Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

Los cielos de Kenia

Si mi ventana pudiera hablar narraría una amalgama de sensaciones y emociones no por susurradas apenas, menos intensas. Hay vivencias que supone todo un reto reflejar en palabras. Pero siempre encuentro magia y sedimento en hacerlo.

Mi cuerpo acaba de aterrizar hace apenas unas horas de Nairobi. Mi hijo ya duerme, yo me siento a escribir, y mi alma sigue anclada a aquellos cielos. Porque todo el mundo habla de la luz de África. Y es real. Es una luz única, majestuosa. Pero para mí esa luz se plasmó desde el primer momento en sus cielos. Los cielos de Kenia, de mi Kenia. Éste va a ser un relato entretejido de cielos.

El cielo varía durante todo el día, te atrapa, te sorprende, se nubla, llueve, sale el sol…todo en una continuidad de formas omnipresentes. Al principio me sentía rara: kenia es hablar de animales, y sin embargo ¡yo me quedé prendada de sus cielos!

He aquí algunos de mis favoritos, retazos de un tejido de vida. Porque el viaje de estas navidades es uno de esos de una vez en la vida. Algo que cada minuto que vas viviendo eres consciente de no tener vuelta (nunca la tenemos, pero hay lugares e instantes en que esa certeza se vuelve nítida).

Pero también ha sido de una intensidad que parece norma en mi vida, y un salir del mundo de una manera radical. Entras en esas tierras y el tiempo se para, y si te dejas, entras en comunión con la Vida con mayúsculas. Me recordó muchísimo a dos lugares en los que yo he sentido eso, aunque fuera con paisajes muy diferentes: la patagonia argentina, y los parques nacionales de Colorado. Dos lugares donde comprendes el concepto de inmensidad. En Kenia también. Y algo en su luz, en esa magia, me recordó mucho también al mediterráneo, a mis amadas baleares, a esa sensación de tiempo detenido, de conexión con tu parte animal.

Están los amaneceres, en los que te levantas para buscar animales en esa primera hora en que parecen salir más fácilmente a cazar, a pasear…que hasta eso nos contaban que les estamos cambiando los humanos, que de tanto safari y turismo están empezando a salir a cazar almediodía, en las horas de máximo calor. En un momento determinado, nos encontramos diez camionetas de turismo rodeando a un guepardo que acechaba a una mandada de impalas. Y el guepardo madre y su hijo nos miraban como diciendo:» me estáis fastidiando la comida» 😉

Esos amaneceres donde sientes que tu cuerpo va vibrando cada vez más acorde con la naturaleza. Siempre he creído que hemos olvidado nuestra parte animal, que ponemos tanto empeño en «llamarnos» humanos, en diferenciarnos de los animales que no incorporamos a nuestras vidas esa parte corporal, la que te llega cuando el sol calienta tu cuerpo, o cuando bailas, o cuando haces el amor. Es una parte de nosotros que nos ancla a la vida y al gozo.

Pero como en todo buen viaje, hay tormentas. En el nuestro llovió mucho, por suerte casi siempre de noche. Y eso me permitió recuperar las memorias patagónicas por el temor a la conducción de los caminos de barro. Nunca había vuelto a ir por caminos como los de aquel viaje y comprobé que la memoria de aquel accidente seguía vida dentro de mí. Pero tuvimos también tiempo de comprobar que lo más peligroso de Kenia no son sus baches en los caminos de tierra, ni el barro, porque la solidaridad es inmediata y todo el mundo se baja para ayudarte a sacar el coche del barro, aunque eso les suponga pringarse enteros. Lo más peligroso son las carreteras. La conducción en Kenia es una auténtica locura. Si alguien piensa viajar allí y puede permitirselo, que haga los trayectos en avión. La pista de aterrizaje en el masai mara, por ejemplo, es como un sueño, como en la peli de Memorias de África. Por cierto! caminamos por la pista de aterrizaje de esa peli, que en realidad está en un lugar fascinante llamado Crescent Island, en el Lago de Naivasha, para mí quizá mi lugar elegido de este viaje, porque conserva la posibilidad de caminar entre los animales, de acercarte a palmos de jirafas, cebras, ñus o impalas y mirarte con ellos, pero no desde un coche sino caminando. Es un lugar mágico y ahi aterrizaba y despegaba la avioneta de Robert Reford, recordáis? 😉 ¡La magia del cine!

Pero pudimos catar la peligrosidad de las carreteras con un accidente de coche en Nairobi que convirtió nuestro día de Navidad en un día de descanso para recuperarnos del susto. Y es que además, las cosas de kenia, le siguió la explosión del trasformador electrico de la calle donde viviamos, que nos hizo saltar del susto y comprobar los «tiempos keniatas» para recuperar la electricidad 😉 Fue un camión el que se nos llevó por delante y sólo la pericia de mi amiga que nos alojaba y que lleva conduciendo seis años en ese país nos permitió a todos (ibamos siete personas dentro) salir indemnes. Tan sólo asustados y el coche, un fantástico todo terreno, bastante tocado.

Y hubo más tormentas. La compañía con la que contratamos el safari resultó ser de las que se saltan las reglas. Dejo aquí su web por si a alguien se le ocurre la tentación de contratar el safari con ellos. La experiencia del safari fue increíble, pero no por ellos precisamente. Nos cambiaron el orden del viaje sin siquiera informarnos, nos metieron a ocho personas enlatadas en una van..detalles de ese tipo. Pero lo peor fue que no pagaron las entradas a Masai Mara con lo cual al salir, para mala suerte del conductor que había sabido entrar al parque sin pasar el control, nos encontramos con los rangers, encargados del cuidado de los parques nacionales en Kenia. Y para librarse de la multa, emprendió una huida con nosotros dentro de la camioneta (prometo que porque lo he vivido, si no, creería que me están contando una pelicula) a toda velocidad en la que sólo nuestros ángeles nos permitieron salir intactos, además de nueve horas de viaje (en vez de las tres que correspondían hasta el lago nakuru) para que los rangers no pudieran localizarle. Lo único es que gracias a él conocimos la kenia profunda, la de fuera del turismo. Y la experiencia nos dejó sin palabras. Campos inmensos de té con gente con cestas recogiendolo, chabolas de hojalata y casas prefabricadas para los trabajadores en el mejor de los casos, y unas condiciones higiénicas comunes a los países de la zona. En la única parada  que hicimos en nueve horas comimos sólo plátanos. Así que fíense de mí y no contraten el safari con ellos. Van un par de cielos de tormentas en honor a la compañía y a las carreteras de kenia 😉

Pero me guardo lo mejor para el final. Y lo mejor es cuando el cielo se refleja en la tierra. Sea en el lago Naivahsa

o en el Lago Nakuru.

Cuando el cielo refleja la maravilla de lo que conocimos y vivimos. El amor de mis amigos. El viaje a Kenia fue porque ibamos a estar con una de las que yo llamo «mis amigas internacionales». Esos regalos que me han dado los viajes por el mundo en forma de personas (reconozco que en su mayoría mujeres) con una apertura de mente, una inteligencia (además de capacidad profesional) y una generosidad que sólo la da el haber vivido en diferentes culturas, países y lugares. Eso te enseña una forma de estar en el mundo, en la que las posturas cerradas y dogmáticas no caben, donde tienes que aprender a sacar recursos de donde no los tienes ante situaciones inesperadas que afrontas a diario, y que son distintas de tus referentes culturales y personales, y donde la generosidad es parte de tu vida. Abres tu casa, das lo que tengas, habitaciones o sofás o lo que sea, a quien llega porque sabes el valor que tiene que te inviten a un hogar, que te abran las puertas de una familia…son aprendizajes que te transforman.

Estas mujeres son mis mujeres increíbles ;-), íbamos a casa de una de ellas, Denisse, y aunque estaba segura del amor que íbamos a encontrar, nunca dejará de sorprenderme. Su increíble generosidad al acogernos y cuidarnos. Las comidas de Sydney, hechas con tanto cariño. Cada pequeño detalle de Denisse, su esfuerzo por estar pendiente de cada cosa que nos pudiera hacer felices. El viaje que prepararon Mali y Patrick…

Pero hubo algo que me pilló completamente por sorpresa y que forma parte de mi vivencia de Kenia: la increíble ternura que todos y cada uno de los keniatas que conocimos demostraron hacia mi hijo. Quien no le columpió, le subió a corderetas, quien no como mínimo le chocaba las manos o le acariciaba la cabeza. Cada camarero, las personas en la calle…todos. Nunca había estado en un lugar donde la ternura fluyera de ese modo. Y no sólo con él, con los niños y niñas en general. Me guardo para siempre a Ibrahim, que sin hablar una sola palabra de español, con el poco inglés de mi hijo y la comunicación universal de las almas construyó una cabaña con él y bailaron juntos mientras nosotros veíamos el atardecer y reíamos tomando algo al acabar una de las excursiones, en las que por cierto la altura y mi mala forma física me pasaron factura. Menos mal que fue sólo esa vez, porque la debilidad física saca lo peor de mí 😉 Pero ver a Ibrahim con mi hijo fue algo que me hizo llorar.

Porque la generosidad que hemos conocido en este viaje no fue sólo la de quienes me querían, sino la de desconocidos como los vecinos de mis amigos, una pareja americana con dos niños y una niña literalmente recién nacida que acogieron a José en su casa todas las tardes que estuvimos allí para que él pudiera jugar con otros niños. El abrazo de Oliver, su hijo pequeño, y José, cuando nos ibamos, lo guardo como una imagen imposible de olvidar. Y mi hijo llorando en el taxi al aeropuerto diciendo que estaba triste, que no se quería ir, que la casa de Denisse le gustaba mucho, que Oliver era su amigo y que quería quedarse en «aquél sitio tan bonito».

Y fue ese cariño, no fueron los animales. Porque ése fue otro aprendizaje: un safari no es un viaje para niños pequeños. Son demasiadas horas de coche seguidas. Al final en Amboselli, tuve que quedarme con mi hijo en el hotel sólo para pasar un día sin subir en un coche porque ya no podía más. Y él es un enamorado absoluto de los animales, los primeros tres días los disfrutó como un loco, pero una semana de safari fue demasiado. Él sólo decía: «quiero volver a casa de Denisse» En nuestro viaje faltaron niños para jugar y sobraron horas de coche. Aprendizaje apuntado. Por eso a él lo que más le gustó fue el primer fin de semana, porque fuimos con Paul, el niño de Mali y Patrick y porque caminamos entre animales, no desde un coche. Así que Oliver y Paul son ya parte de nuestro corcho de afectos y Denisse y Sydney se han ganado un trocito en el corazón de mi hijo y mi sobrino. Mi sobrino, por cierto, que impactó a todo el mundo por algo que su madre y yo ya sabíamos pero que se nos cae la baba al constatar una y otra vez: su extraordinaria sensibilidad a sus 17 años. El modo que se incorporó al mundo de adultos, al mismo tiempo que fortalecía un precioso vínculo con su primo al que soportó estoicamente ;-).

Así que acabo con esos cielos en la tierra mi relato. Y no crean que no hemos visto animales. Claro que sí. Increíbles, sobre todo verlos en su hábitat. Los elegidos por los cuatro viajantes como favoritos fueron: las jirafas, los rinocerontes, los guepardos y los cocodrilos y lagartos. Vimos unos lagartos rosas y azules fascinantes! Por eso, y en honor a mi hijo, voy a acabar este relato con una foto de ellos, porque seguro que nadie pone una foto de lagartos en la publicidad de un safari por Kenia, pero son apasionantes 😉 Y por cierto, hablando de animales, impresionante los burros en Kenia. ¡Está lleno de burros!

Éste ha sido uno de esos viajes que se hacen una vez en la vida. Y que te transforman como persona. La sensación de salir del mundo fue total. El tiempo se detuvo. Y ahora toca volver a casa.

Pepa

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Hoy y mañana, los mismos deseos

Hoy escucho como mi hijo se resiste a dejarse vencer por el sueño mientras me siento a escribir. Mañana nos vamos a Kenia los dos. Un sueño con todas sus letras: s(sereno) u(único) e(emocionante) ñ(entrañable) o(ofrenda). La siento en cierto modo como mi primera vez en África, aunque haya estado en Marruecos y en Sudáfrica.

Todas las navidades fuera de nuestros hogares madrileños y zaragozanos, las primeras. Pero, ¡qué paradoja! más dentro de nosotros que nunca. Y acompañados por parte de nuestra alma.

Y los tiempos que se conjugan en mi vida: un tiempo de búsqueda que toca a su fin, un tiempo presente de consciencia y amor y un tiempo de espera que comenzó hace ya un tiempo. Una espera llena de gozo.

Y la rabia que se fue, la paz que se adentró. «Ese amor que me salvó haciéndome frágil y un fiarse para saltar sobre el vacío elegido»

Creo que no habrá palabras en unos días, pero prometo relato después. Aunque sé que los viajes son iniciáticos (sabes como sales, pero no como vuelves). Y éste más. Un antes y un después. Intuyo que volveré cambiada. Por no hablar del privilegio de poderle ofrecer esto a mi hijo con 6 años.

Mientras tanto, a quienes me leéis os envío un abrazo cálido. Y para el nuevo año, sigo deseando lo mismo una y otra vez. Para todos y cada uno de vosotros, para mí misma, que elijamos siempre la alegría y no la tristeza, el valor y no el miedo, el amor y no la indiferencia. Porque hace falta elegirlos. Como opciones conscientes que van dando forma a nuestras vidas cada día. Hay que atesorarlos y paladearlos en cada paso del uno al diez, como decía Juan Diego Botto en «Un trozo invisible de este mundo» (¡qué regalo para este año!).

Y una última palabra: gracias. Gracias por estar ahí, por leerme, por seguirme, por sentir que lo que digo tiene sentido y con ese sentimiento dar sentido a lo que escribo. Gracias de corazón.

Os deseo una alegre navidad, valiente año, amoroso todo.

Pepa

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Uno, dos, tres…casa

Es el título de un corto realizado por Iciar Bollaín sobre el trabajo de Aldeas Infantiles. Pero es mucho más. Son las entrevistas a los chicos y chicas. Es una lección de vida. Y de amor.

Emocionante. Sobrecogedor.»Si no hubiera estado en Aldeas, podría ser malo..estaría muerto…no sé».. «Una oportuniad de ser algo viniendo de un mundo en el que no podrías ser mucho..o nada»..

Un regalo. Ahi os va. Escuchadles, por favor, escuchadles. Son nueve minutos.

Gracias, Iciar, por darles voz. Gracias, Aldeas, por vuestro trabajo.

Un abrazo,

Pepa

Nacho de la Mata y Lourdes Reyzábal

Hace poco tiempo que me he incorporado al mundo de twiter (para los que queráis saber de mí allí @pepahorno, no tengo pérdida) y reenvié ayer por esa via un artículo de El País, pero no me resisto a enviar este artículo también a través de la web.

Ahi va: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/12/13/actualidad/1355422156_864088.html. Es una entrevista a Lourdes Reyzábal, presidenta de la Fundación Raíces y mujer del abogado Nacho de la Mata, fallecido en septiembre y en cuyo honor el Colegio de Abogados ha creado un premio de derechos humanos que lleva su nombre.

Difundo la entrevista por varios motivos que cito sin extenderme:

1. Porque para quienes no los conozcáis Nacho de la Mata, fallecido en septiembre, y su mujer Lourdes Reyzabal, son un ejemplo de lo que el mundo podría ser (no me atrevo a escribir «debería ser»), y no sólo en lo profesional, sino en lo personal. Yo nunca tuve relación personal con ellos, pero los conocí en la época en la que trabajaba en Save the Children.

Por un lado por el trabajo sobre menores extranjeros no acompañados tan increíble que hicieron y al que llegué a través de Almudena Escorial. Especialmente las sentencias que logró Nacho como abogado y que supusieron el reconocimiento de los derechos de los menores extranjeros no acompañados y la paralización de varias de las repatriaciones abusivas que se realizaron entonces. Estas sentencias sentaron el precedente para todas las reformas legales posteriores que ha habido sobre el tema.

Y por el otro por su lucha en favor de la parroquia de San Carlos Borromeo. Compartí con ellos esa lucha, aunque con una implicación mínima comparada con la suya. Compartí el sueño de ese otro mundo posible del que habla Lourdes en este texto fantástico, que os dejo también como lectura recomendada. Su final dice nada más y nada menos: «..en la esperanza de que otro mundo sea posible y con la certeza de que otra iglesia es posible…»

2. Por el modo en que está escrito el artículo, en el que se habla de Lourdes y su trabajo, del Nacho abogado, del Nacho persona, pero sobre todo del amor de Nacho y Lourdes. ¡Qué historia de amor! Una de esas que preserva mi alma del desaliento.

3. Y porque si queréis daros cuenta de parte del horror en el que vivimos, el que estamos gestando y promoviendo todavía más si cabe en este país loco nuestro (país, estado…lo que quiera cada uno) no tenéis más que bajar a la sección de comentarios a ese artículo. Espero que enmudezcáis del espanto. Es lo que me ha pasado a mí.

Gracias a Nacho y a Lourdes, y a todos los que, igual que ellos, nunca dejáis de creer.
Pepa

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Seguiremos

Pues por mí no quedará. Hacia tiempo que no veía un video tan legítimo y alegre al mismo tiempo.

Cada vez que alguien vea el video, 5 céntimos irán destinados a la planta de oncología infantil del Hospital de Sant Joan de Deu en Barcelona. Por cierto, uno de los pocos hospitales además que tiene una unidad de atención en condiciones para los niños y niñas víctimas de abuso sexual y otras formas de malos tratos infantiles.

Ahi va, como un rayo de luz hoy. Y me quedo con la última frase: «Hoy sabemos que lo importante es soñar».

Pepa

Pd. El video de la presentación del libro del otro día está pendiente, pero llegará. Lo prometido es deuda, y con él, el relato de la misma. Fue una tarde única.

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Kurioso.es

Directamente en el título del post. Así os recomiendo mi último descubrimiento en la web. No soy nada rápida. LLeva funcionando desde el 2008 y tiene ya millones de visitas. Pero en fin, más vale tarde que nunca. Qué regalo!

Está lleno de historias. Historias de vida y superación. Historias espeluznantes. Historias de supervivencia. Historias polémicas. Historias únicas. Historias, historias, historias…

Ésta es mi segunda noche leyéndolo. Y siento el mismo gozo que cuando encuentro una buena novela. Cada historia que cuenta daría para hablar horas sobre ella, y encontrarlas todas juntas y documentadas…lo dicho, un regalo.

Gracias, Kurioso.

Pepa

Pd. Los que andáis por los madriles, ¿Verdad que vendréis el martes? 😉 Ya sabéis: martes 4 de diciembre, librería Tipos Infames, en Tribunal, a las 20h.

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El día internacional del niño: los mundos que «no son»

Hoy es el día internacional de los derechos del niño. En mi ámbito de trabajo es «el día». Alrededor de él, como pasa con otros «días de» se organizan los grandes eventos sobre infancia. Se intenta poner rostro e imagen a los y las invisibles.

Porque nuestro mundo se construye de mundos paralelos. Mundos que jamás se rozan, mundos que ni siquiera saben el uno de la existencia del otro. Y no hablo de mundos lejanos (¿quién está lejos de quién?) distantes en kilómetros, sino de nuestro propio mundo. Hay mundos que no se rozan dentro de nuestro día a día. El que tiene tanto dinero como para comprar hasta su propia conciencia (y la de alguno más de paso), con el de los que no pueden lograr dormir porque no saben si tendrán un techo mañana. Incluso con criterios más triviales, pero que también configuran mundos: el de los que les gusta la música electrónica, o heavy, con los que nos gustan las rancheras o las pelis subtituladas, el de los que hacen kitesurf en Tarifa con los que esquían o los que hacen espeleología en los pirineos.

Las opciones que vamos tomando en la vida configuran los mundos a los que vamos a pertenecer, pero sobre todo aquellos que probablemente nunca vamos a tocar. Y cuando no los tocamos, sencillamente no existen para nosotros. No los palpamos, no los sentimos, no los vivimos. Sencillamente «no son», aunque estén frente a nosotros. Y aunque los medios de comunicación e internet nos han permitido acceder a mundos tan distantes como todo un universo, seguimos mirando en ellos sólo aquello que nos interesa. El resto de la información sencillamente pasa, no la filtramos, no la absorbemos, «no es».

¿Pero qué pasa cuando los que «no son» son las personas que sufren? ¿Qué ocurre cuando el dolor del otro sencillamente deja de existir? ¿Qué sucede cuando las personas acaban siendo la imagen de un «día de»? O aún más ¿qué ocurre cuando esos que «no son» dependen de que les miremos para existir?

Porque hoy es el día internacional del niño. Y los niños y niñas están ahí, delente de nuestras narices. Son nuestros hijos, nuestros nietos, los hijos de nuestros amigos, nuestros alumnos…Nos cruzamos con ellos, los oímos, los vemos…pero «no son». No para nuestra sociedad. No para nuestros mundos. Ni los que viven aquí, ni mucho menos los que viven en lugares como Honduras, Guatemala o Gaza, por mencionar sólo algunos de los lugares cuyo «no ser» me ha dolido más últimamente.

Los niños y las niñas «no son». Su opinión no cuenta más que para los mismos de siempre que nos reencontramos en los actos del «día de» y escribimos sobre el «día de» y unos cuantos miles más que aunque no vayan a actos ni escriban sobre ello, sí los miran a diario. Pero no como sociedad. Para nuestras sociedades los niños y niñas «no son». Sus derechos son demasiado a menudo un papel mojado que se puede vulnerar cuanto haga falta. Sus miedos sólo son reales para aquellos que les aman, si es que tienen la suerte de tener a quien les ame. Sus necesidades son carne de promesa política.

Las niñas y los niños no son ciudadanos para nosotros que vivimos en los mundos paralelos al suyo. Porque si lo fueran nos veríamos obligados a escucharlos, a tener en cuenta realmente sus opiniones, a diseñar recursos adaptados a ellos, a configurar un sistema educativo, o sanitario o judicial que se adaptara a su ritmo y a sus capacidades y no al revés. Nos veríamos obligados a que fueran un objetivo clave de nuestras políticas más allá del «día de».

¿Pero sabéis lo que más me duele? Esa certeza que raspa el alma de que para ellos SÍ SOMOS. Porque nos miran, nos aman, nos necesitan, nos buscan. Y lo hacen el «día de» y todos los demás. ¿Os habéis fijado en cómo mira un bebé a su padre o a su madre? ¿O en cómo los niños en la fila del cole están pendientes de a quién pasa su mano por la cabeza la profe cada día? ¿O cómo llevan la cuenta de nuestras promesas? ¿O cómo repiten lo que nos oyen, incluso lo que no debieran?

Para ellos SÍ SOMOS. Y no en un mundo paralelo, sino en el suyo. Porque nosotros configuramos su mundo. Les enseñamos a amar y ser amados, que es la primera necesidad humana universal. Pero también creamos sus miedos, damos alas a sus sueños o los cercenamos, les decimos lo que deben o pueden llegar a ser y lo que no, les damos esperanza o desazón. Ellos nos miran. Pero ¿y nosotros a las niñas y los niños?

Probad a miradlos durante un día. Aunque sólo sea por un día. No hoy que se supone que es «su día». Miradlos mañana. Porque sí. Porque mañana será mañana. Porque lo merecen. Porque los amáis. Y ya veréis cuánto aprendéis. Sin grandes retóricas. Sólo ponernos a su altura, desde la que casi siempre se ve más suave, más limpio, más diáfano. Aunque lo que veamos sea el dolor. Porque ellos lo nombran y lo viven, porque aún no han olvidado cómo hacerlo.

Porque al final sólo ese amor convierte los mundos paralelos en mundos que se entrecruzan. Con la llegada de un hijo que te hace madre o padre, con la llegada de un nieto o nieta que renueva tu propia identidad, con cada alumno o alumna que dice «buenos días, profe»…

…cuando los amamos, las lineas paralelas empiezan a cruzarse.

Pepa

Pd. lo confieso: desde hace media hora ya no es el «día de» porque son las 00:30 así que ya es 21 de noviembre 😉

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Para las agendas madrileñas: martes 4 de diciembre, coloquio sobre «Un mapa del mundo afectivo»

Como las próximas semanas voy a estar de viaje y algo desconectada, aprovecho para enviar un anuncio tempranero. Para los que os apetezca vernos a Chema Caballero (por si aún alguien no le conoce leed aquí porque lo merece) y a mí narrar y narrarnos, dialogar y discutir…todo en uno, os invito a que vengais la tarde del 4 de diciembre a las 20h. a la librería Tipos Infames (C/San Joaquin 3, junto a metro Tribunal, en Madrid). La «excusa» es hablar del último libro que he publicado: «Un mapa del mundo afectivo: el viaje de la violencia al buen trato».

Me encantaría veros allí. Porque además nos gustaría que el diálogo no fuera a dos voces, sino con vuestra participación.

En enero habrá acto también en Zaragoza y Palma de Mallorca, pero ya colgaré los datos más adelante.

Un abrazo,
Pepa

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Nuestras utopías

Aprovecho que me han enviado este video de Galeano que me ha conmovido tanto y en el que habla de la utopía, para transcribir una conversación con mi hijo del otro día. Porque en ella también él me habló de la utopía.

Llegábamos a casa, y tuvimos mala suerte para aparcar. A la segunda vuelta por los alrededores de casa buscando sitio le dije:

-Qué pena, no tenemos suerte con el aparcamiento hoy.

-No te preocupes mamá, esto parte de la vida forma -yo le suelo decir muchas veces: «esto es parte de la vida, cariño»-.

– (risas) Tienes razón, cariño, la vida está hecha de cosas muy buenas y de cosas un poco menos, algo más incómodas como ésta. A ver, dime una cosa buena de la vida.

-Que tú y yo estemos juntos y nos queramos.

-(silencio conmovido) Tienes razón, ésa es para mí la mejor cosa de la vida.

-Y para mí.

-¿Y alguna que no sea tan buena?

-Los niños pequeños que no tienen mamá.

-(de nuevo silencio) ¡Cuánta razón tienes, cariño! probablemente, ésa sea una de las peores cosas de la vida.

-Porque imagínate que tú no me hubieras encontrado.

-E imagina que tú no me hubieras elegido.

-Estaría solo.

-Y yo.

-Mami…

-Sí?

-Echo de menos a mi mamá de la tripa.

-Lo entiendo perfectamente cariño, es lógico que la eches de menos. Ya sabes que si cuando seas mayor quieres buscarla, lo haremos juntos.

-Pero ¿tú sabes dónde está?

-No, cariño, desde que te entregó no sé nada de ella. No sé si vive, ni dónde está. Pero si cuando crezcas quieres buscarla, la buscaremos. No sé si podremos encontrarla, a ella y a tu padre de tripa, pero los buscaremos.

-Vale, me parece un buen trato.

-Te quiero, amor.

-Y yo más, mami.

No hay más que decir.  Ésa es nuestra utopía. Un mundo en el que todo niño tenga una familia que le quiera. Y ahora la de Galeano (gracias, Teresa).

 

Pepa

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