Ayer vivimos algo único. Ayer hicimos el cierre del proceso de supervisión que he estado haciendo en cinco centros de protección, y lo hicimos con una conferencia para profesionales en la mañana, pero sobre todo con una sesión con los niños, niñas y adolescentes de los centros por la tarde. En esa sesión juntamos a unos cien niños y niñas junto con sus educadores.
Tuvimos una tertulia en la que les explicamos por qué y para qué habíamos trabajado con sus educadores durante todo el año (qué raro es para muchos entender que merecían que alguien les contara el trabajo que se había hecho con los mayores que cuidan de ellos) y luego hicimos una sesión de biodanza con los que quisieron participar.
Imposible describir el caos de la sala. La vida y las emociones que se despertaron, las que se expresaron y las que se callaron. Y en medio de ese caos sucedieron cosas maravillosas.
La primera, vinieron todos. Vinieron educadores que ni siquiera estaban de turno, educadores que no quisieron bailar ni lo habían hecho antes, otros que sí. Pero estuvieron todos, y trajeron a los chicos. Niños desde cinco o seis años hasta los dieciocho. Niños y niñas con unas historias de dolor que no alcanzamos siquiera a imaginar. Los niños y niñas abrazaban a los educadores, corrían de un lado a otro, se tiraban por el suelo. Niños y niñas que se encontraban con otros que ya no estaban en sus centros, con educadores que habían estado con ellos y ya no. Educadores que miraban sentados y silenciosos. Educadores que bailaban, reían y abrazaban a los niños y niñas. El caos. La vida cuando se palpa el dolor que puede llegar a anidar en esa vida.
Y en ese caos, pasaron infinitas cosas. Pero quiero contar tres que me pasaron a mí, tal cual me pasaron:
Hubo una niña de las pequeñas que estaba sola, me acerqué a ella y le dije: ¿Te puedo dar un abrazo? y me dijo «sí» y le abracé y estuvimos abrazadas largo tiempo, porque cuando quise soltarle, ella no me soltaba.
Hubo otro chico, uno de los mayores, que me preguntó cómo me llamaba, me contó el centro donde vivía y lo que pensaba del centro. Al final le dije también «¿Te puedo dar un abrazo?» y me dijo «Claro, ¿por qué no?» y nos abrazamos. Al acabar le dije «gracias» y cuando se estaba yendo, se volvió a acercar y me dijo «soy yo el que te debería dar las gracias a ti porque no es muy común que un mayor dé abrazos así, porque sí, sin motivo, así que gracias».
Y entonces llegó mi hijo. Porque llevé a mi hijo a que viera justamente aquel caos. Quería que entendiera por qué su madre viaja tanto, que pudiera ver el sentido de su renuncia las veces que le toca acostarse sin que yo haya llegado, y que viera también parte de una historia que es también la suya. Y mi hijo bailó, saltó, corrió, abrazó y dio besos, pero sobre todo observó, y calló y se vino a casa impresionado y conmovido.
Así que mi hijo llegó cuando hablaba con ese niño y se metió bajo mis piernas, y el chico mayor me pregunto:
-¿Es tu hijo?»
-Sí, se llama José.
-¿Y es adoptado?
-Sí.
-¿Desde cuando está contigo?
– Desde que tenía un año.
– Eso está bien- Y se agachó y le dijo: Hola, cómo te llamas?…y hablaron un rato, él agachado delante de mí y mi hijo desde debajo de mis piernas.
«Eso está bien». Sí que lo está.
Y en otro momento, hice girar dando vueltas a José tomandolo de las manos y enseguida se acercaron dos niñas muy pequeñas a que hiciera con ellas lo mismo. La primera se lanzó encantada, pero a la segunda, cuando la agarré de las manos, temblaba. Así que me agaché y le dije: «Cariño, para poder hacerlo, tienes que dejarte, tienes que confiar en mí. ¿Crees que podrás hacerlo?» Y, tras pensarlo, asintió. Así que la tomé de las manos y giró con una increíble sonrisa.
Pero no sólo fueron los niños. Fue también cada abrazo que recibí de los educadores, cada persona que me dijo «que te vaya bonito», «cuidate mucho», «gracias por todo» o «volveremos a verte, verdad?».
Y cuando ya nos ibamos mi hijo me dijo:
– Mami, no me gusta que algunos se hayan portado tan mal.
– ¿Te has parado a pensar, cariño, las heridas que tienen en el corazón para no poder parar quietos, o para gritar como lo hacen, o para pegarse entre ellos?
Y calló, silencioso y pensativo.
Y esto es sólo una migaja de lo que sucedió ayer. A mi alrededor sucedieron innumerables otras pequeñas maravillas, de las que pueden pasar desapercibidas, de las que se cuentan a veces y muchas otras no, de las que para muchos no tienen importancia y no cambian nada.
Pero para mí sí cuentan. Y desde luego me cambiaron a mí. Pequeñas maravillas.
Pepa