Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

La vida plana

El aire que respiramos está tejido de emociones, como gotas de agua que se condensan junto al oxígeno y otros gases. Porque no son sólo las emociones que sentimos individualmente cada uno de nosotros, es el aire que compartimos. Lo respiramos, se nos mete dentro y casi parece que fuimos nosotros quienes lo generamos. Y es que en parte así es. Pero llega un momento que es realmente difícil saber qué es nuestro y qué del entorno.

Así se da el desarrollo evolutivo de una persona, en ese cruce mágico y misterioso entre genética, energía y entorno. Un entorno encarnado en las figuras vinculares, en nuestros afectos y en ese aire que construyen para nosotros y respiramos ya en la infancia.

Así se crean los sistemas familiares, donde los vínculos hacen que nos lleguemos a parecer aunque no compartamos genes, que nos movamos, riamos y discutamos de forma similar. Donde asumimos reglas no escritas pero diáfanas y lealtades definitivas.

Así se generan los fenómenos grupales y sociales, donde el aire que compartimos se llena de contenido, a veces increíblemente denso. Y casi siempre, por desgracia, manipulado y conducido a generar un clima determinado.

De ahí surge el efecto mariposa. De un extremo al otro del mundo, de una persona a otra, somos una inmensa red interconectada. Y no sólo las personas, lo es el universo completo.

Estos días pienso mucho en el aire que respiro, y en lo que lleva dentro. Hasta hace un tiempo estaba tejido de miedo, pero ahora siento con claridad que está lleno de tristeza y soledad. No hablo del mío sólo, hablo del nuestro, hablo del clima social. Esa sensación que se ha vuelto certeza de que todo esto va para largo, que no tiene una solución mágica, que cuando creemos que estamos saliendo sólo nos hemos pasado de listos y volvemos a ello, que cuando no es una cepa es otra, que no es sólo el virus, es todo lo que ha traido dentro… todo esto ha creado una sensación de tristeza de la que es realmente difícil, por no decir imposible, abstraerse. Porque es el aire que respiramos.

Me acuerdo cada día del poema de Benedetti: «Defender la alegría«, de todo lo que escribí en «Educando la alegría» como si una fuera una premonición. Hablaba allí del cultivo consciente de la alegría, de educarla, de convertirla en rutina cotidiana. Hablaba del afecto y el contacto físico, de ritualizar las celebraciones, de salir a la naturaleza, del movimiento, la música y el baile, de hacer cosquillas y compartir comidas ricas. Hablaba del contacto humano, de la relación entre la tristeza y la falta de contacto humano. Y miro nuestra vida ahora mismo y pienso en ese aire triste donde hemos perdido tantas cosas de ese listado.

Pero hay algo que me ronda una y otra vez en los últimos tiempos y es la expresión de «vida plana». Mi compa de Espirales CI, Javier, lleva semanas persiguiéndome para que escriba sobre ello, así que este post es un poco en su honor. Porque miro la vida que tenemos ahora mismo y creo que se parece mucho a la vida de nuestros abuelos. Esa vida de casa al trabajo en la que la única salida era ir a misa los domingos, y era algo especial porque era la única. Se vestían para ello, paseaban para que durara lo máximo posible, los más afortunados la alargaban con un helado después de la misa.. ¿El resto de la semana? casa y trabajo, o casa y colegio. ¿Las relaciones? con la familia y los vecinos. ¿Los estímulos? limitados y construidos internamente: el juego simbólico de los niños y niñas en casa, la lectura, la radio y la televisión como salida al mundo (que ahora son los móviles y las redes sociales). El orden y la limpieza que llenaban muchos vacíos. Las estructuras pequeñas, los pequeños gozos, las tiendas pequeñas, los negocios pequeños…todo pequeño.

Hasta que todo se disparó. Se multiplicaron las actividades, las relaciones y los estímulos. Todo se aceleró, con mucha más prisa y con mucha más inmediatez. Los viajes se hicieron cotidianos. Las posibilidades se multiplicaron exponencialmente. El mundo parecía hacerse pequeño. Entró muchísima luz, la gente empezó a creer en proyectos vitales propios, diferentes y posibles. Buscaba más.

No nos engañemos, en aquellas vidas pasaban infinidad de cosas pero casi siempre se mantenían ocultas. No se exponían, como se hace ahora con la intimidad. Tampoco se comercializaban. La gente tenía esperanzas pequeñas, pequeños proyectos y sueños, pero no se planteaban cambiar de vida. No parecía posible. Algunos volaron lejos y lo consiguieron pero pagando el precio del desarraigo. Tantos y tantos temas de los que no se hablaba, y ahora sí. Dando voz a lo oculto.

Y aquí estamos. Volviendo a aquella vida. Una vida con mucho menos estímulo, con las relaciones limitadas de una forma estructural hasta un nivel cuyas consecuencias apenas llegamos a calibrar. Una vida mucho más lenta. Una vida para adentro. Una vida donde depende enormemente de nuestras capacidades individuales el que las personas seamos capaces de gestionar los tiempos vacíos, la quietud, la soledad. Una vida donde la tribu se está perdiendo aún más. Donde la familia vuelve a criar en soledad y sin muchos recursos que generamos porque eran necesarios, sobre todo para las familias en condiciones de vulnerabilidad. Una vida donde la gente tiene pánico a perder su trabajo o a no poderlo encontrar o recuperar nunca. Es lógico por real. Una vida donde tener o no ahorros ha vuelto a ser nuclear. Una vida donde tener una casa propia, y a ser posible con una terraza o un jardín, vuelve a marcar la diferencia entre sentirse afortunado y rico o todo lo contrario.

Mi duda es si sabremos volver a aquella vida. No de forma temporal, como muchos siguen queriendo creer. Tampoco de forma resignada porque no nos quede otra, sino de forma estructural. ¿Podré yo vivir sin viajar tanto, cuando me había acotumbrado a viajar cada mes?. ¿Podré mantener mis vínculos sin poderles ver con la frecuencia que les veía?. ¿Podré llenar no sólo unos meses de confinamiento sino fines de semana y vacaciones sin poder ir al cine, ni quedar en una terraza, ni coger un avión ni… sólo con un paseo el domingo por la playa o por la ciudad?. ¿Podré encontrar pareja sin poder salir en grupo ni tener actividades fuera de casa?. ¿Podré sentirme sin poder tocar y ser tocada, abrazar y ser abrazada?. ¿Podré educar la alegría de mi hijo sin un montón de cosas que para él son naturales porque ha crecido en ellas, las busca y las demanda?… No hablo sólo del consumo, que por supuesto es un derivado de todo esto, el consumo, la economía y el sistema de pies de barro que construimos y legitimamos. Hablo de una forma de vivir y habitar la vida.

Una vida plana. Menos estímulo. Menos relación. Con todo más pequeño (grupos, estructuras, recursos, presupuestos). Más lenta. Menos tribu. Más soledad. Una vida hacia dentro.

No lo sé, pero sé que debo empezar a preguntarme todo esto. Porque no es temporal. Quizá parte de todo lo que se ha parado, regrese. Pero lo que está ocurriendo es un cambio estructural, y sé que la vida que conocí, elegí y cultivé no volverá. Ni en mi vivencia subjetiva, ni en las posibilidades externas. El aire ha cambiado. El ser humano se transforma, se crea y se recrea, sabe sobrevivir. Encontraremos la forma, pero el precio que vamos a pagar, sobre todo como siempre los más vulnerables y menos preparados para ello, va a ser enorme. Respecto a mí misma, conservo la duda.

Abrazo desde dentro,

Pepa

 

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Gracias al 2020

Estos días ando viendo muchos mensajes que tienen que ver con querer borrar el 2020, cerrarlo y olvidarlo. Al principio me enganché a la emoción, compartiéndola. ¡Qué ganas de cerrar todo lo que estamos viviendo! Sin embargo, conforme pasan los días tengo la sensación de que nuestros miedos, los míos para empezar, nos tracionan. Queremos poner límite y cierre a una vivencia que nos angustia, que nos ha sacado de nuestro lugar de seguridad (que no era tal, sino un lugar de control). Queremos poner una fecha final, un cierre simbólico como si nosotros tuviéramos la posibilidad o capacidad de hacerlo. En parte por necesidad, en parte por engreimiento, en parte por falta de consciencia, una mezcla de todo, como tantas otras cosas del ser humano.

Porque la verdad es que esto no va a acabar sino al contrario. El 2020 ha sido el comienzo de algo que no sabemos muy bien definir pero que ya ha cambiado nuestra manera de estar en el mundo. Y eso no tiene vuelta, ni regreso, ni fin. Ni siquiera sé si debería tenerlo. En el 2020 han pasado cosas como cuando cayeron las torres gemelas, o el atentado de Madrid, o el tsunami del sudeste asiático. Fueron momentos que nos dejaron congelados, aterrados, sin capacidad de respuesta. Nos centramos en sobrevivir, en atender lo urgente mientras parte de nuestra mente nos decía: «esto no puede estar pasando». Pero pasó. Y los cambios que esos acontecimientos tuvieron en el mundo no han tenido vuelta. Son cambios sutiles, que hemos ido incorporando casi sin darnos cuenta en unos casos y desde la resignación en otros, pero han pasado a ser parte del sistema y de nuestra vivencia cotidiana. Podríamos pensar lo mismo con acontecimientos positivos como algunos inventos o avances científicos que produjeron cambios en nuestras vidas que al principio casi pasaron desapercibidos hasta llegar a condicionar nuestra vida. El más claro que se me ocurre ahora es la invención de internet.

El 2020 acabará como número, como año, pero no en la historia. No en nuestra historia. Porque la experiencia que hemos vivido nos ha transformado de una forma que apenas empezamos a atisbar.

Así que como último día del año he decidido dar las gracias al 2020 por lo que me ha enseñado, o por lo que me ha recordado. ¿Si pudiera borrarlo del mapa, lo borraría? Por supuesto, al menos mi niña interior lo haría. No lo elegí, como todo lo que define la intemperie de mi vida. Mi ejemplo personal más claro es la muerte de mi madre. Daría todo lo que tengo y todo lo que soy porque ella siguiera viva, por haber podido compartir con ella todos los años que su muerte prematura nos quitó, por haberle podido ver acariciar a mi hijo. Pero nadie me preguntó. Porque yo no decido, la vida y la muerte van muy por encima de mí. Lo que sí sé es que la vivencia de su muerte me hizo ser la persona que soy de muchas más formas de las que soy capaz de explicar.

Así que aquí va mi listado de agradecimientos. Es el mío, no tiene más valor, pero lo comparto en este espacio, que es mío pero es nuestro, por si os sirve.

Doy las gracias al 2020 por haberme recordado mi opción por los abrazos hasta un nivel que me dolía físicamente. No quiero una vida sin abrazos. Ahora con más radicalidad que nunca.

Gracias por haberme permitido sostener el dolor de mucha gente amada, que han vivido este año lo que yo viví hace mucho: el dolor de la pérdida de sus padres y de gente amada. Porque eso me ha recordado que algo dentro de mi es capaz de dar luz en las tinieblas. Es así, y no quiero perderlo, porque sé que a veces el agotamiento me hace olvidarlo.

Por haberme enseñado a escribir a lápiz en la agenda, a vivir en la provisionalidad, a ser capaz de la flexibilidad y la fluidez necesaria para rehacer y rehacer planes uno tras otro, y no engancharme a la frustración. Toda mi vida he funcionado igual, tomo un sueño, le doy forma y voy dando los pasos necesarios para llegar a él. Eso no ha cambiado. Pero el 2020 me ha recordado que el valor no es el sueño sino todo lo que vivo en el camino por lograrlo. Y a veces el camino da muchas vueltas. He recordado lo importante que es no olvidar nuestros sueños, atesorarlos, cultivarlos, mimarlos, y luego fluir con lo que tenga que llegar en el camino hacia ellos.

Gracias por haberme recordado mi opción por el hogar y por un hogar con luz y con terraza. Una apuesta que hice hace varios años y que este año he tenido que defender expresamente en una mudanza, una obra y un gato. Y el 2020 me ha recordado que el aire y la luz deben presidir un hogar en la medida que se pueda. Incluso cuando ese hogar es institucional.

Gracias al 2020 por haberme recordado palabras como compasión y respeto a la hora de comprender que no todo el mundo maneja igual el miedo, que cada uno hace lo que puede y que juzgar es fácil desde fuera. Por enseñarme a encontrar una forma propia y mía de vivir todo esto desde el realistmo pero sin dejarme llevar por el miedo omnipresente, sútil pero real, me ha costado muchísimo a veces.

Gracias al 2020 por esta lección de humildad. Por esa llamada a transformarnos, tan radical, tan clara. Parar todo, quedarme a la intemperie con consciencia, no tener ni idea de qué ni cuándo van a pasar las cosas, quedarme en casa sin moverme ni viajar…esta falta de control tan radical que es la intemperie. Tan potente que la negamos para poder vivir. Pero esa negación nos lleva a la soberbia. Y darme cuenta de cómo ese proceso ha sido gradual, primero de a quince días en quince días hasta los últimos meses donde ya la tristeza empieza a ser la emoción que impera porque ya hemos comprendido que no hay plazos, aunque algunos se empeñen en ponerlos. La caída de ese mundo con pies de barro que habíamos construido, el incremento brutal de la injusticia, el mundo que queda en el que me sale temblar. Temblar por la certeza de que el ser humano no parece haber aprendido, y que el sistema va a hacer lo imposible para que así sea, porque la inconsciencia de las personas es la fuerza sobre la que se sostiene el sistema. No es ignorancia, es manipulación e inconsciencia.

Gracias al 2020 por haberme recordado mi opción por compartir. Es tan radical como la de los abrazos. Todo lo que no se comparte se pierde. El amor sana. Expresar las cosas, compartirlas, vivir en esa red de amor de la que hablo tantas veces, estar ahí, a su lado, todo lo cerca que puedo y que la vida me permite. Ser presencia de amor y permitirles a quienes amo que lo sean en mi vida y en la de mi hijo.

Si tuviera que resumir mi agradecimiento sería éste: intemperie, red de amor y humildad.

Y un deseo para quienes me léeis y para mí misma: Despedíos del año pero no lo queráis olvidar. Y para el que viene que la vida nos dé el amor y la consciencia necesarios para vivirlo honrando al 2020.

Con todo mi cariño y agradecimiento,

Pepa

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Por fin en casa

He batido records sin aparecer por aquí, creo 😉 El otro día preparando con mi hijo un examen de historia sobre el Imperio de Carlomagno y cómo dio lugar a la estructura feudal de la edad media, hablaba del «juramento de fidelidad» que el monarca les exigía a los condes, además de los impuestos y el apoyo militar, a cambio de tierras, riqueza y libertad para realizar las barbaries que quisieran en sus territorios. Y yo pensaba que tengo mis propios «juramentos de fidelidad», quizá más de los que quiero reconocer, y uno de ellos es con este espacio, con quienes estáis al otro lado.

Cuando creé este blog, me prometí mantener mi presencia y mi regularidad, y me doy cuenta de que este silencio que me ha nacido o llegado adentro hace ya tiempo del que ya os he hablado, me hace cada vez más difícil esa regularidad. Pero mi juramento permanece 😉 porque es mi opción. A cambio de nada. A cambio de mucho, muchísimo en realidad.

Escribo desde mi hogar. Mi segundo hogar, el primero fue mi última casa en Madrid, a la que llegó mi hijo, mirando a aquel maravilloso parque. Mi segundo hogar es esta casa mirando al mar y al bosque. Qué curioso suena decir esto. Adoraba la casa en la que vivíamos aquí en Mallorca hasta hace un par de semanas, he sido inmensamente feliz los casi seis años que hemos vivido allí. Si me apuráis quizá sea lo más parecido a mi casa ideal que he vivido nunca. Y sin embargo no era mi hogar.

Cuando explico el tema de «entornos seguros» en el trabajo, cómo construirlos, siempre pongo el mismo ejemplo: el proceso que hacemos cuando compramos una casa hasta convertirla en nuestro hogar. Al principio son cuatro paredes, y en ellas vamos poniendo nuestra impronta y nuestra calidez (nuestras cosas, fotos, recuerdos, colores, plantas…), hasta convertirlo en un hogar. En la casa anterior pude hacerlo en gran medida colocando mis cosas, pero esta casa a la que nos hemos mudado es de mi propiedad, y al serlo he podido hacerla mía desde la raiz, haciendo una obra completa. Pocas cosas agotan tanto como una obra y una mudanza, pero lo logré!. Hoy han puesto la puerta del armario del baño, que era lo último que quedaba y me han devuelto las llaves y ayer nos pusieron la wifi, signo inequívoco de habitar una casa 😉 y sobre todo he dormido en la cama nueva, un regalo que me he hecho a mí misma, un regalo de los que no tienen precio pero que me he ganado a pulso: bendito colchón!. Han sido apenas mes y medio, increíble la rapidez del proceso, y llevamos ya un par de semanas en casa.

Es más pequeña, no tiene piscina ni jardín, nos toca compartir baño de nuevo (detalle nada trivial teniendo un hijo adolescente) pero tiene unas vistas increibles. Diferentes a las de antes, pero increíbles. Sigo viendo el mar al despertar, que era lo que yo quería al venir a Mallorca. Y ésta tiene desde el suelo a las paredes, a la cocina a los muebles…todas las cosas y cada una han sido elegidas. Son una opción de amor. Como lo es este blog. Por eso es mi hogar. Por eso este blog es también mi hogar. Y me parece interesante e importante darme cuenta una vez más que es esa opción de amor la que crea hogar.

Nos mudamos por la covid. Es una de las muchas decisiones que tomé en el confinamiento. En la linea de buscar esa vida más humilde, más sostenible, más pequeña en el mejor sentido de la palabra, decidí que había que venirse a esta casa que había comprado y tenía alquilada, esperando a habitarla a que mi hijo creciera y se independizara. Pensé que me/nos hacía falta vivir más humildemente, más conforme a quienes somos y lo que tenemos. Y de repente es curioso ver cómo esta casa tiene un aire a aquella casa madrileña frente al parque, porque vuelve a ser un espacio más unido. Sólo en la terraza te aislas realmente del resto de la casa. El resto de los espacios son uno y todo está lleno de ventanas, luz y mar.

Estos días me ha tocado dar varias ponencias seguidas, y todas versan sobre lo mismo: cómo vivir ahora. Ahora que empezamos a asumir de verdad que la vuelta atrás es imposible. Ahora que empezamos a ver que los cambios han venido para quedarse. Ahora que nos sentimos frágiles y pequeños y sin esquemas para afrontar una vida que no elegimos, pero se nos impone. Ahora que hay que empezar a organizarse de verdad y ante una realidad que duele en muchos sentidos. Porque el significado de la crisis apenas empieza a percibirse de verdad.

Cuando se habla de la capacidad de resiliencia del ser humano siempre se dice que se compone de dos elementos: resistir el dolor y rehacerse después de él. Resistir, resistimos al confinamiento, pero hay muchos dolores por venir que aún no vislumbramos o que son más sutiles y están y no los vemos en su justa magnitud: no poderse tocar, no poderse reunir, los programas que se deshacen, el trabajo que desaparece… LLevo meses hablando de mi preocupación por las consecuencias que va a traer la falta de contacto físico en los niños y niñas más pequeños, por ejemplo, que gestan la conexión corporal interna basica para su protección desde el contacto físico con las personas y las cosas, ¿cómo enseñarles esa conexión interna sin el tacto? ¿Qué ocurrirá con su desarrollo sensorio motriz? Y como ese dolor, muchos otros. ¿Y rehacerse? En ello estamos, en encontrar un modo diferente de habitar nuestras vidas.

Pero cuando se habla de resiliencia siempre se insiste en que para poder hacer ese proceso, las personas (y especialmente los niños y niñas por su falta de autonomía personal) necesitamos guías de resiliencia, figuras que nos guíen en ese proceso. ¿Quién puede ser guía en una experiencia desconocida para todos y todas? ¿Cómo guiar en algo que es tan desconocido y atemorizante para ti como para todos los demás? ¿Cómo guiar a nuestros hijos?

Yo no tengo respuestas. Tengo algunas respuestas mías, que son las que he ido compartiendo, pero no tengo respuestas a muchas de las preguntas clave. Pero sé que hay dos palabras que se han vuelto mantras para mí: humildad y honestidad. Sé que si queremos salir adelante como especie, la covid ha sido una enseñanza de humildad contra nuestra soberbia y engreimiento. Creernos capaces del dominio, el expolio y el control en la vida. Somos pequeños, raros y valiosos. Y la honestidad que permita poner palabras a lo que vamos sintiendo para poder apoyarnos en los demás. Salir hacia fuera nos hace fuertes, aislarnos nos hace vulnerables. Pero salir de forma honesta. Sólo así funciona, sólo así recibes ayuda, sólo así te sientes acompañada. Humildad y honestidad.

Gracias por seguir aquí. Mantengo mi opción de amor.

Pepa

 

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Escribir con lápiz en la agenda

Hoy es el primer día del verano que me siento al ordenador. Hace años que intento hacer vacaciones de verdad en verano. No siempre lo consigo porque a veces estoy metida en escribir algo o en algún proyecto. Pero cuando lo logro, eso incluye no encender esta ventana al mundo, aunque chequee el mail en el móvil y conteste lo urgente. Pero sentarme al ordenador para mí implica una consciencia en lo laboral incompatible con el descanso.

Pero hoy toca. Y ya que toca, me acerco a este mi/nuestro hogar para escribir.

El otro día hablaba con una amiga sobre estos tiempos extraños que nos está tocando vivir y no sólo por el coronavirus. Hay algo raro en el aire porque cualquier plan que hacemos, por pequeño que sea, acabamos teniendo que cambiarlo. Cosas pequeñas y no tanto. Así que ya hace un par de meses que decidí pasar a escribir en la agenda con lápiz. ¡Y me pareció tan simbólico! Mi amiga me dijo que tenía que escribir sobre ello y creo que tiene razón.

Este verano para mí está siendo diferente de una manera muy radical. Llevo siete meses sin viajar y si la vida me da permiso y se mantienen los viajes de este trimestre, para cuando haga el primero, llevaré nueve meses sin viajar. El otro día intentaba pensar cuándo fue la última vez en mi vida que estuve nueve meses sin viajar y me tuve que ir a 1990, nada más y nada menos. Desde que me fui a Madrid a estudiar la carrera, empecé a viajar de forma regular y ya no paré. Es, junto con la buena conversación, el cine y la literatura, mi vicio particular. No viajo sólo por trabajo, me apasiona viajar, me abre la mente y el alma. Me hace sentir en las «tripas» el privilegio de estar viva y conocer este mundo increíble y maravilloso que nos han regalado y que por desgracia estamos destruyendo. Conocer gentes, culturas, lugares tan diferentes a mí siempre lo he sentido como un privilegio. Me enseña quién soy. En realidad no quién soy sino quién decido ser. Viajando aprendes que nuestra forma de vivir no es ni la única ni la mejor, es sólo una de las posibles. Y aprendes que puedes elegir ésa o cualquier otra. Ésa es justo la riqueza. El privilegio, la riqueza no es tener dinero sino poder elegir. Elegir con consciencia dónde, cómo y con quién vivir. Un privilegio que millones de personas no tienen o por la falta de oportunidad que conlleva la injusticia e inequidad social o por sus propios miedos, heridas y temores interiores.

Así que estar sin viajar para mí es una pérdida. Lo es por todo eso y porque además, en mi caso, viajando puedo ver y abrazar a mucha de mi gente amada. Pero la vida me está haciendo reencontrarme con una vida sin movimiento ni viajes. Ni agenda.

Mi trabajo, mis viajes, mi hijo, mis amigos.. mi vida en general es posible gracias a las logísticas. Ya lo escribí hace mucho tiempo: para mí la maternidad es amor y logística. Sin cubrir la logística no hubiera podido criar a mi hijo como lo he hecho, sobre todo siendo madre sola. Tampoco hubiera podido vivir la vida que elegí vivir. La agenda nunca fue un peso para mí sino un medio que hacía posible esa vida. Nunca he tenido problemas en cambiar lo que hiciera falta y cuando hiciera falta, pero esa organización inicial me permitía poder elegir. Y sin embargo la vida me ha llevado a dejar de escribir a boli y pasar a escribir a lápiz en esa agenda. Y cada vez que lo hago aprendo a ser más humilde. La humildad de saber que por mucho que apunte, será lo que la vida decida. Que puedo elegir pero la vida siempre es más sabia y más contundente que yo. Recordar día tras día que no tengo el control. Al principio, allá por marzo, tachaba y volvía a escribir con boli, hasta que me encontré ingenua y un poco idiota y cambié el boli por el lápiz.

No se trata de no escribir. Porque si no escribo en la agenda parte de mi vida no es posible. Es así de sencillo. Los encuentros con las personas amadas, las logísticas de la crianza de mi hijo, la presencia en las fechas señaladas para quienes amo… ésa es la Pepa que quiero ser, que elijo ser. Se trata de hacerlo con humildad, con más respeto a la vida del que le he tenido hasta ahora (diría hemos tenido, pero hablaré en primera persona). Se trata de pedir permiso. Ese mantra que he incorporado a mi vida «si la vida me da permiso». Resituarse. Recordar lo pequeña e insignificante que soy, tanto como valiosa y preciada.

Toca aprender a fluir dentro de la corriente del mekong (the mekong always flows and flows in the same direction), en la corriente que la vida tenga preparada para mí. No la que yo deseaba, ni la que había planificado en la agenda, sino la que la vida ha marcado. Y ese fluir pasa por la humildad de apuntar en lápiz las cosas en la agenda y sonreirme cada vez que tengo que borrar algo, y apuntar las cosas casi como peticiones a la vida.

Y este verano, la vida me ha dejado aquí en la roqueta, en un privilegio de lugar que elegí para vivir justamente por eso, por l20200719_205119a maravilla que es. Y dejándome aquí, en la roqueta, he visto cosas de la isla y de sus gentes que no había visto en seis años, para bien y para mal. También ésa ha sido una lección de consciencia importante para mí. Mucho más de lo que pueda parecer en principio. Me ha colocado en una vida privilegiada, rodeada de gente que tratamos de ir viviendo con consciencia pero sin dejarnos bloquear por el miedo todo lo que está sucediendo. Reforzando aún más si cabe mi empeño en la red afectiva, su trascendencia.

Y la vida me ha colocado en un verano con mi hijo casi, casi a todas horas, otro aprendizaje contundente. Los planes que hicimos que suponían separarnos también se deshicieron o transformaron y pienso que quizá no me esté dando cuenta de que éste vaya a ser el último verano que pasemos juntos de verdad. Se ha hecho adolescente, Y está deseando volar. Y parte de la angustia para él y todos los adolescentes como él es que el covid 19 les impide volar, socializar, encontrarse, vivir los veranos de adolescente. Veremos lo que nos viene. Pero de momento la vida nos ha llevado a estar juntos casi sin excepción desde hace siete meses. Y eso me ha recordado esa imagen tan clara que escribe Tagore cuando habla sobre el matrimonio y lo describe como un templo cuyas columnas deben estar suficientemente juntas pero suficientemente separadas. Si se separan demasiado, el templo se cae, pero si se juntan demasiado también se cae. La distancia es necesaria en una relación sana, sea cual sea esa relación: pareja, familia, amigos, hijos.. tanto como la presencia. De hecho saber respetar esas distancias necesarias es parte de la presencia consciente. Aprender a encontrar ese equilibrio entre la presencia y la distancia es clave y aprender a ir transformándolo conforme ellos crecen y cambian sus necesidades, aunque no cambien las nuestras, es parte esencial de la labor como madres o padres. Dejarles ir.

Y la vida, como no podía ser de otra manera al estar tejida de amor, ha traido también estos meses muchas muertes a mi alrededor. La vida y la muerte son uno. Lo sé. Lo aprendí demasiado pronto, con la muerte de mi madre cuando tenía 20 años. El amor es lo único que vence a la muerte, pero el amor y la despedida van de la mano. Desde que todo esto empezó en marzo han muerto varias personas amadas de mi entorno, o gente amada de mi gente querida. De una u otra forma la muerte ha estado presente. Y no sólo por el covid, sino de otras formas, casi todas ellas inesperadas e imposibles de preveer. La muerte está escrita con tinta invisible en la agenda de nuestra vida. Que no podamos ver el día en que está apuntada no significa que no esté escrita. Y ésa sí que no puede borrarse. Otra lección de humildad. No soy yo la que escribo a boli, es la vida. Y la tinta de su boli ni se tacha ni se borra.

Así que aquí estoy. Aprendiendo a fluir. Aprendiendo humildad. Aprendiendo a confiar.

Abrazo de alma,

Pepa

 

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Artículo «Descansar el alma»

Como me ha ocurrido ya otras veces, en este caso se me cruza lo profesional con lo personal. Así que voy a copiar aquí un artículo que se ha publicado estos días y que hemos difundido desde Espirales CI. Lo copio para quienes seguis este blog y no el de Espirales.

Copio el texto tal cual del blog del programa para el que lo he escrito, BBK Family. Ya elaboré para ellos unos videos que están teniendo mucho eco y que podéis ver aquí también. Es una de las iniciativas más interesantes que he acompañado en los últimos años, llevada además por profesionales con las que es un privilegio trabajar. El artículo es el siguiente:

Descansar el alma

El ser humano está construido para sobrevivir. Cuando llega la urgencia, el miedo, el dolor físico o el sufrimiento emocional, todo nuestro ser se activa para encontrar la forma más rápida y menos dañina de sobrevivir. A veces lo que es más rápido e indoloro en ese momento resulta más dañino a largo plazo. Pero eso no lo sabemos entonces. Al menos no siempre.

Durante todos estos meses, aquellos que hemos tenido la fortuna, hemos podido sobrevivir. O no enfermamos, o enfermamos y nos curamos. Nos quedamos en casa esperando a que todo pasara, a que el peligro cesara. Elegimos ser responsables y ser generosos. Y lo elegimos a costa de un sufrimiento emocional muy grande. A veces ese sufrimiento lo hicimos consciente, otras no.

Por eso ahora nos sentimos tan raros. Tenemos la sensación de que el peligro empieza a remitir, pero nuestro cuerpo, que sigue activado en la supervivencia, aún no duerme profundo ni respira tranquilo. Una parte de nuestros pensamientos siguen centrados en el virus, las mascarillas, las personas por la calle o lavarnos las manos. Y los pensamientos obsesivos generan una necesidad de control y un pensamiento paranoide que necesita imperiosamente buscar un culpable (o varios) de lo que ha pasado. Y nuestras emociones siguen subiendo y bajando. Nuestros hijos e hijas tienen miedo a salir a la calle, nosotros mismos nos sentimos raros sin esas cuatro paredes, nos seguimos enfadando fácilmente o de repente tenemos ganas de llorar y no sabemos por qué. Dicen que el virus empieza a remitir, pero nuestra alma no se lo acaba de creer.

Por eso necesitamos descansar. Necesitamos aire, agua y sol. Porque el sol es esencial para mantener la energía interna, el agua favorece nuestra conexión corporal y el aire y el movimiento ayudan a nuestra regulación emocional, especialmente de la rabia. La naturaleza permite al ser humano reconectar corporal y emocionalmente. ¡Si hasta sabemos que abrazar a los árboles nos hace estar más sanos!

Necesitamos dormir. Pero dormir profundo. Que el insomnio disminuya y remitan esos sueños que han estado tan cargados emocionalmente. No han sido necesariamente pesadillas, pero estos meses la gente recordaba mucho más lo que soñaba. Porque tenía mucho más que soñar. Soñar nos permite integrar lo que vivimos, y teníamos demasiadas vivencias por colocar como en un puzzle que no encajaba.

Necesitamos parar. Cuando el ser humano quiere sobrevivir, tiende a desconectar emocionalmente. Es lo que llamamos disociación. Cortamos el acceso a una parte de nuestro procesamiento interno, el corporal y emocional, para centrar los recursos en sobrevivir. Y para lograr no conectar, lo mejor es correr. Por eso a veces corremos tanto. Sin embargo, el confinamiento nos obligó a parar. Y mucha gente se puso a llenar de actividades el tiempo porque pararse a sentir le daba miedo, le generaba angustia. Incluso encerrados somos capaces de “correr”. Pero para recuperar el equilibrio interno necesitamos frenar, parar y reconectar. Si no somos capaces de meditar o de hacer relajación, que muchos no lo seremos, entonces caminemos tranquilamente, tomemos un café sentados, en vez de en pie, sentémonos en un lugar bonito y veamos pasar el tiempo.

Necesitamos llorar. En este tiempo hemos perdido mucho más de lo que imaginamos. No sólo hemos perdido personas que amábamos, sino muchas cosas propias de nuestra forma de vivir. Hemos perdido poder abrazarnos sin miedo, poder hablar sin sentirnos posicionados en miles de debates polarizados por el miedo. Hemos perdido la sensación de invulnerabilidad, que era dañina y falsa, pero nos encantaba. Ahora nos sabemos frágiles, a la intemperie y muy, muy vulnerables. Por eso nos cuesta llorar, porque al hacerlo sentimos angustia. Y la tristeza sólo acaba siendo un problema cuando se une al miedo. Llorar el dolor sin angustia, sólo dejándolo salir, también hace que nuestra alma descanse.

Necesitamos construir tribu. Porque de ésta o salimos juntos o no salimos. Hay muchas familias que no podrán hacer nada de todo esto que escribo porque la urgencia de su situación, las condiciones en las que han quedado, les exigirán seguir sobreviviendo. Porque para ellos la pesadilla no ha pasado. Y si algo nos ha enseñado este virus es que somos todos uno. Tendremos que aprender que si esas familias no logran vivir, nosotros tampoco podremos. Pero esto sería tema para otro artículo.

Nos espera un otoño muy difícil. Así que es momento de poner consciencia en este descanso del alma. Éste es un verano necesario. No nos lo saltemos. Y no tratemos de hacer como si el virus no hubiera pasado. Ha sucedido. Por eso, cuando hayamos descansado, nos hayamos bañado en el mar un par de veces o hayamos paseado bosques hermosos unos días seguidos, cuando hayamos reído de nuevo con nuestras familias… entonces, con el alma descansada, llegará el momento de tomar decisiones, de buscar una forma personal y consciente de vivir lo que viene. Pero no las tomemos antes de haber descansado, porque si las tomamos agotados y angustiados, es muy probable que acaben siendo decisiones erróneas.»

Un abrazo grande,

Pepa

 

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Mis certezas para el «después» del covid 19

Hacía años que no vivía un tiempo de tanta intensidad emocional como han sido estos meses. El nivel de demanda emocional, también laboral, que he sostenido ha habido pocas veces en mi vida que lo hayan igualado. Por suerte en parte vi, en parte me hicieron ver que me estaba agotando y tomé medidas. Y ahora que he podido descansar y voy reconectándome de nuevo conmigo, con mi hijo y con la vida en general, quiero escribir algunas certezas que me han llegado en este tiempo. Por si pueden servir, en la linea de lo que siempre he hecho en este blog. Aquí van:

1. Por mucho que nos empeñemos en hacer como que no ha pasado, en tratar de pensar que ha sido un mal sueño y volver a lo que había, no va a funcionar. Algo profundo ha cambiado, y aún andamos muy ciegos y asustados para ver su magnitud. En realidad la vida es así: volver es sencillamente imposible. La vida es más grande y más fuerte que nosotros, y nos pide, como dije en mi última entrada, transformarnos para seguir. Y seguimos siendo tan necios como para pensar que podemos controlar la vida: el nacimiento, la muerte, el amor, la enfermedad, la naturaleza…todo lo importante y nuclear es intemperie.

2. Aprendí hace muchos años que confiar es la clave de la seguridad. «Aprender a confiar en la vida incluso cuando la vida hace daño» un verso de Llach (y creedme que lo digo con conocimiento de causa personal y laboral) es una de las claves de la salud mental y del crecimiento. Ante lo que nos espera tenemos dos opciones: confiar y dejarnos o enfermar de miedo. Cada uno tendrá que elegir. Y es una elección que se plasmará en miles de pequeños detalles cotidianos. Detalles que son personales e intrasnferibles. Se trata de elegir cómo vivir. Siempre fue así pero ahora es un poco más si cabe.

3. Hay dos cambios que siento que la vida nos pide para lo que está por venir. El primero es cambiar el concepto de familia por el de tribu. Necesitamos una tribu. Y la necesitamos cercana, firme, presente, real. Una tribu de amor que cuide a nuestros hijos pase lo que pase, a nuestros mayores, a nosotros mismos si enfermamos. Una tribu que aumente las probabilidades de estar acompañados. Si seguimos criando y viviendo de puertas adentro, no funcionará. La familia nuclear no es suficiente. No ahora, no para lo que viene.

La tribu y la comunidad son realidades que se han perdido en occidente, no así en otros lugares del mundo. Y es nuestra gran pérdida como sociedades sin duda. Son tres elementos que juegan a entrelazarse: el individuo, la comunidad y el sistema. Hay lugares del mundo en que los sistemas no existen o son muy débiles como muchos países del continente africano, y el ser humano sobrevive por la tribu. Lugares del mundo donde el sistema y la comunidad imponen su ley y el individuo apenas tiene voz por sí mismo para decidir sobre su vida, como ocurre en muchos lugares en los que he trabajado en Asia. Y en Europa el inviduo le pide al sistema que solucione sus problemas. Como individuos nos expresamos, nos quejamos, demandamos al sistema soluciones. Pero la comunidad, la tribu es débil, cuando no inexistente.

Los movimientos comunitarios y pequeños son el cambio en el que, después de todos estos años, mantengo mi confianza. Porque lo he visto, he visto mil veces los cambios que generan y merecen la pena. Al mismo tiempo, los datos que veo del mundo me refuerzan una vez más mi poca fe en el cambio global. Veo muy pocos datos del sistema global que me hagan confiar en el cambio y la mejora después del covid 19, más bien todo lo contrario. Pero procuro no olvidar que el ser humano es capaz de cambiar lo pequeño y desde ahí generar revoluciones. No sé si lo haremos, pero sé que capaces somos.

Pero cuando hablo de la tribu, no sólo la menciono por su posibilidad de cambio social real, sino porque será el sosten emocional de las personas, de todos nosotros en lo que está por venir. Insisto y no me cansaré: no es suficiente con la familia. Nos equivocamos si creemos que podremos sobrevivir solos en familia.

4. El otro gran cambio que se nos pide es el de la permanencia a la provisionalidad. Esto fue de las primeras cosas que escribí en el uno de los primeros post filosófico de estos meses, pero sigo pensando mucho en ello. Aprender a vivir en un mundo que sea provisional, en el que pueda haber cambios constantes, continuos y no deseados. Cambiar de casa, de ciudad, de trabajo.. una educación diferente, una vida diferente..enseñar a nuestros hijos e hijas a no permanecer cuando nos han educado para encontrar un lugar en el mundo donde permanecer justamente, cuanto más cercano a nuestros orígenes y familia mejor. Creo que por ahí tenemos un gran trabajo pendiente por delante. Y generar estructuras que puedan moverse de sitio, sistemas que puedan cambiar y adaptarse fácilmente, no sólo laborales, sino de convivencia y de gestión de los espacios. Creo que es un reto para nuestros esquemas mentales, seguro lo es para los míos.

5. Sé que el ser humano en las situaciones extremas es capaz de lo mejor y de lo peor. El covid 19 no está siendo una excepción. El miedo enfada a la gente, la angustia necesita encontrar culpables. En cierto modo la confrontación nos mantiene ocupados y nos ayuda a gestionar el miedo. Pero por el camino mostramos nuestro peor rostro y a menudo abandonamos a los más vulnerables. Poder mirar ese espejo del ser humano, el mío propio, el de quienes amo o el de la sociedad en general va a ser prioritario a corto plazo. Porque no sé si a largo plazo aprenderemos, mejoraremos, nos transformaremos para volver a ocupar el lugar que nos corresponde en la tierra, un lugar humilde y agradecido, que perdimos hace tiempo por engreídos y asustados. Pero sé que a corto plazo eso no va a pasar. Así que sé que nos esperan desiertos. Atraversarlos será parte del crecimiento. No me da miedo, porque sé que es así. Es parte de la esencia del ser humano, somos capaces de cosas increíbles y bellísimas, pero también de una crueldad inimaginable y de mucha estupidez. Si tomo la vida, y al ser humano como parte de ella, la tomo en su totalidad. Por eso no tengo miedo, pero no me engaño.

6. Y la última, pero más importante certeza: me toca tocar mi melodía el tiempo que me sea regalado. No lo podré decidir, siempre lo supe, ahora lo he recordado con claridad: no decido. La vida es más sabia que nosotros. Nos va colocando en nuestro sitio. No sé cuál será el límite que forcemos como especie desde nuestra ceguera y nuestro engreimiento. Y no sé cuál será mi papel en todo ello. Pero sí sé que puedo elegir una forma de vivirlo, y voy a poner todo mi ser y mi consciencia en intentar hacerlo.

Un abrazo inmenso,

Pepa

 

 

 

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Transformarnos

Estas dos últimas semanas han sido especialmente duras para mí. He pasado estos meses de confinamiento sosteniendo mucho y no me arrepiento de haberlo hecho, pero en algún momento me fallaron las fuerzas. Y cuando las fuerzas fallan, el dolor y el miedo parece que se apoderan de mí. Nos pasa a todos, pero estos días he sentido que no llegaba, que no podía con todo.

No es la primera vez que me sucede en la vida, pero quizá ha sido una de las más conscientes. Como también lo ha sido mi opción por no ocultarme, por no disimularlo. Me he mostrado triste, silenciosa, agotada. En realidad, sigo en ello, pero poco a poco ya voy recuperando fuerzas. Y al mostrarme, he recibido el amor y la comprensión que necesitaba para sostenerme.

Y, también como otros momentos de mi vida, lo profesional y lo personal se me han entrecruzado. Me ha tocado hablar mucho en supervisión de cómo el miedo puede volverse pánico y ese pánico hacer que la gente saque a borbotones dolores muy antiguos, dolores que parecen superados e integrados. Les ocurre a los niños, niñas y adolescentes con historia de trauma, nos ocurre a los adultos que seguimos guardando dentro nuestro niño o niña con su historia de trauma.

Como persona y como profesional me costó mucho tiempo comprender que integrar no significa olvidar, y que la memoria corporal del dolor sigue ahí y puede reabrirse en varios momentos de nuestra vida, sobre todo aquellos en los que estamos agotados y asustados.

Cuando miro y leo a mi alrededor pienso en toda nuestra memoria corporal colectiva, la que tiene nuestro país, nuestra sociedad. Muchos dolores ya nombrados y trabajados y otros muchos ocultos y no nombrados, que ni siquiera tuvieron oportunidad de ser integrados. Y el dolor vuelve a borbotones, con crueldad, con brutalidad y cada vez más polarizado. Porque el pánico no deja lugar al encuentro, a respirar, al tiempo, a la conexión..

Y esa sensación extraña de revisitar mi pasado, el de mi hijo, el de nuestra red de amor, el de nuestra sociedad. Saber que ya no estás allí y sin embargo por momentos perder la perspectiva y sentirte inundada, como si hubieras vuelto a aquellos momentos. ¡Qué dificil es no perder la perspectiva en esos momentos! Como he repetido sin cesar a nivel profesional también, tratar justo en esos momentos de no patologizar el sufrimiento. Poder sostener lo que ves y lo que vives como manifestación extraordinaria de una situación extraordinaria, no como patología ni enfermedad.

Y en ese sentido me doy cuenta de que mucha gente intenta volver atrás de forma desesperada. Quiere hacer como si todo esto no hubiera pasado. Volver a la vida que tenía antes. Quiere pensar que todo esto es un mal sueño y pasará. Pero no es así. Estamos asustados y queremos volver al refugio de nuestras certezas. Pero la vida nos está planteando un escenario incierto donde nadie sabe bien cómo manejarse. Hoy mismo he ido al mar con mi hijo por primer día y aunque nos hemos bañado, él decía «mami, sé que estamos saliendo ya y viendo a nuestros amigos, pero yo me sigo sintiendo en confinamiento, es como si las cosas no fueran reales«. Hablaba de volver a su colegio, de tomar los bocatas de media mañana, de reírse con sus amigos en la puerta, de volver en el autobús. Hablaba de una vida que ya no existe, y que al menos durante un tiempo largo e indeterminado no va a existir.

Y miro las decisiones que se van tomando y me doy cuenta de que tratan de dar soluciones manteniendo las mismas estructuras que existían. Y no va a funcionar. Todas las discusiones que está habiendo sobre la educación, sobre la distancia física, la reducción de grupos, los horarios de los coles y los patios marcados con tiza parte de la misma idea: mantener la misma estructura y adaptarnos hasta que llegue la vacuna y podamos hacer como que no pasó, y volver atrás. Pero no va a funcionar.

La vida nos pide transformarnos, cambiar las estructuras y, al menos de momento, no estamos dispuestos a hacerlo. Así que…

En este tiempo hemos dado un valor diferente a muchas cosas de las que ya he hablado. Por ejemplo, los abrazos y el calor humano. Qué paradoja leer el otro día en un titular: «¿Cómo es posible pensar en dar clase sin abrazar?» cuando yo llevo años trabajando para convencer a maestros y maestras, a educadores y educadoras que abrazar es parte de su labor profesional, que la calidez afectiva es garantía de desarrollo pleno y aprendizaje para los niños y niñas. Ahora parece imposible prescindir de algo que quizá habíamos olvidado de tanto darlo por obvio o de tanto alejarnos o disociarnos emocionalmente en el trabajo.

Todo el debate que ha surgido sobre el valor de la escuela como garante de la equidad y de la integración social más allá del curriculum o el aprendizaje cogntivo. Visibilizar el precio social de haber sacrificado y politizado la educación. De la sanidad ya ni hablo, de lo dolorosamente patente que ha quedado cómo la falta de inversión en una sanidad potente nos ha llevado a la necesidad de medidas drásticas para no colapsar el sistema sanitario y que pudiera atender a la gente. Y la cultura, cómo nos ha mantenido cuerdos. Las canciones, la poesía, la lectura, el cine y la tele..refugios para nuestras almas confinadas que hemos de defender y proteger más que nunca.

Y sin embargo, cuando buscamos soluciones, lo hacemos asustados. Buscamos culpables desde el miedo que agudiza el pensamiento paranoide. Buscamos reforzar las estructuras previas, desde el miedo y la necesidad de olvidar lo sucedido y hacer como que no ha pasado. Buscamos la intensidad emocional en forma de conductas insconscientes, cuando no de riesgo, que nos despierten del letargo emocional al que un confinamiento muy largo nos ha llevado.

No sé si seremos capaces de transformarnos. Sé que si no lo hacemos, la vida hablará de nuevo. Y la vida, cuando habla, es bella pero también es cruel, como lo es la naturaleza en sí misma. Y sé también que toca encontrar una forma personal y consciente de situarse en todo esto, porque no queda otra. Decidir, como escribí hace unas semanas, cómo vivir la permanencia que nos sea regalada.

El mar y la presencia física, corporal, real de mis seres queridos más allá de la pantalla me han recordado hasta qué punto necesito alimentar mi memoria corporal positiva para no perder el norte, para no quedarme sin fuerzas, para encontrar mi propia de vivir y transformarme.

Un abrazo inmenso,

Pepa

 

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El «después»

Siempre me impresiona ver cómo los seres humanos con historias, situaciones y caracteres tan diversos podemos vivir de forma tan similar las experiencias humanas radicales. No ocurre con las intrascendentes o con las pequeñas, pero sí con las radicales. Solemos decir que hay muchos modos de vivir el dolor, el amor, la muerte o la enfermedad. Sin embargo, conforme pasan los años, yo tengo cada vez más la sensación de que existen unos mimbres comunes al psiquismo humano que hacen confluir las vivencias cuando son radicales. Confluir, eso sí, siempre de forma polarizada, en lo bueno y en lo malo, sacando lo mejor y lo peor de nosotros mismos.

Me está ocurriendo con todo lo que nos está pasando. La primera semana toda la gente con la que conversaba andaba con cierto aire de irrealidad. O bien irrealidad por el dolor abrumador que le estaba llegando y que le tenía noqueado, o bien irrealidad por centrarse en esa parte luminosa que esta experiencia nos ha traido también, pero obviando el dolor y la intemperie. La segunda semana fue más confusa, pero la tercera sin dudarlo llegó la carga de profundidad. Muchas personas a mi alrededor entraron en crisis. En unos casos por el dolor vivido en situaciones tan surrealistas, tan inimaginables hasta ahora que se quedaban sin recursos para afrontarlo. En otros casos porque el confinamiento, la falta de libertad y la dimensión global de lo que está sucediendo les llegaba incluso a sus espacios protegidos y les empezaba a pasar factura. Me pareció un proceso similar a cuando vas de viaje o de vacaciones, las primeras dos semanas suelen ser de vivencias pero sigues muy activado mentalmente bien al trabajo del que no has desconectado, bien a la vivencia y descubrimiento del viaje. Es normalmente en la tercera semana cuando si estás de viaje, empiezas a añorar y si estás de vacaciones, a descansar.

Y luego llegó la cuarta. Y ahora la quinta. Y en la cuarta apareció el «después» tímidamente. En la quinta ya aparece casi constante en las conversaciones. ¿Cómo afrontar el «después»?

Y yo no paro de recordar algo que he aprendido en mis viajes por el mundo. Lo aprendí especialmente en Centroamérica. Allí muchas veces conversaba con las asociaciones, entidades e instituciones con las que trabajé que me sorprendía la escasez de inversión en infraestructuras para territorios tan pequeños e incluso en zonas de niveles económicos más elevados. También pasaba en la vida personal, veía cómo la gente invertía mucho en viajar, en educación, pero no tanto en sus casas. Hablo, claro, de un nivel económico medio. Al hablarlo en diversos países las explicaciones coincidían. Ellos decían: «¿Para qué vamos a invertir en cosas que se van a destruir? Cuando no es un terremoto, es un huracán y si no un maremoto». Es una región acostumbrada a la fragilidad. Cada cierto tiempo la naturaleza llega a impone su presencia. Siempre me impresiona en las casas de mis amigos de algunos países de esa región ver las bolsas que hay junto a las puertas. Son unas bolsas pequeñas que tienen listas para cuando estalle un terremoto tenerlas a mano para salir: una muda de ropa, la documentación, algunas medicinas, un par de fotos.. poco más. En la puerta de la entrada de la casa. En general, en Latinomérica y el Caribe y en Africa la gente vive muchísimo más conectada a la naturaleza, para venerarla, para temerla o para expoliarla..pero conectados. No ocurre lo mismo aquí en Europa.

Pero hay un concepto que aprendí entonces y esta semana ha vuelto a mí una y otra vez: ligereza. Cuando pienso en el después, intento centrarme en cómo vivir la vida yo, cómo hacerlo con mi hijo. No quiero pensar tanto en el cambio global, porque me surge la rabia, sino en mi cambio personal, en cómo gestar una vida más humilde y más sostenible, en qué cosas quiero cambiar, en cuáles son los parámetros en los que habré de aprender a vivir. Y qué podré ofrecerle a mi hijo. Y me surgen algunos parámetros que quiero compartir.

El primero es el cambio constante. Ya sé, ya sé que la vida es cambio. Aún recuerdo aquel aprendizaje de Asia: «The Mekong always flows and flows in the same direction», hagas lo que hagas, el Mekong siempre fluye y fluye en la misma dirección. Pero para mí se va imponiendo la sensación de que va a tocar aprender a vivir en un mundo que cambie constantemente, un mundo en el que la permanencia no sea posible. Un mundo en el que toque migrar porque una tierra se convierta en invivible, o porque desaparezca o porque esté tan contaminada que no sostenga la vida. Un mundo en el que toque cambiar de casa y de lugar y de trabajo y de… cambiar. Toca aprender a no permanecer. Nosotros, los humanos; yo, la primera, estamos tan aferrados a nuestros lugares, nuestras costumbres, nuestras tradiciones.. Nos toca en cierto sentido volver al origen del ser humano, cuando se movia donde era necesario para sobrevivir. Las grandes migraciones han sido una constante histórica, pero ahora los movimientos racistas y clasistas que están teniendo un auge increíble en Europa son justo para poder permanecer y no movernos de donde estamos, para que no nos «quiten» lo que nosotros construimos a partir de lo que quitamos a otros.

Y en ese cambio entra la ligereza. Soltar las cosas, las posesiones, las relaciones..soltar.  Este ejercicio que mucha gente propone estos días de intentar pensar en qué meterías en una maleta si fuera lo único que te pudieras llevar de tu vida tengo la sensación de que va más allá de una imagen, de que nos conviene pensarlo de verdad. Como las bolsas de entrada de casa de mis amigos.

Soltar hasta la vida, porque no sabemos a quién le llegará el virus, éste y los siguientes que vendrán. No sabemos a quién le tocará irse y a quien permanecer un poco más. Por supuesto hay factores estructurales y políticos. Permaneceremos más los que tengamos un sistema de sanidad público y sólido, los que invirtamos en investigación y sobre todo los que construyamos alianzas entre pueblos y naciones que posibiliten la supervivencia. Pero para eso… falta mucho, o quién sabe si llega.

Pienso en la vida de mi hijo, y siempre pensé que lo mejor que podía enseñarle era a saber adaptarse a los cambios. Dormir en cualquier sitio, comer cualquier cosa, abrir nuestra casa cuanto hiciera falta, adaptarse, viajar, conocer otras culturas, otras formas de vida…entender que no es posible comer en el mismo plato, en la misma mesa, la misma comida y a la misma hora. Pero ahora es más si cabe.

El segundo parámetro con el que habrá que aprender a vivir es el miedo global. Y el miedo lleva a la desigualdad, porque lleva a la parte más animal del ser humano, a su necesidad de supervivencia. Ya cuando escribí «Educando la alegría» lo hice porque estaba asustada de la cantidad de miedo que les estamos inculcando a los niños y niñas en la educación, el tiempo que pasamos hablandoles de la parte más horrible del mundo, de todo lo malo que podía pasarles. Les enseñábamos a no salirse del redil, a buscar la seguridad. Y ahora? Ahora eso se va a volver radical. Porque el miedo es estructural, es como si lo pudiéramos mascar. Estamos enfermos de miedo.

¿Cómo pelear contra esa enfermedad? ¿Cómo hacerlo yo y cómo enseñar a mi hijo a hacerlo? Enseñarle a confiar, a dejarse en las experiencias, a pensar más que nunca en que pueda gozar la vida. ¿Cómo amar y arriesgarse a amar a pesar del miedo? Porque para amar hace falta correr riesgos.

Pero el miedo es global, aquí no hay bandos que valgan, por mucho que a corto plazo se va a incrementar de un modo espeluznante la desigualdad social.  Al final todos somos uno. Y a medio plazo aprenderemos que la humanidad es una, una sola especie, una sola mente, una sola entidad.

Y hay un tercer parámetro que, sin embargo, en este caso no es nuevo para mí. Es un parámetro de vida en el que me toca reafirmarme: el encuentro humano. No sé qué ocurrirá, no sé cuanta permanencia me será regalada. Lo que sí sé es que, sea la que sea, la quiero vivir en tribu, en comunión, en espacios de encuentro. Si puedo tocarme, mejor, si no, con la mirada, o con la palabra, o con los hechos. Pero no quiero vivir sin mi gente amada y aún más allá, sin la posibilidad de seguir conociendo y encontrándome con gente nueva. Quiero conversar hasta el último aliento, o compartir silencios, o mirar los bosques pero hacerlo de la mano de otros seres humanos. No quiero sobrevivir a cualquier costa. Nunca lo quise. Ahora menos.

Estos días, hablando del después, me comentan cosas muy diversas. Por un lado que se habla de recuperar los mercados al aire libre, las estructuras pequeñas que son más inocuas, revisar el tema de los aires acondicionados. Pero por otro las empresas invirtiendo en grandes servidores que permitan trabajar en sucesivos confinamientos, incrementar la potencia de la red que es parte justamente del problema, pero que ahora mismo salva tanto y a tantos. Me hablaban de una vida más sencilla, más de campo. Pero por otro de una crisis económica imposible de dimensionar, y de la pérdida de avances sociales que parecían incuestionables. Me hablan de muchas cosas que son cambios estructurales, no son temporales. No sé cuántos de estos cambios se harán realidad.

Sólo sé que cuando visualizo qué haré el primer día que salga de casa lo tengo claro. Bajar a la cala de debajo de casa y meterme en el agua del mar con mi hijo. Sin más. Y honrar el privilegio de estar viva, de ser amada y amar, de estar aquí y ahora. Y, poco a poco, fluiré donde decida el mekong. Porque toca ser humilde de una vez por todas, reconocer que no controlamos, que hemos sido tan engreídos como para creernos más fuertes que la naturaleza y que la vida. Lo que me queda es aprender a vivir con estos nuevos parámetros que están por llegar. Y confieso que no sé si sabré adaptarme del todo. Confío en que mi hijo y los niños y niñas que amo sí lo sean.

Os abrazo largo,

Pepa

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La intemperie

Quedarse a la intemperie. No yo, ni tú: todos. Sin lugar para guarecernos. Ni persona a la que abrazarse.

Toca aprender.

Aprender que somos todos uno. Que no hay otro refugio que el amor y el cuidado que nos una como especie. Porque no cabe salvarse solo. O nos salvamos todos o ninguno. La aceptación de que nuestros límites y fronteras son una quimera. O nos cuidamos todos o no funciona.

Aprender que somos caricia. La piel, la presencia… lleva dentro una parte de nuestra alma. Nos escuchamos por teléfono, incluso nos vemos las caras… pero olernos, sentirnos, tocarnos.. ése es un nivel de soledad que requiere salir a reconocerse en los balcones, hacerse presentes, hacerse reales. Para no olvidar nuestra piel. Y aceptar la paradoja de que el sacrificio de esa parte de nuestra alma, que es nuestra piel, es nuestro mayor acto de amor ahora mismo.

Aprender que a la seguridad no llegaremos por el control sino por la entrega. La aceptación de que no controlamos, de que apenas podemos poner puertas al aire. Toca hacer, pero aceptando que la vida es más fuerte que nosotros. Y que el sistema en el que vivimos, basado en la injusticia y con pies de barro, se cae a pedazos por un bichito. ¿Por qué? Porque era una mentira muy conveniente.

Aprender que en las situaciones límite el ser humano se revela como lo que es: capaz de lo mejor y de lo peor. Los blancos y negros que surgen en las situaciones extremas y que luego, cuando todo acaba, has de hacer un esfuerzo para volver al arco iris, a los matices, pero sin olvidar nunca lo que viste entonces. Son tiempos de blancos y negros. Estar o no estar. Salir o no salir. Eso lo aprendí con la muerte de mis padres y cuando me operaron con 29 años y no lo he olvidado. Y situación a situación que me toca afrontar me encuentro con lo mismo. Si tomo al ser humano, lo tomo completo, con la moneda de dos caras: su capacidad para hacer bien y su capacidad para hacer daño todo junto. Lo mejor y lo peor.

La pregunta sigue siendo si aprenderemos. Porque la vida lleva dándonos señales de alarma hace tiempo. Y cada vez habla más alto. Y más claro. Sólo que el ser humano nunca fue demasiado bueno en escuchar. Y para mí el mensaje que escucho es claro: somos insignificantes, pero valiosos. Como la vida en sí misma, como  cualquier otra especie… algo pequeño pero muy, muy hermoso.

Así que me quedo con la moneda completa, con la hermosura, la caricia y la quimera.

Os abrazo más que nunca.

Pepa

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Vivencias

En mi vida hay una constante. Cada cierto tiempo me llegan regalos, algunos más inesperados, otros que podía intuir, pero que siempre me conmueven. Muchos de esos regalos me llegan de mi gente amada. A veces es un amanecer compartido, otras una frase o una caricia. Muchos se encarnan en el rostro y la sonrisa de mi hijo. Pero en mi caso tengo el privilegio de que muchos otros me llegan a través de mi trabajo.

Esos regalos sirven para adquirir la verdadera dimensión del camino, de cada paso, decisión a decisión, que he tomado en mi vida profesional. Creo en el valor de lo que hago. Lo vivo. Lo hago mío. Y, para bien y para mal, eso se nota. Por eso mi trabajo se vuelve vivencia. Y privilegio.

Llevo muchos años trabajando en el ámbito de protección infantil y el desarrollo afectivo de los niños, niñas y adolescentes. Tratando de promover redes, puentes y enlazando mundos. Mundos en los que el amor y el cuidado vayan de la mano, donde el amor no se dé por supuesto sino que se convierta en rutina cotidiana, mundos donde los límites tengan que ver con la seguridad y no con el miedo. He intentado siempre hacer comprensible lo difícil, hacer corporal y concreto lo abstracto, y sobre todo hacer visible el dolor y el amor invisibles. Todo eso es para mí mi trabajo. Y más.foro_educacion212

Pero no siempre me paro a pensar en el significado de lo que hago, en su relevancia. Tengo claro su sentido, y sigo adelante. Me llena, lo vivo. Con eso me basta. Hasta que llegan días como el del Congreso «Hablemos sobre educación» que se celebró aquí en Palma, en la que ya es mi roqueta, hace dos sábados. Lo organizaba una mujer increíble, Cristina, que se merece formar parte de esta entrada sólo por su capacidad de mover y remover, de ordenar e impulsar, de ver en el detalle pero sin perderse en él. Cristina hizo posible esa sala llena de 1700 personas, y esa luz, y esa energía que hubo allí.

Nunca había hablado para tanta gente. Al menos no siendo consciente de ello como lo fui ese día. Y hacía tiempo que no estaba tan nerviosa por una conferencia. Y no porque no tuviera claro lo que quería decir, sino por la consciencia de su significado. Hablé de las vivencias, de cómo educamos en lo que vivimos, no en lo que decimos ni en lo que hacemos. Y cómo lo que vivimos tiene más que ver con nosotros mismos que con nuestros hijos e hijas. Tiene que ver con nuestro cansancio o nuestro miedo, la capacidad que tengamos de poder cuidarnos, la integración que logremos de nuestra historia de vida y la red de apoyo que construyamos.

Pero para mí ese día estuvo lleno de vivencias de las que no se ven, pero que merecen relato aquí en este blog que es también mi hogar.

Les pedí a mis amigos que estuvieran, aunque no los pudiera ver entre tanta gente, pero sabía que estaban ahi. Miraba al escenario y pensaba en la cantidad de amor que había en esa sala. En las amistades tan increíbles que he construido en tan poco tiempo de vivir aquí. También en la gente que me sigue, que me lee, que ya me para por la calle para emocionarme. Esta isla, que es la suya, y es también ya mía, está llena de amor para mí. De amor y mar. Esa energía de amor no se veía pero era real. Flotaba en el aire de esa sala.

foro_educacion105 Luego, al acabar, nos fuimos a comer al mar. Y reímos, y pasamos calor, y simplemente celebramos. Porque tocaba celebrar, había mucho por celebrar.

Estaba nerviosa y se lo conté a mi hijo. La noche anterior a la conferencia la conversación había sido así:

 

¿Estás nerviosa, mami?

-Sí

-Pues te voy a decir cómo tienes que empezar y todo te irá bien. Primero dales las gracias, porque son mucha gente la que va a ir a verte, y merecen que les des las gracias. Y luego diles la verdad, diles que estás nerviosa, que nunca has hablado ante tanta gente y que estás nerviosa. Ellos te entenderán y a partir de ahí todo irá solo.»

Le hice caso. Ese fue mi comienzo. Hablábamos de educación, y de vivencias. Y de la capacidad de como madres, padres o educadores tenemos de mostrar nuestra vulnerabilidad, aceptar nuestros miedos sin perder por ello nuestro rol protector. ¡Qué mejor forma de empezar podría haber que reconociendo mis propios nervios!

foro_educacion130Pero hubo mucho más. La hora esperando detrás del escenario para salir. Los nervios, la profesionalidad increíble de quien gestionaba el auditorio. La vulnerabilidad de quien organizaba el acto. Y la certeza de haber logrado algo que no es común.

Recuerdo cuando llegué por la mañana, con una amiga, y la gente estaba ya esperando. Ese saludar sin detenerse, pero agradeciendo que estuvieran allí, todas y cada una de esas personas dieron sentido a ese día.

Hubo cuatro ponencias. Tuve el privilegio de compartir cartel con Toni Nadal, Mar Romera y el Juez Calatayud. En realidad fueron cinco ponencias, contando con la presentación genial que hizo Cristina, que fue en sí misma una ponencia, con aquella carta que escribió y leyó. Además hubo un par de mesas de experiencias y una actuación musical de una orquesta infantil. En las cinco ponencias se dieron visiones muy diferentes de lo que significa educar. En varias cosas contrapuestas. Hubo aplausos para todo el mundo, porque cada cual se quedará con lo que quiera. Porque ésa es la clave: cada uno de nosotros elegimos una forma de integrar las vivencias, y desde ahí crecemos, y lo hacemos lo mejor que podemos.

IMG-20190921-WA0011Y cuando acabé llegó corriendo mi hijo a abrazarme. Se había colado en la sala junto con uno de sus amigos del alma y les dio para escuchar un rato al último ponente solo y así pudimos conversar por la tarde con él y sus amigos sobre lo que habían escuchado. Para que supieran y entendieran por qué era bueno que disintieran de lo escuchado.

Hablé aquel día sobre vivencias. Ésta fue mi vivencia. Y me siento infinitamente agradecida por ella. Es uno de esos regalos que me recuerdan el camino recorrido y su sentido.

Gracias a todas las personas que llenásteis aquella sala. Gracias por cada aplauso, por cada sonrisa. Gracias a todas las personas que lo hicisteis posible. Y gracias, Cristina. Sé que seguirás.

Pepa

 

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