Siempre hay puertas que se cierran, y una nunca sabe lo que sucede de puertas para dentro, salvo que te inviten a entrar. Y en cierto modo ni siquiera entonces. Llegas a intuir, llegas a percibir el aire que se respira, pero no formas parte de aquello.
Las puertas del alma. De cada corazón. De cada persona. Nuestra mente, nuestro corazón, nuestras tripas. Sentir que llegas a conocer a otra persona y darte cuenta de que apenas empezaste. Pero creo que ahí justo reside la maravilla. En el asombro constante, en cada nuevo descubrimiento, en ese cambio permanente. Como me enseñaron en mis viajes por Asia «the Mekong always flows and flows in the same direction», «El Mekong siempre fluye y lo hace siempre en la misma dirección». No hay permanencia, sólo cambio. Intentamos aferrarnos, pero no podemos parar la vida. Se trata de vivir, de surfear la ola, sea la que sea.
No hay certeza, sólo intuición. Como me dijo un amigo una vez «cuando creas conocer algo, deshaz la idea, porque será tan sólo una imagen limitada de su realidad». No cabe el aburrimiento si vives con consciencia porque el descubrimiento es constante. Y de vez en cuando, a menudo si tienes suerte, el honor y regalo de ser invitado a entrar en otra alma. Y entonces toca escuchar, callarse, quedarse quieta para percibir, sólo fluir. Fluir con el río interior. Y saberme una privilegiada por ello.
Las puertas de un vínculo. Sea cual sea. Esos códigos únicos que se crean, que sólo sirven en ese vínculo, que no se pueden repetir, que no vuelves a encontrar en otro lugar. Por eso cuando amas te transformas. No hay regreso. No hay sustitutos. La persona es única. El vínculo lo es. Y los demás intuyen, atisban y observan. Pero no pertenecen. Yo he pecado muchas veces de arrogante en mi vida al hablar de los vínculos de los demás, pero intento mejorar ;-). Cada vez miro más y hablo menos. Y eso que sigo hablando a veces demasiado.
Las puertas de un hogar. Lo que sucede dentro en realidad nadie lo cuenta. Cuando alguien te abre su hogar, te invita a comer, a dormir en su casa tienes la certeza de estar siendo invitado a su intimidad. ¡Qué privilegio!. Aunque sea de visita. De las mejores cosas de mi vida me han llegado entrando a los hogares de la gente que amo. La relación cambia, se coloca en otro lugar. Igual ocurre cuando viajas con alguien, que conoces cosas de esa persona que nunca vas a conocer de otra forma. Ese debería ser el orden en una pareja: viajar juntos, convivir, optar.
Cuando hay dolor, cuando las personas sufrimos, cualquiera de esas puertas se cierra. O más bien todas ellas. Y cuesta dejarlas abiertas. Cuesta permitir al otro entrar. Tenemos miedo. Y pedir ayuda nos cuesta muchísimo. A mí me cuesta dejar ver mi dolor primario cuando llega, siempre espero a recomponerme mínimamente. Pero la maternidad me enseñó a aceptar mi vulnerabilidad y a pedir ayuda mucho más y mucho antes. Al menos la mayor parte de las veces 😉 Así que también en eso mi hijo me hizo mejor persona. Pero es importante recordar que nuestros hijos presencian nuestros dolores, los viven, los conocen porque están dentro de esa puerta desde el primer momento.
Las puertas son un buen símbolo de la vida. Pueden protegernos o pueden aislarnos. Son murallas o son refugio. Yo este verano he tenido de ambos intensamente: murallas y refugios.
Abrazo inmenso, ya de vuelta,
Pepa
Pd. El collage son fotos que hizo mi hijo este verano, me ha dado su permiso para utilizarlas. Son las maravillas que ve cuando mira. Todas ellas se dieron dentro de varias puertas.






