Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

La vida, las brujas y yo

A lo largo de toda mi vida he recibido regalos extraños, hermosos, conmovedores. Regalos que llegan en miradas, en caricias, en mensajes. Y siempre me han llegado de forma inesperada a través de mi gente amada. Uno de esos regalos han sido mujeres poderosas y proféticas. Es verdad que casi siempre fueron mujeres, aunque algún brujo se coló por el camino con gran y tenaz acierto. A veces fueron ángeles y a veces brujas, que para mí son en cierto modo lo mismo.

Y todas esas mujeres, empezando por mi madre, me enseñaron algo fundamental: a confiar. A abrir mi mente, a entregarme, a saltar del precipicio a pesar de mis temblores. Me recordaron que la vida va más allá de lo que vemos físicamente, que lo más valioso de la vida no se ve pero se siente: el amor, el temblor, las certezas, las tripas… todo eso que construye los hilos de la memoria y el sentido.

Y todos sus mensajes, sus aprendizajes se entremezclaron con mi lucidez a la que no renuncio, con mis tripas que atesoro y con mi red de amor que me ampara. Todo ello junto. No sé ni quiero separarlo. Sólo me dejo, confío, y tomo aquello que la vida me envía. Y, como recuerdo siempre a la gente en consulta, confiar cuando la vida te trata bien es fácil, pero confiar cuando la vida hace daño (qué brujo que es Llach) o cuando partes de un edificio dañado se vuelve tarea de titanes.

Pero si algo he aprendido de la vida y de las brujas es que la consciencia y la salud mental se basan en dos cosas: la confianza y la compasión.

Confiar implica entregarse. Y para entregarse es necesario reconocer la propia vulnerabilidad, nadie que se crea fuerte se pone en manos de otra persona, se abre a ella, se abandona. Es la vulnerabilidad la que nos hace fuertes. No olvidar el temblor con el que nacemos que encuentra refugio, si tenemos suerte, en brazos amados que nos cobijan y sosiegan. Sin confianza no hay vínculo. Y sin vínculo, sin esa mirada de un otro y ese cobijo, no es posible la vida. Vivir es un acto de fe. Literalmente. Nadie nos garantiza no salir dañados, muy al contrario, nos garantizan la moneda de dos caras: el amor y el dolor, el abrazo y el olvido, la caricia y el dolor… la luz y la oscuridad. Pero cuando llega la oscuridad, son los vínculos los que nos rescatan, nos abrazan, nos acarician y nos dan calor.

Y la compasión. La inmensidad de daño que hay en el mundo lleva a las personas que sufren a hacerse daño o dañar a otros. Cuando ves el hilo, cuando sabes y puedes construirlo, se acaba cualquier posibilidad de juicio. Protegerse es obligatorio, sobre todo cuando te topas con la maldad, pero enjuiciar no cabe. Sentir compasión hacia nosotros mismos, hacia nuestros errores, nuestras limitaciones, nuestra pequeñez. Mirarnos al espejo con dulzura y sentido del humor. No ser nuestros peores jueces, sino entender nuestros propios hilos. Y compadecer a los demás, desde la humildad de no saber, desde la certeza de los hilos ignorados. Quedarnos en las preguntas sin respuesta, en el silencio, incluso en el escalofrío. En ese justo y difícil filo.

Saber mirar, saber escuchar, saber amar. Quedarme quieta. Ser fiel a mí misma. Y recibir a las brujas y a mis ángeles como un regalo.
Pepa


8 comentarios a “La vida, las brujas y yo”

  1. Cuánta verdad, cuánta humanidad y cuánto corazón en estas líneas. Gracias eternas, Pepa.

  2. Las brujas, mujeres poderosas por su sabiduría, confianza y generosidad. Por eso fueron perseguidas en la historia, por su influencia vista como amenaza . A mí me encantan y me encanta pensar que tú eres una bruja porque eres valiente, amorosa y desafía creencias establecidas ♥️

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