Uno de mis amigos del alma suele decir que yo entro hasta las cocinas de las casas y que eso tiene sus ventajas y sus riesgos. Por un lado, conozco el alma de los hogares y de las personas. Por otro, cuando no quieren que esté o vea, salir de allí no es algo que suela suceder con dulzura.
Lo que es seguro es que adoro las cocinas de las casas. Es donde me gusta sentarme horas y conversar. Y a la cocina como lugar favorito en las casas, sólo hay otro que le gana y es cuando la casa tiene un porche, un patio o una terraza. Porque estar en hogar y sentir la brisa del aire libre al mismo tiempo me parece algo impagable.
Y a veces te ocurre, como anoche, que te sientas a una mesa y alguien te abre su alma hasta hacerte llorar. Y por si fuera poco, te cocina. Te cocina como acto de amor, de mimo y de cuidado. De las mejores croquetas que he probado nunca y una tarta de queso que forma parte del edén.
Cuanto más silencio anida en mí, más miro y más escucho. Y al escuchar encuentro historias de las que no salen en los periódicos. Porque ese mandato de «trabaja y no pienses» viene fortalecido por el miedo y las ausencias de las páginas de los periódicos.

Pero anoche la historia hablaba de un inmenso amor, del desgarro de tener que sostener en soledad demasiadas cosas, de la fortaleza de tantas mujeres que fueron criadas en el pedernal y lograron reconvertir el agua fría en tartas de queso. De lo que sucede cuando una se queda paralizada y sobrepasada y esconde el dolor entre fogones para no pensar. De la fuerza que hace falta para seguir en pie y para no cerrar el alma. Porque a través del alma llega la luz, llega la esperanza y llega el perdón, ése que surge al cambiar el lenguaje con el que nos hablamos.
Pero hace falta un camino muy largo. Son muchos años de agotamiento, de desgarro, de morir un poco por dentro cada día para darle vida a otra personita. Personita que a su vez añora, tiembla y se aferra.
Mirar hacia arriba y ver el pedernal. Generaciones de agua fría, trabajo y hambre. Mirar hacia abajo y ver la huida y el temblor. Y en el camino un hilo. Y alguien que, poco a poco, se concede el derecho a tener un hogar; a decorarlo (tan bonito!); a guardar una máquina de coser, un baúl o la silla de un niño; a esperar aquello que sabe que merece la pena. Y aún así, entre paso a paso, le surge la duda y el juicio.
Porque se trata de acunar a la niña que fue, y honrarla. De no olvidar y revisitar el pasado, para nombrar distinto (tan distinto!) y mejor. De darle valor a su fuerza, aunque fuera desesperada. Se trata de concederse el derecho a ser feliz, a ser hogar y a dejarse cuidar y acariciar por quienes comparten la mesa.
Ojalá hubiera podido cobijarla antes. Pero sí puedo honrarla y hacerla reír y enseñarle a mirarse de otra forma. Eso sí puedo hacerlo. A eso también digo sí.
Pepa