Nuestra piel tiene infinitas capas. Capas que no sabes ni que existen hasta que alguien se acerca, te mira y te acaricia. Entonces algo se despierta y sientes que tu piel va reaccionando al paso de la caricia, como si volviera de un largo letargo. A veces, contadas, preciosas, son tus propias caricias las que despiertan tu piel. Pero a menudo necesitamos la mirada de un otro para volver a temblar, a sentir el escalofrío y el gozo. Y mientras tanto, las personas vivimos dormidas.
La vida es sabia y nos presenta pequeños y grandes precipicios cada cierto tiempo. A veces son pequeños saltos entre piedras para cruzar un río. A veces son saltos en el vacío. Y una y otra vez, la vida te susurra al oído: salta, vuela. Y el vértigo anida en las tripas, las encoge del susto. Y de nuevo la mirada del otro, su mano aferrada, el susurro de tu nombre en su voz hace más fácil el salto. Y el salto se vuelve vuelo, porque la vida funciona así. Y cuando saltas, la vida te da el resto.

Pero hay muchas personas que permanecen al lado del precipicio toda la vida, por miedo a saltar. Y entonces llega el letargo, la vida dormida, la piel deshabitada. Porque nadie puede vivir el miedo en la piel cada día sin disociarse. Yo la primera. Desde que era niña siempre quise vivir, vivir con plenitud, fuera gozo o dolor, pero enterarme. Así que suelo ser de las que salto, de las opto por fiarme de la vida. Creo de verdad que las personas que llegan a mi vida son regalos, oportunidades, universos a los que me acerco con una mezcla de emoción y temblor, cada vez más lentamente (cuánto me ha costado!), con más cuidado y más consciente que nunca del regalo que suponen. Y no deja de emocionarme ver la luz que traen a mi vida. Cuanto más confío, más claridad tengo en el criterio interno y desde ese criterio digo «sí» o digo «no».
Pero no es lo mismo el saltar inocente que el vuelo herido. La piel cicatrizada tiembla, le duele la lluvia antes de que llegue porque sabe lo que implica, el viento le escuece y volar llega a resultar doloroso. Saber lo que quieres hacer no significa que sea fácil. La tentación de huir, de esconderse en los roles conocidos es permanente. La sucesión de pensamientos y emociones todas seguidas y entremezcladas.

Es el «boicoteo a la felicidad» que forma parte de la herida, ese mecanismo que tantas veces tengo que explicar en consulta que tenemos todos los que fuimos heridos y aprendimos a sobrevivir. Es mecanismo por el que cuando llega la paz, la tranquilidad, nuestro cerebro reacciona diciendo internamente: «Esto no es real, no te corresponde» y empiezan los pensamientos locos, el enganche a la carencia o el ver abandonos donde no los hay. Aprender a mirarnos con compasión, a acariciarnos internamente y a buscar en la mirada del otro esa certeza que a veces internamente nos falta es un aprendizaje de vida.
Porque el temblor es lo que tiene, que si lo dejas se te apodera, que a veces vivías con él y ni lo sabías. Hasta que no llegan las miradas amadas, te sonríen y te susurran: baila conmigo.
Pepa