Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

Murallas y refugios

Siempre hay puertas que se cierran, y una nunca sabe lo que sucede de puertas para dentro, salvo que te inviten a entrar. Y en cierto modo ni siquiera entonces. Llegas a intuir, llegas a percibir el aire que se respira, pero no formas parte de aquello.

Las puertas del alma. De cada corazón. De cada persona. Nuestra mente, nuestro corazón, nuestras tripas. Sentir que llegas a conocer a otra persona y darte cuenta de que apenas empezaste. Pero creo que ahí justo reside la maravilla. En el asombro constante, en cada nuevo descubrimiento, en ese cambio permanente. Como me enseñaron en mis viajes por Asia «the Mekong always flows and flows in the same direction», «El Mekong siempre fluye y lo hace siempre en la misma dirección». No hay permanencia, sólo cambio. Intentamos aferrarnos, pero no podemos parar la vida. Se trata de vivir, de surfear la ola, sea la que sea.

No hay certeza, sólo intuición. Como me dijo un amigo una vez «cuando creas conocer algo, deshaz la idea, porque será tan sólo una imagen limitada de su realidad». No cabe el aburrimiento si vives con consciencia porque el descubrimiento es constante. Y de vez en cuando, a menudo si tienes suerte, el honor y regalo de ser invitado a entrar en otra alma. Y entonces toca escuchar, callarse, quedarse quieta para percibir, sólo fluir. Fluir con el río interior. Y saberme una privilegiada por ello.

Las puertas de un vínculo. Sea cual sea. Esos códigos únicos que se crean, que sólo sirven en ese vínculo, que no se pueden repetir, que no vuelves a encontrar en otro lugar. Por eso cuando amas te transformas. No hay regreso. No hay sustitutos. La persona es única. El vínculo lo es. Y los demás intuyen, atisban y observan. Pero no pertenecen. Yo he pecado muchas veces de arrogante en mi vida al hablar de los vínculos de los demás, pero intento mejorar ;-). Cada vez miro más y hablo menos. Y eso que sigo hablando a veces demasiado.

collage fotos de joseLas puertas de un hogar. Lo que sucede dentro en realidad nadie lo cuenta. Cuando alguien te abre su hogar, te invita a comer, a dormir en su casa tienes la certeza de estar siendo invitado a su intimidad. ¡Qué privilegio!. Aunque sea de visita. De las mejores cosas de mi vida me han llegado entrando a los hogares de la gente que amo. La relación cambia, se coloca en otro lugar. Igual ocurre cuando viajas con alguien, que conoces cosas de esa persona que nunca vas a conocer de otra forma. Ese debería ser el orden en una pareja: viajar juntos, convivir, optar.

Cuando hay dolor, cuando las personas sufrimos, cualquiera de esas puertas se cierra. O más bien todas ellas. Y cuesta dejarlas abiertas. Cuesta permitir al otro entrar. Tenemos miedo. Y pedir ayuda nos cuesta muchísimo. A mí me cuesta dejar ver mi dolor primario cuando llega, siempre espero a recomponerme mínimamente. Pero la maternidad me enseñó a aceptar mi vulnerabilidad y a pedir ayuda mucho más y mucho antes. Al menos la mayor parte de las veces 😉 Así que también en eso mi hijo me hizo mejor persona. Pero es importante recordar que nuestros hijos presencian nuestros dolores, los viven, los conocen porque están dentro de esa puerta desde el primer momento.

Las puertas son un buen símbolo de la vida. Pueden protegernos o pueden aislarnos. Son murallas o son refugio. Yo este verano he tenido de ambos intensamente: murallas y refugios.

Abrazo inmenso, ya de vuelta,

Pepa

Pd. El collage son fotos que hizo mi hijo este verano, me ha dado su permiso para utilizarlas. Son las maravillas que ve cuando mira. Todas ellas se dieron dentro de varias puertas.

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Dejarse

Estoy teniendo un fin de curso algo movido, por decirlo de una forma sutil. No malo pero sí intenso. Muy lleno de vida, de emergencias, de crisis pero también de hermosura y caricia. Estoy en uno de esos momentos en que me cuesta resumir o narrar algo que no me acabe pareciendo injusto por inexacto o limitado. Así que voy a hacer una de esas entradas caóticas que escribo algunas veces con enumeraciones de cosas sin un hilo aparente aunque quizá al final acabe teniéndolo.

Empecemos por una cena del otro día con dos amigos de alma. Les contaba como uno de los aprendizajes clave que ha traído la calva a mi vida es el dejarme. Dejar de controlar. Perder el orgullo. Perder la falsa sensación de omnipotencia. Decíamos que cuando afrontamos la enfermedad o como en mi caso la calva que no conlleva enfermedad pero sí vulnerabilidad, intentamos controlar. Controlamos creyendo que los medicamentos nos van a curar, que si seguimos tratamientos el pelo volverá. Pero no vuelve. Controlé y controlamos en el otro extremo creyendo que la actitud o la consciencia curan. Pero el pelo no vuelve tampoco. Algunos creerán que porque no he hecho el camino. Otros que algunas calvas no tienen cura. Yo creo, y lo creo cada vez con más claridad, que el pelo volverá cuando deje de creerme capaz de curarme por una u otra via. Cuando entienda que yo no lo controlo, que mi cuerpo sigue su proceso y su ritmo. Quizá el pelo vuelva, quizá no. Quizá lo haga mañana o ya lo esté haciendo hoy. No lo sé. La única verdad que tengo ahora mismo es que yo no lo controlo. Que la enfermedad, la vulnerabilidad, el miedo nos afronta al misterio. Recuerdo una conversación de alma con un amigo al que adoro cuya mujer se salvó de un derrame cerebral masivo y él no paraba de preguntarse: por qué nosotros sí y los de la cama de al lado no? Qué tenemos nosotros? No hay explicación. No hay respuesta. Sólo misterio. Quizá esto trate vivir: de dejarse, de confiar. Y por el camino quizá vayamos comprendiendo. En ello estoy. Calva o no calva, estoy en vivir. Y dejarme.

Este fin de semana pasado estuvimos en El Hierro. Fuimos para cumplir un sueño que tuve de niña. Vi un reportaje en El Pais Semanal que aún conservo sobre el que entonces decían era el hotel más pequeño del mundo.

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Cuando vi aquellas fotos pensé que era un lugar hermosísimo y que yo quería dormir allí al menos una vez. 32 años después dormimos allí mi hijo, una amiga y yo. Os dejo un par de fotos.

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Y de nuevo me dio que pensar. Un lugar mágico. El sentido de esa frase de un poeta que le encanta a una amiga «hay que soñar, y soñar intensamente». De las que te dejan muda. Pero esa misma belleza tenía otra lectura. Ir a el Hierro me pareció un poco como ir al fin del mundo. De hecho hay un faro allí al que llaman así. La soledad de esa montaña en medio del océano (qué distinto es el océano de nuestra mar!), la claustrofobia de la que hablan que se puede sentir en las islas y que yo en Mallorca nunca he sentido pero allí palpé desde el principio. Cómo el peque fue acumulando tensión, igual que yo, conforme pasaban las horas pero al mismo tiempo gozó (igual que yo) pescó (eso sólo él ;-)) y nadó. De nuevo me reafirmo en que la vida tiene varios registros y todos suceden al mismo tiempo. La cuestión es de cuantos de esos registros nos enteramos.

Este mes ha sido el de las islas porque también me escapé a Formentera.  Mi primera escapada de placer en años. Sólo por mi. Sólo para mí. Compartido con una amiga del alma en parte y con mi mar sola en otro. Apoyando a unas mujeres valientes que son de las que permanecen en la isla en invierno intentando iluminarla más.

Y hoy he comido a las afueras de Bilbao en un remanso de belleza con dos personas luminosas que han llegado a mi vida para quedarse. Y ahora me he tomado un vino en Vitoria con una de esas personas de corazón abierto y camino compartido.

Y en este relato caótico aún me llega el eco de las risas de la celebración de cumpleaños de alguien al que sólo me nace abrazar una y otra vez. Rodeada de amor, del venido de Madrid ese finde, del venido de Madrid a ser isleño adoptivo como yo y del amor que nos dio un hogar en la roqueta. Amor a raudales que generó risa incontenible. Suficiente para que José entrara, nos mirara divertido y nos dijera «estáis locos». El buen amor hace reir. El sentido del humor genera vinculo. Esa es otra de mis certezas.

Y los días con mi hermana y su amiga, disfrutando de conversaciones de alma. Y la travesía por la traomontana que hizo José para cerrar primaria. Una oportunidad única, otra más, que le ha dado este colegio. También en eso andamos. En la despedida. El año que viene toca nuevo comienzo. Y lo emprendemos con paz y un profundo agradecimiento. Pero también con la certeza de que es el momento.

Y José y su vida social, que es casi casi como la mía. Y el gozo que me da que sea así. Y niños a los que quiero y cuido cuanto puedo. Y la consciencia de estar. Estar ahí.

Y un informe importante acabado. Ya lo soltamos. Ojalá sirva, ojalá lo lean y comprendan lo que significa. Pero eso ya no está en mis manos. En las nuestras estaba sólo escribirlo. Y hacerlo bien. Ahora toca soltarlo. Es descanso y oportunidad.

Y un libro nuevo y diferente en ciernes. Y acompañar la emoción de otro libro escrito por tres profesionales increíbles. El aprendizaje genial de haberles ayudado a darle forma.

Y los reencuentros. Un mensaje despues de tres años. Una cena después de catorce. Y una tarde de conversación en la que por fin pude abrazar a quien me abraza siempre el alma con lo que escribe.

Y podría seguir… Porque hay mucha vida..y poc a poc voy aprendiendo a dejarme. Aunque siga viajando. O precisamente por eso!

Gracias por seguir leyéndome a pesar de mis intermitencias.

Os abrazo,

Pepa

 

 

 

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Mi oración

Hoy mis ángeles han vuelto a hacerse presentes. No es que no lo estén siempre, que lo están, así los siento. Pero hace mucho tiempo que aprendí que sólo se hacen «notar» cuando me hacen mucha falta. Y lo que me ha sucedido hoy merece relato.

Resulta que mi hijo cambia de cole el año que viene y estas fechas toca solicitar plaza para secundaria. De nuevo ha tocado las visitas de puertas abiertas, la documentación, los plazos y demás. Yo tenía todo organizado y apuntado en la agenda, y de hecho hoy hemos ido juntos a gestionar el único papel que nos hacía falta y no teníamos, pero con mucho tiempo porque en la documentación yo había leído que el plazo era en mayo, del 13 al 17.

Pues hoy iba en el coche a llevar a una amiguita de José a su casa y luego al estreno de una peli con una amiga, cuando de repente en mitad de una calle, sin más, me ha llegado una sensación de angustia total acompañada de un pensamiento «Pepa, es en abril, no en mayo». Yo iba conduciendo y he pensado «qué tontería, tranquila, lo tienes controlado y apuntado todo». Aún así en un semáforo he sacado la agenda del bolso y he comprobado las fechas que tenía apuntadas y ahi estaban, en mayo. Pero la angustia ha seguido. Así que al dejar a A. en su casa, en el coche mismo he abierto internet y he entrado en la página de escolarización y el plazo real era del 15 al 17 de abril. A continuación, con un nudo increíble en el estómago he mirado el calendario para cerciorarme del día que era hoy y cuando he comprobado que mañana es 17 y que llego a tiempo el último día, he empezado a llorar.

No es que lo apuntara mal, es que hay dos procesos diferentes, y a José le toca el primero, el de abril, no el de mayo. Yo tenía las fechas bien apuntadas pero del proceso equivocado.

Y no lloraba por mi error, lloraba de emoción, de vértigo, de caricia…estos son mis ángeles y ésta es mi fe. La vida me ha puesto pruebas difíciles a lo largo del camino, pero si ha habido una constante en mi vida es que siempre me ha dado aquello que necesitaba para afrontar cada cosa que llegaba. De maneras increíbles algunas veces y lógicas otras, pero nunca me ha dejado caer. Me ha ocurrido con las cosas grandes, y con las pequeñas pero importantes como la de hoy.

Y desde que mis padres murieron, esa presencia, esa luz se hace presente en mis «tripas», en certezas, en sensaciones que me invaden y me llegan. Yo no sabía lo de los dos procesos, ni siquiera había mirado la web, leí el tríptico de una de las visitas de puertas abiertas donde iba la documentación, los criterios y el calendario, sin pensar que pudieran existir dos procesos con dos calendarios distintos. No era algo que yo pudiera recordar, porque no lo sabía.

Así que mañana iré a echar la solicitud con el corazón conmovido. Y con la certeza de que José será feliz en el cole nuevo. Y aquí va mi oración: gracias mamá, gracias papá, gracias tía, gracias padrino. Gracias por no dejarme caer. Ni a mí, ni a José. Os quiero. Vosotros (y la red de amor que nos sostiene a este lado de la vida) sois mi fe.

Pepa

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La magia del alma

A veces ocurre. A veces la magia llega, se apropia de una sala, de tu alma y de los que te rodean. A veces sucede que dos más dos son mucho más que cuatro. Y que el efecto de un grupo crea magia.

Llevo unas semanas pudiendo percibir más que de costumbre ese hilo de la magia. No sé qué ha ocurrido pero los talleres de estos días han generado un clima diferente en el que hemos llorado, nos hemos conmovido, y hemos aprendido. Cuando sientes que las cosas fluyen y llegan mucho más hondo de lo que ni tú misma imaginabas. Cuando te hacen preguntas que te retan, te sacan, te impulsan. Cuando escuchas a profesionales increíbles hacer reflexiones que quieres detener el tiempo para poder memorizar. Cuando incorporas conceptos, claves, sensaciones de piel…y todo eso junto.

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Y no puedo dejar de sentir que eso tiene que ver no sólo con los grupos sino conmigo misma, con la sensación de estar en un lugar diferente internamente. Un lugar donde las cosas fluyen, donde piensas, sientes y vives todo en uno, donde te conviertes en vehículo al centrarte en el otro, al olvidarte de ti. No temer mostrarte vulnerable y falible y al mismo tiempo sentir que estás en otro lugar que no es el tuyo ni el del otro, sino el que creamos entre los dos, o entre veinte, o entre sesenta. Esa mente comunal que se investiga ahora tan claramente, y en la que somos mucho más que dos.

Y eso tiene que ver con estar calva, con ser pequeña, con mostrarte vulnerable. Tiene que ver con sentirte amada y amar. Tiene que ver con no tener miedo, pero tampoco nada que demostrar.

Hoy hablaba con tres mujeres maravillosas sobre poner alma en el trabajo, sobre el coste que conlleva y sobre la magia que crea. En esa magia creo cada vez más, y más profundamente. Y no sólo para el trabajo sino para la vida.

Os deseo un año 2019 lleno de magia y de amor. Con eso basta y sobra.

Gracias por seguir aquí.

Pepa

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Sobrecogimiento y paz

Durante muchos años mi vida subía y bajaba. La intensidad, que es parte de mi piel, estaba entrelazada con miedo y temblor. Así que a menudo me planteaba esa pregunta trampa de «¿Qué más me puede pasar?» Y digo trampa porque siempre hay un «más». Todavía recuerdo el momento exacto en que ese miedo desapareció. Y desde entonces resulta muy extraño tratar de explicarlo pero hay algo muy íntimo, muy dentro, que siempre vive en paz.

Pero eso no significa que mi vida haya dejado de ser intensa, porque yo vivo así. Y siempre me pasan cosas. Y pasan porque las busco, porque las elijo, porque las «deseo intensamente» como me dice siempre una amiga mía. Para mí es importante acostarme cada noche con la sensación de que el día ha merecido la pena, que lo he gozado, paladeado. Si he desayunado con alguien, quiero que el tiempo compartido haya sido valioso. Como lo ha sido esta mañana que he compartido desayuno de un congreso con otra ponente a quien no conocía y que ha supuesto el mejor regalo del congreso junto con un aplauso muy largo de la gente al acabar mi ponencia y el regalo que otra persona me hizo la noche anterior. O como lo fue ayer, desayunando con un amigo que sigue temblando aunque se sepa fuerte. Si voy en tren, quiero mirar el paisaje, o leer un libro, o meditar..pero que el tiempo sea alimento para mi alma, que no pase sin más.

Esta ponente me preguntaba esta mañana cuando hablábamos sobre esto mismo cuándo decidí vivir así. Y le he hablado de la muerte de mis padres, de sus últimos años de enfermedad, de ese tiempo que pasamos junto a ellos cuando ellos sabían que se morían. Acompañar a alguien que sabe que se está muriendo te da la oportunidad de conocer, comprender cosas a las que sólo llegan las personas en esos momentos en los que la vida se agota. Recuerdo los hospitales, cuando el único tiempo con sentido era el que estaba con ellos, cómo reíamos, conversábamos, hablábamos. El dolor venía cuando salía del hospital. Porque mientras estaba junto a ellos el tiempo era real, lo podía paladear, ellos estaban conmigo.

Le contaba, por ejemplo, el día en los últimos meses de vida de mi madre que su amiga Aurora le preguntó delante de nuestro amigo Javier y mío si le quedaba alguna cosa que le hubiera gustado hacer o aprender. Y ella dijo «os parecerá una tontería, pero me hubiera gustado aprender a pelar gambas con cuchillo y tenedor». Al día siguiente Aurora apareció con una olla llena de gambas cocidas y Javier nos enseñó a las tres en aquella habitación de hospital a comerlas con cuchillo y tenedor. Aquella tarde reimos a carcajadas, y todos sabíamos que mi madre se estaba muriendo. Pero aún ahora, que han pasado 25 años de aquello, sigo sonriendo cuando pelo una gamba con cuchillo y tenedor.

Así que cada minuto, cada momento..tiene valor. Y esta semana he tenido un montón de momentos importantes. Empezamos con un fin de semana inolvidable en Londres, lleno de paseos en barco, ardillas en los parques, la música del fantasma de la ópera, los artistas callejeros, las casas londinenses, aquella cafetería en una iglesia…no hacía falta más que fluir. Y luego llegó esa fiesta llena de niños de seis años organizada por un padre al que el amor se le salía por los cuatro costados de su rostro, sus manos y toda la logística, y esa abuela que ha regalado a su hijo y sus nietos un lugar de luz, y otra abuela que ha vuelto a compartir abrazos al tener viviendo con ella a su nieto y verla sonreír al contármelo; la comida del otro día hablando de la muerte de nuestros padres, de cómo nos deja con ese niño dentro para toda la vida; la cena en familia con sushi y delicias francesas, el abrazo de mi hermana en el aeropuerto, la sorpresa de encontrarme a otra parte de mi familia inesperadamente en otro aeropuerto; la sonrisa de mi hijo al volver a casa y ese abrazo largo, sin más, juntos en el sofá y su relato atropellado de todo lo vivido mientras yo viajaba…no lo sé, son tantas cosas! Eso es la vida. Y el gozo y el privilegio para mí.

Pero todo esto es posible porque estoy en paz. Y lo estoy al mismo tiempo que estoy sobrecogida por el dolor que está viviendo gente que amo. Dolor fruto de la injusticia, del error humano, de la locura o de la agresión, dependiendo del caso, pero dolor. De ese que deja inerme, impotente y dolorido. Ese dolor que nos manda la vida en el que te deja a la intemperie. Sin más. Mis dos últimos años están pasando cosas muy duras a gente que amo. No pequeños dolores, que esos forman parte también de lo cotidiano. No. Dolores de los que te doblan, te recolocan. Y que incluso cuando todo pasa, aunque acabe bien, siempre te deja el escalofrío. Ese que hace tan difícil confiar. Dejarse en la vida y en el otro. Volver a la paz.

Hubo muchos años en los que mi sensación era la contraria. Cuando me encontraba con mi gente, era yo la que sufría, la que lo estaba pasando mal, por diferentes motivos. Ahora me encuentro para escuchar cada vez más, hablar muy poco, abrazar y abrazar y abrazar. Y por dentro pienso: «menos mal que estoy en paz». O incluso, simplemente pienso:»menos mal que puedo estar». Ya lo decía mi madre: existir en alemán se dice «dasein» que significa «estar ahi». Es la única forma de amar real que conozco. Y en ello sigo, sobrecogida y en paz.

Pepa

Tiempo de cosecha

Tiempo de cosecha. Es la expresión que más me surge en los últimos tiempos cuando miro mi vida. El privilegio consciente y sentido de estar recogiendo lo sembrado. Y el fruto es más hermoso de lo que imaginé.

Me miro en el espejo y veo el camino andado. Veo mis kilos que siguen conmigo y veo mi calva, que es también parte de mi camino. Miro mis ojos que trasmiten dulzura, y recuerdo todo el camino. La búsqueda, el valor, las horas de terapia, tanto gozo vivido, tanto dolor hecho vida, y las huellas en mi cuerpo que aún me hacen temblar. Esa intensidad de la que tanto me acusan y que reconozco como mía, amainada como el mar tras la tormenta, pero intensidad al fin y al cabo. Me miro y siento paz. Sigo siendo árbol y sigo riendo y abrazando.

Miro a mi hijo, que fue un sueño, un proyecto, una ilusión. Fue una llamada, un temblor, la piel erizada, la caricia interminable, ese juguete que me ofreció aquél primer día en aquella habitación y su sonrisa. Ha sido horas interminables y a la vez efímeras de juego, de parque, de lavadoras y purés. Ha sido cuentos y pelis y libros y mar. Ha sido cansancio, a veces extenuante, ha sido miedo, y duda y soledad. Ha sido una vida infinita que tejió su infancia. Una infancia que sé que terminó. Ahora le miro y veo el hombre en el que se está convirtiendo, y a veces me asusta cuánto se parece a mí, y muchas otras me alegra que sea tan diferente. Pero siento que el trabajo está hecho, como dijo él «yo soy yo y tú eres tú«. Su infancia acabó. ¡Y me gusta tanto la cosecha!.

Miro a mis amigos y mi familia, y me asombra cuán densa y fuerte es esa red de amor en la que vivimos y que fue también sueño, y opción de vida. Han sido horas sin límite de viajes, teléfono, cafés, comidas, presencias. Han sido risas y lágrimas, ha sido escucha, ha sido cansancio y ha sido fidelidad y permanencia. No es casual, pero sigue siendo infinito regalo porque no sería sin ellos, ni hubiera sido posible sin ellos. Yo sólo puse mi parte. Lo intenté. Y de nuevo la siembra es mucho más, porque es cosa, como dijo mi hijo cuando era pequeño «de dos y muchos más». Y he recibido tanto amor que jamás he dudado de lo certero de la opción.

Miro mi cielo, que este año está especialmente más poblado. Ya no son sólo mi madre y mi padre, ahora está mi tía y mi padrino. Ellos cuatro y Aurora han sido mis figuras parentales, mis vinculos verticales. Y ya casi todos están al otro lado del hilo de amor. Pero sigue siendo cosecha: cosecha de cielo.

Miro mi trabajo, y sin duda, vuelvo al tiempo de cosecha. Nunca pude imaginar que llegaría a donde estoy hoy. Un lugar que es «mi lugar». Sentir que lo que haces tiene sentido y aporta luz. Poner palabras al dolor, lograr que la gente pueda comprenderlo y sentirlo de forma que la indiferencia no encuentre lugar, guardar la memoria y la voz de quienes no pueden hablar, y brindar espacios de cuidado y crecimiento a quienes de forma consciente llevan luz en lo cotidiano, acompañar de la mano a tanta gente…

Este mes cumplo 45 años. Y ocurre algo simbólico, una de mis espirales de vida. Estaré en Zaragoza en mi cumpleaños, por primera vez desde hace más de veinte años. Así que además de celebrarlo con mi familia mallorquina y madrileña, este año les he pedido a mi red de amor zaragozana que vengan a celebrarlo juntos. Ellos fueron mi sostén en la peor parte de mi vida. Ellos,y algunas personas más que ya no están en mi vida, compartieron conmigo la enfermedad y muerte de mi madre, la enfermedad y muerte de mi padre, el maltrato que viví en el colegio, o mi propio hospital entre otras muchas cosas. Nunca olvidaré cómo mientras mis hermanos y yo hacíamos turnos en el hospital último de mi madre ellos venían a buscarme al hospital para llevarme a casa, cogían el teléfono para que pudiera dormir algo después de una noche de hospital, nos cocinaban o simplemente me escuchaban llorar. Ellos me ayudaron a sobrevivir al dolor, me enseñaron a ser resiliente, un concepto que cada vez que lo explico en los talleres me acuerdo de ellos. Ellos y mi cielo. Por eso celebrarlo con ellos en tiempo de cosecha tiene tanto sentido para mí como emoción. Aunque ya no esté allí, ellos vienen conmigo. Siempre ha sido así.

Atardecía sobre mi mar mientras escribía esto. He llegado: mi lugar en el mundo. Y es un lugar de amor. A partir de ahí, lo demás es y será por añadidura.

Pepa

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En memoria de los últimos 87

Hace mucho tiempo que escribí en este blog sobre una distinción que suelo hacer sobre la gente que está herida y la gente que no lo está. Como todas las divisiones implican simplificar y desde ahí pierden sutileza y complejidad. Pero por otro lado ayudan a estructurar, a dar forma a las vivencias. O bueno, quizá me ayudan a mí.

Las personas heridas somos las que hemos vivido algun tipo de trauma en la infancia. Los traumas pueden ser diversos y espeluznantes porque el nivel del dolor que hay suelto por el mundo me sigue abrumando: cualquier forma de maltrato, perder a un padre siendo muy pequeño (por muerte o por abandono), la enfermedad mental no tratada o los problemas de adicciones severos de uno de los padres o ser hijo no deseado son las experiencias que pueden «herir» el alma y que más a menudo presencio en mi trabajo, aunque hay más. En esos traumas, esas «heridas» que llamo yo, ocurre algo muy dañino y es que el dolor se une, se pega al miedo, porque lo que sucede amenaza la subsistencia del niño, lo paraliza, le genera terror. Y a partir de ahí las personas vivimos con miedo. Y no es un miedo teórico, es real, es pastoso, pegajoso, de sabor amargo. Es el miedo de quien ya sabe lo que la vida puede llegar a doler, de quien habla desde la vivencia, la experiencia directa, no desde el libro ni el relato de un tercero. Y es el miedo que llega cuando se está formando la estructura interna de la persona, nuestro edificio interno, así que ese miedo se mete en las columnas, en los moldes, en las visagras..en la propia piel, en la memoria corporal. Y desde ahí se hace parte de ti.

No todos los dolores son traumáticos, porque no todos amenazan ni aterrorizan. La tristeza se llora y pasa, se suele quedar anclada cuando se une al miedo. Pero llorar sienta fenomenal al alma y al cuerpo. A mí me costó un montón aprender a llorar en público. Aún recuerdo la primera vez que lo conseguí. Igual que la primera vez que pude llorar delante de mi hijo.

Y los dolores que llegan más tarde, cuando ya el edificio está construido, tampoco son iguales. Duelen, destruyen, pero no condicionan la forma. Ya sólo los muy salvajes (que por desgracia los hay) se meten en la piel. La gente que no fue herida en la infancia tiene una inocencia, una especie de confianza básica en la vida que no ha tenido que conquistar, que da por obvia, por natural como el aire que respira. Una confianza tejida de la seguridad del niño que duerme porque sabe que hay alguien velando sus sueños.

Porque ese miedo, qué paradoja, en vez de a pedir ayuda (porque para pedirla hace falta confiar) te lleva a controlar, a disimular, a ocultar y negar. Intenta que olvides, que borres, que no conectes con la emoción, que la dejes aparcada como decíamos hoy en el desayuno conversando. Porque si no lo tocas, si lo arrinconas…ese dolor..puedes tener la ficticia sensación de que no está, de que nunca estuvo. Pero algo dentro de ti, algo muy profundo, sabe que mientes, que dentro de ti hay un niño o una niña temblando, frágil, pequeño e indefenso.

Nuestro edificio nos lo dan, en parte genéticamente, en parte por lo que vivimos en los primeros años, pero nos lo dan. Y ese regalo es nuestro pequeño universo, un universo que nos dieron, que nos regalaron, que no elegimos ni creamos, un universo que es sólo nuestro. Frágil y único. Y esas heridas te hacen estar siempre al acecho, temerosa de que alguien se lo lleve, lo rompa o lo destruya, de que alguien vea el dolor que habita también ahí dentro. Somos ese dolor y somos mucho más que ese dolor.

Y luego llega un día en que, si te atreves a salir, a mirar, a tocar, a amar..entonces te haces cada vez más frágil, más vulnerable, tiemblas, te quedas calva, te caes o enfermas, pareces débil y te sientes débil. Porque puedes sentirlo, sentir tu interior. Y porque tienes la certeza de que te cuidarán. Y lo sabes. Lo sientes. Lo vives. Y ahi tampoco es un relato de terceros. Siendo frágil te haces fuerte porque pides ayuda. Siendo frágil te sientas a una mesa con otras personas que fueron heridas como tú y te reconoces amorosa y plácidamente.

Y sabes que ya no estás allí, que tú puedes hacerte cargo de tu niña temblorosa, e ir al dentista, y sentarte en la silla, y volver a ponerte en la misma posición. Aquella misma posición. Aunque tiembles desde el primer minuto al ultimo. Y lo haces. Y hasta logras explicárselo al dentista, que no entendía nada, como tú tampoco entendías aquellos temblores, aquel miedo irracional (así lo llamaban) durante años. Y al salir sabes que volverás a tembar cada vez. Pero podrás volver.

Ahora sí. Hace ya tiempo que siento mi fragilidad. Y eso, extraña y hermosamente, me hace más fuerte.

En memoria de los últimos 87.

Pepa

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Ternura

Llegó conmovida de ver «Loving Vincent«. No es la historia, es la ternura del homenaje, el arte honrando la vida de quien lo hizo posible y de quienes le amaron.

Y resuena dentro de mí «ternura», «ternura», «ternura». La película acaba con una cita de Van Gogh en la que dice que así es como quiere que le recuerden, que cuando miren su obra piensen que pintaba «con sensibilidad, con ternura».

Y miro mi vida entretejida de pedacitos de ternura:

El desayuno de esta mañana con mi hijo y un amiguito suyo cuyo padre no está bien, hablando de la tristeza y del enfado, y de cómo los abrazos son lo único que acorta la tristeza, y que no siempre los mayores éramos capaces de pedirlos y de recibirlos, aunque supiéramos darlos.

Y la comida con una amiga que hablaba de cómo amar a su padre con todas sus limitaciones, incluso cuando esas limitaciones lo cierran a ella.

Y el amanecer de esta mañana, que he fotografiado al levantarme al baño de bello que era, y aquí os lo dejo.

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Y la presentación del libro en la que la gente viene a escucharte bajo el diluvio. En esa librería en la que encuentro otro tesoro de mi amado Jimmy Liao. Se llama «Mi mundo eres tú«.

Y la cena bajo el mismo diluvio con personas que conociste por trabajo pero que se han ganado un hueco en tu corazón porque, sin presunción alguna ni aspavientos, llenan la vida de gente que sufre de ternura. Uno traduciéndoles los términos legales del dolor, otro dando calor y esperanza a los niños y niñas cuyas familias no pueden dárselo y protegiéndoles del horror, la otra encontrando el hilo para hacer visible aquello de lo que nuestra sociedad no quiere hablar..y todos comiendo platos cocinados con mimo y ternura y sonriendo con la humildad de la conversación que fluye porque te reconoces como compañeros de camino.

El amigo que conduce 150km para desayunar contigo apenas una hora antes de que entres al curso.

Y un curso entero en el que sólo a mí se me puede ocurrir plantear que aquellos que trabajan cuidando a personas, especialmente los que cuidan a personas que sufren, están obligados a ser afectivos con consciencia, a abrazar cada día, a mimar. Cosas mías las de plantear la afectividad consciente como una competencia profesional.

Y una sesión con un abrazo de los que valen vidas.

Y la llamada a un amigo que sigue empeñado en ser honesto aun cuando los cimientos se muevan.

Y a otro que te cuenta su dolor lleno de amor.

Y el mensaje de esa amiga que quiere saber si volaste bien, porque anuncian mal tiempo y porque sabe que el primer aterrizaje fue algo complicado.

Y el abrazo de mi hijo al volver a casa. Y de los demás.

Y el abrazo de mi hijo a quienes le cuidaron los dos días que falté por, entre otras infinitas pequeñas cosas, haberle preparado una habitación suya propia en su casa para cuando haga falta. Y al contármelo, yo recordaba cómo la mejor amiga de mi madre me preparó una habitación a mí en la suya cuando me fui a estudiar a Madrid con 18 años.

Y otra amiga que te escribe para decirte que te ha estado pensando estos días que no estabas.

Y el abrazo de mi hijo a su amiga que hoy celebraba su cumple.

Y las caricias y cosquillas de esta mañana al despertarme el peque.

Y seguro que hay más. Es tan sólo lo que ahora mismo recuerdo en 48 horas.

Vicent tenía razón. Lo único que merece la pena de verdad es ser recordado por la ternura que pusiste en tu obra, en tu vida.

Os quiero,
Pepa

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Amor y sentido

De vez en cuando me nace entrecruzar este blog con mi trabajo en EspiralesCI. En mi trabajo, hay momentos, muchos momentos, donde lo personal y lo profesional se hacen uno.

Esta tarde me han hecho llegar la grabación de una conferencia que di hace ya unos meses. La llamé «Amor y sentido» y guarda muchas claves no sólo de mi trabajo, sino de mi forma de ser y vivir.

Así que os la dejo aquí, por si queréis dedicarle un rato (largo, que entre la conferencia y las preguntas es una hora).

Abrazo agradecido,
Pepa

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El sonido de las ballenas

Hay vivencias que nos constituyen, dan forma a nuestra alma. Yo no siempre he sabido ser consciente de ellas cuando las vivía pero con los años mi asombro de niña y mi consciencia de «tripas» van cobrando más fuerza si cabe. Y en eso, como en otras tantas cosas José y su capacidad de gozo me han espoleado.

Así que aquí estamos en Peninsula Valdés, en uno de los lugares más inhóspitos y bellos que he visto nunca, un rincón al sur de Argentina, que es uno de mis países de alma. Cada viaje que vengo me reafirmo en mi enganche a esta tierra. Si alguna vez me pierdo de la roqueta sería acá. Los días en Buenos Aires con el mimo de nuestros amigos y el día en Tigre ya fueron impagables. Tengo debilidad por esa ciudad y eso que se le nota mucho más triste que cuando vine por última vez hace seis años. Pero llegar a la patagonia..a este rincón..

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Juntos en un paisaje patagónico donde justamente hace diez años,en mi viaje anterior a la patagonia con Pablo y con Ana, tomé la decisión de adoptar y estos días he vuelto con mi hijo y no paro de susurrar como un mantra «gracias, gracias, gracias». Me preguntó José por qué y por qué aquí y le dije que me sentí tan llena de vida y tan rodeada de belleza que sentí que todo lo que tenía, mi amor y toda esa belleza, quería darla y compartirla. Aquel viaje lo recuerdo como uno de los más bellos de mi vida (final abrupto incluido) pero éste me ha parecido una ofrenda y un regalo.

Sabía que sería emocionante pero no contaba además con lo indescriptible de las ballenas. No sólo verlas, sino escucharlas. Se las oye hablar y respirar desde la misma playa. Te hacen sentir pequeña y hermosa al mismo tiempo. José dice que volverá seguro y que quizá viva aquí. Yo no lo sé, pero sí tengo la certeza del gozo.

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No os cuento muchas cosas de las ballenas, sólo que el viaje para verlas merece la pena. Hay una peli del año pasado que es sobre orcas, no sobre ballenas, pero que os dará idea de mi sensación y que os recomiendo vivamente. Se llama «El faro de las orcas» y la protagoniza Maribel Verdú.

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Y acabo sólo diciendo GRACIAS por todos vuestros comentarios, mails y llamadas sobre la entrada anterior. No he contestado los comentarios porque tienen valor en sí mismos. Me conmovisteis profundamente. Gracias por darle más sentido si cabe a mi acto de fe.

Pepa

Comentarios 4 comentarios que agradezco