Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Vivencias

Parte del misterio

Esta entrada va a sorprender a muchos :-). O quizá no.

La vida es un misterio. Hoy han llegado a mí dos videos de dos autores de best sellers americanos. Reconozco que ya de por sí ese dato me genera un cierto recelo de partida. Pero los he visto. Mejor dicho, he empezado y ya no los he podido soltar. Y advierto de partida, el de Louis Hay dura una hora y veinte minutos (me ha parecido la peli mucho mejor que el libro), el de Dyer, aún mejor si cabe (un hombre que empieza una conferencia de dos horas citando a Castaneda y Plank juntos..mmm…), dura dos horas y media. Pero sinceramente, me parecen una inversión de vida.

Lo primero que me ha impresionado son las historias de sus protagonistas, tanto Hay como Dyer son ejemplos de resiliencia increíbles. Historias vitales que ponen los pelos de punta que han reconvertido en ayudar a los demás de un modo impagable, infinito.

Segundo, no estoy de acuerdo con todo lo que dicen, especialmente cuando entran en el poder de la curación de enfermedades graves o con todo el componente religioso, en el que no entro. Pero hay cosas que todos deberíamos escuchar una vez en la vida. Y luego no olvidarlo.

Y os lo mando por una idea que ambos defienden y que yo creo cada día con más intensidad: «todo está conectado con todo, todos estamos conectados» Y esa red es una red de amor, de creación.

Y como modo de abrir el apetito para que os arriesguéis a ver los dos videos 😉 copio más abajo algunas cosas.

Pepa

EL PODER DE LA INTENCIÓN Wayne Dyer

Cuando cambias tu forma de mirar las cosas, aunque estés ciego, las cosas que miras, cambian.
El perdón es el aroma que deja la violeta en la suela de la bota que la pisó.
Las caras de la intención:
1. Creatividad (vivir con un propósito, referencia a la Muerte de Ivan de Tolstoi)
2. Bondad (creadora de serotonina)
3. Amor (amor en acción)
4. Belleza (alegría) Vende tu inteligencia y compra sorpresas
5. Expansión (aprender a pensar, snetir y sonar como la fuente, todo lo demás son detalles)
6. Abundancia
7. Receptividad (estás dispuesto a recibir? Me llega exactamente lo que necesito, la confabulación del universo contigo)

Las reglas que Dyer da al final no tienen desperdicio:
1. Quiere para los demás más de aquello que quieres para ti (os suena de algo? ;-))
2. Certeza y constancia: Comienza a pensar por el final. Visualiza lo que quieres y deseas tener al final del camino, desde la certeza de que lo que quieres ya está aquí, no te puede ser negado.
3. Aprende a valorar la vida. Mira siempre lo valioso, no lo negativo.
4. Mantente en armonía con la fuente de energía.
5. Pon consciencia en tus resistencias (lo que no sea amable, amoroso..) Aquello que pienses se hará real. Si piensa que no puedes, tienes razón, porque no podrás.
6. Contemplate a ti mismo rodeado de aquello justo que quieres lograr.
7. Comprende el arte de permitir. Las cosas, si estás conectado, fluyen. Abre el camino a que la energía pase a través de ti.
8. Practica la humildad radical. No eres tu cuerpo, ni tu mente, ni lo que tienes. Eres parte de un todo mucho más grande que tú.
9. Permanece en un estado constante de generosidad y gratitud.
10. Ten presente que nunca puedes solucionar un problema condenándolo. Aquello de lo que te avergüenzas no puedes solucionarlo.
11. Juega el partido, no te rajes por miedo.
12. Medita. es el modo de mantenerse en conexión.El silencio es lo único que no puedes dividir.

Y una frase brutal: «la felicidad es algo que se decide siempre antes de tiempo. Que me guste o no mi habitación no depende de cómo tiene puestos los muebles, sino de cómo ordeno mi mente»
«Todos los seres humanos vivimos en cuerpos que van a morir, pero actuamos como si eso no fuera a pasar»

TÚ PUEDES SANAR TU VIDA Louis L. Hay (éste lo he visto sin tomar notas :-(, por eso no añado nada debajo)

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Hilos tejidos en las tecnologías como regalos para el 2012

Se acaba 2011. Empieza 2012. Sigue la vida, parte zarpazo y parte caricia.

Os voy a contar una historia. Una historia de tecnologías, de vida, gozo, maternidades y paternidades, dolor y fe. Porque de todo eso ha habido a raudales en mi 2011, y lo seguirá habiendo en el 2012. Porque hay consciencia. Y siguen mis opciones: amor, alegría y valor.

Os cuento que he sucumbido a la tentación del twiter. Veremos si duro, si me engancho, si me vuelvo adicta o…Estoy con mi nombre @pepahorno, porque es la única forma en que sé estar en los sitios, los pseudónimos se me dan mal. Me han convencido, y ahi estoy. He pensado que era una curiosa «casi última» decisión del año. Un puente más tendido.

Y es que en el twiter de Begoña Oro, que escribe con un pseudónimo genial, que no desvelo salvo para aquellos que quieran buscarla en la red, me llegó el enlace al Blog de Sergio del Molino y en él, a un escritor que me ha dejado boquiabierta y al relato más honesto y estremecedor que he leído nunca del dolor que supone la muerte de un hijo.

Así que me permito escogerles a ellos como mi regalo de año nuevo para vosotros. Son dos buenos ejemplos de lo que las estepas aragonesas son capaces de dar de sí. Esas estepas que son también en parte mis estepas. Y si quieréis saber por qué los escojo, Begoña Oro con y sin pseudónimo, Sergio del Molino sin él, leed tan sólo estas entradas en ellos:

En el blog de Begoña Oro: http://elblogdelaoro.blogspot.com/2011/12/pelos-en-las-orejas.html

Y en el de Sergio del Molino, leed: http://sergiodelmolino.com/tag/pablo/

y luego, cuando podáis cerrar la boca y encajar el puñetazo en el estómago de ese Dolor con mayúsculas sin comparación posible, comprad su último libro, como hice yo, «El restaurante favorito de Nina Hagen« y veréis lo que hay detrás.

Esta es mi historia para acabar el año: la de los hilos que nunca acaban, que nunca se rompen, que continúan a éste y al otro lado, que nunca cejan dentro y fuera de las tecnologías…esos hilos que avanzan en espirales, y desde los también por eso creamos Espirales .

Y para acabar, estos días he releído las entradas en este blog desde que lo comencé, y me ha llegado un regalo inesperado. Una de las primeras entradas se llamaba «Diez palabras que añoro«. Hablaba de las palabras que echaba de menos en las conversaciones con mi gente pero también en los periódicos o en las tertulias o en el trabajo. Mi regalo ha sido darme cuenta de que ya no puedo decir que las añoro más que en la vida pública, porque ahora, dos años después, casi diría que son las que definen mi vida, así que aquí os las dejo:

duda
fragilidad
intemperie
magia
temblor
caricia
vulnerabilidad
gozo
alegría
dignidad

Gracias de corazón por estar ahi. Y os deseo un año lleno de mis diez palabras 😉

Pepa

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Mis referentes

El proyecto Referentes que hoy nos presenta Igaxes3 es uno de esos grandes ejemplos donde se lleva la dimensión afectiva a la intervención profesional, dándole forma a través de personas concretas con nombres y apellidos, personas que están dispuestas a una coherencia individual en lo personal, no sólo en lo profesional.

El programa propone a personas adultas, hombres y mujeres, en Galicia la posibilidad de ser referente en el proceso de emancipación de adolescentes que por distintos motivos han sido tutelados por el sistema de protección y que ahora, al hacerse adultos, comienzan una vida autónoma.

El sistema define que estos adolescentes son adultos al cumplir los 18 años y pasan de vivir bajo el amparo del sistema de protección a tener que defenderse autónomamente. Ser sus referentes no es una figura de acogimiento, no implica vivir con ellos, sino acompañarles en este camino de inserción laboral, social, afectiva…hacer que el vértigo que sienten con 18 años sea algo más llevadero con un café compartido, una comida casera y sobre todo un consejo a tiempo, una orientación, un abrazo…un sentir que no están solos.

Acompañarles en ese proceso a través del programa Referentes de Igaxes3 (mirad la página y veréis) tomando un café con ellos, acosejándoles, guiándoles cuando lo pidan…de forma voluntaria, altruista, sólo porque crees en ellos y crees que éstas son las cosas que hacen que la vida merezca la pena.

Me pidieron en el mismo viaje que el video que compartí la semana pasada que contara cuál era mi referente afectivo para apoyar públicamente el programa. No tuve duda, como niña mi referente fue mi padrino, como adulta lo está siendo mi hijo. Ambos se llaman José. Y este video es una pequeña forma de honrarlos.

Os referentes de Pepa Horno from Igaxes3 on Vimeo.

Feliz Navidad, padrino, feliz vida, hijo. Feliz año para todos los que me leéis y gracias Carlos, Pedro…todos los que estáis detrás del programa Referentes.

Pepa

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Mi / nuestro universo

De alguna manera extraña mi vida parece poco a poco ir encajando como las piezas de un puzzle extraño y hermoso. Es como si mi piel vibrara con la risa de mi hijo, con una canción, con la luna o la brisa o el sol en la espalda, con un baile o una caricia, con la energía de enfadarme, con la palabra justa en una conferencia, con el mail agradecido y bendecido…

Así que esta noche quiero compartir dos regalos que hablan del universo, del que me regaló mi hijo, del que compartimos todos.

El primero es un relato que me han enviado desde Colombia, mencionado por William Ospina y que se llama EL UNIVERSO EN LA BOCA DE UN NIÑO. Aquí va:

«Cuenta la tradición que un día en que Krishna, de ocho años, jugaba con otros niños, uno de sus hermanos buscó a la madre y le contó que el pequeño estaba comiendo tierra.

La madre, indignada, buscó a Krishna y le dijo:“¿Es verdad que estás comiendo porquerías?”. El niño, con cara de inocencia, le respondió: “No es verdad. No he comido nada”. “Tu hermano me ha dicho que estabas comiendo tierra”. “Es mentira”, dijo Krishna. “Muéstrame la boca”, dijo entonces la madre.

Y el niño abrió la boca. Su madre se asomó a la boca de Krishna y vio primero las montañas, y en ellas los bosques. Después vio las ciudades y el mar y las tempestades, y más allá vio la Luna y el Sol y las estrellas, vio los tres firmamentos, y el enjambre infinito de los mundos, y sintió vértigo, porque en la boca de Krishna estaba el universo.

Allí comprendió con terror que su hijo era un dios. El niño cerró la boca, y sonrió en su cara bellísima, y la madre olvidó lo que había visto, porque sólo olvidando podía seguir siendo la madre de aquel niño¨

El segundo me llega de Zaragoza y es el reflejo del universo que conocemos, alucinante. Una reconstrucción realizada por el Museo Americano de Historia Natural a una escala difícil de imaginar y basada en datos reales:

Espero que os gusten tanto como a mí.

Gracias por estar ahí, al otro lado.
Pepa

La varicela de los peces

Tengo unos amigos cuyos peces acaban de pasar la varicela. Mi cara de asombro al escuchar que tal cosa existía no tuvo desperdicio. Incluso aún más al escuchar su relato sobre lo que han tenido que hacer para curarlos. Y es que mis amigos me recuerdan día a día la dignidad, el amor y la belleza que se encuentran en las pequeñas cosas.

Después de escucharles pensaba que hay que albergar mucho amor en tu corazón para dedicarle tanto esfuerzo y ternura a unos peces, y una tortuga, y unas ranas y…

Y no hablo sólo de las personas que aman a los animales. Hablo de una actitud. Una actitud que tiene que ver con ser capaz de mirar, con el asombro arrobado que te causa la vida cuando sabes mirarla, del vértigo que te provoca, de ese cosquilleo del sol de invierno en la cara, o la luna que contemplan dos personas al mismo tiempo…de las cosas que hacen que merezca la pena.

Hace falta mucho amor para curar tanto a los animales como a las personas. Y tampoco en este caso hablo sólo de los médicos (que también). El mismo amor que nos hace falta para sanar. Este fin de semana me han/he recordado el difícil y necesario equilibrio entre amarse a uno mismo y amar a los demás. Demasiado amor a uno mismo imposibilita la entrega, demasiada entrega sólo es posible a costa de uno mismo. Ese equilibrio tan sútil, tan difícil y pleno de sentido.

Como los peces. Ni demasiado juntos, ni solos. Nunca demasiada comida, pero alimentarlos. Agua dulce, agua salada…

Como dice mi hijo «hay que saber mirar bien para recordar bien». Es un hombre sabio de casi cinco años. Emplea largas horas en mirar hormigueros.

Pepa

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Aprender a morir

Hace unas semanas escribí ya sobre una de mis experiencias directas con la enfermedad y la muerte: la de los años que mi padre vivió con Alzheimer y su muerte.

Pero sigo creyendo profundamente en las espirales de la vida. De ahí, entre otras cosas, el nombre de nuestra consultoría. Esas espirales que te hacen volver de nuevo a los mismos lugares que ya habitaste, pero de forma distinta. Todo es igual, pero todo es diferente.

Por eso hoy mi blog también avanza en espirales 🙂 y vuelvo sobre la muerte. Mis padres y mi propia experiencia me han enseñado que saber morir es a veces tan difícil como saber vivir, pero igual de importante. En ese «morir bien» se va una parte esencial de nuestra vida, y en ese «vivir bien» se genera ese aprendizaje de la buena muerte.

Y es que hoy he encontrado una maravilla que merece ser compartida. Se llama «El vol de la papallona« («El vuelo de la mariposa») y es un programa que se está emitiendo en las televisiones locales en Catalunya y en el que se aborda directamente la muerte desde perspectivas diferentes. Son videos de apenas quince minutos cada uno a los que podéis acceder en la web. Me ha conmovido profundamente la sensibilidad y trascendencia con la que se ha creado este proyecto. Aquí incluyo uno de los capítulos, el último hasta ahora, no sé si el mejor o no, pero a mí me ha llegado especialmente.

Los videos y la web están en catalán, pero muchas de las entrevistas están en castellano, os recomendaría que hiciérais el esfuerzo, porque lo merece.

En una de las entrevistas, una mujer define maravillosamente lo que yo llamo una «buena muerte». Ella dice «quiero morir sana, consciente, quiero poderme despedir de la gente que amo y morirme con una sonrisa». Hablan de la consciencia sobre la fragilidad de la vida que da la muerte y cómo esa consciencia abre el camino al cuidado del otro, al amor y a valorar cada segundo de tu vida. Morir bien es parte de vivir bien.

Justo lo contrario a otro momento de uno de los videos, donde hablan de «superar más rápido el duelo». El duelo no se supera, se vive, y es justo el no vivirlo y el correr para salir de él lo que nos deja atascados en el duelo. Vivir bien también es llorar, dolerse, sufrir, añorar…esa visión de la buena vida que nos trasmiten como aquella ajena al dolor, en la que tienes todo, no te falta de nada ni añoras nada…En mi experiencia, esa visión es una falacia demasiado dañina.

Y me quedo con otra imagen que utiliza una terapeuta en otro de los capítulos. Dice que la muerte es como el parto. El parto es «dar a luz» se pasa por un canal oscuro para llegar a la luz de esta vida. Ella cree que en la muerte se pasa por un canal oscuro para llegar a otra luz, para nacer a otra dimensión.

Yo también lo creo. Profunda y radicalmente y, en mi caso, sin connotación religiosa alguna, tan sólo como parte de la dimensión espiritual y trascendente de la vida que he vivido. Es lo único que tengo, y lo que puedo ofrecer.

Pero también creo que a morir, como a todo lo demás en la vida, hace falta aprender. Y para aprender hace falta mirarla a la cara, sentarse a su lado y dejar de temblar. Y eso hacen en «El vol de la papallona» El tiempo que pasé y sigo pasando junto a gente que sabe que se muere ha sido y es, junto con el tiempo que paso con mi hijo, el de más calado de mi vida.

En fin, espero que os conmueva tanto como a mí.
Pepa

Pd. He llegado al «Vuelo de la Mariposa« a través de otro blog, el de De mamas & de papas de El País, que ya difundimos desde Espirales y que sigo consultando habitualmente. En la entrada de ese blog de hace unos días he encontrado el enlace a «El vuelo de la mariposa».

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Biodanza y el alma corporal

Llevo más de dos años practicando biodanza. Y cada vez que alguien me pregunta qué es, cómo funciona, siempre me siento limitada para explicarlo. Así que aquí va un video que habla por mí.

Como todas las técnicas, las escuelas y los sistemas, la biodanza tiene sus luces y sus sombras. Pero para mí ha sido un regalo encontrar un lugar donde pude entrar en contacto con mi «alma corporal», esa que de tan escondida a veces olvidamos que existe y nos alimenta. Ese aliento que nos hace humanos, guarda la memoria de nuestro ser y nuestros anhelos. Ese alma desde la que amamos y nos amamos, y a la que tan a menudo rechazamos. En ese alma encontré reductos de mí olvidados y aprendí (y sigo aprendiendo) a honrarlos. En biodanza acaricio ese alma con ayuda de otras personas en un ámbito de seguridad y aceptación. Y desde ahí vivo de otra forma.

Vaya mi agradecimiento a la vida, a Almu por llevarme a biodanza y a David y todo mi grupo (el primero, el segundo y el tercero :-)). Sois un regalo.

Un abrazo,
Pepa

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El derecho a llorar

Hoy hemos tenido una tarde de esas que se dan con un grupo de madres con hijos de cinco años: un caos, en el que alternábamos frases que intentaban ser profundas y sinceras, con gritos, miradas, llantos, risas, meriendas y corridas en una especie de caos ordenado que nunca llegaré a agradecer suficiente.

Pero en ese caos, cada una de nosotras traía una historia detrás, una historia de lucha, de dolor, de presencias y de ausencias. Y hoy, en medio de ese caos, intentábamos encontrar un hueco para esas penas, para ese dolor. Para ponerle palabras, para honrarlo, para poderlo llorar. Del mismo modo que hoy comía con otra mujer que intentaba honrar su propio dolor o ayer hablaba con una amiga que se siente sola en su dolor. Por todas ellas quiero escribir este texto.

Creo que llorar está prohibido en nuestra sociedad. Como a tantas otras cosas, le hemos dado un lugar prefijado, le concedemos unos minutos, un tiempo, y sólo en determinadas situaciones donde consideramos justificado el llanto: se te ha muerto alguien, has tenido un accidente, estás enfermo, te has divorciado…Pero no más y no demasiado largo. Porque hay que «estar bien», hay que «salir adelante», hay que «seguir» y todo eso parece incompatible con el llanto.

¿Podemos llorar y ser felices al mismo tiempo? Muchos nos dicen que no. ¿Podemos honrar nuestros dolores, concediéndoles tiempo en nuestras conversaciones, en nuestros amores, en nuestra amistad, o en el tiempo compartido? Muchos nos dicen que no. Porque a partir de un determinado momento las lágrimas son mal recibidas, resultan molestas, porque recuerdan la vulnerabilidad, la fragilidad y desarman a quien las mira impotente. Porque no sólo quien llora se siente impotente, también se sienten así aquellos que aman al que llora, que se encuentran desarmados para el consuelo.

Todos lloramos en soledad, a escondidas, en nuestra cama, en el baño, cuando los niños no nos ven, cuando nuestra pareja no se entera. Lloramos cuando tenemos la certeza de no molestar y de que no vamos a ser censurados. Las lágrimas pertenecen a nuestra intimidad. Pocas veces lo hacemos en público, sólo en los rituales, en determinados momentos, o con una buena excusa. Hay personas que lloran más fácilmente aunque las vean y dicen de sí mismas como excusándose que son muy «lloronas».

Cuando pierdes a alguien que has amado se te concede un tiempo para llorar, es el «duelo» como lo llaman, y para darle forma a ese duelo se construyen rutinas: entierro, funerales, llamadas, mensajes, esquelas…rituales desde los que se da forma a ese dolor. Pero luego llega el silencio. El teléfono deja de sonar, los amigos empiezan a aburrirse de que sigas queriendo hablar siempre de quien se ha ido, tu pareja, tu madre o tantos otros te animan y te dicen «ya pasó, hay que seguir adelante, sal por ahi, diviértete». Te dicen «todo va a salir bien» cuando para ti ya nada saldrá bien, porque esa persona ya no está y tú no quieres que el mundo siga sin él o sin ella. Te preguntas cada mañana cómo la gente sigue ahi, cómo las calles están despiertas, cómo es posible que la vida no haya parado y cómo puedes tú seguir.

Y los días pasan, y los meses pasan, y ya nadie quiere seguir hablandote de quien se fue. Porque reabre la herida, porque te hace llorar. Y tú sigues sintiendo que esas lágrimas son también tu espacio para seguir junto a él o ella, que lo necesitas, que es parte de ti, que quieres contar mil historias para que no se borren de tu memoria, ni de la de los tuyos, para que la gente no la o lo olvide, para que siga vivo en la memoria tuya y de los que amas. Por algo lo dijo Salinas «el dolor es la última forma de amor».

Y el agujero de su ausencia no disminuye, sólo poco a poco se hace soportable, deja de sangrar, como las heridas. Y llega un día, al cabo de mucho tiempo, que la o lo recuerdas sin llorar, que ya no estás enfadado con ellos por haberse ido, ni con el mundo por no recordarles, ese día increíble en que te encuentras riéndote de verdad como no recordabas haberlo hecho hace mucho tiempo: riendo con el corazón. Aprendiste a vivir con su ausencia, a seguirlos amando sin verles, ni tocarles, ni abrazarles. Y aún así, hay días, cada vez cada más tiempo, en que algo te hace llorar: un olor, una palabra, un lugar, o un aniversario…una cosa tonta que maldita la hora, piensas, en que llegó. Pero incluso eso pasa, porque llega un día en que las cosas que te los recuerdan se vuelven valiosas, los lugares en los que compartiste momentos se vuelven únicos, donde la persona que se ha ido surge de forma natural en las conversaciones sin generar un silencio incómodo y donde la lágrima se vuelve sonrisa melancólica.

Pero eso es al cabo de muuucho tiempo, y sólo llega si has podido llorarlo. Un tiempo diferente para cada uno. El tiempo para decir adiós y aprender a vivir sin esa persona, aunque esa persona ni siquiera hubiera nacido, porque como decían en este video, los abortos son uno de los grandes tabúes de la maternidad en nuestra sociedad. El dolor de los hijos que se fueron sin llegar a nacer, y que no por eso dejaron de ser hijos. Para esos ni siquiera hay rituales.

Pero si no lo lloras, esas lágrimas se pudren dentro de ti, y la herida no se cierra, y aprendes a temer tus propios recuerdos, a evitarlos, a correr mucho para no recordar, a no volver a algunos lugares, a no tocar sus cosas. Huir es la primera tentación, hasta que te das cuenta de que por mucho que corras, los recuerdos van contigo. Y por eso, si no has llorado, debes correr, y no parar, y no pensar. Porque cuando paras, el dolor vuelve a vencer. Y crees que si lo tienes bajo llave, bajo control, pasará, lo vencerás. Pero el alma tiene sus tiempos y sólo cuando miras a la cara a tus fantasmas, a tus dolores, cuando los honras llorándolos, ese dolor pasa, sale de ti para no volver. Y vuelves a respirar hondo, y a no sentirte culpable por estar vivo y por ser feliz.

Ya lo dice el libro de Job, «hay un tiempo para cada cosa bajo el sol, un tiempo para reir y un tiempo para llorar» Y yo me pregunto, dónde hemos dejado en nuestra sociedad el tiempo para llorar? ¿Por qué corremos tanto para evitar nuestras propias lágrimas? ¿Por qué censuramos las de los demás? El dolor no se agudiza por llorar, al contrario, se alivia porque se expresa, del mismo modo que hay palabras como «te quiero» que no pierden significado por mucho que se digan, si se dicen de verdad. Tenemos derecho a llorar nuestros dolores para poderlos sanar, derecho a pedirles a quienes amamos que nos lo permitan y nos den cobijo para ello tanto cuanto tiempo necesitemos, tenemos la responsabilidad de ofrecer el tiempo y el lugar para que quienes amamos lloren cuanto necesiten.

Hace falta crear lugares de cobijo, tiempos y espacios en los que cada uno encuentre su propio tiempo para llorar. Hace falta acompañar en silencio, generar rituales que digan a la persona: «Si hoy quieres llorar, estoy aquí, si hoy quieres reir, estoy aquí. No te sientas obligado a mantener el tipo». No se trata de si algo está bien o mal sino de que las cosas hacen bien o hacen daño. Y la persona debe poder sentirse suficientemente amada y respetada en sus tiempos para que las lágrimas le hagan bien y al contrario, las lágrimas no lloradas no la dañen. Amar es estar ahí también en el dolor, no imponer mis tiempos y mis ritmos fruto de mi ansiedad, de mi preocupación, de mi necesidad de que el otro esté «ya bien», «pase página» o «se recupere». Porque las buenas intenciones a veces esconden nuestros propios miedos.

Llevo mucho tiempo trabajando con niños y niñas en situaciones de duelo muy diversas. Recuerdo uno de mis primeros trabajos en una unidad de niños y niñas con VIH. Fue hace mucho tiempo y la enfermedad tenía otro significado. Me contrataron para comunicarles el diagnóstico a los niños y niñas y conseguir su adhesión al tratamiento, mi trabajo acabó convirtiéndose en contarles a las familias y/o educadores que los niños ya lo sabían pero que hacían como que no lo sabían porque sabían que en su entorno era un problema hablar de ello. Y lo más importante que esos niños y niñas necesitaban era alguien que les tomara de la mano, y no les dijera «todo va a salir bien» sino «pase lo que pase, estaré a tu lado. No tengas miedo. Puedes llorar, gritar o callar, no me moveré de aquí»

No hay una regla, no hay un solo tiempo, cada persona tiene sus tiempos y sus momentos. Y amar es también amar los vacíos de las personas que amamos, sus lágrimas y lo que esas lágrimas nos dicen de ellos.

Pepa

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Lo que aprendí del alzheimer

La semana pasada fue la semana internacional del Alzheimer, y yo tenía pendiente hace tiempo ya ver una película que estaba segura de que me iba a doler en el alma: «Bicicleta, cuchara, manzana«. Es la película que rodó Carles Bosch relatando el comienzo de la enfermedad en Pascual Maragall.

Y me dolió, ya lo que creo que me dolió. Pero precisamente por eso quiero escribir sobre ella. O más bien sobre mi padre. Mi padre, nuestro padre, murió con 89 años después de vivir ocho años con Alzheimer.

Recuerdo tantas cosas de esos años, y tantas otras que he querido olvidar. Cuando escuchaba a los hijos de Maragall en la pelicula, sus miedos, ese miedo terrible a cruzarte con tu padre por el pasillo de casa y que no te reconozca, que te mire con ese rostro vacío y en parte asustado de quien está más fuera del mundo que presente. Yo lo viví.

Les comprendí perfectamente cuando hablaban de ese eterno dilema entre protegerle e intentar conservar su autonomía el mayor tiempo posible. Preservarla porque él la exigía y porque la merecía y porque sabías que todo aquello que perdiera nunca volvería a recuperarlo. Eran como pequeños pedacitos de su vida que veía que se le escapaban de entre las manos. Lo veía él y todos los que estábamos con él. Protegerle como dicen en la película de «volverse una caricatura de sí mismo»

Los primeros años fueron los más duros para mí, porque aunque la pérdida era lenta y paulatina y los tiempos conscientes casi todos, al mismo tiempo él era plenamente consciente de ese proceso irremediable, y le provocaba una gran angustia. Evaluaba su vida una y otra vez, se aferraba a sus recuerdos y luchaba contra esa pérdida de control y autonomía sobre lo cotidiano: no acordarse de dónde colocaba sus amados libros, no saber el nombre de la persona que le había saludado por la calle, no poder volver a casa desde la cafetería donde a menudo iba a tomar el vermut, tener miedo a salir solo…todo un proceso lento, inexorable, desesperanzador.

Recuerdo muy bien el momento en que la angustia desapareció, en que mi padre aceptó la enfermedad y su propia muerte, dejó de rebelarse para concentrarse en vivir cada día, fue entonces cuando empezó a dejarse ayudar hasta en lo más básico.

Los años de después, cuando él ya estaba más fuera que en este mundo, cuando le veías leer el periódico con las páginas boca abajo o permanecer en la misma página durante dos horas, completamente ido, cuando su mayor placer era bajar en silla de ruedas al parque a sentir la luz del sol en su cara y ver a la gente pasar y a los niños jugar, cuando la mayor parte del tiempo compartido era un largo silencio, cuando el padre que habías amado y seguías amando era un ser necesitado, pequeño y frágil. Como lo somos todos en realidad, sólo que en él, en esos últimos años, era algo que no se podía esconder ya.

En todo ese tiempo su mente se fue yendo, pero era algo sorprendente, algo curioso, porque de vez en cuando, de forma inesperada, había momentos de una lucidez pasmosa, momentos, frases, miradas, que eran como una luz en un tunel, una claridad inmensa, y en ellos te ofrecía su amor y su sabiduría en su totalidad. Eran como momentos suspendidos en el tiempo, y te agarrabas a ellos, y pensabas «a ver si vuelve otro como éste».

Uno de mis recuerdos de luz especiales ocurrió apenas un año antes de su muerte, un día en el mirador de casa, cuando de repente volvió de donde fuera que estuviera ido y comenzó a preguntarme por mis viajes, por los lugares donde había estado y cuál me había gustado más y luego, como si nada, me preguntó si había visto a mi madre por ahí. Cuando le recordé que ella había muerto, él me dijo «¿Ves cómo estoy?» y yo le dije «Miralo de otro modo, vas a ser el primero en verla de nuevo», a lo que me contestó «Es cierto, nunca lo había pensado, bien mirado es un privilegio». Estos momentos de milagro siguieron sucediendo esporádicos, inesperados, benditos hasta su muerte.

Y en todo ese tiempo, en aquellos años hubo cosas que nos salvaron, cosas que preservo como fundamentos de mi vida. Y son esos los que quiero compartir hoy.

El amor, nos salvó el amor. Mi padre nunca dejó de besarnos, abrazarnos y decirnos que nos quería hasta su último aliento, y cuando no podía hablar, me miraba arrobado durante tiempo y tiempo mientras yo le acariciaba. El amor nos daba lucidez donde no la había.

La risa. Maragall dice con ironía en un momento impagable de la película cuando le están grabando entrando en su oficina «ha ido muy bien la escena porque me han filmado que me equivocaba dos veces». Nosotros, nuestra familia nos reímos hasta el final, mi padre fue capaz de conservar la ironía, ese saberse reirse de la enfermedad y de sus miedos hasta el final. En las situaciones más disparatadas, cuando pasaba la primera angustia llegaba siempre la risa, el comentario, la mirada, su propia risa…algo que rompía el miedo agarrotado, que lo deshacía devolviéndonos a todos, no sólo a él, la dignidad que parecía esfumarse por momentos.

Nos salvó su inteligencia. Y más allá de su inteligencia, su cultura, su mente de hombre cultivado desde siempre. Mi padre era un hombre brillante y siempre quiso saberse retirar a tiempo. Él siempre mencionaba la frase con la que un juez italiano que llevaba casos de la mafia presentó su carta de dimisión. La carta decía «retirenme porque están llegando a mi precio». Mis padres, los dos, me enseñaron que saber morir dignamente es a menudo tan dificil como saber vivir. En la película se ve como Maragall y su familia dudan respecto a dónde poner el límite a su actividad pública, que no sea demasiado tarde pero tampoco antes de tiempo. Lo recuerdo como una de las cosas más difíciles de la enfermedad de mi padre. Ese límite ¿Dónde lo pones? ¿Cómo saber si es el adecuado? Pero su inteligencia fue la que le permitió leer hasta el final, incluso cuando ya no leía se ponía con el periódico cada mañana, escuchaba música y conversaba.

Nos salvaron Maria Pilar y sus manos maravillosas primero, que mantuvieron el tono muscular de mi padre y todas las personas que nos ayudaron en sus cuidados después, Ana Isabel y las demás, y por supuesto sus médicos. Hace falta mucho amor,humanidad y dignidad para saber amar y acompañar a cualquier persona hasta el final, pero un poco más si cabe en una enfermedad como el alzheimer. En la película la mujer de Maragall habla de su enfado, de su impotencia, de su cansancio, sobre todo de su cansancio. Todo eso lo conocimos nosotros, pero todo se hizo llevadero gracias a ellas.

«Bicicleta, cuchara, manzana» es un canto a la vida, un canto al valor de las mentes y los espíritus que esta enfermedad hace desaparecer, o quién sabe, alomejor sólo lleva a otro estado. Habla de la dignidad, de esa opción en la que Maragall insiste tanto de no esconderse, de no considerarse como secundario en su propio final. Habla de la esperanza. Él dice en la pelicula algo que estremece, dice «esta enfermedad se vencerá, lo malo es que nosotros ya no lo veremos» mientras abraza y acaricia a ancianos en estados mucho más avanzados de la enfermedad. ¿Qué tiene que sentirse al ver delante lo que sabes que vas a ser tú en un tiempo corto?

Vedla, él lo merece. Mi padre lo merece. Y todas las personas que como ellos no conocerán la cura. Y también los que la conocerán.

Éste es el trailer de la película para que podáis haceros una idea:

Y aprovecho para hacerme eco de una iniciativa que ha llegado a mis manos hoy y que ha acabado de decidirme a escribir este post. Se llama El Banco de recuerdos y es una de las campañas e iniciativas más hermosas que he visto en tiempos: delicada, honesta y hermosa. Y al mismo tiempo sirve para recaudar fondos que hagan posible esa cura. Dejad uno de vuestros recuerdos, o apadrinad los de mi padre, o los de Maragall, o los de todas y cada una de los millones de personas cuyas mentes ya no están sino en nuestra memoria.

Recordarles incluso cuando ya olvidaban, qué paradoja!

Pepa

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Cuídame

No se me ocurre una forma de decirlo mejor 🙂 Menudos dos poetas, juntos son un peligro 🙂

Espero que os emocione tanto como a mí. Gracias, Almu.

Pepa

 

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