Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

el valor del tiempo

El tiempo es riqueza. Tener tiempo para hacer cosas que disfrutamos, estar con quienes amamos o simplemente ver pasar la vida se ha convertido en nuestra sociedad en un lujo que hace rico a quien lo posee. Pero también plantea dos reflexiones importantes que nos atañen a todos.

El tiempo y el valor que le hemos otorgado es una de las medidas de la sociedad que tenemos y queremos. Si analizamos qué tareas prioriza el sistema, en las que cifra el éxito personal -trabajar, consumir, adquirir- y el ritmo para llegar de unas tareas y otras, enseguida surge la reflexión sobre los valores de nuestra sociedad, aquellos en los que educamos a nuestros hijos e hijas.

Pero el tiempo es también la mejor medida de nuestra escala personal de valores. Al ser tan limitado, decidimos en qué, cómo y con quién lo empleamos. Lo hacemos más o menos conscientemente, pero elegimos. Establecemos una escala de prioridades. Y entonces el tiempo habla de las personas que cada uno elegimos ser.

Y eso tiene que ver directamente con nuestras familias y con el tipo de relación que queremos construir en nuestros hogares. Los estudios dicen que el número de horas que dedicamos a nuestros hijos e hijas (algo más de diez horas a la semana las mujeres, tres horas los hombres según el último estudio del CSIC) es mínimo comparado al que dedicamos al trabajo o al descanso. Además, hay una diferencia de género en la distribución del tiempo que se mantiene, reflejo de una diferencia que sigue presente en nuestra sociedad.

Sin embargo, necesitamos invertir tiempo y afecto para crear un vínculo afectivo. No cabe querer y ser querido sin estar ahí, sin los cuentos de antes de dormir, las comidas hablando, las horas en el parque o el ocio compartido. Conforme esos sentimientos se afianzan, se puede integrar mejor la ausencia física, pero durante las primeras fases de la creación del vínculo afectivo la presencia afectiva y física son imprescindibles. El tiempo, así mismo, acaba dándole valor y verdad a los sentimientos. Una emoción puede ser instantánea o fugaz, pero los sentimientos como el amor o el duelo requieren tiempo para crearse, cultivarse o incluso curarse.

Se dice siempre: no sólo cuenta la cantidad de tiempo, sino que sea un tiempo de calidad. Un tiempo en el que haya comunicación, conocimiento mutuo y actividades compartidas. Aunque el dilema planteado entre tiempo de cantidad y tiempo de calidad esconde una falacia, porque la calidad del tiempo empieza a contar a partir de un mínimo de cantidad. Es imposible compartir tiempo de calidad sin estar ahí. También lo es construir un vínculo sin conflictos, que son parte inevitable y sana de las relaciones profundas, una oportunidad de conocer al otro y crecer con él o ella. Pero hasta para pelearse con alguien hace falta tiempo.

Si queremos existir para nuestros hijos e hijas, tendremos que compartir sus vidas, estar ahí y priorizarlos en esa escala de valores que es nuestro tiempo. Y tendremos que tomar las opciones personales así como demandar los recursos institucionales que necesitamos para ello.

homenaje a Benedetti

Benedetti ha muerto. Hay pérdidas y pérdidas, y ésta es de las que deja un vacío y duele.

Va el homenaje compartido con mi hermana, a la memoria de un hombre increíble, una de mis preciadas anclas a la dignidad.

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del caos y de las pesadillas
de la ajada miseria y de los miserables
de las ausencias breves y las definitivas

Defender la alegría como un atributo
defenderla del pasmo y de las anestesias de los pocos neutrales y los muchos neutrones de los graves diagnósticos y de las escopetas

Defender la alegría como un estandarte
defenderla del rayo y la melancolía
de los males endémicos y de los académicos del rufián caballero y del oportunista

Defender la alegría como una certidumbre defenderla a pesar de dios y de la muerte de los parcos suicidas y de los homicidas y del dolor de estar absurdamente alegres

Defender la alegría como algo inevitable defenderla del mar y de las lágrimas tibias de las buenas costumbres y de los apellidos del azar y también

también de la alegría.

«Defensa de la Alegría», Mario Benedetti

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces no te quedes conmigo.

“No te salves”, Mario Benedetti