Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

51 razones

1. El brillo del sol en las hojas de los árboles.
2, La mirada de mi hijo.
3. Los abrazos amados.
4. Mi memoria corporal.
5. El temblor de la pérdida.
6. Las caricias en mi pelo y en mi calva.
7. Las tartas de limón (Txus, Lucía y Ana…)
8. El abrazo de un aeropuerto.
9. Los amaneceres en mi ventana.
10. El olor de los libros.
11. Aquella tormenta en Panamá.
12. El cielo de Atacama.
13. El olor de pino de los bosques de Soria y aquel calentador con el que mi madre nos calentaba la cama antes de dormir.
14. Las historias que creábamos José y yo antes de dormir.
15. Aquella llamada en Portugal: «es un bebé de un año…»
16. La mano de Silvia aferrada a mí cuando se oía la canción insulto en el bus yendo al cole.
17. El violonchelo de Bach en las noches de hospital.
18. El oso que me trajo mi hermano de USA y su mano en el funeral de mi madre.
19. Mi padrino besando la mano de su mujer mientras moría.
20. Mi tía diciendo «sois los hijos de mi hermana».
21. La gente que me para por la calle para darme las gracias en los lugares más inesperados.
22. El abrazo de despedida de mis pacientes cuando les doy el alta.
23. Algunos gritos, algunas náuseas, algunos horrores.
24. Cada uno de mis libros. Cada uno.
25. Los días de invierno con sol.
26. Aquel aeropuerto de Bogotá y aquella silla.
27. Bailar, bailar, bailar.
28. Mis sobrinos.
29. Tener a un bebé dormido encima.
30. Rodin, Picasso, Gargallo, klimt, Kokotchka, Almudena, Benedetti, El Principito..y muchos más.

31. El agua en todas sus formas.
32. Las botitas que encontré en el despacho de mi padre.
33. Hacer el amor.
34. Aquel viaje a Almería y Yago.
35. Conversar. Conversar. Conversar.
36. Conducir. Conducir. Conducir 😉
37. El lenguaje de los árboles.
38. Reír. Reír. Reír.
39. Las amistades de los que nunca llegan a irse, aunque tengan miedo.
40. El zorro del principito y el color de los campos de trigo.
41. Aquellas llaves de casas ajenas que pusieron en mis manos.
42. Los abrazos del día de las flores.
43. Mi primer día bajando del tren en Madrid.

44. La Patagonia.
45. Cuando me regalan flores.
46. La mañana de reyes con mi familia.
47. Ver una peli con mi hijo abrazados.
48. Estar enamorada y ser correspondida.
49. Mi red. Mi hogar.
50. Celebrar. Siempre!
51. Mi mar.

No van en orden. Y hay más. Pero la luna llena de anoche me recordó cosas importantes.
Gracias por estar aquí.
Pepa

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La memoria corporal

En las últimas semanas este concepto está volviendo a mí una y otra vez. En mi vida personal, en las reuniones con amigos, en mi vida profesional. No se trata sólo de las «tripas» de las que hablo una y otra vez sino de la memoria. De recordar. Recordar sin saber, sin ser consciente, sin memoria. De esa memoria que se construye en los detalles de cada día, en esas caricias, en el olor de la comida de nuestro hogar, el sonido del mar o el viento en las ventanas, de la sombra del bosque o el olor del azahar. Es esa memoria la que nos constituye, la que genera nuestro «edificio«.

Conforme pasan los años esa memoria se hace cada vez más presente. Al menos a mí me pasa. Ya no quieres grandes teorías ni vivencias espectaculares, sino esa ternura de quien te abraza y se deja abrazar, ese sol entrando por mi ventana, esa mirada que habla sin hablar. Esa sensación de hogar se vuelve más diáfana, tanto cuando la sientes como cuando está ausente. Y ves cómo las personas, cómo yo misma, nos colocamos de forma diferente cuando nos sentimos en casa. Sientes cómo la mirada y los gestos cambian. Y es algo tan sutil, tan pequeño que hace falta saber mirarlo para verlo. Y no es algo que suceda necesariamente en nuestras familias solo ni en nuestro hogar de infancia. Es posible sentir el hogar muy, muy lejos de casa.

A veces hay personas que son tu memoria. Me siento frente a ellas y siento que me veo a mí misma. A veces hay grupos que llevan tiempo encontrándose que tienen su propia memoria. Y luego veo cómo mi hijo ha incorporado esa memoria, cómo quiere a personas porque ha aprendido a quererlas a través mío. Y al contrario, cómo hay personas que le quieren sólo por ser mi hijo como las hubo que me quisieron a mí y a mis hermanos sólo por ser hijos de nuestros padres. Porque la memoria del amor permanece. El amor vence a la muerte siempre. Es lo único que permanece. Eso lo aprendí hace ya tanto tiempo que es como si lo hubiera sabido siempre. Y la memoria del amor hace que las personas que has amado sigan presentes en los pequeños detalles de tu día a día, incluso cuando se han ido.

A veces siento que todo esto se nos olvida demasiado fácil, que no nos damos cuenta de que son los pequeños gestos los que configuran el alma de las personas, cómo cada detalle que damos o que privamos deja memoria. Porque al final somos nuestra memoria, como alguien dijo mucho antes que yo. Y somos memoria de amor, tanto cuando está presente como cuando falta. El abandono es la peor de las heridas, el más profundo de los traumas, porque deja a la persona sin mirada desde la que existir, sin memoria corporal. La ausencia priva de esa corporeidad justamente, deja sin olores, sabores, caricias y sonidos. Y las personas se pasan toda la vida buscándolos hasta que aprenden a recibirlos de otras miradas y otras presencias.

Somos aquello que somos capaces de construir partiendo de lo que nos dieron. Si tuvimos suerte, lo que nos dieron fue presencia, cuerpo, mirada, caricia. Pero no siempre ocurre. A veces llegamos a una vida de frío, ausencia y falta de mirada, entonces algo muy profundo se rompe. Y las personas viven con ansia. No hay paz, hay ansia. Y duele. Y da mucho miedo. Y quienes no conocen el frío no pueden enjuiciar, ni decirles a quienes crecieron en él que deben perdonar, que deben amar, que fue lo que les tocaba o lo que eligieron. Todo eso son distintas formas de negligencia y de maltrato hacia quienes no pudieron elegir. Y ahí me sale mi vena guerrera para decir: un poco de respeto al frío, que hiela por dentro.

El otro día en una conversación de mi hogar madrileño hablábamos de cómo las clases sociales para mí se parecen y se crean en realidad desde esa memoria corporal. Crecer en un pueblo en contacto con la tierra y la naturaleza no es lo mismo que crecer en la ciudad, ni que emigrar del pueblo a la ciudad. Crecer en un edificio enjambre como los llamo yo, esos edificios altos de mil pequeños pisos con poca o nula distancia los unos de los otros donde en realidad se crea un microsistema de paredes de papel. Cómo no es lo mismo crecer en una casa con terraza y con horizonte que ver al vecino de enfrente. En la conversación me acordaba de algo que decía a menudo mi madre: «hay mucha gente que confunde la clase con el dinero». ¡Lo que nos dio de sí definir lo que es «tener clase»! Y tantos otros ejemplos. Al final el entorno donde crecemos configura nuestra memoria corporal y cuando cambiamos de lugar se generan nuevas memorias corporales, nuevos sabores, nuevos olores, pero no tienen la capacidad de retrotraernos casi de forma automática a la infancia porque no estaban cuando nuestro edificio se gestó.

En fin, que ando a vueltas con mi propia memoria corporal, recuperando cosas que creía olvidadas o que formaron parte de mi infancia sin yo recordarlo. Releyendo papeles de mis padres, diarios de mi infancia… Y como estoy en eso, la memoria corporal me llega también en otros espacios. Y quería dejarla aquí también, ya que este espacio, aunque no huele ni sabe a nada, sí es parte de mi hogar.

Pepa

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La poesía

Alguien a quien quiero mucho lleva tiempo trayendo de nuevo la poesía a mi vida. Al principio no me di cuenta, fue algo tan plácido, tan sutil que no lo percibí. Canciones, poemas, películas, paisajes, narraciones, momentos, cielos… yo no acababa de entender por qué me cautivaba todo tanto. Era una mirada diferente. Era poesía.

Me conmovía y lo sigue haciendo. Me dejaba callada y eso quienes me conocen saben lo extraño que es 😉 con esa sensación de no querer que se acabe, de que te están mostrando algo tan bello, tan pequeño! Como lo fue en su día el brillo del sol en las hojas de los arboles de mi madre o el dios de las pequeñas cosas de mi amiga B. o las historias que mi hijo me contaba con cuatro, cinco años tumbados en la cama antes de dormir.

Y me ha hecho recordar la cantidad de poemas que escribí de niña y de adolescente. Poemas que permanecen guardados en un cajón, como le pasa a tanta gente. Poemas que utilicé para nombrar lo que no podía ser dicho, para dar forma a sensaciones que ni yo misma era capaz de describir conscientemente. Pero hay otro registro, el que se esconde entre lineas de un poema, en los colores de un amanecer o en las palabras de un niño. Es un registro de belleza, verdad y compasión. Un ancla a la vida.

Hace muchos años, cuando quise dejar de escribir, mi hermano me encuadernó los poemas y me los regaló. Cuando pensé que no me quedaban poemas, llegó este blog y los ecos que me hacíais llegar y los cuentos/poema. Cuando quise callar, empecé a inventar historias para mi hijo y luego a escuchar enmudecida las suyas. Cuando pareció que el mundo se volvía del revés en el confinamiento rescaté la poesía en forma de caricias que enviaba a mi gente querida en forma de fotos, objetos, amaneceres, poemas o canciones. Mantener la presencia y la poesía.

Y ahora ha vuelto a pasar. Cuando vuelvo a mí, cuando me toca mirar adentro y vivir desde mi «yo», la vida pone en mi camino alguien que me recuerda la poesía.

Así que un día de estos sacaré los poemas del cajón y los releeré. Y de momento sigo el hilo de amor de la vida, que siempre me ha sostenido, desde la ternura y la belleza. Pura poesía. A veces extraña y dolorosa. Pero eso también cabe en la poesía: el dolor que aún no se puede nombrar encuentra allí un lenguaje propio.

Y yo escucho de nuevo, agradecida, la poesía que habita en mí, en la gente que amo, en la vida.

Pepa

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Sentirnos seguros

Siempre lo he sentido así, pero en los últimos tiempos se ha vuelto certeza radical que los vínculos humanos tienen mucho más que ver con la seguridad que con el amor. Es algo que ha vuelto a mí en los últimos tiempos de infinitas formas: la certeza sobre la red afectiva protectora como condición para la salud mental; la certeza sobre lo difícil que es que el amor sobreviva cuando no se puede confiar; la certeza de que nuestro niño o niña interior sigue buscando año a año, relación a relación, volver a sentirse en hogar, cuidado, guarecido del temporal; la certeza sobre lo difícil que es llegar al número tres que necesito para dar un alta en consulta, tres personas que rodeen a la persona, que la cobijen y acompañen, y que ninguna de esas personas sea yo; la certeza sobre mi propia necesidad de sentirme a salvo, sobre lo fácil que me resulta la verticalidad y lo difícil que me resulta encontrar espacios de horizontalidad; la certeza de que el regreso de alguien amado quince años después te hace sentir algo más segura, algo más completa sin que lo supieras siquiera… y podría seguir.

Temblamos por dentro. Unas veces somos capaces de dejar que los demás lo vean, otras nos escondemos debajo de máscaras de lo más diverso. Pero la consciencia sobre nuestra pequeñez, nuestra vulnerabilidad y nuestra hermosura, todo junto, a veces abruma. Al menos a mí me abruma.

Llevo un año que me cuesta encontrar palabras para describirlo. Un año de cosecha. Ver a mi hijo volar y sentir un orgullo tan íntimo al mirarle, incluso con su temblor o precisamente por ese mismo temblor. Recibir en el trabajo regalos inmensos que me abruman y me colocan en otra liga en la que ni siquiera pude decidir si quería estar o no, pero en las que opté por estar (puede parecer incompatible, pero Dios sabe que no lo es, nunca mejor dicho). Esa maravillosa celebración de cumple, cada una de las celebraciones regalo que está trayendo a mi vida el nuevo libro o la vida misma. El poder «hacer de rica» sin serlo ni querer serlo y ser plenamente consciente de ese privilegio y desde la gratitud a la vida compartirlo con mi gente amada. Un proceso de sanación de la herencia transgeneracional. Las palabras de las presentaciones: la manta de colores, la luz, la conversación… Recuperar mis tiempos y mis espacios de los que hablaba en el post anterior y el gozo que traen. Viajar menos, más lento y más placentero.

Estoy cansada. Me siento vulnerable y al mismo tiempo más en mi ser que nunca. Es bonito y extraño. Y me hace temblar. Y vuelvo al comienzo: los vínculos nos hacen sentir seguros, nos dan un hogar. Sin ellos está la intemperie y hace frío. Todas las personas hacemos lo que tengamos que hacer para encontrar cobijo.

Pepa

 

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Treinta años

Hoy es 5 de julio. Hoy se cumplen treinta años de la muerte de mi madre, nuestra madre. Y amanezco en Zaragoza viendo esto por la ventana.

Sé de sobra que no hay casualidades pero el amor con el que mis padres nos siguen cuidando desde el otro lado no deja de impresionarme.

Igual que me pasó cuando se cumplieron veinte años y me di cuenta de que a partir de ese día llevaba más tiempo viva sin ella que con ella, me ocurrió de nuevo el día de mi 50 cumpleaños. Hice consciente más que nunca su ausencia. En aquella sala llena de amor, de 130 personas apenas llegaban a 10 las personas que habían conocido a mi madre. Cuando se fue, me parecía inconcebible una vida sin ella y sin embargo así ha sido. La vida no nos dio elección. Una vida sin ella pero con la certeza de su presencia de amor.

Para empezar, sus nietos. Cómo me hubiera gustado que mi hijo José y mis sobrinos, Julia y David, la hubieran conocido! Son tres personas tan hermosas que ella hubiera gozado el ser su abuela. No tengo duda de que ejerce de abuela desde el cielo pero ojalá hubieran conocido sus abrazos y su mirada…  Y no se trata sólo de que ella fuera una mujer excepcional, que lo era. Simplemente es su abuela, nuestra madre. Y conocer a los abuelos es un privilegio impagable.

Mi madre, Mariasun Goicoechea, fue una mujer rompedora para su época. Con una infancia imposible de describir en este espacio, de las primeras generaciones de mujeres catedráticas de España, capaz de viajar sola por toda Europa en su coche en el final en los años cincuenta. Vivió en Alemania sola, viajó y trabajó por toda Europa hasta que en el lugar más inesperado, Zaragoza, mi ciudad, esa en la que amanezco hoy, conoció a mi padre y sin apenas pensarlo, se casó con un hombre viudo que ya tenía cinco hijos. Fue una persona capaz de sostener su enfermedad con dignidad y luchando por regalarnos a sus hijos tiempo a su lado. Mi madre fue todo eso y mucho más.

También fue como muchos dicen que soy yo 😉 mandona, intensa, extrema, radical en muchas cosas. Tuvo grandes amigos que siguen escribiéndome cada 5 de julio. Y generó en sus hijos un amor nítido que nos sigue uniendo hoy.

Con el tiempo me doy cuenta de que necesito menos cosas para explicar quienes fueron mis padres, que son las pequeñas vivencias, los gestos compartidos… todo eso lo que nos hace quienes somos. Como a cualquiera que me lea le puede pasar con su madre. Mi madre nos enseñó a amar en miles de pequeñas cosas. Así que voy a acabar este escrito con cosas pequeñas, vivencias de las que generan memoria corporal, ésa desde la que he criado a mi hijo de forma que habla de sus abuelos como si los hubiera conocido y trato de conservar esa memoria de amor en él y mis sobrinos.

Cuando sabía que se moría, un día me dijo en el coche: «Cuando muera no llores, Pepa, porque todo el amor que podría haberte dado ya te lo habré dado». Y ese amor tenía muchas formas, como cuando me sentaba delante del espejo cuando veía que venía triste del cole, de uno de esos días en los que había recibido más insultos de la media habitual por mi gordura y después de ducharme me hacía sentarme y me peinaba el pelo. Y mientras me peinaba iba diciéndome: «Has visto qué pelo más bonito tienes?.. Me encantan tus ojos..eres muy bonita..». Y yo me iba a dormir pensando que era preciosa y que los demás se lo perdían. O cuando entraba en mi habitación mientras hacía los deberes y me preguntaba qué estaba estudiando y yo le contaba mis cosas y ella escuchaba sin más, sentada en la cama. O cuando me escribía cartas sobre las cosas dolorosas que a veces no era capaz de decirme. O cuando me recibía en la puerta de casa los fines de semana que volvía a casa de Madrid los dos últimos años suyos, que fueron mis primeros de carrera, y me abrazaba largo, largo y me decía: «ya está, ya tienes tu dosis de mimos para el mes». Cuando ella se fue, mi padre continuó recibiéndome igual cuando volvía a casa y se lo agradecí infinito.

El amor se encarna, se hace vivencia. Es ese «dasein» alemán que ella me enseñó. Existir significa «estar ahí». Y eso he hecho este aniversario. He venido a celebrar el cumpleaños de mi sobrino hace dos días, he traído a una amiga del alma y a los dos amigos del alma de mi hijo para mostrarles de dónde venimos y cuál es nuestra familia, he venido a cenar y compartir risas y amor banal del bueno, del mejor.

Echo de menos hasta el dolor poder abrazarla. Lo demás sigue siendo vivencia presente. Ya son treinta años.

Pepa

 

 

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Sin propósito de enmienda

He dejado pasar unos días antes de sentarme a escribir porque la emoción era tan plena, tan fuerte que me dejó sin palabras. Pero aquí sigo, tratando de encontrarlas. Y mira que es difícil que me quede sin palabras, pero así fue.

La semana pasada cumplí 50 años y este fin de semana vinieron a Mallorca desde diversas partes del mundo ciento treinta de las ciento cuarenta personas a las que propuse hace dos años la locura de venir a celebrarlo conmigo. En aquel primer mensaje les dije que lo único que quería para celebrarlo era tenerlos a mi lado. Lo dije pensando que no me harían caso, que me dirían esas cosas de «no sé lo que haré dentro de dos años» o «demasiada gente para mí» o «qué locura«. Pero no. Vinieron, algunos toda la familia, otros en pareja y otros solos, y nos metimos en un pequeño paraíso, un hotel al borde del mar del que no salimos en cuatro días. Un lugar que daba para estar solos cuando era necesario para cada uno, en pareja, en familia o en totalidad. Y a partir de ahí…

Vuelvo a casa llena de regalos que tienen que ver con mi placer y mi cuidado, está claro que tomaron buena nota de mi entrada anterior del blog ;-), un álbum maravilloso que ha coordinado mi hermano, un video increíble que hizo realidad Belén, una lista de spotify de canciones y otro álbum que hicieron durante la fiesta las fotógrafas maravillosas de diez y once años que teníamos en el grupo. Porque había de todo, desde un bebé de cuatro meses hasta varias personas que se acercan con gran elegancia a los ochenta años.

Pero sobre todo vuelvo a casa con una sensación única que se ha convertido en el lema de este encuentro: sin propósito de enmienda. Todo el mundo hablaba, y no les quito razón, de la locura de organizar la logística de algo así; el director del hotel me preguntó si yo trabajaba como organizadora de eventos; otra de las directoras no se resistió a preguntarme quién era yo y cómo había logrado reunir a un grupo tan increíble de gente que vino de todo el mundo. Hasta hubo un par de clientes que cuando nos vieron reír, bailar y abrazarnos le preguntaron al camarero si podían conocerme y si aquello era una secta.

Pero es que resulta que la vida va a mi favor, que nada de la logística falló, incluso uno de los coches que hacía de chófer se estropeó y su maravillosa conductora con algunos apoyos lo pudo arreglar sobre la marcha, todos los vuelos llegaron y salieron, todos los chóferes estaban esperando conmigo en el aeropuerto, hasta pude llevar ensaimada de la rica al recibir a los primeros y tener a desayunar a mi familia en casa… todo cuadró. Hizo un tiempo estupendo. El hotel era mejor incluso de lo que yo esperaba. Pero hubo más. Es lo que mi amigo Javier llama la confabulación divina. Cuando el amor y el gozo crean lazos entre gente que se ve por primera vez y sin embargo se reconoce en los relatos mil veces contados por mí, cuando personas de mundos dispares se encuentran y conversan como si lo hubieran hecho toda la vida y al final se crea un sentido de pertenencia a algo que es más hermoso que cada uno de los ciento treinta que estuvimos allí. Les escribí una carta a cada una de las personas para darles la bienvenida y las gracias por el esfuerzo que habían hecho para venir desde tan lejos en muchos casos. Eran cartas diferentes para cada una pero compartían la última línea en la que les decía que esta celebración que parecía caótica, tenía más orden del que parecía porque al ver la sala llena a quien se veía era a mí. Mis tres ciudades hogar: Zaragoza, Madrid, Palma. Mis vínculos más profundos. Mi memoria. Mi historia.

Me han llegado muchos ecos en los siguientes días, pero voy a tomar prestadas algunas frases que para mí resumen lo vivido: «fui a dar y volví llena», «he experimentado la definición de acogida muy profundamente, creo que más que nunca en mi vida», «mimo y ternura», «ahora sé a qué te referías cuando hablabas de la red», «bailes desaforados, cantos desafinados, conversaciones profundas, nubes arrebatadoras, baños helados, abrazos cálidos y risas, muchas risas«. Y la última frase la dijo José el primer día de vuelta en casa que al despertar me dijo «mamá, daría lo que fuera porque volviera a ser viernes por la mañana«. Y falta la memoria gráfica, porque hubo infinidad de fotos de un maravilloso fotógrafo, parte de la red. Pero esas las dejo para otros momentos.

Pues eso. Sin propósito de enmienda. Porque cuando se tiene el valor de abrir el corazón a recibir, aunque sea de gente que no conoces pasan cosas maravillosas que van mucho más allá de lo que yo imaginé al pensarlo y mandar aquel primer mensaje hace dos años. Sí, dos años. Sin propósito de enmienda. Porque si no recuerdo mal quedan algo más de 1800 días para la próxima.

Bendecida y agradecida,

Pepa

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Horizontes y geografías

Llevo años viviendo frente al mar. Con el tiempo he comprendido que es el horizonte, la inmensidad, la que abre el alma. Ver el mar al levantarme y al acostarme, levantar la mirada y ver la inmensidad hace que el alma vuele. Al menos mi alma.

He hablado muchas veces en estas páginas de mi «geografía interior», de cómo he llegado a comprender a través de mis viajes lo que significa la geografía de verdad para el ser humano. Cómo el frío o el calor o la montaña o el mar o una gran ciudad o un desierto configuran la forma de sentir y vivir de las personas. Y lo he podido comprobar en mi propia piel y en la de mi hijo al pasar de vivir en una gran ciudad (y eso que éramos inmensamente afortunados porque vivíamos frente a un parque y escuchábamos pájaros cada mañana y veíamos verde) a vivir frente al mar, frente a esta maravilla de amaneceres cotidianos.

Del mismo modo, vivir en una isla tiene una carga simbólica que va mucho más allá de lo que se pueda describir. Vivir en un lugar con límites, expuesto a la inmensidad y pequeño genera un universo interior en sus gentes que cambia los ritmos, las expectativas y la forma de pensar. Pasa lo mismo que cuando vives rodeado permanentemente de hermosura, que creces dándola por obvia. Eso también genera una forma de estar en el mundo.

En mi trabajo trato constantemente de que quienes trabajan con niños, niñas y adolescentes vean los entornos como parte de su intervención. Las paredes de los lugares transmiten mensajes a las personas y generan un aire de buen trato o mal trato. Necesitamos crear entornos seguros y protectores para las personas. Ese concepto clave es la aplicación profesional de lo que trato de decir y de lo que siento cada mañana cuando me despierto viendo el horizonte. Hay algo dentro de mí que conecta interiormente con la belleza, la hermosura y la esperanza de forma automática. Y sobre todo con el privilegio de mi vida y un inmenso agradecimiento. Soy consciente de lo que tengo, de lo que he conseguido y de lo que la vida me ha regalado.

Este año que cumpliré 50 está teniendo que ver mucho con eso: con el agradecimiento. Recibí y sigo recibiendo el amor que me sostiene y me lleva de la mano tanto en el gozo como en el dolor. El amor de las personas que nos quieren, de mi red afectiva, pero amor también en el horizonte cada mañana. Amor en este lado de la vida y desde el otro también. El amor es lo único que vence a la muerte y cada día me siento cuidada y sostenida. Miro a mi hijo, al hombre valiente y precioso en el que se está convirtiendo, miro nuestro hogar, nuestra red, nuestra vida en general y no puedo dejar de conmoverme. Hace unos días tuve una conversación con la persona que probablemente más me conoce y quizá mejor ha sabido quererme y hablábamos del camino, de cómo podía haber sido totalmente diferente, de cómo perseveré y confié. Y cuanto más lo hago, cuanto más confío, más encaja todo. Hacerlo ahora resulta fácil, pero hubo momentos en que no lo fue.

Acabo con dos regalos. Por un lado, quiero incluir aquí un artículo que escribí hace poco que se refiere también a todo esto:  «Individuo, comunidad, sistema«. Habla de lo que he aprendido de la geografía humana en mis viajes por el mundo. Por si los que leéis este blog y no el de Espirales CI queréis leerlo.

Y por otro, una canción como homenaje a la roqueta, al horizonte frente al mar, a la vida. En este idioma que ya es también un poco mío. Habla de todo esto, de las cosas sencillas como decir «t´estim». Y sí, soy de las que tengo un «cor rebel», un corazón rebelde, alimentado por este horizonte.

Abrazo inmenso,
Pepa

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Final de verano

Con el paso de los años me doy cuenta de cómo voy construyendo pequeños ritos de paso. Y sentarme a escribir en este pequeño universo mío, que es también vuestro, forma parte de mis rituales de final de verano. Significa que voy volviendo a la cotidianidad, al trabajo, a la conexión con el mundo.

Estos días lo estoy comentando mucho con mis amigos. La palabra que define este verano es tranquilidad. Ha sido un verano tranquilo con tres o cuatro momentos muy especiales, rotundos o sutiles, pero de los que permanecen en el alma:  la casa de Carol, el viaje a Escocia de José con dos aviones, un taxi y un autobus, doce horas solo; los abrazos valencianos, madrileños y zaragozanos; una mañana en el parque y otra en un hotel; una playa que desaparece al mediodía y un porche frente al mar con una primera copa de vino; una conversación ante mi hijo y mis sobrinos y un par de abrazos de bienvenida a casa dentro del mar. Pero el resto ha sido simplemente tranquilo. He estado con mi gente amada, conversaciones largas y sin prisas, de esas de alma que son mi vicio particular. Me he bañado en piscinas y mares, he dormido hasta tarde, he abrazado mucho, mucho, he leído, he escrito un nuevo libro y me he visto la serie «This is us» entera.

Sí, entera 😉 y merece un pequeño comentario. Todo el mundo me perseguía para que la viera pero como me engancho con las series hace años que trato de no ver más que miniseries y ésta eran seis temporadas de 18 capítulos de casi una hora cada uno, demasiado! Pero cuando mi sobrino Mario me dijo «tía, tienes que verla», ya no pude decir que no. Y tal cual. Espectacular, guiones impagables, personajes que son tal cual. Varias de las cosas que narra una de las protagonistas con obesidad mórbida las he vivido yo tal cual (esa nota de las amigas en la piscina diciéndole que no quieren que vaya con ellas porque les da asco la he recibido yo tres veces en mi vida casi literalmente, la variación fue en la tercera ocasión, que fue ya en la adolescencia y lo que decían era que si iba con ellas espantaba a los chicos… Son vivencias que llevas dentro y que ya no duelen pero dolieron infinito y sobre todo me formaron como persona). Y el otro hijo con su historia de la adopción pensando en mi hijo y en mí como familia… una de esas series en las que al final el amor tiene más que ver con aceptar a la gente que amas como es, sin tratar de cambiarla. Donde el personaje más idealizado es también el que en realidad genera las heridas más profundas en sus hijos casi sin quererlo, sin buscarlo o incluso buscando justamente lo contrario. Y llena de conversaciones que podré usar profesionalmente porque describen con sutileza y exactitud experiencias difíciles de trasmitir. Un regalo, aunque me haya resistido tiempo a ello, todo un regalo.

Este verano he sido consciente de lo que ha crecido mi hijo y mis sobrinos, que uno de los grandes regalos de este verano ha sido que volvieran a venir a Mallorca. Los veo crecer y pienso en las personas increíbles en las que se han convertido. Y me asombra empezar a ver la cosecha de tantos años de siembra.

José va poco a poco bajando el acelere para ganar solidez, serenidad. Se está convirtiendo en un adulto tierno y divertido, cabezota y chulillo aún pero consciente al fin de su valía. De hecho, ya hemos llegado a la época de la vida de vidas paralelas. Por fin 😉 Él tiene sus planes y yo los míos. Y luego nos sentamos a desayunar o a comer juntos, nos miramos y nos contamos. Y cada vez me toca callar más (en lo del silencio llevo ya más de un año) y escuchar, sólo hacer de eco. He tenido conversaciones con él, con mis sobrinos, con Héctor su amigo del alma y con otros amigos que han pasado por casa en las que casi, casi parece que ya hablas con adultos.

Sólo lo parece porque luego aparece la adolescencia y los escuchas creyendo que han comprado la verdad en el mercado de la esquina, que saben más que tú, que tú no te enteras porque la vida ha cambiado y ya no sabes cómo funcionan las cosas, y que «ay, mamá, qué pesada eres!» y te sonríes recordándote diciendo esas cosas tal cual a tus padres, a veces con palabras textuales que la vida te devuelve en forma de espejo amoroso. Hasta que todo eso va bajando y ellos también acaban escuchando y quedándose silenciosos con lo que les dices. Conversaciones en las que sientes que logras afianzar algunas certezas que son valiosas, que son necesarias. Y luego acaba y piensas: veremos cuándo llega la próxima. Lo escribí hace tiempo y me he ido reforzando en ello estos últimos dos años, la adolescencia va de flotar. Flotar alrededor. Hacer de pared en determinados momentos y el resto flotar alrededor. Para captar, enterarse y cazar esos pequeños momentos en los que puedes ayudar a estructurar, a dar forma, a crear certeza.

De hecho escribo estas letras después de haber tenido a seis adolescentes durmiendo en casa. Playa y disco, colchones en el suelo, pelis hasta las x, desayunar sin haber dormido casi… la felicidad. Y yo haciendome la dormida con un par de pequeños límites previos.

Haber llegado hasta aquí es sencillamente un gozo.  Y no me refiero sólo a José. Hablo de mí, de esta paz interior, esa sensación de no tener ya nada que demostrar, la sensación de no necesitar correr, la consciencia del privilegio de tanto y tanto amor y tantas conversaciones impagables. Este curso (sigo midiendo los años por cursos) cumplo 50 años y cuando pienso en el camino me parece increíble dónde estoy y me invade un profundo agradecimiento, pero también un reconocimiento hacia mí misma, hacia mi valor y mi resistencia. Este verano un amigo me enseñó esta canción, que no conocía a pesar de mi debilidad por Rozalén, y habla justamente de una pequeña parte de a lo que me refiero.

Me nace honrar mi camino y abrazarme mucho y bien. Este verano cuando mi segunda madre, Aurora, me vio, me dijo «Creo que nunca te he visto tan bien como ahora» Y, como tantas y tantas otras veces, creo que tiene razón.

Ha sido un verano tranquilo. Y debajo de esa tranquilidad pasan cosas importantes, sutiles pero importantes. Pero sobre todo hay una infinita hermosura.

Abrazo inmenso,

Pepa

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Injusticia y reciprocidad

Una de las paradojas más bonitas pero también más complejas del ser humano son nuestras narrativas internas. Las construimos desde las vivencias que vamos acumulando y luego esas mismas narrativas determinan nuestras vivencias posteriores. Determinan aquello a lo que nos abrimos y aquello de lo que mantenemos distante. Aquello y aquellos, sobre todo aquellos y aquellas.

Y de esas narrativas hay dos que, cuanto más las escucho más claro me llega el daño que producen. Un daño que veo en la consulta, en mi vida profesional en todos los ámbitos, y en mi vida personal. Y me pregunto cuánto habré sido capaz de deshacerlas interiormente.

La primera narrativa dañina para mí es la de que «la vida ha de ser justa». Esa frase tan y tan repetida «¡esto es injusto!» o «Qué injusta es la vida!». Me pregunto siempre en qué momento nos creímos eso de que la vida tenía que ser justa, porque a mínimo que mires la vida te das cuenta de que no lo es. La vida para mí es como una moneda de dos caras, una cara es bella pero la otra es cruel, y ambas van juntas, no las puedes separar, toca asumirlas unidas en una. Pero desde luego uno de sus rostros es la crueldad. Y no hablo sólo de la crueldad humana, que por supuesto, hablo de la misma naturaleza. Que la vida esté ordenada, que todo esté entrelazado no significa que ese orden sea un orden justo. En la naturaleza unas especies viven de otras en un orden fascinante, pero todo menos justo. Todo el ecosistema, del que no somos más que una ínfima, frágil y valiosa parte, funciona de forma cruel.

Defender la justicia como un valor humano, como un valor moral, no significa que la convirtamos en condición, en deuda, en lo que «debe ser». La vida no debe ser justa. No lo es. Y me parece clave dejar de esperar esa justicia como algo que la vida nos debe y empezar a plantearlo como lo que es: una conquista. Algo que a veces logramos desde nuestra parte humana, desde nuestra parte de especie consciente que puede lograr la justicia como un logro colectivo. Y lo consigue desde su capacidad de conectar con el dolor del otro y también con su valía.

Veo a tantas personas enganchadas a la rabia por lo que les sucede como si fuera una especie de pozo sin fondo, esperando que la vida les trate como ellos desearían y enfadados porque no lo es… A menudo me doy cuenta de que esa rabia tiene mucho que ver con no poder sostener las preguntas sin respuesta a las que nos conduce la consciencia de nuestra fragilidad. ¿Por qué a mí? ¿Por qué tanto? ¿Por qué ahora? No hay respuesta. No la hay para el dolor pero tampoco para el gozo. ¿Por qué me ha tocado a mí el gozo, el privilegio y la fortuna? Porque hay algunas cosas que depende de lo que hacemos y de cómo lo que hacemos, pero las más importantes no. La familia en la que hemos nacido, la enfermedad, la muerte, que otra persona nos quiera (querer sí lo decidimos, pero que nos quieran no). Yo soy consciente de ser una privilegiada absoluta y sé que muchas cosas que he logrado son resultado de mi esfuerzo, mi trabajo personal y mi consciencia. Pero otras mil no.

No tengo respuestas para las preguntas existenciales y me parece que la única forma coherente de vivir mi vida es sostener las preguntas sin respuesta. No sé cuál es la respuesta y eso duele, y me hace sentir a menudo impotencia, sobre todo cuando lo que me toca atravesar es mi dolor o el dolor de quienes amo. Pero sé que a mí me ha tocado la parte privilegiada de un mundo cruel. En muchísimos más sentidos de los que sé expresar. La vida no es justa. El ser humano a veces, en pocas y valiosas ocasiones, genera y logra justicia. Pero la vida no lo es. Ni podemos esperar que lo sea.

Y la otra narración que para mí es dañina es la del «amor incondicional». Y esta segunda narrativa trato de combatirla de forma consciente allá donde puedo. El amor sano es el recíproco. La reciprocidad es una de las condiciones de las vinculaciones sanas. Dentro de ese esquema que trabajo siempre de la diferencia entre los vínculos verticales y los vínculos horizontales (que curiosamente es una de las entradas más vistas de este blog y mira que han pasado años desde que la escribí en el 2012). En los vínculos horizontales me parece nuclear no establecerlos desde la incondicionalidad sino desde la reciprocidad. Porque si damos demasiado, colocamos al otro en posición de deuda y viceversa. Es necesario aprender a dar y aprender a recibir. Y hay muchas personas a las que aprender a recibir les cuesta mucho más de lo que pueda parecer. Pero si no sé recibir impido también al otro dar.

Pero me parece fundamental deshacer también la idea de «incondicionalidad» asociada a los vínculos verticales. Sólo hay dos vínculos verticales, el parento filial y el profesional (los roles profesionales de cuidado). En realidad, vínculos verticales no son sólo las madres y los padres sino todos aquellos que ejercieron de figuras de cuidado. Yo lo he explicado muchas veces pero mi padrino (hoy era su cumpleaños, y lo sigo añorando tanto!), mi tía Carmina y Aurora, la mejor amiga de mi madre, fueron vínculos verticales para mí, fueron refugio (Aurora lo sigue siendo en vida, por suerte).

Son vínculos en los que la verticalidad es garantía de seguridad y cuidado. Vínculos que garantizan nuestra supervivencia y pleno desarrollo. Y no lo hacen sólo desde el amor sino desde el cuidado. Es el cuidado el que genera seguridad y esa seguridad externa genera estructura interna. Esa es la función básica de la figura de apego, que sería como se llaman técnicamente los vínculos verticales. Qué importante es comprender que no somos amigos de nuestros hijos ni debemos serlo, que siendo madres y padres les damos refugio y alas, les damos un lugar al que volver. Y cómo duele cuando pasamos a ser padres de nuestros padres, a tenerles que cuidar porque su fragilidad se impone y cambia el orden de la verticalidad. Y digo que duele no sólo por ver a nuestras figuras parentales envejecer y enfermar, sino porque eso supone quedarse sin refugio, dejar de tener esa casa, ese hogar, ese abrazo que fue sostén y fuerza.

Y, sin embargo, qué importante es cuestionarse hasta qué punto las figuras verticales son (somos) capaces de ser incondicionales. Porque intuyo que, a mínimo que le pongamos consciencia, en muchos casos ese refugio no lo es. Educamos a nuestros hijos e hijas para que sean como nosotros queremos que sean, elegimos cómo visten, su colegio, sus relaciones, sus creencias… ¿Realmente somos incondicionales? ¿Lo fueron nuestras figuras parentales con nosotros? Probablemente sea la relación que más se parece a la incondicionalidad, pero no creo que lo sea. Creo que nuestras expectativas, el proyecto de vida que definimos para aquellos cuya crianza y educación asumimos determina enormemente lo que les permitimos. Luego vuelan y nos ponen a prueba y, probablemente, sea ahí cuando nuestra incondicionalidad se demuestra. Y en esto hay una diversidad enorme que no permite establecer una regla. Quienes me leéis tendréis experiencias muy diversas tanto con vuestras figuras parentales como si sois madres o padres. Pero para mí tiene valor en sí mismo plantearse si realmente somos incondicionales o no. Es más, si nos sentimos capaces de serlo.

Porque en las relaciones profesionales de cuidado (que son y deben ser verticales) nos es más fácil asumir que no somos incondicionales. Pero cuando se trata de nuestras figuras de apego, de algo tan nuclear, necesitamos salvarles. Porque salvarles a ellos es salvarnos a nosotros mismos. Eso es algo que aprendí hace mucho tiempo. Cuando hace muchos años empecé a trabajar para tratar de eliminar el castigo físico de la crianza de los niños, niñas y adolescentes, cuando lo trabajaba con las familias en cursos y talleres, las personas no me decían: «Pues yo ayer le pegué a mi hijo y no le pasó nada«. La gente siempre me decía (y me sigue diciendo): «pues mi madre me pegaba y no me ha dejado ningún trauma» o «pues mi padre me pegaba y eso me ha hecho ser quien soy«. Necesitamos salvar nuestro refugio, nuestras figuras verticales, porque salvarles a ellos es salvarnos a nosotros mismos. Aprender a vivir a la intemperie. Saber que el refugio cuando somos adultos somos nosotros mismos y nuestra red de vínculos horizontales. Y establecer una relación con nuestras familias desde la aceptación de sus limitaciones es un camino largo. Pero en fin, eso es para otro día 😉 me basta con nombrar el cuestionamiento.

Creo que estas dos narrativas internas, cuanto menos idealizadas están, más salud mental conllevan. Porque esa  idealización genera un nivel de exigencia y una sensación de impotencia y frustración que acaban dañando a la persona. Deshacer los ideales, asumir la vulnerabilidad y la fragilidad…vivir desde la compasión, hacia mí misma y hacia los demás.

Abrazo grande,

Pepa

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7 veces 7

Leo la fecha de mi última entrada..febrero! Ni siquiera he escrito este año por mis 49! Increíble!

Este año 2022 sigue la pauta de aquella nochevieja en la que lo empecé en el hotel de Zaragoza. La pauta es la intensidad. Mi vida para mucha gente es intensa, sin embargo para mí llevaba muchos años siendo plácida. No hablo del movimiento, ni del ruido externo, ni del caos o el miedo. Hablo de la paz interna, de ese lugar al que llegas cuando no tienes miedo, cuando te invade la sensación de que no tienes ya nada que demostrar a nadie. Sólo vivir.

Pero este año he recuperado ese vértigo en el estómago que anida en mí cuando la vida va más deprisa que yo, cuando los acontecimientos se suceden a un ritmo tan vertiginoso que apenas puedo digerirlos de uno en otro. Cada vez aprecio más volver de viaje por la mañana y tener todo el día para procesar antes de reincorporarme a la rutina al día siguiente en vez de apurar las horas y volver tarde de viaje. No tener que salir corriendo al aeropuerto,  poder pasear o el tiempo de viaje en coche conversando y escuchando música. Tiempos lentos, pausados, míos.

Pero éste es mi año 7. Sé que a muchos les sonará a tontería pero hace años me contaron que la vida parece organizarse en ciclos de siete años, que los grandes cambios suceden en los años 6, 7 y 1 y del 2 al 5 son años de integración. Al principio, cuando me lo contaron, me sonreí. Hasta que me puse a hacer mi listado: 7 años, 14 años, 21, 28, 35, 42…el último 7 nos vinimos a vivir a Palma. Y el anterior adopté a mi hijo. Y para atrás…todos los acontecimientos claves de mi vida se sitúan en año 7 o 1. Y este año es mi siguiente 7. He cumplido 49. El año que viene celebro los 50.

Me tomé el día libre, es una costumbre que tengo hace unos años, no trabajar el día de mi cumpleaños. Me fui a pasear frente al mar. Había celebrado el día anterior con mis amigos de la roqueta y ese día paseé y me dediqué a hablar por teléfono, tomé un café con una amiga, comí con otra y pasé la tarde con mi hijo. Y por la tarde me llegó un regalo profundo, y más llamadas y mensajes de las que puedo narrar.

Y cuando estaba frente al mar pensaba en mi año 7. Y en mis 50. Pensaba en que, si todo va bien y la vida no tiene otros planes para nosotros, mi hijo se irá el año que viene a estudiar fuera. Nos tocará separarnos después de 17 años. Pensaba en mi trabajo y en los procesos en los que estoy implicada y los cambios a los que estoy contribuyendo. Pensaba en el privilegio de la consciencia. Pensaba en mis ángeles, y en cómo me siguen cuidando. Pero sobre todo, pensaba en el amor inmenso que me rodea. Porque al final mi mayor éxito en la vida, con diferencia, es la red de amor que me sostiene y me abraza.

Alguien me escribió un regalo tan bonito este año que no me resisto a transcribir un trocito de uno de sus párrafos (sé que me perdonará): » El abrazo de Pepa es algo así como un abrazo valle y abrazo montaña, un abrazo muro de contención, abrazo muralla, abrazo de seda y hierro, abrazo descanso de tanto tiempo manteniendo las sombras a ralla. Abrazo cálido, abrazo casa, tentol, salvo, un ratito para permitir el niño y mel i sucre, y al juego siempre tablas. Un abrazo hogar. Un abrazo de almas. Un abrazo para guardar el dolor y encontrar las fuerzas.»

Éste es mi éxito. Mi paz. Y cuando puedo parar frente al mar o cuando abrazo a mi hijo cada mañana siento que llego a mi año 7 (7 veces 7) con fuerza para sostenerlo, sabiendo como sé que el aprendizaje y el reto que traiga será siempre luminoso. Eso no lo sabía cuando era pequeña. Entonces el dolor era otro.

Así que hoy sólo quiero contaros eso. Que estoy en año 7, que tengo algo de vértigo en la tripa. Que me sé una privilegiada y me siento amada. Y que espero hacerlo bien.

Abrazo grande,

Pepa

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