siguen siendo mi mejor argumento. Y recuerdo a las que me retaron, me obligaron a ser mejor profesional, a reconocer mis errores y aprender de ellos, a justificar mejor mis posturas y a trabajar en equipo.

He visto cómo la valía profesional y la honestidad personal han de ir necesariamente unidas para producir cambios significativos y perdurables. He comprendido que la política forma parte de todos y cada uno de los niveles de nuestro quehacer diario y que un buen político, en el sentido de una persona con visión, humildad y legitimidad, no tiene precio y cambia el mundo, muchos pequeños mundos que hacen nuestro mundo.

He aprendido que los caminos son siempre demasiado largos, sobre todo cuando debes hacerlos compatibles con la impotencia ante el sufrimiento de la gente y que los cambios reales llegan siempre a través del corazón y después de muchos desiertos, llegan casi ya inesperados. Ahora sé que lo que una cree el final de un proceso no es sino un paso de otro mucho más ambicioso, y que en el trabajo como en la vida, la valentía para dar un paso, la tenacidad para no desfallecer y la humildad para saber retirarse y reconocer los errores son imprescindibles.

Siento paz. He dado lo mejor de mí y creo profundamente en el sentido de lo que hacemos. Como me dijo alguien recientemente «tener la oportunidad de trabajar en algo que te gusta y en lo que crees es un privilegio, elegirlo es un acto de valentía». No tengo palabras para agradecer suficiente estos once años. Y con eso me quedo y empiezo mañana mi particular cuenta atrás hacia este punto y aparte vital y laboral. Lo demás es también aprendizaje vital impagable.

ese tipo de amor

Me hago eco del artículo de Almudena Grandes de este domingo en El País Semanal. Adoro a esa mujer, es capaz de expresar lo que yo nunca sabré. Habla de una clase de amor que conozco y que es uno de los mayores regalos que he recibido. Merece lectura.

Palabras de amor
ALMUDENA GRANDES 11/10/2009

El ya sabía cómo iba a ser todo esto.

Ni siquiera en el último momento había dejado de cuidar de ella.
No pudo ocurrir así, era imposible y, sin embargo, ella no podía pensar en otra cosa mientras el tren la llevaba de vuelta a Madrid. Él ya sabía cómo iba a ser todo esto, ya había calculado el dolor, la forma y el tamaño de la herida antes de prever la inconcebible dulzura del momento más amargo. Y sabría también que eso nunca es verdad, que lo peor siempre empieza al día siguiente, y ni siquiera ese día exactamente, porque es peor el que viene detrás, y aún más el que le sigue, y el otro, y el otro… La muerte es un instante, aterrador, injusto, atroz, cruel, brevísimo. La memoria del amor es, a cambio, tan larga como la vida de los que sobreviven.

–Y te voy a decir una cosa: esto no se va a quedar así… –le había dicho ella a él tantas, tantas veces–. Ahora mismo voy a escribir un artículo, voy a escribir una carta, voy a llamar por teléfono…

–Claro, claro, pero ahora mismo no. Mejor, pasado mañana –le contestaba siempre–. Tú espérate hasta pasado mañana y, si sigues igual de cabreada, hacemos lo que tú quieras. Pero pasado mañana, ¿eh?

Él lo sabía todo, y que sus arrebatos de furia nunca duraban cuarenta y ocho horas. Ella, que había aprendido tanto de él, recordaba aquel aplomo en el tren que la devolvía a Madrid, y una vez más, entonces quizá más que nunca, le dolía haberle perdido. Porque él ya sabía cómo iba a ser todo aquello. Porque ni siquiera en el último momento había dejado de cuidar de ella, de los demás, de todos, de todo.

Había dejado una gran cantidad de instrucciones, órdenes, listas, protocolos, en notas escritas a mano, cuando aún podía ir a trabajar y cuando ya no podía levantarse de la cama. Palabras de amor. No me gustaría morirme en agosto, le había dicho a su oncólogo, porque le fastidiaría las vacaciones a todo el mundo. Tampoco me gustaría morirme antes que mi madre, porque le daría un disgusto enorme, a la pobre, así que mira a ver lo que puedes hacer… Murió el 21 de septiembre, cuando a todos les había dado tiempo a volver a casa, morenos y descansados, dos meses después de enterrar a su madre.

Ya hemos hablado de la ceremonia, le escribió a uno de sus hermanos, el que oficiaría de anfitrión en una despedida sin rezos y sin cruces. Así que ya sabes que me gustaría que hablaran este, ese y aquel, que sonara esto antes, durante y después, y que esto fuera así, y que aquello fuera asá… Cuando todo terminó, ella comprendió que también sabía quiénes estarían allí, cuánto sufrirían los que más le importaban, y que lo había hecho todo por ellos, para ellos. Y se sintió una vez más orgullosa de él al comprobar que, por salirse con la suya, había logrado que su funeral, estrictamente civil, fuera tan solemne, tan emocionante, tan conmovedor como la más suntuosa de las ceremonias religiosas.

No sufráis por mí porque he sido un hombre muy afortunado, con una vida privilegiada, y si me dieran la oportunidad de reencarnarme, escogería volver a ser yo, con algunas mejoras, eso sí… Cuando alguien pronunció en su nombre esa despedida, ella, que estaba desolada, sonrió, porque nunca habría podido imaginar un epitafio mejor para él. Y le admiró tanto en aquel instante, admiró tanto su manera de marcharse, de seguir siendo él mismo, entero y poderoso, fuerte, íntegro y elegante hasta en el momento de su muerte, que pensó que si la Parca existiera, si fuera de verdad una mujer, habría caído rendida entre sus brazos. Así encontró un extraño consuelo en su desconsuelo. No un alivio para su sufrimiento, sino la certeza de que era justo, de que merecía la pena sufrir aquel día, y el siguiente, y al otro, el resto de los días de su vida, por la ausencia de un hombre como él.

Después, algunos de los que estaban por allí, de los que habían ido por cumplir, hasta por cotillear, se la quedaron mirando con extrañeza. Ella se dio cuenta. ¿Y a ésta, qué le pasa?, parecían preguntarse, un poco asustados incluso, si no era su mujer, ni su amante, ni su hija, ni su hermana… Menos mal que, en condiciones aún menos propicias a la comprensión de los transeúntes, un escritor cubano de ojos azules estaba sollozando al mismo ritmo.

El amor, como todas las cosas raras y preciosas, es un asunto extraño. E inspirar amor verdadero, amor del bueno, cuando no existe lo que las convenciones definen como una historia de amor, cuando no hay vínculo familiar, relación sexual, ningún condicionante sentimental previo, sólo está al alcance de unos pocos seres extraordinarios, tan raros, tan preciosos como el propio amor.

Qué duro va a ser vivir sin ti, Toni, pensó ella al subirse a aquel tren. Y cuando se bajó, en Atocha, su vida era ya un poco más dura que al emprender aquel viaje.»

creer

Lo escribí hace unos años, en una espiral que se parece al día de hoy, y siento la necesidad de recuperarlo:

ALGUNAS COSAS EN LAS QUE VOY APRENDIENDO A CREER

Creo en la penumbra de la vida, en el boceto que dibuja la experiencia vivida,
aquella en la que las palabras curan y hieren por igual,
y los silencios son difíciles y sentidos.

Creo que las almas se encuentran una y otra vez,
siendo una y distinta en cada encuentro,
construyendo en espirales el mañana,
y creo que el dolor vuelve reales nuestros sueños,
aunque siempre nos deja un margen para la huida.

Creo que sólo trascendiendo las imágenes se toca el alma amada,
esa misma que al entregarla, se pierde y se gana,
creo que nada es eterno pero nada se acaba,
que las cosas pequeñas hay que cuidarlas,
que siempre, mejor o peor, dejamos huella cuando se ama.

Creo en la espera, en la melancolíua que crece con las ausencias,
intuyo que no se añora lo que nunca se tuvo ¿o sí?
creo que el amor no es sólo pasión, sino elección y compromiso.

Creo que las normas a veces se comprenden al transgredirlas,
y el dolor de la herida al perdonarla,
creo en el precio y/o la gratuidad de lo vivido.

Creo en los puentes tendidos por el ser humano, doloridos y temblorosos, pero hermosos:
la música, el cine o el arte..
y también creo en todo lo que tenemos y nunca creamos:
el aire, la mar, el sol y los árboles…
todo elllo en un solo mundo.

Creo que la fe es un aliento, fiarse y dejarse,
Perder el control de casi todo salvo de nuestra libertad,
la misma que hace que participemos de la vida de los otros
y que las cosa imporantes de nuestra vida nos vengan dadas.

Creo en la sopresa, la risa, el asombro, el arrebato y el gozo,
en que todo lo que no se entrega se pierde,
y que son justo el gozo, el dolor, el amor,
el viaje en un tren cuyo destino ignoras,
el brillo del sol en las hojas de los árboles,
una caricia o un amanecer compartido
los que otorgan el sentido a cada día.

Creo, en definitiva, que merece la pena compartir también la alegría.

leer sus nombres

Desde mi pequeño lugar, quiero hacerme eco de este informe del que acabo de leer algo más de la mitad y he necesitado parar para escribir este post.

Es el Informe extraordinario del Ararteko sobre la atención institucional a las víctimas del terrorismo en Euskadi.
http://www.ararteko.net/s_p_9_final_Principal_Listado.jsp?seccion=s_fnot_d4_v1.jsp&contenido=4601&tipo=8&nivel=1400&layout=s_p_9_final_Principal_Listado.jsp&language=es

El Ararteko y su equipo son de esas gentes que te recuerdan que aún se puede decir la verdad, y sobre todo, determinadas verdades, aunque duelan, asumiendo las consecuencias y que la dignidad que tanto reclaman las víctimas hay alguna gente que la hace realidad.

Sé que es extenso, pero si tenéis un rato, leed las páginas de la 442 a la 448 del capítulo 8, y si tenéis algo más de tiempo, el capítulo 9 casi en su totalidad. Por no hablar de los datos sobre valores de los adolescentes en euskadi sobre terrorismo del capítulo 7, cuyo informe completo saldrá en septiembre.

Por no decir la sensación que se te queda ante las cifras: 16000 heridos por ETA, 40000 amenazados más los que se han ido de Euskadi más la lista de asesinados que es la última parte del informe, y que por un momento me ha recordado el listado que ves en Atocha en Madrid, o el que ves en el campo de expterminio de Phon Phen en Camboia. Listados y rostros de asesinados que piden como dicen las víctimas: dignidad, verdad, memoria, justicia y reparación.

No sé si seré ingenua, pero creo que leer sus nombres es también una forma de hacerles justicia.

Y copio un texto tal cual del informe, como podría escoger otros muchos de una carta al director escrita por una hija a su padre amenazado:

“Atte, gracias por enseñarme a ser valiente, en este pueblo en el que nos ha tocado vivir escondidos de los que intentan cortarnos las alas, el alma y el pensamiento. Por enseñarme que ante esta situación sólo hay sitio para el dolor, nunca para el odio, e intentar hacerme ver que el sufrimiento es cosa de todos, no sólo nuestro. Pude acabar detestando a este triste pueblo, porque en su nombre te han insultado, prometieron que acabarían contigo, te han llamado traidor, te secuestraron en tu propia casa sin poder salir si no es respaldado por dos sombras y han querido callarte (…) me has enseñado que no es él, este pueblo, quien nos ha hecho tanto daño, sino los que creen ser sus salvadores (…) porque para mí la solución al llamado conflicto vasco es que todos tuviéramos cerca a alguien como tú para enseñarnos a mirar, a razonar (…) y sobre todo a ser libres (…). Cuando te sientas ahogado, piensa en el orgullo que supone para mí luchar a tu lado contra todo esto (…). Por eso he pretendido convertir esta carta en un instante de libertad”

Ioana Etxezarreta, “Atte” (forma familiar de “aita”), en Cartas al Director, Diario Vasco, 10 de junio de 2008, p. 27.

dignidad

La dignidad de quien ama inquebrantable.
La dignidad de las pequeñas cosas, las que sencillamente se te ofrecen.
La dignidad de quien sabe mirar.

La dignidad de quien sabe gozar.
La dignidad de quien ríe con la alegría ajena y sonríe la propia.
La dignidad de quien abraza, y de quien sabe ser abrazado.
La dignidad de quien acaricia con sus manos, su boca, su mirada, sus palabras o su silencio.

La dignidad de quien llora en silencio sobre un hombro cuando se lo ofrecen.
La dignidad de los silencios abrumados ante el dolor y la crueldad de la vida, vacíos de palabras inútiles, o fruto de la impotencia, pero llenos de presencia.

La dignidad de las palabras respaldadas por una vida.
La dignidad de la perseverancia.
La dignidad de quien se retira antes de que lleguen a su precio o a su límite.

La dignidad de quien es humilde, entre otras cosas porque sabe que casi todo se puede perder.
La dignidad de quien conoce la inutilidad del orgullo.
La dignidad de quien nunca pierde la capacidad de reírse de su sombra ni de hablar cara a cara a sus fantasmas.

La dignidad de quien nunca hace daño a propósito pero reconoce el daño producido a quienes ama.
La dignidad de quien no permanece suficiente tiempo como para poner la otra mejilla.
La dignidad de quien sabe perdonar y pedir perdón, asumiendo un riesgo de dos.

La dignidad de algunos pueblos y algunas almas,
la que queda al final de una vida, cuando cierras los ojos en paz.

me pregunto

Me pregunto por qué creemos que hay más verdad detrás de la vehemencia que de la duda.
Me pregunto por qué necesitamos dividir la vida en compartimentos estancos.
Me pregunto quién estableció los precios de la vida.
Me pregunto dónde dejamos el amor cuando llega el miedo, y dónde el miedo cuando nos llega el amor.
Me pregunto por qué creemos que sabe más quien tiene más datos y no quien, con menos datos, al menos sabe digerirlos.
Me pregunto por qué se condena sin pruebas a todos menos a quien acusa falsamente.
Me pregunto por qué ese empeño en trasmitir una visión del mundo y la vida descarnada y desesperanzada, tan falsa en sí misma como la idealizada.
Me pregunto por qué nos empeñamos en decirles a los niños y niñas que lo que es excepción es la regla que deben esperar.
Me pregunto por qué ya nadie dice públicamente «no sé».
Me pregunto por qué ya no escuchamos el silencio.