Las paredes físicas pueden convertirse también en paredes del alma. Y el alma, como nuestra casa, puede ser hogar y refugio o puede ser prisión. Estas dos últimas semanas han sido las más duras del confinamiento para mí, para mi entorno y para mucha gente con la que trabajo. Creo que por muchos motivos. Porque ya pesa, el tiempo se hace más largo, porque el final se ve más cerca, porque el «después» aparece como posible y da miedo… pero sobre todo porque la emergencia externa ha rebajado exigencia para hacer hueco al espacio íntimo. Y ahí hay todo un universo que a veces es hermoso. Otras, no tanto.
Me impresiona ver hasta qué punto somos capaces de vivir mirando hacia fuera, empeñados en controlar el entorno, los acontecimientos, la información y los entornos donde vivimos. Tanto esfuerzo puesto en convertir nuestra vida en predecible porque como seres asustados, eso nos da seguridad. Sin embargo, para mí se renueva un convencimiento íntimo y es que la seguridad no viene de ese control sino de la entrega. No viene de controlar lo que va a suceder sino de la confianza en estar dispuestos a vivirlo, sea lo que sea lo que llegue. Pero confiar pasa por aceptar nuestra fragilidad y nuestra intemperie. ¡Y esa pequeñez y vulnerabilidad nos da tanto miedo!
Cuando miramos hacia dentro, a veces temblamos. Lo diré en primera persona: cuando miro para dentro, a veces tiemblo. Porque somos una ínfima partícula del universo, una pequeña pero hermosa expresión de vida. Somos frágiles, y nos podemos romper con suma facilidad. Eso es lo que somos. Eso es lo que soy. La vida es frágil, en un minuto puedes romper lo que ha costado años construir: una vida, una relación, una certeza, una cultura, unos derechos…
Por eso, a continuación surge la responsabilidad de vivirla, de cuidar esa vida, mi vida, nuestras vidas. Me surge la ternura, el mimo, el cuidado en su máxima expresión. Me surgen las caricias y los abrazos, pero también la justicia social y los derechos humanos. Todos ellos para mí forman parte de lo mismo: la responsabilidad del cuidado de la vida, empezando por la mía.
Pero el temblor, cuando surge, viene de mirar de forma invidual. Porque si al mirar hacia dentro doy un paso más, me doy cuenta de que formo parte de algo mucho más grande, algo mucho más fuerte. La VIDA con mayúsculas es más fuerte y más sabia que yo. Y sobrevivirá mucho más allá de mí, que no soy más que ese granito en la arena de la playa. Soy única, soy valiosa. Pero la vida es mucho más que yo.
De dónde surge la playa? De la suma de granos de arena. Somos una inmensa red de almas frágiles que se hacen fuertes si las ves en su totalidad. Para mí el amor, esas redes de amor de las que me paso la vida hablando y que cultivo con tanta consciencia (y a veces cansancio) como soy capaz, son la base de mi seguridad y mi fortaleza. La trascendencia forma parte de la resiliencia. El amor es un acto de fe y de confianza en el otro. Y ese confiar en el otro me lleva a percibir la totalidad de la playa. Es ahí donde está la fuerza.
Después de casi siete semanas de encierro, hay algunas cosas sin las que sé que no puedo ni quiero vivir. Algunas las sabía, otras las imaginaba pero no en su verdadera magnitud, otras ni las sabía. No son muchas, pero son existenciales:
La primera son los abrazos, las caricias, la piel. No quiero ni puedo vivir sin tocar y ser tocada. Hablo de abrazar en general, pero también en particular, por mi gente amada.
La segunda el sol, el aire y el agua. No quiero ni puedo vivir una vida sin aire y sin sol. Y sin el agua en todas sus formas, especialmente la mar.
La tercera, que aunque parezca obvia, ha adquirido otro significado estos días, no quiero vivir sin mi hijo.
La cuarta, en la que me reafirmo, no quiero vivir sin moverme, incluido viajar. Y sin respirar.
La quinta, no quiero vivir sin árboles.
La sexta, no quiero vivir sin conversar. Me costaría mucho, mucho vivir sin leer, pero no quiero una vida sin buena conversación de almas.
Y una séptima, el número infinito 7, no quiero vivir sin mi memoria.
(Observese que las primeras son «ni quiero ni puedo» las siguientes son tan sólo «no quiero»)
Estos días he cumplido 47 años con una celebración de amor tan especial como inolvidable. Lograron inundarme de amor y me llenaron la casa del olor de mi red de amor. No tengo palabras para agradecerlo. Y ha formado parte de este «mirar adentro».
Igual que las conversaciones con mi hijo. Ayer, por un trabajo y por ese mirar hacia dentro en el que andamos metidos, mi hijo me preguntaba qué cambiaría de mi vida. Y me sorprendió decirle que muy pocas cosas. El ejercicio físico, mi cuenta pendiente. Y mi manejo de la rabia, muy, muy mejorable 😉 pero en lo demás… es el camino que he hecho, la cantidad de cosas que he cambiado hasta llegar aquí, incluyendo el lugar donde vivir, trabajos, relaciones, hábitos y cosas de mi forma de ser. El tiempo y el esfuerzo que me costó.. no fue fácil pero logré cosas como poder llorar delante de otros, poder enfadarme más y más flojito, poder pedir ayuda, no agotarme hasta enfermar, no cuidar para que me quieran, legitimar mi derecho a muchos y buenos placeres, cocinar hasta una tarta ;-), nombrar cosas innombradas y algunas cosas más.. el camino ha sido largo y en este «mirar adentro» encuentro paz.
Me quedo con esa paz. Con esa certeza de la fortaleza de la playa y mi fragilidad como grano de arena. Y reitero mi acto de fe: confiar.
Abrazo inmenso,
Pepa






