Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

El silencio de la placidez

Es cierto que la felicidad no se narra, se vive. Paladearla, deteniendo el tiempo con consciencia para atesorarla en la memoria.

Cada vez hablo menos, me pasa incluso en los cursos. Escribo poco, en los cafés con amigos permanezco más callada y me bastan los momentos. No es que antes no fuera así, pero la intensidad me llevaba a expresar, compartir, implicarme.. pero lo más importante, lo más valioso, que sigue siendo intenso, queda en el silencio.

Hoy hemos celebrado el carnaval del cole de José. El carnaval ha sido un paseo por el bosque (el paseo para los niños han sido más de tres horas caminando niños y niñas desde los tres años hasta los quince por una ruta de bosque). La fiesta del jardin que despierta, la habían llamado. Los niños y niñas eran animales, plantas, elfos, duendes..lo que quisieran ser. Y al acabar el camino les esperábamos las familias con una comida en el bosque. Ha lloviznado, el día estaba destemplado. Y sin embargo yo no podía dejar de emocionarme mirando alrededor. Niños de todas las edades por el bosque, saltando, jugando. Familias conversando con los profes alrededor de la comida traida de las casas.

En el cole de José van de excursión cada viernes a diferentes rincones de la isla. Los padres los llevamos y los recogemos. Su clase un día a la semana es el bosque, el descubrimiento, la maravilla, el esfuerzo de las caminatas y la convivencia. Pero además van cada día una hora al bosque, es su recreo. Pintan, tejen, siembran y cosechan, tallan piedras y construyen con madera, crean instrumentos musicales y aprenden las tablas de multiplicar con juegos de percusión.

Es como haber cambiado de universo. Pero es un universo real. Está aquí. No es una utopía. Es real. Y es el camino.

El peque está centrado, gozoso y sereno al mismo tiempo. Hoy me comentaba su profe que es el primero en acabar las tareas y yo me acordaba para dentro de todos los días del año pasado que se quedó castigado sin recreo en el cole anterior porque no había acabado lo que debía hacer en clase.  Ha hecho muchos amigos (siempre se le dio bien, pero en un entorno así es todo más fácil). Pero no sólo él, yo también, los que ya tenía que se han hecho mucho más profundos y los regalos inesperados y hermosos que han llegado a nuestra vida.

El nivel de consciencia que preside la convivencia en el cole se plasma en cada pequeño detalle: cómo se habla (nadie grita, ni niños ni adultos) o los cuentos que se usan para aprender a leer y escribir (fábulas antiguas, historias medievales u orientales). El aprendizaje fonético de idiomas, cada profe habla en su idioma, cada niño habla en el suyo: castellano, mallorquin, inglés y alemán conviven y se interiorizan de forma natural. El aprendizaje de la física, las matemáticas, la historia..son infinitos pequeños detalles que crean un universo.

Por eso callo. Porque me resulta dificil describir la felicidad. La felicidad de José en la isla, en el cole, con sus amigos. La mía al verle sonreir sin parar. Mi felicidad al bailar (estoy aprendiendo bailes de salón, y haciendo más biodanza) o en los cafés de la mañana en el pueblo del cole o viendo el amanecer cada mañana sobre el mar mientras desayuno con José. Recibiendo a la gente amada que viene a vernos o con el calor que recibimos de nuestra gente aqui, que nos cuida con mimo y consciencia, el sonido del mar, caminar por la arena caliente..

Es cierto lo que cuentan. El ritmo de la isla se me mete en la piel. El tiempo cunde mucho más, es como si se alargara. Y cada vez me apetece menos moverme, y correr aunque lo siga haciendo. Pero no quiero ir a ningún sitio, me apetece infinito que la gente venga a compartir esta maravilla, a llenarse de ella. Quiero sencillamente estar.

Porque del trabajo ya ni hablo. La agenda llena para un año. El reconocimiento de la gente y la responsabilidad que conlleva. Ser escuchada y consultada y que confíen en mí para procesos de cambio complicados y difíciles a nivel institucional y personal. Pero estar en mi lugar más que nunca, tener un trabajo con sentido, que aporta luz. Es algo que no tiene precio. Pero eso no me lo ha dado la isla, sino un camino que viene de muy atrás y que también elegí, y perseguí y en el que arriesgué.

Y también, claro que sí! están la humedad, la ropa que no se seca, los mocos que vienen y van por nuestro primer invierno humedo, los madrugones, los aviones, la agenda llena, la logística constante, las particularidades de ritmos y maneras de la isla, el poc a poc…

Aposté. Arriesgué. Busqué. Perseguí mis sueños. Y luego la vida hizo el resto. Y es hermoso.

Como escribi hace poco, ahora toca mirar para adelante, seguir creciendo y disfrutar. Toca quedarse en la placidez.

Pepa

 

Comentarios 3 comentarios que agradezco

Deseos

El último día del año. El día del balance, los deseos..qué extraña sensación la de las celebraciones que convierten en únicas y especiales cosas que en realidad son cotidianas. Pero qué importante es celebrar. En el fondo, celebrar es un rito de amor. Y un valor de comunión.

Este fin de año para mí está lleno de luz. Y de paz. He tenido fines de año gozosos, otros para olvidar. Y he tenido fines de año de angustia, y de ausencia. Supongo que como todos. Hoy me acordaba de los fines de año que pasé con mi padre en sus últimos años, de las cenas que montamos en la casa de mis padres con amigos, cuando él ya dormía, anciano, y mi gente se venía a casa para que yo (o yo y mis hermanos) no me quedara sola. Amor, el suyo, el mío, el de mis hermanos y el de mi gente. Me acordaba de las nocheviejas de adolescente, cuando salía con planes tópicos, haciéndome la fuerte y en el fondo anhelando ser elegida. De esas noches recuerdo sobre todo bailar, bailar mucho y largo. Recuerdo un par de fines de año enamorada, tiernamente enamorada. Pienso en lo que deseé en todas esas noches, y me emociono al darme cuenta de que se cumplieron casi todos esos deseos, por no decir todos. Y siempre de una forma inesperadamente más bella, más luminosa, más profunda de lo que pude imaginar al desearlos. Porque la vida, cuando golpea, lo hace más fuerte de lo que una pueda imaginar, hasta dejarte noqueada, pero cuando concede deseos..es luminosa.

Deseé salir de mi ciudad, estudiar lo que quería, viajar, viajar y viajar. Deseé ser madre. Deseé ser amada. Deseé los libros que escribí y mi profesión. Y hoy me encuentro ante la noche de los deseos y pienso: lo que venga, será por añadidura. Porque las cuentas ya salen, porque me siento bendecida, porque salimos del tunel y la vida después de un tunel tiene siempre formas más nítidas y diáfanas. Hubo otros tuneles antes, la pérdida de mis padres, mi hospital (aquella nochevieja de mis 29 años), los años de abrir la caja de pandora de mi propia historia.. pero ninguno como el tunel del dolor de un hijo. Pero ya pasó. Él irradia felicidad, alegría y placidez. Y yo lo miro, nos miro, y miro a nuestra gente amada que sigue rodeándonos esta noche y todas las noches. Y pienso de nuevo: lo que venga en adelante, será por añadidura. Y lo recibiré pequeña y emocionada, como quien recibe un regalo inesperado. No deseo sino más de lo que ya vivo: mirarle crecer, mirar nuestro mar, tiempos con nuestra gente amada y un trabajo pleno de sentido. No tengo anhelos, ni proyectos radicales, de esos que sientes que otorgan sentido a tu vida, ya no. Así que lo que llegue, lo recibiré conmovida, y agradecida.

Pero para quienes me leéis en estas páginas sí tengo un deseo: os deseo un año lleno de amor. Amor del bueno, del que merece deleite y sosiego. Amor de padres, de hijos, de parejas, de amigos…amor. Gracias por estar aqui, a mi lado, sois parte de la luz de un deseo que tuve un día y que se hizo real mucho más allá de lo que pude imaginar.
Pepa

Comentarios 17 comentarios que agradezco

Nuestra isla rosa

Ahora sí que sí. Se acabaron las vacaciones. Acabamos de llegar a casa y la cara de gozo que ha puesto el peque al llegar ha sido impagable. Reflejaba tanta alegría casi como la mía, en esta isla de atardeceres rosas que ya sentimos como hogar. Es nuestra isla rosa.

No recuerdo unas vacaciones tan largas y tan vacaciones en mucho tiempo. Hace poco leía este artículo de Almudena Grandes y me sonreía, porque nunca antes he puesto tantas lavadoras y cambiado sábanas, y comprado comida y cocinado (definitivamente tendré que ampliar mis habilidades culinarias) y llevado y traido a gente. Pero como dicen por aquí, eso es parte de ser mallorquin, va en el «pack» lo seas de origen o de adopción, las visitas del verano.

Pero ya acabaron y toca un año lleno de novedades. Novedades en la geografía. Aquí se vive mucho más en contacto con la naturaleza, el mar y la montaña, y para una urbanita como yo ésa es toda una novedad. Además he pasado 24 años viviendo en una misma ciudad, y ahora vivimos en una isla que en cierto modo conozco pero en la que todo o mucho es nuevo para mí, así que he pasado el verano descubriendo lugares a cual más bello. Es una sensación que no recordaba hace mucho: la de tener mucho por visitar, conocer y descubrir. Reconozco que Mallorca me ha producido una sensación paradójica quizá para lo que yo esperaba o lo que dicen que te pasa viniendo de Madrid: me ha parecido grande ;-).

Pero también novedades en la geografía de mis afectos. Andamos aprendiendo una nueva forma de relacionarnos con nuestra gente amada de Madrid e intentando enseñar a mi hijo algo que yo ya conozco bien por mis afectos de Zaragoza: cómo mantener vinculos profundos a distancia, el valor del teléfono, de los mensajes, del skype y de los recuerdos… Pero también vamos incorporando cotidianeidad a nuestros vínculos de aquí que se van profundizando además de ampliando, llenando de matices y colores, y que han abierto su corazón para recibirnos y hacernos sentir en casa.

Y como no hay dos sin tres, también novedades laborales, donde Espirales volverá a recrearse en los próximos meses con cambios varios. En fin, novedades, es tiempo de cambios.

Pero de momento el verano acaba y toca volver a la rutina. El peque anda anhelando empezar su cole nuevo, estar con sus amigos y en nuestro hogar, y yo, aunque con algo de pereza de volver a lo laboral por lo mucho que he desconectado del trabajo para conectar con lo importante, también abierta a lo que está por venir.

Hemos tenido momentos de belleza increíbles este verano, y de mucho amor. Ha venido mucha de nuestra gente a conocer nuestro hogar, hicimos una fiesta de inauguración de la casa con toda nuestra gente de aquí, mezclamos a nuestra gente de aquí y allí en excursiones, días de playa y campo, tuvimos atardeceres increibles (comparto uno de ellos aunque por la tormenta de ese día no sea de los atardeceres rosas), comidas y cenas en la terraza, encuentros increibles, excursiones a la cabrera (por ahora y sin duda, mi rincón favorito de los visitados) y largas conversaciones. Hemos visto peces de todos los colores, y corales y aguas cristalinas. Mi hijo sigue teniendo un imán especial para los animales y pescó peces, cangrejos, una estrella de mar, un pulpo, una sepia…aparte de hipnotizar a gecos varios y obsesionarse por los gatos del barrio hasta cometer auténticas imprudencias.

1439139943902Tengo que reconocer que si tuviera que decir cuál es mi verano perfecto, se parecería bastante a éste (y no pensé que diría esto acostumbrada a viajar los veranos), aunque la novedad del cambio y los miedos que conlleva, la excitación de tanta gente, tanta ida y venida, y movimiento me haya pasado factura en algunos momentos, a mí y al peque. Además de que los veranos implican mucha convivencia, y en nuestro caso sin descanso.

Quiero mostrar aqui una de las cosas bellas de este verano. Resulta que cuando llegamos a nuestra casa, cuando ya supimos que viviriamos aqui, el primer día, José se dedicó a decir dónde quería poner los muebles y a sugerir cosas para la casa que en gran medida yo acepté. Y cuando llegó a la consulta/cuarto de invitados, dijo «en esa pared, mami, vamos a pintar el arbol de la vida». Tal cual. ¿Por qué lo dijo y por qué para esa pared? Ni idea, pero a mí me pareció una idea tan increible que le dije que lo haríamos. Y enseguida pensé en mi hermana y su sensibilidad para la belleza. Así que le pedí que cuando viniera lo pintaran juntos, tia y sobrino. Fue un gesto de amor. Para ella pintarlo, para mí ofrecerselo. Y aqui os dejo el resultado de un día entero pintando tia y sobrino mano a mano, que como siempre cuando se trata de un acto de amor, supera lo imaginado.

1437420894533Y acabo hoy con el relato de otro gesto de amor. Esta última semana, cuando acabaron las visitas, nos escapamos a nuestra querida Menorca. Una semana que ha sido intensa y llena de cosas inesperadas. Y con una de ellas quiero acabar hoy, uno de esos momentos mágicos que te regala la vida. La vida y las personas, en realidad. Mi amigo Vicenc Arnaiz organizó junto con un grupo de personas un encuentro que llamó «Qué significa ser buena persona en el siglo XXI?» Ahi es nada. El acto era la presentación de un montaje de fotos que hicieron varios fotógrafos en torno a esa pregunta junto con los textos que varias personas conocidas en la isla escribieron en torno a la pregunta y a cada fotografía. Con eso hicieron un montaje, e invitaron a Francesc Torralba a dar una pequeña conferencia al respecto. Hasta ahi precioso, pero dentro de lo que podía esperarme siendo Vicenc, Torralba, siendo Menorca y con una idea tan sencilla como bonita. Vicenc dijo que la gente buena nos enseñaba a soñar, y unos y otros hablaron de la bondad vinculada al amor al otro, a la consciencia del otro, al saber mirar, a la bondad más allá de siglos, historia, culturas o religiones, al perdón, a la sencillez. Recuperaron esa frase tan inteligente que dice algo así como «se puede ser bueno y no ser feliz, pero no se puede ser feliz sin ser bueno». Hubo una pregunta curiosa dado el contexto donde estábamos sobre si los lugares pequeños favorecen la bondad y una respuesta inteligente y elegante de Torralba diciendo que aunque teóricamente quisiéramos creer que sí, no lo tenía nada claro. Fue muy bonito.

Pero lo que no me podía imaginar es lo que me encontré como cierre del acto. El acto se realizó en el patio del convento de clausura de Santa Clara en Ciutadella, con cientos de personas sentadas en sillas. Y para finalizar salieron las monjas de clausura, cinco monjas que con una inmensa sencillez dieron las gracias a todo el mundo, dijeron que se sentían honradas porque algo tan profundo hubiera ocurrido en aquel lugar y que para cerrar habian decidido hacer un baile. Dijeron que ser buena persona era algo que trascendía a la religión, que no tenía que ver con la religión sino con la dimensión espiritual de la vida en la que tenía cabida todas las religiones y pensamientos, así que querían cerrar el acto con un baile que trascendiera religiones y creencias. Y entonces con una sencillez pasmosa, la abadesa explicó los gestos del baile: la bondad nace del corazón (se llevaban las manos al corazón), es algo que trasciende a la persona y viene de la dimensión espiritual y nos hace volver a ella (llevaban las manos en alto, las bajaban y las volvían a subir) y la bondad adquiere sentido porque nos lleva a entregarnos a los demás (las manos hacia delante en gesto de ofrenda) y eso nos hace sentir en armonia con nosotros y con la vida (se balanceaban). Y repitieron los gestos ya en silencio a los que nos unimos todos los alli presentes. Lo transcribo de memoria y con mis limitaciones en la comprensión del menorquin, espero no haber traicionado el espiritu de aquello porque fue algo increiblemente hermoso que al menos a mi me conmovió profundamente.  Cinco monjas de clausura bailando en silencio como una oración sentida y vivida más alá de credos y religiones. Ésa es la fe/espiritualidad que yo puedo y quiero compartir.

Para acabar dejo aquí la que hubiera sido mi respuesta a la pregunta, que me rondó toda la noche. Sería algo así como «una buena persona es la que, pudiendo elegir, elige siempre amar».

Y ahora, poc a poc como dicen por aquí, toca regresar y comenzar.

Pepa

Comentarios 15 comentarios que agradezco

Ligera

Hay vivencias y transformaciones en la vida que son difíciles de expresar, de darles forma con palabras.

Desde que era pequeña he vivido una sensación interna de peso, y no hablo de mi obesidad, que obviamente es parte de esa sensación, hablo de que la vida me pesaba mucho, una sensación de que vivir me resultaba muy cansado, muy agotador. Me ha costado mucho tiempo darme cuenta de que ese agotamiento tenía que ver con mi exigencia interna, con mi intento de llegar a todo, de hacer las cosas bien, con mi culpa por mis errores, con ese prohibirme abandonar el barco, cualquier barco aunque no lo hubiera elegido, aunque no lo quisiera, abandonar me resultaba inasumible. Y no hablemos de la maternidad, de aquellos primeros tiempos de exigirme ser perfecta en todo, en cada pequeño detalle, de no cometer errores, de pensar todo cuarenta veces. Hasta que poco a poco aprendi a dejarme en el vínculo con mi hijo. A confiar. Que palabra mas importante y más difícil de aprender ha sido para mi!

No hablo de que la vida no me gustara, al revés, me apasionaba y me apasiona. Siempre he tenido una capacidad para el placer a prueba de bomba. De hecho recuerdo mi sorpresa cuando hace años, en mis primeros años en Madrid, mis amigas del colegio mayor me hicieron darme cuenta de que cuando yo estaba mal se notaba mucho porque dejaba de reírme. Nunca hubiera pensado que mi risa fuera tan clave en mi identidad. Como cuando me dijeron lo de mis abrazos. O cuando me descubrí en el sexo. O cuando me encontré junto al mar, hace quince años. Esa capacidad de sentir y de gozar, de entusiasmarme (aunque supusiera cargar con el San Benito de exagerada y vehemente) me mantuvo siempre anclada a la vida, por mucho que pesara.

Pero el sufrimiento, el dolor, las prisas, la intensidad, la exigencia..la vida me pesaba. Y cada cierto tiempo tenía esa petición interna de «que paren la vida que me bajo un ratito, solo para descansar».

Por eso cuando ayer un amigo me pregunto como estaba, me salió decirle «ligera». Porque si tuviera que elegir un cambio, uno solo de los muchos que he vivido estos años seria ese. La sensación de haber ido soltando peso. Me queda mucho aun, mucho por soltar, mucho por relajarme. Pero ya no tengo duda sobre que ese «soltar» es garantía de salud y de felicidad para mi. Es una sensación de descanso, de fluidez (que palabra tan mágica esa que descubrí en biodanza) y de claridad.

El otro día hice un cálculo que me dejo impresionada. Voy a pasar tres meses y medio sin tomar un avión. Estamos yendo mucho al aeropuerto a recoger y dejar gente amada que viene a vernos, pero no volamos. Y cuando me puse a pensar cuando fue la ultima vez que estuve tres meses y medio sin volar…18 años. Dieciocho años! Ni siquiera cuando tuve la baja de maternidad, porque vine con el a Menorca, ni siquiera cuando tome una excelencia de tres meses en mi trabajo en Save the Children, hace ya ocho años, que emplee la mitad en viajar por Argentina y Perú. Dieciocho años para dejar pasar los días uno tras otro junto al mar. Llenarlos de conversaciones, agua, luz, campo…y amor. Luego volveré a viajar, claro que si, y seguiré teniendo una vida mucho más movida que la mayoría de la gente, por mi trabajo y porque me gusta, me lo paso bien, porque lo elijo. Los referentes para medir lo que es «mucho» o «poco» son difíciles de delimitar.

Así que aquí me tenéis, aprendiendo a fluir, a descansar, a dejarme. Porque la vida puede pesar mucho, en parte por lo que golpea, en parte por lo que ponemos cada uno en ella. Al menos esa es mi experiencia. Y además es un aprendizaje sin propósito de enmienda 😉 porque cuanto más confío y mas me dejo mejor me va. En los últimos años he hecho las tres apuestas mas arriesgadas de mi vida: ser madre, dejar un trabajo estable para ponerme como consultora independiente, y venirme a vivir al mar. Y cada una de ellas ha traído a mi vida mas gozo del que soy capaz de expresar. Pero para poder apostar, para poder arriesgar y dejarme de aferrar y soltar pesos me hizo falta un trabajo personal profundo, mucha terapia, la biodanza, la osteopatia y otros varios que llegaron a mi vida y yo tome.

Así que ahora cuando veo esta fluidez en mi vida sonrío con esa mezcla de agradecimiento a la vida y honra hacia mi valentía.

Pepa

Comentarios 7 comentarios que agradezco

Madrid

Recuerdo, casi como si fuera ayer, el día que bajé del tren en la estación de Chamartin con mis dieciocho años, mi maleta y mi ansia de vida. Recuerdo que pensé: «puedo girar a la derecha, puedo girar a la izquierda, puedo gritar.. nadie se va a enterar, nadie va a opinar, nadie se lo va a contar a mis padres..» Me sentí libre. Y grité de alegría. Y empecé a caminar con mi maleta.

Han pasado veinticuatro años. Madrid me dio un hogar. Soy una de esas millones de personas que caben en este caos ordenado con leyes no escritas pero tangibles que crean dentro de una misma ciudad universos paralelos que nunca se cruzan, ni siquiera por la calle, reglas no escritas y un movimiento imparable, abrumador cuando llegas, brusco en muchos momentos, pero lleno de vida. Me dio la posibilidad del anonimato que es un bien muy preciado para mi, a pesar de mi profesión pública (o precisamente más aún por ella, no lo sé) y una diversidad social y cultural que nunca antes conocí en la que me sumergí y que se volvió indispensable para mi.

Adoro esta ciudad. Le debo más cosas de las que puedo o sé expresar. Mi hijo es madrileño, aunque intuyo que no de alma, los mejores años de mi vida hasta ahora están enganchados a sus esquinas y a sus gentes. Pequeños restaurantes, cuenta cuentos, los museos, los pequeños teatros, la música, el fluir imparable de gentes de todo tipo, mirarlas pasar en una terraza, las callejuelas, el barrio de las letras, Bravo Murillo o nuestro parque actual, la vista de la ciudad desde aquella facultad, el retiro, Alcalá, los días en la sierra, los trenes, los aviones que siempre me traían de regreso a casa… tantas y tantas cosas que caben en la memoria de mi piel.

Y sobre todo mi gente. Esta mañana José me decía que el saber que sus amiguitos van a venir a Palma y el va a poder verlos al venir a Madrid le era suficiente, que el resto le hacía feliz, que no quería más. Yo me siento igual. Él está radiante, y yo también, aunque más cansada por tanta logística y apuro de las últimas semanas ;-). Sé por la experiencia de Zaragoza que los vínculos profundos no se rompen si se cultivan. No sólo no se rompen sino que adquieren profundidad, y cada vez que te ves es como estar en casa. Si no los cultivas, mueren, pero si los cuidas como bienes preciados se vuelven parte de tu piel, estés donde estés. Por eso hay una parte de Madrid que aunque no lo sepa (que en realidad si lo saben) se viene a vivir a Palma también.

La consciencia y el tiempo que estamos dando a la despedida tiene un valor preciado y precioso. Decirse adiós, te quiero, te abrazo, cambia las cosas. Aunque sé que lo sabes, aunque yo lo sé, aunque te vaya a ver en unas semanas, pero merece la pena decirte gracias, me has hecho increíblemente feliz, me has abierto el alma a una parte de mí que no conocía, me enseñaste a reír, a acariciar, a dejarme acariciar, a bailar, a perdonarme a mi misma, a no ser tan dura ni tan exigente, a temblar. Me devolviste la exacta, pequeña pero exacta, medida de mi hermosura, y ese es un regalo que no tiene precio.

No «eres» sólo una persona, cada uno sabéis quienes sois. El Madrid que viaja conmigo y al que volveré siempre, como vuelvo a mi Zaragoza. Cuando la gente me pregunta de dónde soy suelo decir que de la carretera que une esas dos ciudades. Zaragoza guarda la Pepa niña, Madrid la Pepa mujer. Ahora toca unir el mar a mi geografía interior.

Cuando vuelva a estas líneas será ya en ese mar.

Pepa

Comentarios 11 comentarios que agradezco

Regalos

A lo largo de mi vida he tenido conversaciones muy interesantes sobre la gratitud. Sobre si se debe o no debe sentir, o expresar, o si te posiciona como deudora, sobre si lo que recibes es algo natural…pero para mí la gratitud es parte del alimento del alma y de mi vida. Incluso en los peores momentos, o precisamente en esos momentos más que nunca, siempre he percibido el hilo de amor de la vida. Ese hilo que me rodea, me ampara y me guía, ese hilo que nunca me ha dejado caer. Cada vez que me he sentido desesperada, pequeña o asustada ha habido algo o alguien que ha llegado con un regalo. Un REGALO con mayúsculas, uno de esos dones (palabras, caricias, presencias, silencios, apoyo logístico, sostén, bienes materiales…la lista sería infinita) que me han dado luz, que me han devuelto al sentido.

Seligman dice que una vida plena es una vida con placer, con fluidez y con sentido. Cada día estoy más convencida de que esos tres elementos esconden en sí mismos las claves del bienestar.

El placer y la alegría que generan, ese placer deleitado, sutil o muy evidente, ruidoso y estridente o silencioso, compartido o en solitario…ese placer que alimenta cada poro de mi piel: el aire o el sol en la cara, la luna reflejada en el mar, los baños al amanecer..el agua en todas sus formas en realidad.. los árboles, tocar y ser tocada, el sexo, la comida, el fuego, los abrazos – qué fuente de gozo los abrazos-, los cuentos narrados, la buena conversación, la mirada amada, un buen libro o una buena película..el placer de abandonarse..

La fluidez que caracteriza a las cosas más valiosas de mi vida. Esas que surgen solas, que vivo como llevada por la vida y por su aura, que parece que no hago nada y todo cuadra, aunque en realidad haya hecho multitud de pequeñas cosas para hacer posible la magia. Pero la magia fluye, y conmueve, y me deja entrever que la opción que elegiste es la correcta, mucho más allá de lo que siquiera imaginé. El amor fluye, el mar fluye, las relaciones fluyen…el movimiento es parte de la vida, define la vida.

Y el sentido. Tener un «para qué», un «con quién», un «me gusta lo que veo», un «aporta algo». Un sentido en la oscuridad, en el cansancio, en la noche y en la vorágine. Un sentido que intento no perder de vista cuando la vida parece correr más que yo, sensación que tengo a menudo en mi vida, aunque quizá cada vez menos. Pero el sentido casi siempre tiene que ver con el amor, con un otro, con la trascendencia y con la resiliencia. Para mí es clave sentir que lo que hago tiene un sentido. Y en el fondo estoy convencida de que nos pasa a todos, o al menos a muchos.

Así que acabo con dos regalos. Dos regalos inmensos, inesperados, emocionantes y conmovedores.

El primero tiene historia. Os acordáis cuando os hablé del taller en Cantabria? Ese en el que hicimos un ejercicio que propuso mi hijo? Les pidió a las personas que pensaran en algo bonito que pudieran decirles a sus hijos, algo que les fuera a hacer felices. Me lo propuso a mí, a mí me encantó la idea, lo propuse al grupo, ellos aceptaron y los dos maravillosos coordinadores de aquel curso, Manuel y Sandra, lo recogieron y lo colgaron en el blog del cep de cantabria. Dedicadle diez minutos y veréis. Se os cambiará la cara.

Y el segundo tiene más historia si cabe. Esta semana se cumplieron 100 años del nacimiento de mi padre. El 5 de mayo hubiera cumplido 100 años. Y sin que lo supiéramos nadie en la familia, el Heraldo de Aragón publicó una página hermosísima en recuerdo suyo. El Heraldo además de ser el periódico de toda mi niñez, es el periódico en el que mi padre trabajó durante casi toda su vida como articulista, crítico literario incluso como director en un periodo, además de otras ocupaciones características de un hombre culto, generoso y activo como él. La memoria es un bien escaso en estos tiempos, pero más aún lo es la memoria agradecida. La que honra lo que quienes nos antecedieron nos regalaron, hicieron posible con honradez y bondad.

HA 2015-05-05 – Heraldo de Aragón – CULTURA Y OCIO – pag 48heraldo_aragon_luis_horno

Como les escribí al Heraldo aquél día, mi padre merecía ese homenaje, pero es poco frecuente recibirlo, así que sigue siendo un regalo que agradecimos todos los que le quisimos hondamente, sobre todo por el cariño con el que fue realizado por el equipo del periódico, por Antón Castro y Fernando Solsona. Os dejo el enlace por si queréis leerlo. Es la historia de mi padre. Parte de ella. Y parte de la mía.

Gracias!
Pepa

Comentarios 2 comentarios que agradezco

Mis 42

Mi familia se acaba de ir. Unos hace minutos, otros hace apenas unas horas. Mi hijo duerme después de decirme «te quiero cumpleañera». Y cuando llega la calma, la casa parece volver a una cierta apariencia de normalidad y recupero mis silencios, mis certezas se hacen presentes. Un día más, pero no un día cualquiera.

Hoy he cumplido 42 años rodeada de amor. De más amor del que pude nunca sospechar. Amor del que se palpa, se toca. Amor del que no se exhibe pero se hace presente. Amor.

Cumplo 42 entre ecos de risas. Desde el minuto de la mañana con mi hijo cantando al despertarme (aunque luego hayamos reñido en el desayuno ;-)), la comida en el parque con diez niños corriendo alrededor de nosotros los mayores que nos sonreíamos al encontrarnos, hasta ahora mismo oyéndole a el y a sus primos partirse de risa. La alegría es el alimento del alma, o al menos uno de ellos.

Pero sobre todo cumplo 42 con placidez. Y hace un tiempo nunca hubiera pensado que ese sería un valor para mi. Pero lo es. No he hecho nada especial y lo he tenido todo en el día de hoy. Gozo, amor, red, cuidado, alegría, protección, detalles…

Cumplo 42 ante un giro nuevo en mi vida. Un nuevo comienzo junto al mar. Hoy ha habido también algo de melancolía, miradas de esa tristeza del que se queda, del que sabe que el viaje es bueno para el que se va, pero quisiera al mismo tiempo que nunca partiera, que se quedara cerquita, que nada cambiara. Porque los viajes son así, partes sin regreso, porque al volver todo es igual y todo es diferente. Y sólo los hilos de amor fuerte permanecen y se fortalecen en la distancia. Muchos otros pierden fuerza o presencia. Aunque eso no significa que no tuvieran valor. Fueron y dejaron huella en ti.

He vivido 24 años en Madrid. En esta ciudad que ahora que se que me voy, vivo y percibo diferente. He construido una vida plena y me siento agradecida, muy agradecida a la vida por ello. Cuando llegue a esta ciudad era una niña, una niña mucho más asustada, emocionada y anhelante de lo que podía sospechar. Parte de esa niña sigue viva, pero hoy soy una mujer. Y como tal comienzo este nuevo capítulo, honrando el amor que he encontrado en esta ciudad, cada uno de los rostros de hoy, cada huella, cada lugar.

Los lugares guardan jirones de nuestra piel enganchados en las esquinas, los rincones, un parque, un ventanal, un café o el banco de una plaza..todo eso y mucho más lo encontrare cada vez que vuelva a Madrid, y en cada rostro que me vea marchar. Y luego están los «calcetines de tu cajón» esos poquitos a los que no quieres renunciar ni por toda la distancia del mundo, porque son/ eres tu misma, no te puedes explicar sin ellos. Esos que vendrán al mar, a encontrar esa parte de ellos mismos que sólo encuentran junto a mi, como me pasa a mi con ellos.

Habrá otros parques..otros mares…pero el mismo amor.

Gracias. Sencillamente gracias.
Pepa

Comentarios 13 comentarios que agradezco

«Hay que seguir contando»

Es tarde. Pero acabo de volver de ver 43.2, una obra de las que merece ser vista, de las que te conmueven y te impregnan. La hemos visto en ese prodigio que es la Sala Mirador, allí escondida en el corazón del barrio madrileño de  Lavapies, liderada por Cristina Rotta y Juan Diego Botto entre otros. Un lugar y una gente que lucha por conservar lo que muchos tontamente desprecian. Un trabajo por el que cuando te cruzas con él sólo te sale decirle un tímido: «Gracias por mantener esto abierto. Por eso y por todo lo demás«.

Porque la vida tiene estas sorpresas, y resulta que hoy tocaba encuentro de los actores con el público y además estaba allí Botto, entre el público. Y esa tertulia con los actores ha sido un regalo inesperado. Hemos hablado del silencio y la memoria, y es por eso que me sale escribir.

43.2 son las coordenadas de Guernica. Y la obra aborda el tema de la reconciliación en Euskadi tras el conflicto de eta, a través de la historia de una familia dividida, inmersa en un dolor lleno de silencios en el que muchas de las visiones de este problema tan doloroso como complejo tienen cabida. Y ésa justamente me ha parecido la medida exacta de su valía: que refleja lo macro en lo micro, los dilemas sociales y políticos en la realidad afectiva de una familia que se ama y que quiere amarse desesperadamente, pero que también guarda dentro de sí el horror vivido.

Y la obra acaba con la familia sentada a cenar en un silencio tenso pero posible después de mucho tiempo, el de una familia que cena junta, y que como comentaba uno de los actores quizá al final de la cena, en el postre, al cabo de tiempo y de mucho dolor puedan hablar además de cenar.

Pero yo me he quedado impregnada de ese silencio. Y de una frase de la madre viuda al principio de la obra, cuando cuenta que ella se cansa a veces de contar una y otra vez su historia, pero dice «hay que seguir contando».

Y yo pensaba en los silencios del dolor y del terror. Ese silencio que invade, desconecta a la gente, la incapacita para la palabra, para el cuidado y la cercanía. Ese dolor que he vivido tantas veces en mi vida personal y laboral. Lo he visto en las víctimas con las que trabajo, en los niños y niñas de miradas vacías víctimas del abuso, el maltrato, el abandono o la brutalidad. Lo veo en mi trabajo diario, lo he visto en muchos países y en más rostros de los que puedo expresar. Y también lo he visto en alguna de mi gente más amada.

Mis padres eran mayores cuando me tuvieron. Los dos vivieron la guerra. Cuando en el colegio nos decían «porque vuestros abuelos…» yo pensaba: «mis abuelos no, mis padres«. Mi madre era una niña cuyo padre, mi abuelo materno, hizo cosas en la guerra que conllevaron un dolor indescriptible a mucha gente y a su familia también. Un dolor que mi madre guardó en silencio, entre otros dolores. Tanto mis abuelos como mi madre eran vascos, y esa herencia forma parte profunda también de mí, además de mi vínculo presente con aquella tierra. A mi padre por su lado le acompañó hasta sus últimos días, entre otros, uno de sus amigos de la infancia fusilado. Podría contar infinidad de cosas. Sé mucho de los silencios, de los míos propios también, pero ahora mismo pienso en los silencios y los dolores de los que he sido testigo.

Yo siempre opté por la palabra. Mi palabra, limitada, falible seguro, pero mía. Siempre quise hablar de lo que veía, de lo que ocurría, de la parte que comprendía y de la que no llegaba a captar. Del mismo modo, en mi trabajo, me esfuerzo para que la gente, sean niños o adultos con alma de niños heridos, ponga palabras a su dolor. Porque sé de sobra que es el único modo de sanarlo: nombrarlo.

Pero hoy, al ver el silencio de la cena al final de la obra, pensaba que la palabra necesita un tiempo. Un tiempo para curar el dolor, para que no sangre tanto, para que no duela tanto. Quizá, sólo quizá, hay personas a quienes no podemos pedirles las palabras. Personas como la madre de la obra, que habla de cómo se quedó vacía, como colgada del aire casi cuatro años hasta que encontró su voz y habla de otras mujeres y otros hombres que no pudieron con el dolor y se suicidaron. A lo mejor resulta que son los hijos y los nietos los que podemos nombrar cosas que para quienes las vivieron directamente fueron tan horribles que ni siquiera encontraron palabras para expresarlas. A lo mejor son los actores, escritores, directores.. los que pueden escribir y reflejar el dolor de otros. A lo mejor necesitamos que no sea el nuestro, o no demasiado, para poder hacerlo.

Por eso creo en algo que María, la autora de la obra, ha dicho en la tertulia. Creo que es verdad que el estado, no sólo el nuestro, cualquier estado, tiene la responsabilidad de mantener la memoria del horror que sus ciudadanos han vivido, sea cual sea. Una memoria plural, legítima que refleje todos los rostros posibles. Y trasmitirlo en la educación a las siguientes generaciones, de una forma veraz, legítima, para que nadie pueda decir que no sabía, para que no se repita. Alguien, en realidad todos nosotros, debemos conservar esos relatos para que no mueran con los que no pudieron contarlos, para honrar sus silencios con nuestras palabras.

Y creo que el arte, como ha dicho Botto, tiene la responsabilidad de hablar de la vida y de esos dolores. Para nombrarlos por los que no pueden nombrarlos, no sólo porque estén muertos, que también, sino porque se quedaron sin voz, o aún no han sido capaces de recuperarla.

Cuando trabajo con niños y niñas abusados, pienso siempre que si no hemos sido capaces de evitar que abusaran de ellos, al menos les debemos la mejor de las atenciones posibles. Somos responsables de guardar también su memoria y su voz. Como dijeron tantos y tantos antes de mí: memoria y justicia.

Pepa

Comentarios 4 comentarios que agradezco

A menudo

A menudo pienso en cómo las presencias y las ausencias están formadas de un mismo hilo: el amor. Aquí y allá, ese allá que está tan cerquita que casi puedo sentirlo como un susurro tras de mi. Aquí y allá al final están tejidos de lo mismo: del amor que has dado y has recibido.

Hablo a menudo de la consciencia, y la siento como un privilegio, un deber y un regalo. La consciencia de aquellas pequeñas cosas en las que se narra la vida. Veo la sonrisa de mi hijo, que últimamente es diferente, más luminosa, más plena. Quizá sólo para quienes le han visto triste, no lo sé, desde luego lo es para mi. Veo las caras, la suya y la de sus amiguitos en la cola del cole, y sé con todo mi ser que nos estamos equivocando en más cosas de las que somos siquiera capaces de atisbar en esto que llamamos «educación».

A menudo miro en silencio, y veo esas miradas que se evitan, las palabras que no hemos dicho, y la luz que se cuela…en cada amanecer. Escucho el ruido vacío y los silencios llenos, y siento que si no estás muy atenta… la vida pasa en un despiste cualquiera.

Siento que morir es un camino, no es un instante. Un tránsito en el que cada vez estamos menos aquí y más allá, hasta el último aliento. Y sé, lo supe muy pronto, que acompañar ese camino es un regalo lleno de consciencia, más que nunca, y de amor, un poco más si cabe. Dejar ir a quienes amas, y saber que existirán mientras tú existas. Ya lo dicen muchos, dos generaciones hacia arriba, dos generaciones hacia abajo. La vida no es sólo lo que vivimos nosotros, también es la memoria que dejamos tras nuestro paso. Estoy convencida de que la vida es lo que sabemos construir con aquello que nos dieron.

En los últimos tiempos, me siento a menudo conectada con ese ir y venir de la vida. Muchas despedidas, quizá. Pero me siento honrada por todo lo que me entregaron quienes murieron, quienes miran de frente la muerte en estos meses y quienes simplemente se fueron o aquellos de quienes me he ido yendo yo. Son muchos regalos que no cambiaría ni por todo el oro del mundo.

Lo aprendí hace un largo tiempo y hoy me reafirmo en ello: el amor es lo único que sobrevive a la muerte. Y a la distancia. Y al olvido. Es lo que nadie puede robarte.

Pepa

Comentarios 8 comentarios que agradezco

La palabra y la caricia

Termina el 2014 y lo hace con una sensación ambivalente para mí. Confío en la vida de una forma cada vez más experiencial, menos pensada y más vivida. Sé que las cosas tienen un sentido y desde esa convicción, para mí cada año y cada retazo de vida tiene un valor inigualable. Pero tengo que reconocer que este año ha sido uno de los más duros que recuerdo en mi vida a nivel personal. En lo profesional ha sido un regalo, un gozo, pero en lo personal ha sido una travesía dificil de describir.

Sé que cuando mire hacia atrás dentro de unos años, sentada mirando al mar, sabré que este año ha sido el motor, el comienzo y el origen de infinitas cosas. Cosas buenas. Pero también sé que cuando pienso en el precio, mi cuerpo aún tiembla. Pero ése es el trato. Ni modo. No hay otra.

Y en estas últimas semanas, la vida va abriendo horizontes ante mí que me/nos llenan de luz. Justamente antes de acabar el año. Y nos brindan la oportunidad de comenzarlo rodeados de amor, una vez más. Así que callo y pienso: bienvenido seas, 2015…

Y en ese viaje de las últimas semanas he tomado consciencia de algo que quiero compartir aquí, algo que le expliqué a mi hijo el otro día. Y es sobre la manera que he encontrado toda mi vida para sobrevivir al dolor, al temblor, a años como éste, que ya los hubo, y no me engaño, muy probablemente los volverá a haber. El otro día le hablaba y le decía que cuando el miedo me bloquea, cuando me paraliza, cuando he hecho cosas que ni yo misma entendí o al contrario, no supe hacerlas, cuando el alma se me encogía tanto que veía gigantes y monstruos tras los rincones, para mí hubo dos herramientas poderosas, dos regalos, dos talismanes: la palabra y la caricia.

La palabra me ha servido para elaborar, para pedir ayuda, para narrarme, para matizar, para cuestionarme…la palabra forma parte de mí desde que tengo uso de razón. Mi padre era crítico literario. Crecí en una casa donde casi no había paredes, salvo en los baños y en la cocina. El resto, pasillos, salón, habitaciones.. estaban llenos de estanterías. Mi madre era una conversadora nata, y escribía filosofía en sus cuadernos. De hecho estoy convencida de que mis padres se enamoraron por sus conversaciones interminables y fascinantes, y sufrieron en los momentos en que dejaron de creer en la palabra del otro, de poder buscarse en ella. La palabra formaba parte del aire que respiré desde mi comienzo. Y cuando pude hacerla mía, que tardé algo más de lo esperable, ya nunca la solté.

Veo el valor de la palabra en la terapia con cada paciente, en los cursos y conferencias que doy, en los mensajes y mails que recibo, en las llamadas y las conversaciones con mis amigos…cada vez que mi hijo dice que a mi me gusta conversar. Veo cómo transforma el alma de las personas, y cómo guarda en sí misma la capacidad de tender puentes o de romperlos, de hacer bien o hacer daño, de la risa y del llanto. Es limitada, pequeña y vulnerable, como todo lo humano. Pero las palabras deberían ser tesoros que enseñáramos a nuestros hijos a emplear con deleite. En nuestras casas y en los colegios los niños y las niñas deberían poder hablar largo con los mayores y entre ellos. Y para eso los mayores deberíamos estar dispuestos a emplear tiempo en conversar con ellos.

Pero luego está la caricia. El contacto físico. Los abrazos. Dicen que soy buena dando abrazos 😉 y creo que es verdad. Hay algo de mi ser que sólo encuentro en el contacto físico con otras personas. En la crianza de mi hijo no me canso de acariciarle, besarle y abrazarle. A todos los padres les insisto en que sean «pesados», que achuchen y besen y acunen y toquen. Pero he comprendido que una parte de nosotros, una parte inmensa, de mí la primera, anida en nuestro cuerpo. Y esa parte sólo se llega a conocer con el contacto físico. La memoria corporal de la que hablamos ahora tanto los psicólogos y los neurólogos, allí donde anida todo aquello que vivimos y ni siquiera llegamos a hacer consciente, lo que vivimos antes de tener la palabra, esos primeros meses y años que ahora sabemos que configuran nuestro entramado y nuestra raiz.

En lo que a mí respecta, el contacto físio es uno de los elementos clave de la intimidad en mi vida, sea familiar (aún recuerdo los abrazos de mi madre, cierro los ojos y puedo sentirlos ahora mismo), sea en la amistad, o sea en las parejas. Siempre me ha gustado caminar cogidos de la mano, los detalles tontos, una caricia en el pelo, por no hablar del sexo..no imagino la intimidad sin contacto físico. Cuando ha llegado el dolor o la angustia a mi vida, lo único que ha podido ayudarme a soportarla ha sido el contacto físico de mi gente amada. Recuerdo el entierro de mi madre donde no solté la mano de mi hermano, o el de mi padre, o las visitas que recibí cuando estaba en un hospital, o los abrazos de algunas personas que hicieron kilómetros para darmelos justo cuando los necesitaba. Como yo los hago tanto cuanto  puedo. Para mí una mano, o una caricia o un abrazo simplemente me devuelven la exacta medida de mi existencia, es lo único que me consuela cuando el dolor me deja sin palabras, y me lleva al silencio.

Así que aquí va mi deseo de año nuevo para todos los y las que leéis este blog: os deseo un año lleno de caricias. Y ojalá las palabras las pongais vosotros después.

Gracias de corazón por las palabras que me habéis enviado, ¿veis? ¡palabras!. Gracias por ser parte de lo luminoso que ha habido en el 2014, que también ha sido mucho.

Pepa

Comentarios 5 comentarios que agradezco