Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

Volviendo

Los tiempos plácidos tienen la virtud de pasar casi desapercibidos, como si fueran una ráfaga de brisa, que en parte te deleita y en parte se esfuma. Y luego llega el momento de hacer volver al alma, que se quedó prendida de la brisa, a una presencia consciente en otro ritmo de vida.

Pocas veces un verano se me ha pasado tan rápido y tan sosegado al mismo tiempo. Ha sido una sucesión de visitas amadas a nuestro hogar, lavadoras, comidas, y excursiones a pequeños rincones de mar y montaña. Este año, al sentirnos ya en casa, decididí que fueran rincones nuevos e inesperados. Y nuestra isla, para variar, no nos decepcionó. Al contrario, ha sido un tiempo lleno de pequeños paraísos.

Y me llama la atención estar tan descansada cuando en realidad apenas he desconectado del trabajo. Ando metida en tres proyectos que me hacen especial ilusión y que merecían tiempos robados a las visitas y el sueño para terminarlos y poder enviarlos a tiempo. Así que he trabajado, no demasiado, pero sí constante todo el verano con la consciencia de estar sembrando cosas en las que creo de corazón. Cuando las publiquen, os lo iré contando.

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Y luego llega un día que digo adiós a la última visita (durante el año continúan, pero no con esta intensidad) y vuelvo a estar sola en casa con mi hijo. Despues de dos meses y medio con gente en casa de continuo (gente que se va por la mañana y llegan otros por la noche con tiempo apenas para cambiar las sábanas) siento una sensación bonita y extraña al mismo tiempo: recuperar mi espacio y al mismo tiempo sentirlo transformado, lleno de vivencias con gente que amo, diferente ya.

Este verano no ha sido un verano cualquiera. He amado, he vivido, he visto atardeceres inolvidables, he nadado con luna llena, he abrazado, acariciado y reido, he conversado y he acompañado momentos claves de muchas vidas. Soy consciente, y me conmueve.

Y como siempre José encuentra su modo de plasmar este momento de un modo gráfico. Me pidió revelar las fotos de todo el año en Mallorca para poder cambiar el corcho e incorporar a nuestras fotos a gente sin la que ya no sabríamos ni queremos vivir. Y me pidió que le guardara todos sus peluches de la cama menos sus tres o cuatro favoritos en una bolsa «para poder dárselos a mis hijos cuando sea mayor». Y ahi están, en una bolsa, en el armario. José ha crecido por fuera y por dentro. Algo mágico ha sucedido y me hace feliz estar presente y no perdérmelo.

Así que aquí estoy, volviendo. Feliz, consciente y plácida. Con algo de pereza pero con muchas ganas.

Y me encanta que sigáis aquí conmigo.
Pepa

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La cueva

Escribo esta noche desde un hotel en Huesca. He tenido un curso precioso. Pero me falta el mar, mi mar. Me parece increible que después de apenas un año viviendo allí se haya convertido en una necesidad tan física para mí. Hace unos días les decía a mis hermanos que nunca había sido más feliz que este año, pero me faltó explicarles que no me refería tanto a los acontecimientos sino al espacio físico. No había vivido en un lugar donde mi cuerpo se relajara nada más llegar. Esa sensación física no la siento más que en Baleares. Me pasa en casa, en Mallorca, pero también me ocurre en Menorca. Es una sensación muy física que no logro explicar bien pero que me invade. Cuando me levanto en casa y veo el mar, es como si mi alma sintiera que al fin ha llegado a casa después de tantos años. Yo fui muy feliz en Madrid y añoro a mi gente de Madrid y mi gente de Zaragoza, me produce un gozo increible cuando vienen a vernos y a estar con nosotros. Pero no conocía esa sensación. Y ahora que la conozco me parece dificil poder vivir sin ella.

En los últimos dos meses están pasando cosas importantes en mi vida, valiosas y preciosas. Es como si el haber cerrado página al dolor y a la angustia que vivimos en los últimos dos años mi hijo y yo me hubiera permitido desengancharme de la preocupación y mirar hacia la inmensidad. Y entre esa mirada hacia delante y mi cabeza descansada y limpia parece que el tiempo se condensa y se llena de acontecimientos. Prometo contarlos poc a poc, como dicen por aquellas tierras. De momento toca vivirlos.

He tenido días de mucha gente en casa, aprovechando que el peque está de campamentos he disfrutado y he salido aunque también he trabajado, pero he disfrutado de mi soledad. Esa soledad que se vuelve regalo para mí como madre. Tuve en tres días mucha gente en casa, a comer, a cenar…de todo. Pero luego vinieron a casa una pareja que es parte de mi familia y de mi alma. Fuimos a sitios nuevos que no conocía, disfrutamos. Vimos un atardecer increible. Comimos genial en sitios inesperados. Nos bañamos, conversamos, reimos..

Pero el otro día pasó algo que merece relato. Y cuando ocurrió les dije a quienes estaban que escribiría sobre aquello. Fui con unos amigos a Cala S´Almonia, una de las calas más bonitas que hay en Mallorca y que yo no conocía. Un lugar curioso, señalado con una flecha roja porque la gente de la zona quita los carteles en un intento del todo iluso e ineficaz de que no se llene de turistas. LLegamos pronto, por suerte, y aún pudimos disfrutarla. Iba con tres amigos de los que son regalos de la vida, dos de ellos la pareja que mencionaba que son de mis amigos más antiguos, de los que están a mi lado desde casi casi cuando puedo recordar y el tercero de los más recientes, de los que la isla me ha regalado para darme motivos sobrados para no quererme ir, además de su luz y su mar. En fin, la mejor de las compañías.

Y la cala tiene cuevas. Y había una de ellas que tenía un paso por abajo. Me gusta el mar, y me gusta mucho más verlo por dentro. No buceo pero puedo pasarme mucho tiempo mirando el interior del mar con las gafas. Asi que no lo pensé. Me metí detrás de uno de mis amigos mientras el otro pensaba que bromeaba al decir que iba a pasar. No le dio tiempo a advertirme que la cueva era baja, que había que ir con la cabeza hacia abajo. Y cuando yo estaba feliz cruzando la cueva y pensé que ya había llegado al final de la cueva porque se veía ya la luz subí la cabeza y me di contra la cueva. Fueron instantes, pero el golpe me desconcertó. Creía estar al final ya y si no lo estaba, no tenía ni idea de cuánta cueva podría quedar. Me desconcerté y perdí el control de la respiración. Pero enseguida sentí el brazo de mi amigo que tiraba de mi con fuerza (aún me duele) y eficaz hasta sacarme de allí. Quedaba muy poquito de cueva, así que fue fácil y no tuve problemas, pero la impresión me caló.

No soy de cuevas, pero estaba feliz, y era precioso y me apetecía. No suelo hacerme la valiente, era puro disfrute. Pero la vida encuentra maneras sutiles a veces (otras crueles y voraces) de recordarte tus límites. Al menos a mí me pasa. Y cuando lo hace conecto con mi fragilidad, con mi pequeñez y una vez más con mi convencimiento de que sólo una red de amor te hace más fuerte. Como dice un amigo mío «no soy yo el fuerte, ni tú el fuerte, es el amor que nos une el que nos hace fuertes». Pues eso. Nunca hubiera bajado a la cueva sola. La presencia de mis amigos era garantía de seguridad. Pero no creo que hubiera podido salir sola de la cueva. Una vez más, conecto con mi más intimo convencimiento: es el amor el que salva, en cualquiera de sus formas.

Me siento privilegiada, me sé privilegiada. Me llevan a lugares mágicos. Me saben mirar. Me sacan de cuevas. Mi hijo me abraza aunque ya diga «me he hecho mayor, mamá». Hoy me han vuelto a llenar de abrazos al acabar el taller. La última vez me pasó en Guatemala, que hicieron fila para abrazarme, hoy ha sido en Huesca. Recibo mucho. Muchísimo.

Así que toca decir para dentro: gracias.
Pepa

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Entrevista diferente

Hace unos dias me hicieron una entrevista de radio especial. Es una radio pequeña, de caracter social, con poca cobertura… Pero justamente por todo eso decidí ir. Y de hecho fuimos, porque por el horario y las posibilidades tuve que llevar a José conmigo. Las cosas de la conciliación de la vida familiar y laboral de una madre soltera. Además era una oportunidad de que conociera cómo es una radio por dentro.

La maravilla de las tecnologías actuales es que esa entrevista, que no sé cuánta gente escuchó, ahora está en la red, y puedo incluirla aquí, por si queréis oirla, por si queréis pasar un rato. La incluyo porque fue especial por muchos motivos. Me preguntaron cosas que no me habían preguntado antes, y algunas de ellas muy personales. Por algo el programa se llama Inspiraciones. Os dejo en enlace a la entrevista aquí.

Así que gracias a quienes hicieron posible el programa, fue un lujo compartir esa hora, y espero que os guste. La voz tiene fuerza, es como tener un poco más y un poco más cerca a la persona. Y además esta entrevista tiene una sorpresa final 😉

Pepa

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El silencio de la placidez

Es cierto que la felicidad no se narra, se vive. Paladearla, deteniendo el tiempo con consciencia para atesorarla en la memoria.

Cada vez hablo menos, me pasa incluso en los cursos. Escribo poco, en los cafés con amigos permanezco más callada y me bastan los momentos. No es que antes no fuera así, pero la intensidad me llevaba a expresar, compartir, implicarme.. pero lo más importante, lo más valioso, que sigue siendo intenso, queda en el silencio.

Hoy hemos celebrado el carnaval del cole de José. El carnaval ha sido un paseo por el bosque (el paseo para los niños han sido más de tres horas caminando niños y niñas desde los tres años hasta los quince por una ruta de bosque). La fiesta del jardin que despierta, la habían llamado. Los niños y niñas eran animales, plantas, elfos, duendes..lo que quisieran ser. Y al acabar el camino les esperábamos las familias con una comida en el bosque. Ha lloviznado, el día estaba destemplado. Y sin embargo yo no podía dejar de emocionarme mirando alrededor. Niños de todas las edades por el bosque, saltando, jugando. Familias conversando con los profes alrededor de la comida traida de las casas.

En el cole de José van de excursión cada viernes a diferentes rincones de la isla. Los padres los llevamos y los recogemos. Su clase un día a la semana es el bosque, el descubrimiento, la maravilla, el esfuerzo de las caminatas y la convivencia. Pero además van cada día una hora al bosque, es su recreo. Pintan, tejen, siembran y cosechan, tallan piedras y construyen con madera, crean instrumentos musicales y aprenden las tablas de multiplicar con juegos de percusión.

Es como haber cambiado de universo. Pero es un universo real. Está aquí. No es una utopía. Es real. Y es el camino.

El peque está centrado, gozoso y sereno al mismo tiempo. Hoy me comentaba su profe que es el primero en acabar las tareas y yo me acordaba para dentro de todos los días del año pasado que se quedó castigado sin recreo en el cole anterior porque no había acabado lo que debía hacer en clase.  Ha hecho muchos amigos (siempre se le dio bien, pero en un entorno así es todo más fácil). Pero no sólo él, yo también, los que ya tenía que se han hecho mucho más profundos y los regalos inesperados y hermosos que han llegado a nuestra vida.

El nivel de consciencia que preside la convivencia en el cole se plasma en cada pequeño detalle: cómo se habla (nadie grita, ni niños ni adultos) o los cuentos que se usan para aprender a leer y escribir (fábulas antiguas, historias medievales u orientales). El aprendizaje fonético de idiomas, cada profe habla en su idioma, cada niño habla en el suyo: castellano, mallorquin, inglés y alemán conviven y se interiorizan de forma natural. El aprendizaje de la física, las matemáticas, la historia..son infinitos pequeños detalles que crean un universo.

Por eso callo. Porque me resulta dificil describir la felicidad. La felicidad de José en la isla, en el cole, con sus amigos. La mía al verle sonreir sin parar. Mi felicidad al bailar (estoy aprendiendo bailes de salón, y haciendo más biodanza) o en los cafés de la mañana en el pueblo del cole o viendo el amanecer cada mañana sobre el mar mientras desayuno con José. Recibiendo a la gente amada que viene a vernos o con el calor que recibimos de nuestra gente aqui, que nos cuida con mimo y consciencia, el sonido del mar, caminar por la arena caliente..

Es cierto lo que cuentan. El ritmo de la isla se me mete en la piel. El tiempo cunde mucho más, es como si se alargara. Y cada vez me apetece menos moverme, y correr aunque lo siga haciendo. Pero no quiero ir a ningún sitio, me apetece infinito que la gente venga a compartir esta maravilla, a llenarse de ella. Quiero sencillamente estar.

Porque del trabajo ya ni hablo. La agenda llena para un año. El reconocimiento de la gente y la responsabilidad que conlleva. Ser escuchada y consultada y que confíen en mí para procesos de cambio complicados y difíciles a nivel institucional y personal. Pero estar en mi lugar más que nunca, tener un trabajo con sentido, que aporta luz. Es algo que no tiene precio. Pero eso no me lo ha dado la isla, sino un camino que viene de muy atrás y que también elegí, y perseguí y en el que arriesgué.

Y también, claro que sí! están la humedad, la ropa que no se seca, los mocos que vienen y van por nuestro primer invierno humedo, los madrugones, los aviones, la agenda llena, la logística constante, las particularidades de ritmos y maneras de la isla, el poc a poc…

Aposté. Arriesgué. Busqué. Perseguí mis sueños. Y luego la vida hizo el resto. Y es hermoso.

Como escribi hace poco, ahora toca mirar para adelante, seguir creciendo y disfrutar. Toca quedarse en la placidez.

Pepa

 

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Deseos

El último día del año. El día del balance, los deseos..qué extraña sensación la de las celebraciones que convierten en únicas y especiales cosas que en realidad son cotidianas. Pero qué importante es celebrar. En el fondo, celebrar es un rito de amor. Y un valor de comunión.

Este fin de año para mí está lleno de luz. Y de paz. He tenido fines de año gozosos, otros para olvidar. Y he tenido fines de año de angustia, y de ausencia. Supongo que como todos. Hoy me acordaba de los fines de año que pasé con mi padre en sus últimos años, de las cenas que montamos en la casa de mis padres con amigos, cuando él ya dormía, anciano, y mi gente se venía a casa para que yo (o yo y mis hermanos) no me quedara sola. Amor, el suyo, el mío, el de mis hermanos y el de mi gente. Me acordaba de las nocheviejas de adolescente, cuando salía con planes tópicos, haciéndome la fuerte y en el fondo anhelando ser elegida. De esas noches recuerdo sobre todo bailar, bailar mucho y largo. Recuerdo un par de fines de año enamorada, tiernamente enamorada. Pienso en lo que deseé en todas esas noches, y me emociono al darme cuenta de que se cumplieron casi todos esos deseos, por no decir todos. Y siempre de una forma inesperadamente más bella, más luminosa, más profunda de lo que pude imaginar al desearlos. Porque la vida, cuando golpea, lo hace más fuerte de lo que una pueda imaginar, hasta dejarte noqueada, pero cuando concede deseos..es luminosa.

Deseé salir de mi ciudad, estudiar lo que quería, viajar, viajar y viajar. Deseé ser madre. Deseé ser amada. Deseé los libros que escribí y mi profesión. Y hoy me encuentro ante la noche de los deseos y pienso: lo que venga, será por añadidura. Porque las cuentas ya salen, porque me siento bendecida, porque salimos del tunel y la vida después de un tunel tiene siempre formas más nítidas y diáfanas. Hubo otros tuneles antes, la pérdida de mis padres, mi hospital (aquella nochevieja de mis 29 años), los años de abrir la caja de pandora de mi propia historia.. pero ninguno como el tunel del dolor de un hijo. Pero ya pasó. Él irradia felicidad, alegría y placidez. Y yo lo miro, nos miro, y miro a nuestra gente amada que sigue rodeándonos esta noche y todas las noches. Y pienso de nuevo: lo que venga en adelante, será por añadidura. Y lo recibiré pequeña y emocionada, como quien recibe un regalo inesperado. No deseo sino más de lo que ya vivo: mirarle crecer, mirar nuestro mar, tiempos con nuestra gente amada y un trabajo pleno de sentido. No tengo anhelos, ni proyectos radicales, de esos que sientes que otorgan sentido a tu vida, ya no. Así que lo que llegue, lo recibiré conmovida, y agradecida.

Pero para quienes me leéis en estas páginas sí tengo un deseo: os deseo un año lleno de amor. Amor del bueno, del que merece deleite y sosiego. Amor de padres, de hijos, de parejas, de amigos…amor. Gracias por estar aqui, a mi lado, sois parte de la luz de un deseo que tuve un día y que se hizo real mucho más allá de lo que pude imaginar.
Pepa

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Nuestra isla rosa

Ahora sí que sí. Se acabaron las vacaciones. Acabamos de llegar a casa y la cara de gozo que ha puesto el peque al llegar ha sido impagable. Reflejaba tanta alegría casi como la mía, en esta isla de atardeceres rosas que ya sentimos como hogar. Es nuestra isla rosa.

No recuerdo unas vacaciones tan largas y tan vacaciones en mucho tiempo. Hace poco leía este artículo de Almudena Grandes y me sonreía, porque nunca antes he puesto tantas lavadoras y cambiado sábanas, y comprado comida y cocinado (definitivamente tendré que ampliar mis habilidades culinarias) y llevado y traido a gente. Pero como dicen por aquí, eso es parte de ser mallorquin, va en el «pack» lo seas de origen o de adopción, las visitas del verano.

Pero ya acabaron y toca un año lleno de novedades. Novedades en la geografía. Aquí se vive mucho más en contacto con la naturaleza, el mar y la montaña, y para una urbanita como yo ésa es toda una novedad. Además he pasado 24 años viviendo en una misma ciudad, y ahora vivimos en una isla que en cierto modo conozco pero en la que todo o mucho es nuevo para mí, así que he pasado el verano descubriendo lugares a cual más bello. Es una sensación que no recordaba hace mucho: la de tener mucho por visitar, conocer y descubrir. Reconozco que Mallorca me ha producido una sensación paradójica quizá para lo que yo esperaba o lo que dicen que te pasa viniendo de Madrid: me ha parecido grande ;-).

Pero también novedades en la geografía de mis afectos. Andamos aprendiendo una nueva forma de relacionarnos con nuestra gente amada de Madrid e intentando enseñar a mi hijo algo que yo ya conozco bien por mis afectos de Zaragoza: cómo mantener vinculos profundos a distancia, el valor del teléfono, de los mensajes, del skype y de los recuerdos… Pero también vamos incorporando cotidianeidad a nuestros vínculos de aquí que se van profundizando además de ampliando, llenando de matices y colores, y que han abierto su corazón para recibirnos y hacernos sentir en casa.

Y como no hay dos sin tres, también novedades laborales, donde Espirales volverá a recrearse en los próximos meses con cambios varios. En fin, novedades, es tiempo de cambios.

Pero de momento el verano acaba y toca volver a la rutina. El peque anda anhelando empezar su cole nuevo, estar con sus amigos y en nuestro hogar, y yo, aunque con algo de pereza de volver a lo laboral por lo mucho que he desconectado del trabajo para conectar con lo importante, también abierta a lo que está por venir.

Hemos tenido momentos de belleza increíbles este verano, y de mucho amor. Ha venido mucha de nuestra gente a conocer nuestro hogar, hicimos una fiesta de inauguración de la casa con toda nuestra gente de aquí, mezclamos a nuestra gente de aquí y allí en excursiones, días de playa y campo, tuvimos atardeceres increibles (comparto uno de ellos aunque por la tormenta de ese día no sea de los atardeceres rosas), comidas y cenas en la terraza, encuentros increibles, excursiones a la cabrera (por ahora y sin duda, mi rincón favorito de los visitados) y largas conversaciones. Hemos visto peces de todos los colores, y corales y aguas cristalinas. Mi hijo sigue teniendo un imán especial para los animales y pescó peces, cangrejos, una estrella de mar, un pulpo, una sepia…aparte de hipnotizar a gecos varios y obsesionarse por los gatos del barrio hasta cometer auténticas imprudencias.

1439139943902Tengo que reconocer que si tuviera que decir cuál es mi verano perfecto, se parecería bastante a éste (y no pensé que diría esto acostumbrada a viajar los veranos), aunque la novedad del cambio y los miedos que conlleva, la excitación de tanta gente, tanta ida y venida, y movimiento me haya pasado factura en algunos momentos, a mí y al peque. Además de que los veranos implican mucha convivencia, y en nuestro caso sin descanso.

Quiero mostrar aqui una de las cosas bellas de este verano. Resulta que cuando llegamos a nuestra casa, cuando ya supimos que viviriamos aqui, el primer día, José se dedicó a decir dónde quería poner los muebles y a sugerir cosas para la casa que en gran medida yo acepté. Y cuando llegó a la consulta/cuarto de invitados, dijo «en esa pared, mami, vamos a pintar el arbol de la vida». Tal cual. ¿Por qué lo dijo y por qué para esa pared? Ni idea, pero a mí me pareció una idea tan increible que le dije que lo haríamos. Y enseguida pensé en mi hermana y su sensibilidad para la belleza. Así que le pedí que cuando viniera lo pintaran juntos, tia y sobrino. Fue un gesto de amor. Para ella pintarlo, para mí ofrecerselo. Y aqui os dejo el resultado de un día entero pintando tia y sobrino mano a mano, que como siempre cuando se trata de un acto de amor, supera lo imaginado.

1437420894533Y acabo hoy con el relato de otro gesto de amor. Esta última semana, cuando acabaron las visitas, nos escapamos a nuestra querida Menorca. Una semana que ha sido intensa y llena de cosas inesperadas. Y con una de ellas quiero acabar hoy, uno de esos momentos mágicos que te regala la vida. La vida y las personas, en realidad. Mi amigo Vicenc Arnaiz organizó junto con un grupo de personas un encuentro que llamó «Qué significa ser buena persona en el siglo XXI?» Ahi es nada. El acto era la presentación de un montaje de fotos que hicieron varios fotógrafos en torno a esa pregunta junto con los textos que varias personas conocidas en la isla escribieron en torno a la pregunta y a cada fotografía. Con eso hicieron un montaje, e invitaron a Francesc Torralba a dar una pequeña conferencia al respecto. Hasta ahi precioso, pero dentro de lo que podía esperarme siendo Vicenc, Torralba, siendo Menorca y con una idea tan sencilla como bonita. Vicenc dijo que la gente buena nos enseñaba a soñar, y unos y otros hablaron de la bondad vinculada al amor al otro, a la consciencia del otro, al saber mirar, a la bondad más allá de siglos, historia, culturas o religiones, al perdón, a la sencillez. Recuperaron esa frase tan inteligente que dice algo así como «se puede ser bueno y no ser feliz, pero no se puede ser feliz sin ser bueno». Hubo una pregunta curiosa dado el contexto donde estábamos sobre si los lugares pequeños favorecen la bondad y una respuesta inteligente y elegante de Torralba diciendo que aunque teóricamente quisiéramos creer que sí, no lo tenía nada claro. Fue muy bonito.

Pero lo que no me podía imaginar es lo que me encontré como cierre del acto. El acto se realizó en el patio del convento de clausura de Santa Clara en Ciutadella, con cientos de personas sentadas en sillas. Y para finalizar salieron las monjas de clausura, cinco monjas que con una inmensa sencillez dieron las gracias a todo el mundo, dijeron que se sentían honradas porque algo tan profundo hubiera ocurrido en aquel lugar y que para cerrar habian decidido hacer un baile. Dijeron que ser buena persona era algo que trascendía a la religión, que no tenía que ver con la religión sino con la dimensión espiritual de la vida en la que tenía cabida todas las religiones y pensamientos, así que querían cerrar el acto con un baile que trascendiera religiones y creencias. Y entonces con una sencillez pasmosa, la abadesa explicó los gestos del baile: la bondad nace del corazón (se llevaban las manos al corazón), es algo que trasciende a la persona y viene de la dimensión espiritual y nos hace volver a ella (llevaban las manos en alto, las bajaban y las volvían a subir) y la bondad adquiere sentido porque nos lleva a entregarnos a los demás (las manos hacia delante en gesto de ofrenda) y eso nos hace sentir en armonia con nosotros y con la vida (se balanceaban). Y repitieron los gestos ya en silencio a los que nos unimos todos los alli presentes. Lo transcribo de memoria y con mis limitaciones en la comprensión del menorquin, espero no haber traicionado el espiritu de aquello porque fue algo increiblemente hermoso que al menos a mi me conmovió profundamente.  Cinco monjas de clausura bailando en silencio como una oración sentida y vivida más alá de credos y religiones. Ésa es la fe/espiritualidad que yo puedo y quiero compartir.

Para acabar dejo aquí la que hubiera sido mi respuesta a la pregunta, que me rondó toda la noche. Sería algo así como «una buena persona es la que, pudiendo elegir, elige siempre amar».

Y ahora, poc a poc como dicen por aquí, toca regresar y comenzar.

Pepa

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Ligera

Hay vivencias y transformaciones en la vida que son difíciles de expresar, de darles forma con palabras.

Desde que era pequeña he vivido una sensación interna de peso, y no hablo de mi obesidad, que obviamente es parte de esa sensación, hablo de que la vida me pesaba mucho, una sensación de que vivir me resultaba muy cansado, muy agotador. Me ha costado mucho tiempo darme cuenta de que ese agotamiento tenía que ver con mi exigencia interna, con mi intento de llegar a todo, de hacer las cosas bien, con mi culpa por mis errores, con ese prohibirme abandonar el barco, cualquier barco aunque no lo hubiera elegido, aunque no lo quisiera, abandonar me resultaba inasumible. Y no hablemos de la maternidad, de aquellos primeros tiempos de exigirme ser perfecta en todo, en cada pequeño detalle, de no cometer errores, de pensar todo cuarenta veces. Hasta que poco a poco aprendi a dejarme en el vínculo con mi hijo. A confiar. Que palabra mas importante y más difícil de aprender ha sido para mi!

No hablo de que la vida no me gustara, al revés, me apasionaba y me apasiona. Siempre he tenido una capacidad para el placer a prueba de bomba. De hecho recuerdo mi sorpresa cuando hace años, en mis primeros años en Madrid, mis amigas del colegio mayor me hicieron darme cuenta de que cuando yo estaba mal se notaba mucho porque dejaba de reírme. Nunca hubiera pensado que mi risa fuera tan clave en mi identidad. Como cuando me dijeron lo de mis abrazos. O cuando me descubrí en el sexo. O cuando me encontré junto al mar, hace quince años. Esa capacidad de sentir y de gozar, de entusiasmarme (aunque supusiera cargar con el San Benito de exagerada y vehemente) me mantuvo siempre anclada a la vida, por mucho que pesara.

Pero el sufrimiento, el dolor, las prisas, la intensidad, la exigencia..la vida me pesaba. Y cada cierto tiempo tenía esa petición interna de «que paren la vida que me bajo un ratito, solo para descansar».

Por eso cuando ayer un amigo me pregunto como estaba, me salió decirle «ligera». Porque si tuviera que elegir un cambio, uno solo de los muchos que he vivido estos años seria ese. La sensación de haber ido soltando peso. Me queda mucho aun, mucho por soltar, mucho por relajarme. Pero ya no tengo duda sobre que ese «soltar» es garantía de salud y de felicidad para mi. Es una sensación de descanso, de fluidez (que palabra tan mágica esa que descubrí en biodanza) y de claridad.

El otro día hice un cálculo que me dejo impresionada. Voy a pasar tres meses y medio sin tomar un avión. Estamos yendo mucho al aeropuerto a recoger y dejar gente amada que viene a vernos, pero no volamos. Y cuando me puse a pensar cuando fue la ultima vez que estuve tres meses y medio sin volar…18 años. Dieciocho años! Ni siquiera cuando tuve la baja de maternidad, porque vine con el a Menorca, ni siquiera cuando tome una excelencia de tres meses en mi trabajo en Save the Children, hace ya ocho años, que emplee la mitad en viajar por Argentina y Perú. Dieciocho años para dejar pasar los días uno tras otro junto al mar. Llenarlos de conversaciones, agua, luz, campo…y amor. Luego volveré a viajar, claro que si, y seguiré teniendo una vida mucho más movida que la mayoría de la gente, por mi trabajo y porque me gusta, me lo paso bien, porque lo elijo. Los referentes para medir lo que es «mucho» o «poco» son difíciles de delimitar.

Así que aquí me tenéis, aprendiendo a fluir, a descansar, a dejarme. Porque la vida puede pesar mucho, en parte por lo que golpea, en parte por lo que ponemos cada uno en ella. Al menos esa es mi experiencia. Y además es un aprendizaje sin propósito de enmienda 😉 porque cuanto más confío y mas me dejo mejor me va. En los últimos años he hecho las tres apuestas mas arriesgadas de mi vida: ser madre, dejar un trabajo estable para ponerme como consultora independiente, y venirme a vivir al mar. Y cada una de ellas ha traído a mi vida mas gozo del que soy capaz de expresar. Pero para poder apostar, para poder arriesgar y dejarme de aferrar y soltar pesos me hizo falta un trabajo personal profundo, mucha terapia, la biodanza, la osteopatia y otros varios que llegaron a mi vida y yo tome.

Así que ahora cuando veo esta fluidez en mi vida sonrío con esa mezcla de agradecimiento a la vida y honra hacia mi valentía.

Pepa

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Madrid

Recuerdo, casi como si fuera ayer, el día que bajé del tren en la estación de Chamartin con mis dieciocho años, mi maleta y mi ansia de vida. Recuerdo que pensé: «puedo girar a la derecha, puedo girar a la izquierda, puedo gritar.. nadie se va a enterar, nadie va a opinar, nadie se lo va a contar a mis padres..» Me sentí libre. Y grité de alegría. Y empecé a caminar con mi maleta.

Han pasado veinticuatro años. Madrid me dio un hogar. Soy una de esas millones de personas que caben en este caos ordenado con leyes no escritas pero tangibles que crean dentro de una misma ciudad universos paralelos que nunca se cruzan, ni siquiera por la calle, reglas no escritas y un movimiento imparable, abrumador cuando llegas, brusco en muchos momentos, pero lleno de vida. Me dio la posibilidad del anonimato que es un bien muy preciado para mi, a pesar de mi profesión pública (o precisamente más aún por ella, no lo sé) y una diversidad social y cultural que nunca antes conocí en la que me sumergí y que se volvió indispensable para mi.

Adoro esta ciudad. Le debo más cosas de las que puedo o sé expresar. Mi hijo es madrileño, aunque intuyo que no de alma, los mejores años de mi vida hasta ahora están enganchados a sus esquinas y a sus gentes. Pequeños restaurantes, cuenta cuentos, los museos, los pequeños teatros, la música, el fluir imparable de gentes de todo tipo, mirarlas pasar en una terraza, las callejuelas, el barrio de las letras, Bravo Murillo o nuestro parque actual, la vista de la ciudad desde aquella facultad, el retiro, Alcalá, los días en la sierra, los trenes, los aviones que siempre me traían de regreso a casa… tantas y tantas cosas que caben en la memoria de mi piel.

Y sobre todo mi gente. Esta mañana José me decía que el saber que sus amiguitos van a venir a Palma y el va a poder verlos al venir a Madrid le era suficiente, que el resto le hacía feliz, que no quería más. Yo me siento igual. Él está radiante, y yo también, aunque más cansada por tanta logística y apuro de las últimas semanas ;-). Sé por la experiencia de Zaragoza que los vínculos profundos no se rompen si se cultivan. No sólo no se rompen sino que adquieren profundidad, y cada vez que te ves es como estar en casa. Si no los cultivas, mueren, pero si los cuidas como bienes preciados se vuelven parte de tu piel, estés donde estés. Por eso hay una parte de Madrid que aunque no lo sepa (que en realidad si lo saben) se viene a vivir a Palma también.

La consciencia y el tiempo que estamos dando a la despedida tiene un valor preciado y precioso. Decirse adiós, te quiero, te abrazo, cambia las cosas. Aunque sé que lo sabes, aunque yo lo sé, aunque te vaya a ver en unas semanas, pero merece la pena decirte gracias, me has hecho increíblemente feliz, me has abierto el alma a una parte de mí que no conocía, me enseñaste a reír, a acariciar, a dejarme acariciar, a bailar, a perdonarme a mi misma, a no ser tan dura ni tan exigente, a temblar. Me devolviste la exacta, pequeña pero exacta, medida de mi hermosura, y ese es un regalo que no tiene precio.

No «eres» sólo una persona, cada uno sabéis quienes sois. El Madrid que viaja conmigo y al que volveré siempre, como vuelvo a mi Zaragoza. Cuando la gente me pregunta de dónde soy suelo decir que de la carretera que une esas dos ciudades. Zaragoza guarda la Pepa niña, Madrid la Pepa mujer. Ahora toca unir el mar a mi geografía interior.

Cuando vuelva a estas líneas será ya en ese mar.

Pepa

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Regalos

A lo largo de mi vida he tenido conversaciones muy interesantes sobre la gratitud. Sobre si se debe o no debe sentir, o expresar, o si te posiciona como deudora, sobre si lo que recibes es algo natural…pero para mí la gratitud es parte del alimento del alma y de mi vida. Incluso en los peores momentos, o precisamente en esos momentos más que nunca, siempre he percibido el hilo de amor de la vida. Ese hilo que me rodea, me ampara y me guía, ese hilo que nunca me ha dejado caer. Cada vez que me he sentido desesperada, pequeña o asustada ha habido algo o alguien que ha llegado con un regalo. Un REGALO con mayúsculas, uno de esos dones (palabras, caricias, presencias, silencios, apoyo logístico, sostén, bienes materiales…la lista sería infinita) que me han dado luz, que me han devuelto al sentido.

Seligman dice que una vida plena es una vida con placer, con fluidez y con sentido. Cada día estoy más convencida de que esos tres elementos esconden en sí mismos las claves del bienestar.

El placer y la alegría que generan, ese placer deleitado, sutil o muy evidente, ruidoso y estridente o silencioso, compartido o en solitario…ese placer que alimenta cada poro de mi piel: el aire o el sol en la cara, la luna reflejada en el mar, los baños al amanecer..el agua en todas sus formas en realidad.. los árboles, tocar y ser tocada, el sexo, la comida, el fuego, los abrazos – qué fuente de gozo los abrazos-, los cuentos narrados, la buena conversación, la mirada amada, un buen libro o una buena película..el placer de abandonarse..

La fluidez que caracteriza a las cosas más valiosas de mi vida. Esas que surgen solas, que vivo como llevada por la vida y por su aura, que parece que no hago nada y todo cuadra, aunque en realidad haya hecho multitud de pequeñas cosas para hacer posible la magia. Pero la magia fluye, y conmueve, y me deja entrever que la opción que elegiste es la correcta, mucho más allá de lo que siquiera imaginé. El amor fluye, el mar fluye, las relaciones fluyen…el movimiento es parte de la vida, define la vida.

Y el sentido. Tener un «para qué», un «con quién», un «me gusta lo que veo», un «aporta algo». Un sentido en la oscuridad, en el cansancio, en la noche y en la vorágine. Un sentido que intento no perder de vista cuando la vida parece correr más que yo, sensación que tengo a menudo en mi vida, aunque quizá cada vez menos. Pero el sentido casi siempre tiene que ver con el amor, con un otro, con la trascendencia y con la resiliencia. Para mí es clave sentir que lo que hago tiene un sentido. Y en el fondo estoy convencida de que nos pasa a todos, o al menos a muchos.

Así que acabo con dos regalos. Dos regalos inmensos, inesperados, emocionantes y conmovedores.

El primero tiene historia. Os acordáis cuando os hablé del taller en Cantabria? Ese en el que hicimos un ejercicio que propuso mi hijo? Les pidió a las personas que pensaran en algo bonito que pudieran decirles a sus hijos, algo que les fuera a hacer felices. Me lo propuso a mí, a mí me encantó la idea, lo propuse al grupo, ellos aceptaron y los dos maravillosos coordinadores de aquel curso, Manuel y Sandra, lo recogieron y lo colgaron en el blog del cep de cantabria. Dedicadle diez minutos y veréis. Se os cambiará la cara.

Y el segundo tiene más historia si cabe. Esta semana se cumplieron 100 años del nacimiento de mi padre. El 5 de mayo hubiera cumplido 100 años. Y sin que lo supiéramos nadie en la familia, el Heraldo de Aragón publicó una página hermosísima en recuerdo suyo. El Heraldo además de ser el periódico de toda mi niñez, es el periódico en el que mi padre trabajó durante casi toda su vida como articulista, crítico literario incluso como director en un periodo, además de otras ocupaciones características de un hombre culto, generoso y activo como él. La memoria es un bien escaso en estos tiempos, pero más aún lo es la memoria agradecida. La que honra lo que quienes nos antecedieron nos regalaron, hicieron posible con honradez y bondad.

HA 2015-05-05 – Heraldo de Aragón – CULTURA Y OCIO – pag 48heraldo_aragon_luis_horno

Como les escribí al Heraldo aquél día, mi padre merecía ese homenaje, pero es poco frecuente recibirlo, así que sigue siendo un regalo que agradecimos todos los que le quisimos hondamente, sobre todo por el cariño con el que fue realizado por el equipo del periódico, por Antón Castro y Fernando Solsona. Os dejo el enlace por si queréis leerlo. Es la historia de mi padre. Parte de ella. Y parte de la mía.

Gracias!
Pepa

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Mis 42

Mi familia se acaba de ir. Unos hace minutos, otros hace apenas unas horas. Mi hijo duerme después de decirme «te quiero cumpleañera». Y cuando llega la calma, la casa parece volver a una cierta apariencia de normalidad y recupero mis silencios, mis certezas se hacen presentes. Un día más, pero no un día cualquiera.

Hoy he cumplido 42 años rodeada de amor. De más amor del que pude nunca sospechar. Amor del que se palpa, se toca. Amor del que no se exhibe pero se hace presente. Amor.

Cumplo 42 entre ecos de risas. Desde el minuto de la mañana con mi hijo cantando al despertarme (aunque luego hayamos reñido en el desayuno ;-)), la comida en el parque con diez niños corriendo alrededor de nosotros los mayores que nos sonreíamos al encontrarnos, hasta ahora mismo oyéndole a el y a sus primos partirse de risa. La alegría es el alimento del alma, o al menos uno de ellos.

Pero sobre todo cumplo 42 con placidez. Y hace un tiempo nunca hubiera pensado que ese sería un valor para mi. Pero lo es. No he hecho nada especial y lo he tenido todo en el día de hoy. Gozo, amor, red, cuidado, alegría, protección, detalles…

Cumplo 42 ante un giro nuevo en mi vida. Un nuevo comienzo junto al mar. Hoy ha habido también algo de melancolía, miradas de esa tristeza del que se queda, del que sabe que el viaje es bueno para el que se va, pero quisiera al mismo tiempo que nunca partiera, que se quedara cerquita, que nada cambiara. Porque los viajes son así, partes sin regreso, porque al volver todo es igual y todo es diferente. Y sólo los hilos de amor fuerte permanecen y se fortalecen en la distancia. Muchos otros pierden fuerza o presencia. Aunque eso no significa que no tuvieran valor. Fueron y dejaron huella en ti.

He vivido 24 años en Madrid. En esta ciudad que ahora que se que me voy, vivo y percibo diferente. He construido una vida plena y me siento agradecida, muy agradecida a la vida por ello. Cuando llegue a esta ciudad era una niña, una niña mucho más asustada, emocionada y anhelante de lo que podía sospechar. Parte de esa niña sigue viva, pero hoy soy una mujer. Y como tal comienzo este nuevo capítulo, honrando el amor que he encontrado en esta ciudad, cada uno de los rostros de hoy, cada huella, cada lugar.

Los lugares guardan jirones de nuestra piel enganchados en las esquinas, los rincones, un parque, un ventanal, un café o el banco de una plaza..todo eso y mucho más lo encontrare cada vez que vuelva a Madrid, y en cada rostro que me vea marchar. Y luego están los «calcetines de tu cajón» esos poquitos a los que no quieres renunciar ni por toda la distancia del mundo, porque son/ eres tu misma, no te puedes explicar sin ellos. Esos que vendrán al mar, a encontrar esa parte de ellos mismos que sólo encuentran junto a mi, como me pasa a mi con ellos.

Habrá otros parques..otros mares…pero el mismo amor.

Gracias. Sencillamente gracias.
Pepa

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